sábado, 18 de diciembre de 2010

Una ceremonia del recuerdo con Jean Genet



“Oh atraviesa los muros; si hace falta camina en el borde
De los techos, de los océanos; cúbrete de luz,
Usa la amenaza, usa la plegaria,
Pero ven, oh mi fragata, una hora antes de mi muerte”.
Un condenado a muerte – Jean Genet

Aunque en gran parte de los circuitos culturales, el centenario del natalicio de Jean Genet (París, 19 de diciembre de 1910 – Paris, 15 de abril de 1986) haya sido olvidado o intencionalmente ocultado, desde nuestra orilla libertaria sí nos proponemos recordar su existencia y rendirle un homenaje por su radical propuesta literaria y por su accionar político en contra de las estructuras que han establecido los criterios sociales y morales predominantes y excluyentes.
Cuando decimos que es posible que aún haya alguna intención de borrar definitivamente de la memoria a un autor tan polémico como Genet, no estamos plegándonos a las voces que en todo ven fantasmas persecutorios, simplemente estamos proyectando la conocida y perversa lógica discursiva del capital (que así como es capaz de enaltecer personajes y proyectos, también es capaz de borrar aquellos que no se dejan alinear dentro de su dinámica) y la de las morales restrictivas, que en vida del autor trataron de ignorarlo.
Recordamos a Genet como un sujeto activo en diversos escenarios, algunos de los cuales han sido más exaltados en los estudios que sobre él se han hecho. Sin embargo, la intención de este texto es mirar con mayor detenimiento la última etapa del autor, cuando estuvo más dedicado a actividades políticas, sin pasar por alto el grueso de su producción literaria y teatral de los años cuarenta y cincuenta.
Hay lugares comunes en los análisis realizados sobre Genet: la mirada a su dolorosa infancia tras haber sido abandonado por su madre y entregado a una familia sustituta, el tránsito por los reformatorios en la adolescencia, su cercanía con los criminales en diversas cárceles y la exaltación que de ellos hizo en sus escritos, el uso de su cuerpo como escenario para la provocación, y su particular exaltación y puesta en práctica del robo, pero son pocas las veces que se ha visto su vida-obra como el desarrollo de una voluntad revolucionaria, que fue afianzándose con las difíciles situaciones que lo confrontaron. No es que le restemos valor a dichos estudios (como el biográfico de Edmund White, o el erudito análisis psicológico-filosófico realizado por Sartre, o los ensayos de Bataille, de Juan Goytisolo y de Sergio Macías, por citar sólo algunos), lo que queremos mostrar de Genet es su disposición para sumarse a los brotes de resistencia que buscaban desestabilizar los pensamientos cerrados que han aspirado a hacer multitud de copias de un solo modelo.
Sartre, por ejemplo, utiliza como líneas de lectura de Genet, la condición de ladrón, homosexual, criminal, traidor y santo; y nos lo presenta como alguien que vive una serie de metamorfosis que lo van llevando a un estado monstruoso, el cual no es más que una proyección del horror que lo acompañó desde niño. Experimentará esas metamorfosis por la muerte, por el placer y por la revolución. El trabajo de Sartre oscila entre el psicoanálisis clásico y la filosofía existencialista, aunque poco a poco va tomando cierta distancia de esa restrictiva faceta psicoanalítica. En un primer momento hace un enfoque desde la recuperación de los mitos (camino tantas veces recorrido por el psicoanálisis) pero más adelante nos plantea que en Genet hay una Voluntad del Mal que escapa a los análisis básicos freudianos – los cuales tratan, ante todo, de husmear en el entorno primario y la relación familiar para ubicar el origen de los comportamientos, siempre de la mano del “sacerdote” psicoanalista –. Sin embargo, Sartre nos dice que Genet logra hacer su propio psicoanálisis, sin intermediarios, para así reafirmar la libertad que posee al escoger el mal como su acto autónomo. Precisamente, esta consideración de Sartre, coincide con uno de los elementos que más nos ha entusiasmado de Genet, y uno de los que más tratamos de recuperar: la búsqueda de la libertad como fin, más que el mal en sí mismo (este sería apenas un medio que trata de expresar la inconformidad) pero la meta y lo que busca reafirmar a través de sus diversas búsquedas, es la libertad.


