lunes, 31 de julio de 2017

Comentario sobre Pensar es no pensar lo mismo


Les compartimos el texto que escribió sobre Pensar es no pensar lo mismo, el poeta, ensayista y narrador, Juan G. Ramírez.

“No tener nada que decir no es motivo para callarse”, se dice con cierta ironía. Yo, que cumplo a cabalidad con ese dicho, quiero hablar para contribuir al debate y a la confusión. El  hombre, en especial el escritor, quiere reconocerse único, irrepetible, capaz de emocionar e impresionar al mismo tiempo, mientras transita por ideas propias. Pero esa posibilidad no está al alcance de todos: hay que leer, escribir, reescribir, para retomar los argumentos cada vez menos defectuosos. Omar Ardila parece haber recorrido con satisfacción ese camino. Escribió un libro que, aunque a veces peca en referencias y lenguaje especializado, tiene una visión cautivante. En realidad, nos ofrece un argumento y una cuerda para que descendamos hasta las profundidades del hombre, y descubramos esa inexplorada región donde se originan los miedos, la libertad y el castigo. Nos deja claro que todo pensamiento nuevo es lateral, y al llegar a él debemos abandonarlo con prontitud. Cuando se pasa demasiado en la orilla, la orilla se convierte en un nuevo sistema. Y nosotros nacimos para desafiar la ley de los abismos, para merodear entre las estrellas, para descifrar al hombre que se levanta y cae en un patio vacío, mientras cava pozos con rojos alcoholes, con muecas y preguntas, y se fatiga tras una verdad que desde niño guardó en los bolsillos. Tal vez seamos máquinas, por qué no, pero máquinas danzantes que aún participan del erotismo y la culpa.
La batalla, evidentemente, Omar Ardila la sitúa en la psique. El niño comienza a ser estandarizado por medio de la educación, el consumo, la religión, la ley, hasta que asume una libertad controlada y olvida la verdadera Libertad: la del hombre que se piensa a sí mismo. Sin embargo, cuando hablamos del hombre, hay que tener cuidado: en cuanto uno se descuida las contradicciones le saltan a la cara. Ya Martin Buber había escrito: “ni el individualismo, ni el colectivismo son soluciones humanas: el primero no ve a la sociedad y el segundo se niega a ver al hombre”. Ya sé que Omar Ardila propone una comunicación entre seres libres, pero qué hacer cuando, como lo propuso Eric Fromm, el hombre tiene miedo a la libertad, o al menos la entiende de otro modo. Muchos pueblos en Mesoamérica, si no me equivoco, jamás entendieron el individualismo; eran seres gregarios no sólo en sus acciones sino en sus emociones, creencias y pensamientos. O como el filósofo Scheleiermacher que daba gracias por vivir en una comunidad que lo proveía de una costumbre y una moral que le evitaban convertirse en esa cosa vana que es el “hombre individual”. Y aunque la psique haya sido modelada en la niñez, según pude colegir del pensamiento de Omar Ardila, deja rendijas por las cuales podemos deslizar algunas preguntas: ¿Se puede ser libre sin convertirse en un “extranjero” en la humanidad? ¿Es, acaso, la libertad una cosa indescifrable? ¿O es apenas un acto de la conciencia, y un hombre puede ser libre aunque repita los mismos movimientos y gestos de todos los hombres? ¿Por qué no ha de ser la libertad el derecho a ser conducido, sometido y engañado? ¿Es el hombre “libre” una rueda que se salió del eje y no permite que la humanidad llegue a tiempo al abismo? ¿Se puede ser un sujeto individual sin caer en el aislamiento? ¿Podemos ir con el grupo sin ser dependientes de él? ¿Hemos alienado a la humanidad para tener algo que escribir de ella? ¿Es la libertad llegar a ser uno con Dios, como lo proponen algunas religiones? ¿Somos llevados por una fuerza superior? ¿Por un instinto social? ¿Es, entonces, la humanidad una masa inconsciente y salvaje que no puede ser modelada? ¿Es el individualismo la enfermedad de nuestro siglo? El filósofo Estanislao Zuleta escribió acertadamente: “Dostoyesvki entendió, hace más de un siglo, que la dificultad de nuestra liberación procede de nuestro amor a las cadenas. Amamos las cadenas, los amos, las seguridades porque nos evitan las angustias de la razón”. En todo caso podemos concluir que, en el tumulto de los hombres, esperamos a que Dios subraye nuestra cara. ¡Que el instinto nos guíe hacia la libertad o al desbarrancadero, ya que la razón sólo ofrece sombras y falsas conclusiones!
