miércoles, 18 de enero de 2017

En memoria de Óscar Alonso Restrepo


Como algunos de ustedes ya saben, el pasado 4 de enero, falleció mi amigo Óscar Alonso Restrepo, con quien había empezado un interminable diálogo desde hacía 18 años. Ahora he podido confirmar que "la muerte es esa ausencia que impone su presencia", sin ambages y de manera irrevocable. Y puesto que no soy un escritor repentino como para exorcizar con la palabra la aguda pena, he apelado a unos poemas del italiano Emilio Coco para sobrellevar este dolor y esta ausencia tan intensos. 
Mi agradecimiento especial a Carlos Alfredo Triana por acompañar este tránsito con la remisión de los poemas.


Poema de Emilio Coco (Italia, 1940)


Cuerpo Ausente

I

Dime que nos veremos enseguida,
antes de que transcurra esta semana,
a las once, mañana, en la avenida,
para contarnos, caminando juntos,
las cosas en que estamos trabajando.
Dime que nos veremos en la finca
de Emanuele, brindando a copa alzada
por la amistad y escucharemos discos
de los tiempos de cuando éramos jóvenes
al calor del hogar con un buen vino.
Dime que un día escribiremos juntos
el más hermoso libro de poemas.
Yo pondré las palabras más humildes,
tú la magnificencia de la forma
que heredaste de los antiguos griegos.

Sé que no puede ser cierta tu muerte.

II

Me apretaban la mano, me besaban
palmeándome el hombro, presurosos.
¿Cuántos eran? ¿Dos mil? ¿Cuatro mil? Como
un autómata respondía gracias,
y miraba aturdido aquella turba
que no se terminaba, se agolpaba
en la calle, tras el portal abierto.

III

Dejadme ya con ellos, con mis muertos.
Con tía Franca y su tímida sonrisa
dentro del marco oval de oro falso,
que se angustia las veces que no acudo
a la cita habitual de cada sábado.
Debajo está tía Gina que ha llegado
en enero de este año a mi despecho,
sin avisarme se marchó en el día
del bautismo de Alessio. No debías
hacerme esta injusticia. Te he llorado
encerrado en mi cuarto en Espinardo
mientras comían paella con mariscos
y brindaban con cava catalán.
Un poco más arriba están mis padres,
él con trinchera y el cabello espeso,
ella con traje negro, demacrada.
Finalmente, lindando con el techo,
reunidos todos en el mismo nicho,
la madre y dos hermanos de las tías,
el abuelo Michele que leía,
para pasar el tiempo, la Gaceta
mascando caramelos que compraba
con el diario en el bar de calle Roma.
Para ti hemos guardado el mejor sitio,
a la vista de todos, en el centro.
Faltan sólo la lápida y la foto

IV

Sé que ya no será como era antes.
Te doy las gracias, aunque con retraso,
por haberme explicado que en poesía
sólo es cuestión de música y de ritmo.
Me lo dijiste cuando te enseñé
la traducción de mi primer poeta,
Francisco Bejarano. Me iniciaste
en los secretos del endecasílabo,
tu metro favorito. Me ayudaste
a escribir en mi lengua aquellos versos
con los que comenzó mi vida insana:
Col mare se ne vanno i desideri.
È la terra quel mondo dove mai
le barche misteriose approderanno
che ho viste nel crepuscolo passare[1].

Con extrema paciencia corregías
 mis versos insonoros, algo cojos
mientras me atormentaba todo el día
contando con los dedos los acentos
a la búsqueda exacta de la rima.

Sé que ya no será como era antes.

V

Tus amigos me dan la mano y dicen:
Te expreso mi sincera condolencia.
Estaba con mis hijos en la playa,
y lo he sabido sólo el otro día,
acabado el entierro, pues lo siento.
Mis amigos me abrazan compungidos:
En la playa no me ha avisado nadie.
Lo he sabido leyendo las esquelas.
Créeme, por favor, lo siento mucho,
anímate, no puedes hacer nada.
Con la cabeza gacha y paso rápido,
tomo las calles menos frecuentadas.
Soy un gran egoísta. No deseo
compartir con los otros mi dolor.

