domingo, 11 de mayo de 2014

El diario inédito del filósofo vienés Ludwig Wittgenstein


No sé si porque amé a Wittgenstein tanto como amo a la filosofía y porque al tiempo entendí que el amor podía ser apenas una palabra desnuda, sin hueso y sin carne, o porque en el aforismo siempre he encontrado un ferviente punto de quiebre con el cual corroboro el sinsentido (que es el sentido del ausente) y con el que asisto a menudo ante la penumbra de la palabra para husmear en todos los lenguajes marchitos (excepto las paradojas); que he vuelto a estremecerme ante la palabra punzante que, enhorabuena, no supo callar. No lo sé, y es mejor no saberlo para continuar aguardando el encuentro con aquellas voces que siempre vuelven a salvarnos de ese Yo que todavía cree en la salvación, tal como me sucedió este mediodía al cruzarme con “El diario inédito del filósofo vienés Ludwig Wittgenstein” de Fredy Yezzed, publicado en Buenos Aires en el 2012 por Ediciones del Dock. Sin duda, este es un libro que pudo haber merecido el premio de poesía del Ministerio de Cultura de Colombia en el 2007, cuando fue presentado a concurso; sin embargo, apenas recibió una mención honorífica, justificada en un comentario que deja muchas dudas sobre la cabal comprensión y aceptación de otras formas de relacionarse con la poesía, por parte de los jurados. 

Tras contar con la suerte de hallar este trabajo (que desde hacía rato quería conocer), y ateniéndome a los antecedentes afectivos ya mencionados, no podía pasar sin detenerme ante estas páginas plenas de profundidad, precisamente, por su levedad, por su dinámica de aire. Entonces, la poesía volvió a retozar en la lengua que no articula más allá del balbuceo, mientras se toma de la mano con su hermana siamesa: la filosofía; no la de las certezas, ni la de los métodos, ni la de los universales, sino aquella de las proposiciones sobre el precipicio, los bordes, las simas y el SILENCIO.

De nuevo Wittgenstein vino a la ventana con su analítica del límite, del lenguaje ensoberbecido, de la matemática y su juego perverso aunque divertido. Y enseguida volví a visualizar ese jardinero de las espinas interiores, ese pensador sufriente frente a la indisposición de Dios, ese maestro de los suicidas que olvidaron todas las palabras.

En este libro, Fredy Yezzed ha jugado una partida con la existencia, apostándole a las cartas que reivindican la palabra aunque saben que es preciso callar para escuchar el cántico de las piedras, para profundizar en la herida y para enaltecer (sin temores) el sinsentido... en fin, para ratificar el movimiento permanente de la POESÍA y su indiscutible potencia, que también se encuentra en la variación de las formas.

Les dejo una breve muestra de lo que este libro nos entrega:

1.1        La poesía es un jardín: un jardín que habla de otros jardines.
1.13      El lenguaje es la flor, dijo Mallarmé. Si esto es así, entonces, la poesía es floración: encantamiento de la flor.
2.01     Todos llevamos una manzana podrida en la carne. Eso comprueba que todos tenemos una poética negra. Una forma oscura que se oculta detrás del día.
2.014    Nadie, por experto que sea en la semiótica, podrá hablar de la humedad que causa a nuestra alma la palabra agua.
2.0231   La blasfemia, el insulto: agrietan el aire.
2.031     Ese cielo blanco no es blanco por ser blanco sino porque lo pienso puro.
2.13       Escribir poemas siempre será un eterno sonrojarse.
3.142     Callar una palabra de afecto es dejar una cicatriz en el silencio.
5.43       En algún lugar somos frontera, & frontera en algún lugar es encuentro.
5.501     También somos esa vida que nunca vivimos.
6             ¿Acaso existe un animal más fiel que la vejez?
6.111      A diferencia del cactus, mis espinas han crecido por dentro.

Fredy Yezzed

Imágenes tomadas de la circulación libre en la red

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