La Voluntad del Mal, va configurándose tempranamente en Genet, desde el rechazo al cuerpo humano, al ser humano; no contra la forma organizada del cuerpo que había experimentado Artaud, sino más del lado foucaultiano, que ha logrado entrever que “el hombre se borrará como en el límite del mar un rostro de arena”. Es decir, va en contra de ese humanismo que endiosa y le crea un púlpito inalcanzable al proyecto humano.
Genet, ha decidido ser “lo que el delito ha hecho de él”, creando una especie de “moral del mal” para invertir los valores de aquel sistema que señala y define los comportamientos como buenos o malos. En dicho modelo, según nos lo recuerda Sartre, han permanecido tres figuras imperativas de la moral: el héroe, el sabio y el santo. Contra ellas se levanta Genet, renunciando al sabio (siempre estará distanciado de los circuitos intelectuales, aunque tenga el apoyo y la admiración de algunos sectores), invirtiendo el héroe por el criminal y retomando a su manera al santo (especialmente, por lo que éste no tiene de humano, por la distancia que lo aleja de lo humano, del cuerpo que no acepta y no soporta).

Una literatura de lo minoritario

El gran impacto que le produjo a Cocteau el encuentro con Jean Genet (a comienzos de 1943) poco a poco se fue propagando entre cierto circuito intelectual francés (el cual discretamente resistía ante la ocupación alemana). En un ambiente cargado de contrariedades e incertidumbres, parecía imposible que un autor literario se atreviera a desarrollar una obra tan llena de provocación pero a la vez, tan renovadora de la dinámica literaria. Cocteau, quien estaba en las cimas del mundo artístico francés, se refería de la siguiente manera en su diario, después de conocer un borrador de Nuestra señora de las Flores: “La bomba Genet. El libro está aquí, en el apartamento, extraordinario, oscuro, impublicable, inevitable (…) Para mi es el gran acontecimiento de nuestra época. Me desagrada, me repele, me asombra (…) Es puro en el sentido en que Maritain dijo que el diablo es puro, porque no puede hacer otra cosa que el mal. El ojo de Jean Genet te avergüenza y te perturba. Él está en lo cierto y el resto del mundo está equivocado (…) He leído Santa María de las flores línea por línea. Todo es abominable y a la vez digno de respeto”. Posteriormente, Cocteau se encargaría de publicar clandestinamente y en edición limitada, Nuestra señora de las flores, tras establecer un acuerdo con Genet como pago por los derechos de autor de su primera novela y de unos escritos que estaban en ciernes.