VI

Y tus libros ¿qué harán en el estudio?
Así es como llamabas al garaje
de unos sesenta metros que compraste
para hospedarlos todos a la vista
en brillantes estantes alineados
en las paredes hasta el cielorraso.
Sentado tras la mesa, con cuidado
los ibas anotando en un cuaderno
con tu bonita y nítida grafía,
tardaré mucho tiempo, tengo tantos,
nunca los he contado. ¿Veinte mil?
Creo que aún más. Si vienes a ayudarme
dentro de un mes los ficharemos todos.
¿Advertirá la falta alguno de ellos
de una caricia leve por su lomo?
¿Te llorarán los clásicos latinos,
tu querido Catulo, sobre todo?
Lo habías puesto en la última repisa,
enfrente de la mesa. Te bastaba
levantar la cabeza, asegurarte
de su presencia tranquilizadora.
Os contemplabais con los ojos lánguidos
de dos enamorados incurables.

VII

Volveremos a vernos en un mundo
en que el sol resplandece todo el día
sin que llegue a quemar, porque las olas
nos envuelven dejando en nuestro cuerpo
una frescura dulce y perfumada.
Y seremos eternamente jóvenes,
formaremos un corro con poetas
que amamos y que esperan impacientes
nuestra llegada para cantar juntos
sus versos y los nuestros, cortejados
por el son de los árboles. Sus hojas
son cítaras movidas por la brisa
que aturde acariciando los sentidos.
Luego nos perderemos por un bosque,
lejos del alboroto de la gloria
que un día perseguimos en la tierra.
Recordando, cogidos de la mano,
bobadas de otros tiempos, nos reiremos
de tanto esfuerzo para distinguirnos
de la anónima turba chupatintas.




[1] Es la primera traducción de Emilio Coco al italiano, de cuatro versos de un poema de Francisco Bejarano, titulado Bahía, que dicen: “El mar se llevó siempre los deseos. / La tierra es ese mundo adonde nunca / arribarán los barcos misteriosos / que he mirado pasar con el crepúsculo”.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Escalones de agua, de Joaquín Zapata


A continuación, comparto las palabras que escribí para presentar el poemario de Joaquín Zapata Pinteño, el pasado 24 de noviembre, en la Biblioteca Nacional de Colombia.



