viernes, 2 de julio de 2010

Recordando a Proudhon



En el 2009 conmemoramos doscientos años del nacimiento de Pierre-Joseph Proudhon (1809 – 1865), quien ha sido considerado por muchos como “el padre del anarquismo”. Puesto que estamos convencidos de que la acción libertaria también debe preocuparse por mantener viva la memoria de quienes, con sus ideas, ayudaron a construir nuevas subjetividades fundamentadas en la libertad y la solidaridad, hemos querido hacer una pequeña reseña de algunos de los aportes que nos legó Proudhon.

Antes de avanzar, es preciso advertir que nos estamos aproximando a una vida contradictoria (que conoció la cárcel y el exilio, y que, sin embargo, le dio vida a una notable obra teórica) lo cual no pretende ser una novedad analítica, pues ¿qué vida no es contradictoria, más aún, si se trata de la de un libertario? Esta anotación es, simplemente, para constatar una vez más la variación y el dinamismo que están en el centro de la vida. Los analistas de Proudhon, claramente se ubican entre dos polaridades antagónicas (la hostilidad y el entusiasmo). De “raciocinador indigesto, pródigo en galimatías pretensiosos” o de “prisionero inconsciente de la economía burguesa”, pasa a ser en boca de otros, un crítico radical del capitalismo y uno de los primeros forjadores de un pensamiento antiestatista y libertario. Según Marx, Proudhon pensaba el socialismo desde la óptica pequeñoburguesa y “sus ideas pseudocientíficas demostraban el desconocimiento básico de los elementos de economía política, en definitiva, era un ‘torpe autodidacta’ ”. Sin embargo, y aunque reconocemos que algunos de los análisis de Proudhon no tienen la rigurosidad metódica del economista, sí podemos afirmar que hay en él una decidida negación de la racionalidad, entendida como forma unidireccional de análisis que le da vida a todos los autoritarismos y que luego, desemboca en una democracia basada en la delegación de poderes. Es decir, cuestiona el principio de autoridad, la forma organizativa del Estado político y jurídico, por ser el origen de los despotismos, de los privilegios y la razón política que justifica las servidumbres (económicas y sociales). Esto nos confirma que la apuesta de Proudhon por realizar aproximaciones (directas y menos esquemáticas) a la dinámica social, respondía a su clara disposición de abogar por análisis de fácil comprensión, lo cual no implica que sean ligeros o inválidos.
Una juiciosa lectura de la obra de Proudhon, necesariamente nos conduce a pensar la dinámica de las luchas sociales en la Francia del siglo XIX, pues de ahí surgen sus principales preocupaciones por la propiedad, el papel del Estado, el influjo de la iglesia y la lucha reivindicativa de la organización popular en sociedades mutualistas (de los productores libremente asociados). Además, el periodo francés de la primera mitad de dicho siglo, es bastante prolífico en la postulación de ideas políticas, pues vieron la luz, corrientes como el bonapartismo, el liberalismo, los socialismos, los comunismos y el anarquismo.
El mutualismo que proponía Proudhon como práctica de resistencia, buscaba establecer dos tipos de relaciones: primero, de intercambio e igualdad entre los focos de producción (que eran diversos y tenían dinámicas diferentes), reconociendo las diferencias y las individualidades; y segundo, relaciones particulares de asociación y de solidaridad, tendiendo a la integración sin destruir los centros de producción. Con esto se reafirmaban dos conceptos claves del trabajo: división y fuerza colectiva. Por lo anterior, Proudhon consideraba que el acto de asociación mutualista encarnaba el valor de la justicia: “la justicia es una idea solamente en la medida en que es en sí misma una realidad”.
El gran aporte de Proudhon a la teoría política es el concepto de anarquía, dándole una connotación especial que enmarcaba su pensamiento, y que le daba un viraje a esa noción limitada que equiparaba la anarquía con desorden, caos, confusión e insociabilidad. Es interesante destacar la apuesta de Proudhon a favor de este término cargado de “no-valor” para redimensionarlo y ubicarlo en la construcción de nuevas formas organizativas que invertían las estructuras sociales y mentales, las cuales ponían en duda los esquemas autoritarios que ya se vislumbraban en los discursos de los grupos revolucionarios de mediados del siglo XIX.
El centro de la teoría anarquista que propone Proudhon es: la “negación racional” del Estado, de la Iglesia y de la propiedad, y la reafirmación de la espontaneidad social (especialmente, en los escritos que van de 1848 a 1851, aunque ya se vislumbraban estos postulados desde su primera obra en 1840). Posteriormente hay una propuesta que conduce a imaginar las sociedades industriales modernas, donde primaría la socialización de la propiedad, la descentralización de los centros de decisión y la educación permanente, entre otras prácticas libertarias. Desde Primera Memoria (1840), Proudhon empieza la reflexión sobre la propiedad, teniendo en cuenta los procesos que intentaban crear nuevas estructuras económicas desde 1915. Pero es, particularmente, en Sistema de contradicciones (1846) donde enfatizó la reflexión sobre la propiedad, la división del trabajo, el maquinismo y el monopolio, que se empezaban a incorporar en los sectores de la economía más productivos en ese momento: el rural y el artesanal.
El anarquismo de Proudhon es el anarquismo del productor social. Es un anarquista de acción, de influencia popular, un luchador por la revolución social. Los valores positivos que exalta permanentemente son la igualdad, la mutualidad, la libertad, y con mayor énfasis, el trabajo (“como acto en sí mismo libre y generador de realidad, no de artificios como sucede con la política”) y la justicia (como valor supremo de la mutualidad). La principal preocupación que lo sostuvo fue darle vida a una estructura económica que estuviera basada en la pluralidad de elementos de producción, siempre y cuando se mantuvieran las relaciones de equilibrio y reciprocidad. Asimismo, pretendía que esa nueva práctica respondiera al problema de la organización económica, desnudando las estructuras capitalistas para proponer, en contraposición, las “sociedades económicas”, la socialización de la economía; es decir, la reciprocidad de los términos y las relaciones de intercambio e igualdad entre los modos de producción, resaltando y tomando conciencia, del pluralismo sociológico.
En su obra, De la capacidad política de las clases obreras (1865), Proudhon plantea tres condiciones fundamentales para realizar la revolución social: conciencia de clase, teoría y práctica real. Y para alcanzarla, los enemigos que se debían combatir eran el individualismo liberal y el comunismo estatal. Hay que tener en cuenta que en ese momento (primeros cincuenta años del siglo XIX) las sociedades eran asociaciones, no comunidades. Proudhon respalda las asociaciones más no las comunidades (que planteaban la necesidad de confundir sus bienes y dividirlos entre todos).
Finalmente, para terminar esta breve aproximación a la vida-obra de Proudhon, recurrimos a una de sus frases emblemáticas, la cual recoge y expresa sus máximos convencimientos: “No más partidos, no más autoridad, libertad absoluta del hombre y del ciudadano: esta es mi profesión de fe social y política”.

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