La primera experiencia de escritura la había tenido Genet en la cárcel de Fresnes en 1942, donde él mismo se publicó un pequeño libro con el poema, Un condenado a muerte, el cual estaba dedicado a Maurice Pilorgue (un asesino de veinte años, ejecutado en 1939). Desde ese momento, Genet hace evidente su interés por el crimen, por los criminales (uno de los temas más recurrentes en sus textos posteriores), especialmente, por la gloria que aquellos alcanzaban; no era para extasiarse con los gestos, los gritos y el flujo de sangre de las víctimas, sino por el respeto y la pervivencia en la memoria colectiva que alcanzaban los criminales con su obra. Aunque consideraba que el asesino es en sí mismo la belleza bruta, no pensaba lo mismo frente al acto que éste realizaba. Exaltaba la reafirmación de la singularidad que conseguía el criminal ejerciendo su acto, el cómo se acomodaba de acuerdo a su esencia y cómo se organizaba dándole vida a una pulcra forma. Le importaba la forma, pues sostenía que “la belleza es la perfección de la organización”.
Esta primera opción temática de Genet, suponía, de entrada, someterse al rechazo, al vituperio, a la andanada de voces en contra. Sin embargo, fue, esa precisamente, la vía que él consideró como idónea para ingresar al aséptico mundo de las letras, y ensuciarlo, subvertirlo y por supuesto, renovarlo.
En 1946, Marc Barbezat se encargó de publicar en edición de lujo, El milagro de la rosa, la segunda novela de Genet, en la que había estado trabajando durante su encierro en La Santé, entre 1943 y 1944. Pompas Fúnebres, su siguiente trabajo, fue vendido a Gallimard y publicado en 1947, sin que apareciera el nombre del editor.
En ese mismo año, también vio la luz, Querelle de Brest, publicada anónimamente por Paul Morihien. Asimismo, Las criadas, su primera incursión teatral, fue llevada a las tablas por el prestigioso Louis Jouvet, también en 1947. Es decir, la gloria literaria lo había envuelto en ese mítico año, en el que además sumó a los anteriores logros, el otorgamiento del premio Pléîades, que había creado recientemente Gallimard. Posteriormente, en 1949, apareció la edición de Diario de un ladrón, realizada por esta misma editorial; y entre 1951 y 1953, la gran editorial francesa, publicó tres tomos con la obra completa de Genet, en la que el primer volumen estaba integrado por el estudio de Sartre: San Genet, comediante y mártir. 

En cada una de estas obras, las cuales corresponden a la primera etapa de la producción literaria de Genet, podemos ver que hay por parte del autor, una intencionalidad clara de  contrariar las costumbres y las normas para instalar, antes que una nueva moral (por lo coercitivo que nos pueda parecer el término, como seguramente también le parecía a Genet) una estética nacida del resentimiento (a-social, si se quiere) que logra invertir los valores predominantes y darle vida a una literatura de lo minoritario. Dicha estética, no estaba enceguecida en la búsqueda de la belleza convencional, surgía más desde el odio que sentía el autor hacia un mundo en el que estaba instalado pero al cual abominaba. Desde esta óptica, era plenamente entendible que tratara de alinearse con los proscritos, los abyectos, y exaltar los escenarios sórdidos por donde éstos circulaban. Al estar del lado de los criminales y exaltar el crimen (como potencia cercana a otras intensidades, el amor, por ejemplo) expandía el deseo de asesinar esos modelos represores que lo habían conducido a la soledad.