La verdadera libertad se halla en el anarquismo, según pude entender. Un hombre que crea su “yo” con ayuda del arte, la ciencia y el libre pensamiento. Pero, ¿es, acaso, el anarquismo una cuerda lo suficientemente fuerte para sostener la libertad del hombre? ¿O es apenas una rama que se alejó del tronco para caer por su propio peso? ¿Acaso una gota que salpicó del río, y no un hombre que se apartó para ver pasar a la multitud arrastrada por una fuerza gravitatoria? Y, tal vez, solitarios queremos fraguar una teoría de la libertad, cuando sólo anhelamos regresar al cauce para marchar con el grupo. Es posible.
Omar Ardila también escribió: “Repensar la filosofía como un sistema abierto no para fundar ni para crear universales o ir tras supuestas esencias o fundamentos; ni tampoco para buscar la trascendencia, sino con miras a inventar nuevas posibilidades de vida”. Existen, en el parque de las ideas, dos modelos de pensamiento: uno, el de Dostoiesvki, que nos invita a ir de abismo en abismo. Dice “Cualquier causa primaria arrastra consigo otra, aún más primaria que la anterior, y así sucesivamente hasta el infinito”. El otro, el de los absolutos platónicos: una especie de pared donde ponemos límites al pensamiento cuando no se quiere, o no se puede, ir más allá. ¿Cuál de esas visiones es la correcta? El hombre tiene derecho a engañarse como mejor le convenga, a crear su propio sistema para enfrentar y orientar la oscuridad de la vida: a través de la religión, de la política, del arte, y a poner o no límites a su pensamiento. Yo, que siempre he creído en una “fe individual” como lo propuso Kierkegaard, tambien creo en “absolutos individuales”, modelos de pensamiento en los que uno se apoya cuando se cansa de flotar, pero también sé que ese modelo de pensamiento tiene validez únicamente para quien lo articula, como un castillo que, por más que se amplíe, sólo permite la entrada a quien lo construye. Comparto también cuando Omar Ardila escribe: “Deleuze establece otra imagen del pensamiento en la que el concepto se mueve a partir de preguntas y sin temerle a las paradojas”. Es evidente que nadie tiene un pensamiento lineal, ni va hilvanando argumentos, como se pegan peldaños, hasta llegar a una terraza perfecta. Las ideas son curvas, giros, pasos hacia atrás. El hombre, por fortuna, es contradicción: todos los sistemas de pensamiento que intentan explicarlo son falsos, todos los modelos de pensamiento son válidos. En la paradoja se halla el verdadero hombre. En medio del desvarío, la confusión y el afán, sólo es libre aquel que puede alumbrar los caminos con la palma de su mano.
Omar Ardila, en todo caso, nos presenta un libro arriesgado y sorprendente: un estímulo genuino para el pensamiento. No es un libro de respuestas, sino un libro donde se pasean a su antojo las preguntas. Nos habla del miedo y del control a través del miedo, de los medios al servicio del control, de la filosofía zombi: “El capital ve en el transgresor zombi un antisistema, una manada que se abalanza peligrosamente sobre sus seguridades”, nos narra las técnicas de represión por medio de la disciplina y propone el anarquismo como una forma de resistencia: “Conocer la autoridad moral de quien tiene más experiencia, la cual se irá desconociendo al fortalecer la autonomía”, “El potencial anarquista reside, precisamente, en que no sufre la acción limitante de una doctrina”, nos habla de esquizoanálisis y capitalismo: “La sociedad capitalista produce esquizos como produce cualquier otro producto”, y define al esquizofrénico como “un productor universal que se identifica con su producto”, también nos cuenta de la máquina esquizofrénica que “produce, no metáforas ni fantasmas como en el psicoanálisis, sino realidad”, y luego nos habla de las máquinas deseantes: “desear es producir”, nos dice, y por último nos presenta el rizoma como un pensamiento lateral o de superficie, “el rizoma es expresión total de movimientos”, para terminar con estos versos lapidarios del poeta Adonis:
Yo prefiero quedar en la penumbra;
quedarme en el secreto de las cosas.
En fin, creo en todo caso haber entendido mal el libro de Omar Ardila, salvo el título: Pensar es no pensar lo mismo. Y yo lo intenté.



