lunes, 19 de febrero de 2018

A la sombra del abismo


A finales del 2017, la editorial Pie de monte, editó mi libro de aforismos "A la sombra del abismo". Esta publicación cuenta con la fotografía de María A. Parra y el diseño de Santiago López Triana. Fue una edición de colección, de sólo 100 ejemplares.
A continuación les comparto el prólogo que escribió Camilo Barajas.

Hay quienes conciben que la brevedad en la expresión escrita debería resolverlo todo en lo ineluctable de la sentencia. Dentro de semejante concepción pragmática, propia de una necesidad de jurisprudencia para resolver hasta las calamidades domésticas más nimias de una existencia, se reclamaría entonces del aforismo que llegara a ser una suerte de ornamento sintético para dotar de contundencia a los más erráticos o para salpimentar desasosiegos con dosis discretas de sapiencia. En tiempos de lo fugaz, resulta hasta consecuente que se pretenda domesticar la brevedad en pos de lo instantáneo. Pero sucede que la naturaleza esencial de lo breve y su modo de manifestarse tiene filo, doble filo, triple filo: es fragmento. Lejos de los terrenos de lo argumentativo y de lo narrativo, donde la exploración surge por cartografías, aproximaciones y sobrevuelos, lo fragmentario aparece roto en un mundo que se nos revela también roto, saturado de información y tan lleno de brechas que no se deja ya dominar por interpretaciones definitivas.
Así, formas literarias como el aforismo no responden ya a su definición de sentencia o síntesis emblemática de un pensamiento acabado, opulento y fértil en su sistematicidad; muy por el contrario, parecieran surgir de tensiones irresolubles, de superposiciones entre devenires, de forcejeos entre paradojas, de interlocuciones reiterativas que sobreviven una y otra vez a la imposibilidad de ser dichas hasta manifestarse en la sencillez poética de un gesto que una vez contemplado, nos hará volver una y otra vez a él.  Esta naturaleza fragmentaria a la que intento acercarme habita "A la sombra del abismo", la presente compilación de Omar Ardila. Naturaleza abismal la de este trabajo, en la que el filo de lo insondable ha sido tallada al vacío por el autor; al leerlo y releerlo, imagino a un autor que camina sobre acantilados, recolectando fragmentos, poniendo tanto su visión poética como sus manos de ensayista en crear estas esculturas minúsculas que ahora se alzan ante nuestros ojos. Cada pieza es breve y singular, pero en cada una se deja entrever su parentesco con lo gigantesco, lo múltiple y lo universal: la vida, el vacío, la muerte, la identidad, el silencio y la palabra. Hay en ello un vaivén entre lo contemplativo aéreo y lo concreto terrenal; lo cual a veces puede recordarle a una región profunda de nuestro ser su aire de familia con lo inasible, lo impermanente, lo misterioso. Y al mismo tiempo hay en su vida de piedra, algo sumamente orgánico, que impulsa a escarbar en lo cotidiano hasta toparse de nuevo con otros extremos posibles para lo real.
No tengo más que agregar, pues hablar de más en estos casos es hacer tartamudear lo breve y es necesario que el lector mismo se abisme en exploración de lo que acá esbozo.  Sólo una cosa más: dado que mi primer encuentro con este trabajo se dio para mí en condiciones de viaje, me permito una sugerencia algo nietzscheana para este libro: no leer estos textos en voz alta, sino íntimamente, como quien viaja en un tren y en el estado de trance íntimo que produce un largo desplazamiento, contempla estos textos y alza la mirada al horizonte, olvidándose por completo si ya ha llegado a su destino. Liberados de límites, contemplar el abismo.

                                                                                                        Camilo Barajas, Bogotá, 2017                                                                                                                                    

Aquí unos breves datos de Camilo Barajas:

Estudió lingüística en la Universidad Nacional de Colombia. Especializado en comunicación y semiótica se ha propuesto el estudio de narrativas, puestas en escena y diversos tipos de performance. Colaborador y asesor editorial para revistas culturales de corte independiente y académico en la ciudad de Bogotá.


sábado, 16 de diciembre de 2017

LA CONSTRUCCIÓN DE LA ETEREIDAD EN LA POÉTICA DE OMAR ARDILA

Les comparto el texto que muy generosamente escribió sobre mi poesía el amigo y poeta Antonio Zambrano, quien utiliza el seudónimo Amílkar Navío