El gran merito en estos primeros textos de Genet es la coherencia que logra configurar en la creación de sus personajes literarios, los cuales gozan de una enorme fuerza, capaz de entusiasmar a todos aquellos que han padecido diversos tipos de exclusiones. Pareciera que busca despertar en sus similares, la conciencia de que en su interior también habita un deseo de asesinar a esos mismos modelos represores. Estos personajes no ignoraban que el crimen les dejaba una aguda sensación de soledad y de silencio; se sentían cautivos en el propio silencio y pensaban que también ellos debían ejecutarse para expiar su culpa pero no buscando su muerte, sino por medio de un ritual en donde involucraran su cuerpo y lo llevaran a extremos insospechados (como cuando Querelle, intencionalmente, pierde la partida con Norberto, a sabiendas de que se paga con una relación sexual donde él tendrá la función pasiva). Esa misma soledad, solo podría asimilarse, según Genet, a la que experimenta el creador artístico, tal como él mismo lo vivía, luchando contra sí mismo, contra ese yo que quería mostrarse pero que aún no se aceptaba. En el fondo, tenía una necesidad de reintegrarse, de unirse, de armonizarse, y por eso, utilizaba recurrentemente al mar como símbolo de la libertad, sabiendo que toda aquella imagen que lo evoque, también se reviste de la misma aura libertaria.
Pero lo que buscaba Genet no era la trascendencia o la redención espiritual de sus personajes, sino el disfrute y el vicio en beneficio del cuerpo. Con sus prácticas, fundaban territorialidades corporales para la satisfacción instintiva de los placeres y la proclamación, de una vez por todas, del triunfo de Eros, de la erotización de la existencia. Asimismo, le estaba dando vida a una estética desbordante y desbordada, que podía hallar belleza en cualquier escenario, especialmente, en los más desgarrados. Genet va tras de lo intenso, desechando lo trivial, lo común e imponiendo su fantasía literaria como un nicho de resistencia, desde donde atacaba la falsedad de los itinerarios productores de fantasmas, que instrumentalizan cada vez más a los hombres.
Tras la lectura de la obra de Sartre, San Genet, comediante y mártir, Genet entró en un periodo de oscuridad creadora. Fue tal el impacto sentido al verse desnudado tan profundamente por alguien externo, y al ser exaltado en un pedestal por medio de complejos conceptos y eruditos discursos, que sufrió una especie de deterioro psicológico. Se sumergió en un gran vacío que no le permitió retomar la escritura sino después de meditar durante seis años pero, ahora, en las orillas del teatro; dándole así inicio a su segunda etapa más productiva, entre 1954 y 1957.
Atrás quedaba el ensimismamiento del novelista y el poeta, y se abría a un nuevo mundo en el que la observación directa a diferentes tipos humanos, le serviría para cristalizar una emoción dramática, teatral. Pero no trataba de reproducir los mismos esquemas y frases que por todos eran conocidos, ni mucho menos, de restarle a dichos grupos, la obligación que tienen de luchar por su emancipación; buscaba en cambio sacar de su ocultamiento a esa voz escondida, enterrada, que esos sectores marginados eran incapaces de expresar, lo cual no quería decir que no existiera y que no fuera necesaria de proferirse, solamente había que aprender a escucharla a través de lo no dicho. En esta línea reflexiva están concebidas, El balcón, Los negros y Los biombos, obras que reescribió una y otra vez, al lado de los directores que las pusieron en escena (Louis Jouvet, Roger Blin, Peter Brook). En estas piezas, desfilaban con propiedad algunos sectores sociales invisibilizados, en su particular devenir histórico, como los republicanos españoles, los negros y las mujeres, haciendo parodia inteligente de los escenarios en los cuales desarrollaban su existencia. Al mismo tiempo, eran alegatos en contra de los procesos coloniales de todos los órdenes, los cuales seguían y seguirían presentándose. Por ese contenido crítico, algunas de estas obras, antes que estrenarse en Paris, lo hicieron en ciudades como Londres, Berlín o Estocolmo.

Devenir revolucionario
Como habíamos expresado al inicio del texto, nos interesa concentrarnos un poco más en la tercera etapa de la vida de Genet, cuando tuvo una acción directa junto a movimientos políticos revolucionarios.
En primer momento, nos parece importante reseñar la relación de Genet con los movimientos de Mayo de 1968. Aunque no tuvo una clara identificación con los mismos en cuanto a sus prácticas, sí manifestó una gran admiración respecto a los componentes estéticos de la revuelta. Él aspiraba a que las acciones fueran más radicales y sobre objetivos más visibles. De todas maneras, participó en algunos mítines y escribió un artículo defendiendo a Cohn-Bendit. Seguidamente, asistió a la Convención Demócrata de Chicago (entrando como ilegal al país del norte) con la intención de escribir un artículo para la revista ESQUIRE (publicación que pretendía alinearse con el espíritu de la época, la cual tenía desde años atrás, una gran cercanía con los escritores). Finalmente, el texto no sería publicado en dicha revista por no ser del agrado de los editores. Durante esa estancia en Estados Unidos, Genet aprovechó para establecer su primer contacto con los Panteras Negras, con quienes estrecharía los vínculos en 1970.