Juan G Ramírez 



Juan G Ramírez (Saravena-Arauca, 1979), poeta, ensayista y narrador. Ha escrito los libros Estadios y Zenón inmóvil, donde la imagen poética y el quehacer filosófico se mezclan creando una nueva posibilidad para el arte de nuestro tiempo. Actualmente trabaja en la redacción del libro Teoría y práctica del homicidio. Su obra aún permanece inédita.

sábado, 1 de julio de 2017

Poco más que la distancia


El día entero se nos revela desde su título como una totalidad en la que habita un afán por hacer pronto el mayor acopio, por instalar una gran fortaleza que ayude a enfrentar la catástrofe que se aproxima. El autor sabe que el tiempo es corto, que la esquiva pero certera muerte se ha hecho presencia dominante y que solo la palabra puede tejer una gran manta para ahuyentar la orfandad. “La urgencia es que nos alcance”, advierte con vehemencia desde el inicio, y en efecto, esa complicidad con lo que se nombra va teniendo su fruto: la muerte, entonces, se vuelve memoria viva y también espíritu viajero (esa gran herencia que Santiago López ha asumido como elemento primigenio), pues ha hecho el tránsito que le correspondía y ha dejado certezas exentas de metafísica: “Morir es como estar sentado al sol / Por largo rato”; es reencuentro con los elementos, esos que el poeta evoca a cada paso: “Agua tu voz”; “Es esta tierra lo que te pertenece”; “Esa semilla en que devino el viento”; “Piedra, ola, madre”.  

En el poemario de Santiago López también hay una ensoñación de lo material, que sabe reconocer la maternidad de los elementos y la cercanía con ellos. No pierde de vista que hacemos parte de una memoria mineral, que las abuelas piedras han visto cómo el primer hombre fue hecho “de agua y polvo y sol y anhelo”. Y esa vivencia tan profunda le permite conectar con el Pensamiento Ancestral Andino en el que la montaña es nacimiento de río, que guarda los rumores que va trayendo el viento. En la memoria ancestral que somos, no fluyen la dispersión ni la confrontación hasta la muerte; está habitada por múltiples elementos integrados:

Que la luz te reviente el recuerdo
La voz se te llene de ríos
Porque tienes una laguna en el pecho
(…)
Que sean flores las que te nublen la vista
Pájaros los que te enreden el pelo…
Y sea un amor de viento el que eche a andar tus palabras por el mundo
(…)
Que la mañana se te llene de estrellas
Y despiertes llorando cuando la vida te inunde.

Pero aunque esta visión integradora le provea un tono apaciguador al libro, el poeta no olvida que “el incendio es perpetuo”, que hay un nacimiento y un antes y una pregunta siempre sin resolver; que unos nacen más temprano y otros mueren más temprano de lo que les correspondía: ¿Dónde habita, entonces, la certeza? Con esta voz apenas alcanzamos a vislumbrar de soslayo que los días no bastan y que “las palabras no alcanzan”, y sin embargo, hay una apuesta por permanecer de pie, jugándole a todo, esquivando todo, enraizándose en cada giro o quizás, estableciendo nuevas sintaxis o aferrándose a estructuras no convencionales del lenguaje escrito:

Asemillándome mucho y acaso canto
Callo
//
Este surgir bejuco hacia la luz desde nosotros
//
Y este despertar volver a viejas nieblas

No en vano, el poemario acoge a menudo la sucesión de dos verbos en el mismo verso con su ritmo en infinitivo, el que sin duda nos lleva a otro ritmo, quizás el del fuego, el del universo rural desde el despertar hasta el sueño, el de la urgencia o el de los ausentes. En ese diálogo con la futura ausente, de la que ya se presiente la partida, se le demanda una opción por la vida plena: ¡hasta el último momento sin claudicaciones!