Ensueños de lo elemental

“El agua, como una piel
que nadie puede herir”
Paul Éluard

Aunque lo elemental haya sido relegado por aquellos léxicos prestigiosos que priorizan la “profundidad” de las formas y de las palabras intrincadas, la poesía sabe volver en cada resquicio del tiempo para recordarnos con su andar sigiloso sobre los bordes, que la superficie es el camino más expedito hacia la verdadera profundidad, allí donde la obscuridad juguetea con la luz, tal como sucede en Escalones de agua, el segundo poemario que nos ofrece Joaquín Zapata Pinteño.
Pensar lo elemental también nos lleva a recuperar esa mirada ancestral, entre palmeras y el mar, donde la imaginación se hace poética y los elementos materiales revelan su potencia en el ensueño. El agua, con un carácter femenino, uniforme y constante, es el elemento que acompaña la meditación de Zapata Pinteño. Él sabe que “el ser consagrado al agua es un ser en el vértigo” y que tras el carácter huidizo de ella se esconde la profundidad esencial de donde brota el misterio, la vida misma. Por eso, sin dudarlo, confía en la liquidez del lenguaje humano y en la maternidad del agua.
No hay en el libro un afán por la novedad temática ni por la grandilocuencia tan común en aquellos escritos que por querer aparecer como vanguardia se escudan en el facilismo y en el manido escándalo extraliterario. En un tono de modestia poética, desde el prólogo que se prologa a sí mismo, se advierten las tres referencias (García Lorca, Machado y Hernández) que guiarán este reencuentro con la lírica depurada, anclada en la búsqueda de lo justo, de lo exquisito, del clasicismo moderno.
No en vano, y siguiendo la ruta de esas dos grandes elegías de García Lorca y Hernández[1], el libro abre con una Elegía por esa persona amada que ya no está físicamente pero que sí pervive, embellecida, en los escalones de agua. El recuerdo del dolor, ahora estetizado, ayuda a la liberación pero sin olvidar el peso de la ausencia: “Un escalofrío de siglos por tu ausencia / recorre aún todas mis horas”. Ese tono de dolor se va incrementando a lo largo de la primera parte del poemario (Un mismo adiós) hasta dejarnos ver el deseo de partir por cuenta propia, abrazado y hermanado con Sócrates. ¡Cuánto dolor inenarrable acompaña la voz del poeta! Aunque él sabe que ese dolor sólo es habitable en y por medio de la poesía y a ella le apuesta todo, pues para seguir le es preciso huir de los “escalofríos muertos”
Vigilancia de la luz (la segunda parte del libro) llega como un escape, una salida ante la sombra, auspiciado por la estética literaria que se ha ido depurando en poemas en prosa como Ciegos alcatanes o La emoción de la crisálida, en los que hacen gala la fluidez de la imagen y la pulcritud de la palabra. Poco a poco, el poeta nos devela sus ensueños de lo elemental, su reencuentro con la tierra, el agua y el fuego, que desde niño, en su natal Elche, lo han venido alimentando.
Luego nos entrega unos Epigramas en los que se insinúan atisbos de profundidad por medio de un tono íntimo, sosegado; con desprendimiento y liviandad. Enseguida experimenta un reencuentro con el dolor al revivir la voz del poeta amigo que aunque haya partido no se ha desprendido de su ruta sino que lo acompaña en el naufragio de una sangre que arde en la memoria. Con él aprendió que la certeza del poeta reside en las antípodas, que la belleza habita en el dolor.
El acento más meditativo del libro aparece en las partes finales (Evasión del yo y de la palabra y Palabras y fantasmas). En ellas hay una conversación permanente con ese otro que a menudo interroga a los poetas, ese doble que mira hacia otro lado pero que a veces también sincroniza con nuestros pasos como para preparar hasta una fiesta. Aquí, Joaquín Zapata, ya se permite esbozar algunas certezas, pues ha vislumbrado que la poesía no es precisamente para encontrar la iluminación, ni para ganar la eternidad pero que sí es imprescindible por el aliento que nos brinda. Sin embargo, es preciso desprenderse de sí tanto para la victoria como para la derrota. La evasión del Yo brota como una necesidad, un imperativo; y el hombre contemporáneo que le ha apostado todo al narcisismo queda como un proyecto olvidado, frustrado, quizás, perdido para siempre. El llamado que el poeta se hace entonces, es a volver por sí mismo, liberado del tiempo, como una pura afección y anhelando la pasión del No-ser.
Resta decir que el libro también incluye dos cuentos con los que el autor homenajea a sus abuelos paternos. Más allá del hecho anecdótico de la referencia familiar (la cual, por supuesto, que es muy importante por la potencia afectiva que conlleva) cabe destacar que el tono fluido y embellecido que habita en los poemas, también se mantiene en la narración. La evocación de esos lugares de la infancia y de esas sensaciones primigenias en las que “todos los días parecían fiesta” surgen cargadas de imágenes estéticas como aquella que nos habla de la aldea de Musgonia, donde, “cuando llovía cada gota era un arco iris” o esta otra que describe la lóbrega ciudad donde doña Urbana ofrecía su medicina milagrosa: “una ciudad desoladora en la que la humedad de los edificios chorreaba por sus esquinas como un llanto de lamentación”. Y como corresponde en el cuento, esa poética narrativa, está fortalecida con la creación acertada de los espacios fantásticos y con el curioso manejo del tiempo.
Al final, y con la confianza del marinero que aprendió a sentir el agua como una piel, Joaquín nos entrega su icónico verso que recoge toda una metafísica: “Sólo el mar puede comprenderlo todo con la mansedumbre silenciosa de su abismo”.


Omar Ardila
En Bacatá, 30 de octubre de 2016


[1] Me refiero a Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, de Federico García Lorca y a Elegía a Ramón Sijé, de Miguel Hernández.



Joaquín Zapata Pinteño es ilicitano, poeta y marino. Nació en julio de 1943 en Elche (Alicante-España). Fue profesional del Derecho ejerciendo como Procurador de los Tribunales y Técnico de la Administración Pública. Dirige una fundación médica en Bogotá, donde se reencontró con la literatura e incursiona ese ámbito con La invisibilidad de la ceniza (2015). Escalones de agua es su segundo poemario.