El grupo de los Panteras negras tenía una particularidad que atrajo a Genet desde el comienzo: su lucha iba más allá de las reivindicaciones raciales, pues realizaba un análisis marxista de la realidad, enmarcado en la lucha de clases, donde ellos se alineaban con las causas de los desheredados, de los excluidos. Sus objetivos eran deliberadamente revolucionarios, y conducían a la lucha contra el imperialismo, enarbolando la bandera roja. Genet dijo en una entrevista concedida a Pierre Lévy: “lo que me hizo sentirme cercano a ellos inmediatamente fue el odio que les inspiraba el mundo blanco, su interés por destruir una sociedad, por quebrarla. Interés que era el mío cuando yo era muy joven, pero yo no podía cambiar el mundo solo. No podía más que pervertirlo, corromperlo un poco”.
Junto a los Panteras negras, Genet recorrió diversas universidades estadounidenses, pronunciando conferencias y reclamando la liberación del líder del movimiento, Bobby Seale. Los  objetivos de esos recorridos eran hacer popular el movimiento y recaudar dinero para luchar por su causa. Sin embargo, Genet también trataba de prevenirlos sobre el aspecto negativo que podría traer el uso excesivo de símbolos y eslóganes en la difusión del movimiento; les sugería, que era más efectiva la acción directa aunque con pequeños resultados que una gran demostración teatral pero vacía. Claro que, de ninguna manera, desconocía el valor poético que concentraba el ejercicio del espectáculo: las frases, los atuendos, el baile, los cánticos, etc.
Más adelante, en octubre de 1970, Genet fue invitado por Al Fatah a Palestina; fue así como inició su periplo al lado del movimiento de liberación de ese país, sobre cuyas experiencias nos comentará en su libro póstumo, Un cautivo enamorado (1986). La relación con los palestinos se mantuvo hasta el final de sus días, y en cierta forma, en ella canalizó lo mejor de su poderío revolucionario en contra del modelo occidental que lo había empezado a maltratar desde los 15 años, cuando por primera vez fue llevado a la cárcel, acusándosele de desorden mental y recomendándose la reclusión en un psiquiátrico. Ese ímpetu de rebeldía para crearle fisuras a dicho modelo, también se vio manifestado en las continuas deserciones de la milicia (adonde había entrado por hambre y por el pago que le ofrecían, no por su espíritu guerrero, ni por defender a su país, al cual detestaba, pues para el verdadero revolucionario, no existe la patria). Más adelante, hacia 1940, su accionar rebelde fue tomando una dimensión más política, luego de conocer al joven trostkista, Jean Decarnin, quien sería su amante durante algún tiempo y con quien compartiría amistad hasta 1944, cuando éste fue asesinado por la milicia durante la liberación de Paris.
Volviendo a su obra, Un cautivo enamorado (calificada en 2007 por Juan Goytisolo, como “uno de los libros más hondos, revulsivos y apasionantes escritos en francés en los últimos veinte años” y como “el testamento poético y humano de Genet (…) la obra en la que destilaría la totalidad de su saber y experiencia”) es preciso recordar que ella está poblada de retratos, de fragmentos de vida, básicamente construidos a partir de su estancia junto a los fedayines, aunque también con algunas referencias a lo vivido en los Estados Unidos junto a los Panteras negras, o a lo visto después de la masacre en Sabra y Chatila. Genet nos habla en su texto, de su decisión de trasladarse a Palestina para conocer, junto a los pobladores de esa región, cómo era el sentimiento y la realidad que afrontaban al ver cómo iban siendo despojados de sus tierras.
Allí pudo corroborar el rol manipulador y efectista de los medios, pues vio cómo llegaron numerosos periodistas desde diversas latitudes, queriendo registrar los sucesos y mostrándose solidarios con la causa palestina. Sin embargo, a esos territorios nunca llegaban las fotos, ni los periódicos, y tampoco se conocía algún pronunciamiento de aquellos periodistas que les fuera favorable. En cambio, cuando la lucha de los revolucionarios rebasaba la convencionalidad fijada por Occidente, no demoraban en aparecer las duras críticas de los mismos. La mirada de los periodistas, según nos relata Genet, era con deseo, con curioso deseo por auscultar la “estrella” que habían encontrado y que ahora tenían posando en frente, más aún, cuando dicha estrella era considerada, una “estrella terrorista”.