Ríe pues hasta tu última costilla
Tu más íntimo cansancio y desaliento

En adelante se sentirá el dolor mas no la nostalgia. El poeta ha aprendido que la muerte es como una urgencia a la que hay que distanciar, por eso persigue sin ambages “acaso poco más que la distancia”.

“Solo quiero que la vida me alcance”, vuelve a gritar la voz con vehemencia, aunque en muchos casos, con el tono suave de los diminutivos. Y es que ¿quién no ha experimentado esos “días que parecen haber nacido muertos?”. Hay tantos adioses que no se han dicho, tanta esquiva tarde en que no hemos podido odiar como Dios manda. Queremos que la vida nos alcance, pero ¿para qué? El día entero vuelve, de nuevo, como una revelación:

No se quiere morir y sin embargo la distancia.
No se busca la ausencia y entonces la partida.
Así, sin más, como una nube desflorada por la lluvia.


Omar Ardila 2017

domingo, 19 de febrero de 2017

Hálito y Rumbo de Santiago López Triana


Hálito y Rumbo
Autor: Santiago López Triana
Senderos editores, 2013

Hálito y rumbo es uno de esos curiosos libros escrito por un poeta joven, pues al momento de ser publicado, el autor apenas se aproximaba a los veinte años. Y cuando digo curioso no me refiero a que tenga ciertas excentricidades tan notorias que terminen robándole la fuerza a la voz poética; lo que lo hace particular es la continua evocación del pasado, como si ya la vida estuviera en retirada. Esa observación que un lector corriente puede percibir de entrada, luego empieza a desvanecerse cuando se tiene la suerte de conocer al autor (Santiago López Triana) y enterarse de su vocación nómada desde muy temprana edad. Luego de publicar el libro, emprende un recorrido por el Sur del continente americano, donde pudo corroborar lo que ya había vislumbrado: “el exilio y el llamado del desierto”, y donde también aprendió a “mantenerse mudo para recordar” y así mirar sin ambages a la infancia “como esa cicatriz sinuosa”.

Y en medio de esa constante evocación van surgiendo las preguntas (esas que quizás nunca dejen de acompañar al poeta) que no buscan eco en la profundidad, sino que optan por el esbozo, por el tránsito en los bordes, por el pensamiento de sí, pero desde el afuera. Antes que las certezas, a Santiago López le preocupa aprender a escuchar para no olvidar de qué estamos hechos. Tampoco le teme al desprendimiento de sí, más bien mira las sucesivas muertes como una realidad que en cierta forma nos iguala. Y en este punto, recurre a la potente figura del espejo, que le sirve para confirmar el despojo, pues sabe que la imagen del espejo no devuelve lo idéntico, sino que transfigura el espacio y el sujeto.

Los invito, entonces, a dejarse acompañar por la voz de este poeta que, seguramente, le traerá gratas sorpresas a las letras colombianas.
   

Carta
A Alejandro Barguil

Ahora que vengan
Que se nos vengan pues las canas encima
Poeta
Que se nos queden los días congelados en los ojos
Y que se nos vayan pudriendo las venas con sus peces neurálgicos
Que se nos llene el rostro de arrugas
Para cargar en esos pliegues infinitos
La polvareda fosforescente del pasado
Que vengan los viajes a quitarte tu lengua materna
Y que encuentres todo eso que buscas
Si es que lo buscas
Una vez abajo del trasatlántico