Antonio Zambrano Delgadillo


Por supuesto, la obscuridad es garantía de que las estructuras etéreas sean capaces de sostener todo el peso de una verdad, que anida en los rayos X de la huella evaporada de los caminos. Por eso es la noche inconmesurable el subterfugio más adecuado para penetrar por los laberintos de los campos ignotos. Y por eso mismo Ardila, a sabiendas de dicha premisa, y de que también la presentación de los libros proclama metáforas, él habría pedido a sus editores que encerrasen los predicados de su libro Espejos de Niebla dentro de un color negro impenetrable. ¿Mas cómo resolver ante semejante severidad el color del delirio de la luz para sellar el carácter hemisférico de la etereidad?  La respuesta la anticipa Borges con otra pregunta, citada por Ardila:

“¿Es un imperio
esa luz que se apaga
o una luciérnaga?

En dos de sus biográficos poemas—Levantamiento del náufrago y Convicciones del náufrago[1]—Ardila porfía en la reconstrucción del mundo que optó por vivir. El mundo laberíntico y lítico, atormentado por lontananzas cenagosas y obligatorias distancias lacustres, jamás prosperó bajo sus pies andariegos por los devenires. El poeta entendió que para que los elementos genitores de naufragio se ahogaran, era apremiante derruir tal perspectiva mediante la construcción de indefinibles estructuras etéreas. Así, arrasó los velos del véspero, para conquistar la pureza del descanso de los nodos de angustia de los sentidos: Esta amarga copa se ha vaciado durante el crepúsculo sin viento. Y termina el poema suprimiendo el ineludible conversatorio foliar de los árboles, para que este no interrogue a la conmoción de los fantasmas del infinito.
El despliegue de la férrea arquitectura del mundo etéreo de Ardila, reviste en Convicciones del náufrago—“En una llamarada de vacío, se hicieron ceniza las palabras que me hablaban con insistencia del silencio”—la reafirmación de la presencia de un vacío que arde como el Sol, fundiéndose dentro de alguna perennidad sostenible. Es advertible, pues, que las categorías etéreas que Ardila recrea, quedan delimitadas por tupidas cercas de alambre de púas clavado en floridas filas de albos saúcos que no sucumben ante la evidencia de la eternidad, sino que, todo lo contrario, se disuelven en esta. En su recorrido poemático el poeta se va lanza en ristre contra la sinonimia, predicando las severas diferencias que pudieran existir ente un vacío pétreo y telúrico frente a un destino vacuo de materia. Ardila no deconstruye la nada: todo lo contrario: la adereza y afirma elevándola a axiologías de dominio perpetuo.
¿Y cómo logra el vate semejante metamorfosis? Dejando entrever  que la muerte no abuse del no-tiempo sino que ejercite el levantamiento de la segur cada vez que se encuentre con la germinación de nefastos entendidos.
Es así como en obediencia semántica a su poema Proclama, el poeta establece definitivamente la severidad necesaria para definir linderos entre la experiencia vital que la materia le provee, y el cotejo de bodegas etéreas a donde envía y guarda los calificandos existenciales, de su tránsito por territorios demarcados con la alba cerca que delimita a cada uno de los territorios etéreos. Y como territorios adjetivados con el merecimiento de herrarlos y cementarlos en la redefinición y reconstrucción de la etereidad que encontró aún en obra de mampostería. Es así como la trilogía de mundos habitada estocásticamente por el poeta, se refuerza y vigoriza dentro de contundente heurística: a) “hacer cenizas las palabras que le hablaban con insistencia del silencio”, para reafirmarse en el mundo que llega a su mirada; b) elongar la perspectiva del viento “para abrirle nuevos caminos a la materia del mundo donde él pasa la noche”; y c), verificar los sardineles, cercas y murallas que retienen las cámaras de etereidad para que la nada y el vacío empollen, en vez de escapar.
  
Amílkar Navío
   Bogotá, 11 de diciembre de 2017.   

Antonio Zambrano es Oficial de Marina Mercante, jubilado, con estudios en la Escuela Naval de Colombia y la Marina de los Estados Unidos. Director de "Ecología Tropical", revista científica de la Sociedad Colombiana de Ecología. Fundó la corporación Ariadna para la extensión de la preservación, el uso y la apertura de nuevos caminos económicos para la florifauna nativa colombiana. Autorizó el proyecto de Sorgo para la producción colombiana de Bio-etanol a gran escala.





[1] ARDILA MURCIA, OMAR. Levantamiento del Náufrago. Convicciones del náufrago.