La observación y descripción que realizó Genet, nos permite hacer un retrato socio-antropológico de la cotidianidad en Palestina: los burdeles, los conflictos con los vecinos, el fervor de los soldados que defendían su territorio y la preparación militar que tenían los “cachorros de león” (jóvenes que llegaban desde muchas partes para sumarse a la causa, la cual era una causa mayor: la del pueblo árabe que buscaba sacar de su territorio a los invasores, y acabar con las figuras y estructuras coloniales). Asimismo, exaltaba la belleza de los fedayines (en su rostro, su cuerpo, su mirada y sus movimientos), como si una nueva libertad los poseyera y se trasluciera a través de la piel. Por su parte, las mujeres parecían más fuertes que los hombres y los fedayines para sostener la resistencia y aceptar las contingencias de la revolución, pues habían comenzado con la vulneración de las costumbres (mirada de frente, sin velo, con los cabellos al aire), que aunque para nosotros parezca ínfimo, para ellas era de gran trascendencia en el camino hacia la emancipación.
Genet veía a la revolución palestina como una “protesta catastral hasta los límites del mundo islámico no solo límites territoriales sino revisión y probablemente negación de una teología tan adormecedora como una cuna bretona”. En esta disposición de los palestinos, Genet encontraba nexos con los Panteras negras, pues ambos carecían de tierras y le habían dado inicio a su resistencia desde sus propios guetos. Pero más adelante, Genet sostenía que la revolución palestina dejó de ser un combate por unas tierras para convertirse en una “lucha metafísica”, que le proponía al mundo una moral de la resistencia y que revivía el mito del pequeño David que no se rinde ante la superioridad de su adversario, pues era evidente el desbalance entre los dos ejércitos, sin embargo la resistencia continuaba y continúa. “Los invasores eran más despreciados que temidos”.
Nos queda decir sobre Un cautivo enamorado, que lo que escribe Genet es con mucha transparencia, pues cree que la revolución palestina vive y vivirá de sí misma. El autor ha tratado de traslucir con la escritura de este libro, su propia revolución, su vínculo, su sincronía y su afecto por todas las revoluciones. Estos recuerdos, escritos como un reportaje, fueron redactados a partir de 1983 (cuando ya había observado la carnicería de Sabra y Chatila) impulsado por la necesidad de compartir su experiencia y acuciado por algunos presos políticos que le solicitaban visibilizar ante el mundo lo que se vivía en Palestina.
El otro gran texto escrito por Genet en su tercera etapa es, Cuatro horas en Chatila (1982), realizado después de haber sido testigo del horror perpetrado por falanges de ultraderecha libanesas, auspiciadas por el gobierno israelí, contra un grupo de refugiados palestinos que habían sido ubicados en Sabra y Chatila, con la intención de ser protegidos. Genet, quien estaba en Beirut en los días del suceso, pudo ver, apenas unas horas después, el nefasto resultado, y sobre esa experiencia es que se refiere en el texto. En el mismo, no sólo hace una descripción poética de lo visto, sino que ubica claramente los sucesos, identificando los culpables y denunciando cómo la información contradictoria de las páginas de los medios, buscaba dejar en las sombras la realidad de los hechos, encubriendo y excusando a los asesinos. Ante esta expresión de brutalidad, Genet se siente definitivamente palestino y odia con vehemencia a Israel: el verdadero culpable, aunque haya utilizado a los sicarios Kataeb. Las masacres no sucedieron en silencio y oscuridad, alguien tuvo que haber visto… Genet sugiere que fueron los mismos israelíes, quienes asesinaron a Bechir Gemayel para justificar su ingreso y obtener el control definitivo del Líbano. El pronunciamiento del primer ministro de Israel en ese momento, Menahem Begin, ante el parlamento de su país, es una muestra  clara de la forma como entienden las relaciones con sus vecinos: “En Chatila, en Sabra, unos no-judios han masacrado a unos no-judíos, ¿en qué nos concierne eso a nosotros?”.