El receptáculo de carne curvilínea para todas tus esperanzas
Para tus miedos infantiles
Y las cicatrices que nos va dejando una vida sin heroísmos
Tu búsqueda
Y es que vas palpando por ahí el infinito
Con los ojos cerrados y las venas abiertas
Ya sé que no sangras esta sangre roja y espesa
Pero vas sangrando la calle y tus palabras y tus cuadernos
Con esa sangre cósmica que corre por el espacio entre las estrellas
Y será siempre infinitamente más vieja

Levántate entonces adalid de tus tristezas
Y que se te quiebren los arreboles en el rostro
Y que atravieses el cielo en esos pájaros de hierro
Para continuar siguiendo esa brújula sin Norte
                                   Si acaso hubiera uno
Me refiero a un Norte
Sería sólo una parte disociada de ti mismo
Un sueño que eres tú mismo y tu ser por realizarse
La idealización de ese propio futuro
Que se va oxidando en pasado con cada paso y con cada palabra
De la metafísica de esa lágrima que no cae vas formando una imagen
Ese algo aún sin nombre
Esa figura protofísica
Esa imagen de ciego que antes que imagen
Es puro color y agua
Y no ese rostro que buscas proyectado fuera de ti mismo
Que te despoje de una vez por todas
De esa caverna de gramática maternal
Matenidad gramatical
De esa conciencia comunal triste y sucia
Y te lleve a otras
Y otras y otras

***
Te hablo a veces de cómo van las cosas
Entiéndase Las Cosas como el infinito que se nos quiebra ahí en pleno pecho
Como las reverberaciones a través de la vida de esa infancia temprana
Te hablo a veces de cómo van las cosas
Entiéndanse Las Cosas como ese motor primigenio
Como eso que estoy intentando poner en palabras
Y es en realidad puro instante reventando al recuerdo
Podría llamarlas mujer
Podría llamarla por ese nombre que hoy le pertenece
Pero ha tenido tantos
Y ha tenido tantos rostros y tantos cuerpos
Porque es la luz misma
El relámpago que amalgama cristales en la arena
Y nos va dibujando una ruta difusa
Asidos a la estela de sus pasos

¿Pero qué buscas poeta?
¿Qué es lo que buscas escrutando en las tinieblas?
Lo que yo encontré es algo así como eso mismo que supongo que buscas
Pero tan otra cosa
Tan otra mujer con otro nombre y otros sueños vivos en la raíz de sus cabellos
Ausencia hermosa y continua de futuro
Porque el presente se va lloviendo para siempre sobre este maremoto
Y nos ponemos entonces a hacer literatura de lo que no necesitó jamás


Sit tibi terra levis

Morirás un día y vendrán los gusanos
Morirás un día y tu cuerpo y tu juventud
Serán pura ceniza blanca o carne hinchada
Morirás un día y lloverá la noche toda
Repetirán los árboles tu nombre táctil en el viento
Se levantarán los pájaros como para arrastrar tus palabras por el mundo
El mar callará sus olas en las costas
De una vez por todas
Y la luna repartirá los anillos de médano
Palpitarán ciegas las luciérnagas como los ojos de la selva infinita
Para incendiar las altas hojas de la ceiba y que amanezca nuevamente
Morirás un día y esa noche durará muchas noches
Morirás un día y el rosicler surgirá de las luciérnagas que penden de las nubes
De esas formas que han dejado de resignarse a las tinieblas
Y atraviesan el aire queriendo darle un nombre

Se repetirá la cadencia la cadencia de tus manos
En los juegos de la luz o del azar
En las inmediaciones de las aguas obscuras
Alguien más caminará tus pasos
Alguien más invocará tu cuerpo
Alguien más verá el abismo como sólo tú lo viste
Alguien más prometerá en el alba con esas mismas palabras
Y llorará esas mismas lágrimas que tú lloraste
Y se levantará del sueño queriendo encontrarte


Poética

Y si la realidad
Es tan sólo el sonido
De unos pasos presurosos que atraviesan el desierto helado
Y anticipan la ágil y esperada tormenta

Y si la realidad
Es tan sólo el cadáver
El recuerdo incompleto de un sueño intranquilo
O el desoído río que repta entre la selva buscando la catástrofe
Henchido de viejas lluvias y recientes cadáveres

Y si la realidad
Es tan sólo ese momento
En que el claro del bosque se ilumina con una luz desconocida
(Tan sólo un momento)
Y los ciegos musgos se irisan en sus piedras

Y si la realidad es un espejo de agua
Que nos sea entonces perceptible
La propia gravedad de la palabra


“¡Ay, destino! ¿A dónde te has marchado?”