Genet recurre a la poesía para describir el horror, pues es en Sabra y Chatila donde capta con mayor intensidad la “obscenidad del amor y la obscenidad de la muerte”; exalta el cuerpo aún en estados de descomposición. Eros y Tánatos juntos, fundando una estética de la resistencia, pues las liberaciones y las revoluciones se dan con el fin de encontrar o volver a reencontrar la belleza, es decir, lo impalpable… lo que se anhela, y que aún no existe pero se puede instaurar. Por eso, para Genet, la belleza de los fedayines, de las mujeres, de los argelinos después de la liberación, fluía solamente tras haber incursionado en un proyecto libertario. “Los fedayines no querían el poder, ya tenían la libertad”.
Finalmente, queremos hacer unos breves apuntes sobre uno de los estudios que se vienen haciendo de Genet en la actualidad, desde la óptica de la Teoría Queer. Algunos seguidores de esta corriente ven que el potencial subversivo de Genet está atravesado por una particular relación con los personajes fronterizos, inclasificables (en términos de género) que pueblan su obra. Un claro ejemplo de ello es la Divina de Nuestra señora de las flores, quien juega con los estereotipos del género y los ridiculiza (haciendo gala de una gran inteligencia) de tal forma que resulta siendo el centro de atracción tanto de los machos como de los homosexuales en la cárcel. Genet genera una dicotomía, precisamente, entre las figuras masculinas, que ante la dificultad de su definición revierten la virilidad en el culto a la violencia, y los homosexuales reprimidos que sólo pretenden desfogar sus instintos en la clandestinidad. Y son precisamente, los personajes como Divina o el teniente Seblon en Querelle de Brest, los que muestran una mayor distancia con el criminal primario, preso de su propia impotencia y soledad. Seblon, por ejemplo, es el esteta de la pura contemplación, aquel que teme perder el encanto de la misma, si se permite irrumpir en ese otro cuerpo digno de todo enaltecimiento.
Genet mismo decía en una entrevista, que la virilidad es siempre un juego, y que la hombría es una cualidad que sirve para proteger lo femenino y no para desflorarlo. Pero los modelos heterosexistas no han permitido reinventar la identidad homosexual como producto de un proceso revolucionario en el que se reafirman las diferencias.
A la luz de esta lectura, nos queda más fácil entender el más polémico texto de Jean Genet, Pompas fúnebres, el cual es despachado rápidamente por muchos lectores, debido a la aparente exaltación que hace de los soldados nazistas. Si bien es cierto que hay un entusiasmo con el cuerpo de dichos soldados, Genet está aprovechando la masculinidad para jugar con los discursos de las identidades y las diferencias y extenderlo al campo de lo político. No hay que perder de vista que este texto es un homenaje a su amigo Jean Decarnin, asesinado por razón de su lucha política, y que Genet se propone interrogar a esos asesinos, quienes también aman y sienten deseo, y entregan su vida, y asesinan a seres amados por otros.
Las diferencias ideológicas no pueden llevarnos a desconocer que en el adversario también fluyen múltiples intensidades, las cuales, en ocasiones son similares a las nuestras.

Imágenes tomadas de la circulación libre en la red

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias por este escrito, realmente es interesante. Yo soy un gran estudioso de la obra de Jean Genet y sobre todo de su última etapa. Estoy escribiendo un ensayo sobre Genet.

Omar A dijo...

Hola "Anónimo": Gracias por tu mensaje. Me gustaría conocer el ensayo que estás escribiendo. Saludos.
Omar