A dónde se nos ha fugado la voz
Perseguimos estos mismos ecos desde siempre
Rasgando el aire
Creyendo que vencemos al tiempo

A qué tierra seremos arrastrados por estos pies descalzos
Dejando en la arena las marcas de la sangre
Dibujando el camino para otros viajeros perdidos

A dónde se nos ha fugado la voz
Ahora somos muchos los de los pies hinchados
Muchos recorriendo las sendas del exilio

A dónde se nos fue la sangre
Habremos heredado una humareda que nos cubra los ojos
Una profunda herida cenital en medio de la carne

A dónde se me irá la voz
Que ya mi grito no alcanza

A dónde se me irá la voz
Que tengo que inventar este ejército de fantasmas
Que me acompañen
También solos
En esta noche de mundo

A dónde se me irá la voz
Que se ha hecho necesario al fin

El plural para andar en el desierto


Santiago López Triana
(Bogotá, 1994)

Poeta y editor. Desde hace algunos años acompaña el proceso de siembra y permacultura en la finca Las Raíces (Sopó, Cundinamarca). Funda y edita entre 2011 y 2013, la revista Aneurisma. En el 2012 publica Cuántos bombillos nos durará el relámpago. En 2014 comienza un viaje por Suramérica, abandonando los estudios de Filología Clásica en la Universidad Nacional. Regresa a Colombia en 2015, donde funda la editorial Pie de monte.


Santiago López Triana


miércoles, 18 de enero de 2017

En memoria de Óscar Alonso Restrepo


Como algunos de ustedes ya saben, el pasado 4 de enero, falleció mi amigo Óscar Alonso Restrepo, con quien había empezado un interminable diálogo desde hacía 18 años. Ahora he podido confirmar que "la muerte es esa ausencia que impone su presencia", sin ambages y de manera irrevocable. Y puesto que no soy un escritor repentino como para exorcizar con la palabra la aguda pena, he apelado a unos poemas del italiano Emilio Coco para sobrellevar este dolor y esta ausencia tan intensos. 
Mi agradecimiento especial a Carlos Alfredo Triana por acompañar este tránsito con la remisión de los poemas.


Poema de Emilio Coco (Italia, 1940)


Cuerpo Ausente

I

Dime que nos veremos enseguida,
antes de que transcurra esta semana,
a las once, mañana, en la avenida,
para contarnos, caminando juntos,
las cosas en que estamos trabajando.
Dime que nos veremos en la finca
de Emanuele, brindando a copa alzada
por la amistad y escucharemos discos
de los tiempos de cuando éramos jóvenes
al calor del hogar con un buen vino.
Dime que un día escribiremos juntos
el más hermoso libro de poemas.
Yo pondré las palabras más humildes,
tú la magnificencia de la forma
que heredaste de los antiguos griegos.

Sé que no puede ser cierta tu muerte.

II

Me apretaban la mano, me besaban
palmeándome el hombro, presurosos.
¿Cuántos eran? ¿Dos mil? ¿Cuatro mil? Como
un autómata respondía gracias,
y miraba aturdido aquella turba
que no se terminaba, se agolpaba
en la calle, tras el portal abierto.

III

Dejadme ya con ellos, con mis muertos.
Con tía Franca y su tímida sonrisa
dentro del marco oval de oro falso,
que se angustia las veces que no acudo
a la cita habitual de cada sábado.
Debajo está tía Gina que ha llegado
en enero de este año a mi despecho,
sin avisarme se marchó en el día
del bautismo de Alessio. No debías
hacerme esta injusticia. Te he llorado
encerrado en mi cuarto en Espinardo
mientras comían paella con mariscos
y brindaban con cava catalán.
Un poco más arriba están mis padres,
él con trinchera y el cabello espeso,
ella con traje negro, demacrada.
Finalmente, lindando con el techo,
reunidos todos en el mismo nicho,
la madre y dos hermanos de las tías,
el abuelo Michele que leía,
para pasar el tiempo, la Gaceta
mascando caramelos que compraba
con el diario en el bar de calle Roma.
Para ti hemos guardado el mejor sitio,
a la vista de todos, en el centro.
Faltan sólo la lápida y la foto

IV

Sé que ya no será como era antes.
Te doy las gracias, aunque con retraso,
por haberme explicado que en poesía
sólo es cuestión de música y de ritmo.
Me lo dijiste cuando te enseñé
la traducción de mi primer poeta,
Francisco Bejarano. Me iniciaste
en los secretos del endecasílabo,
tu metro favorito. Me ayudaste
a escribir en mi lengua aquellos versos
con los que comenzó mi vida insana:
Col mare se ne vanno i desideri.
È la terra quel mondo dove mai
le barche misteriose approderanno
che ho viste nel crepuscolo passare[1].

Con extrema paciencia corregías
 mis versos insonoros, algo cojos
mientras me atormentaba todo el día
contando con los dedos los acentos
a la búsqueda exacta de la rima.

Sé que ya no será como era antes.

V

Tus amigos me dan la mano y dicen:
Te expreso mi sincera condolencia.
Estaba con mis hijos en la playa,
y lo he sabido sólo el otro día,
acabado el entierro, pues lo siento.
Mis amigos me abrazan compungidos:
En la playa no me ha avisado nadie.
Lo he sabido leyendo las esquelas.
Créeme, por favor, lo siento mucho,
anímate, no puedes hacer nada.
Con la cabeza gacha y paso rápido,
tomo las calles menos frecuentadas.
Soy un gran egoísta. No deseo
compartir con los otros mi dolor.

VI

Y tus libros ¿qué harán en el estudio?
Así es como llamabas al garaje
de unos sesenta metros que compraste
para hospedarlos todos a la vista
en brillantes estantes alineados
en las paredes hasta el cielorraso.
Sentado tras la mesa, con cuidado
los ibas anotando en un cuaderno
con tu bonita y nítida grafía,
tardaré mucho tiempo, tengo tantos,
nunca los he contado. ¿Veinte mil?
Creo que aún más. Si vienes a ayudarme
dentro de un mes los ficharemos todos.
¿Advertirá la falta alguno de ellos
de una caricia leve por su lomo?
¿Te llorarán los clásicos latinos,
tu querido Catulo, sobre todo?
Lo habías puesto en la última repisa,
enfrente de la mesa. Te bastaba
levantar la cabeza, asegurarte
de su presencia tranquilizadora.
Os contemplabais con los ojos lánguidos
de dos enamorados incurables.

VII

Volveremos a vernos en un mundo
en que el sol resplandece todo el día
sin que llegue a quemar, porque las olas
nos envuelven dejando en nuestro cuerpo
una frescura dulce y perfumada.
Y seremos eternamente jóvenes,
formaremos un corro con poetas
que amamos y que esperan impacientes
nuestra llegada para cantar juntos
sus versos y los nuestros, cortejados
por el son de los árboles. Sus hojas
son cítaras movidas por la brisa
que aturde acariciando los sentidos.
Luego nos perderemos por un bosque,
lejos del alboroto de la gloria
que un día perseguimos en la tierra.
Recordando, cogidos de la mano,
bobadas de otros tiempos, nos reiremos
de tanto esfuerzo para distinguirnos
de la anónima turba chupatintas.




[1] Es la primera traducción de Emilio Coco al italiano, de cuatro versos de un poema de Francisco Bejarano, titulado Bahía, que dicen: “El mar se llevó siempre los deseos. / La tierra es ese mundo adonde nunca / arribarán los barcos misteriosos / que he mirado pasar con el crepúsculo”.