jueves, 5 de mayo de 2016

El tuerto de las serpientes. 1546

Fotografía tomada por Pedro Reino en Puyo-Ecuador. Puyo es la capital de la provincia amazónica de Pastaza y el indígena desnudo pertenece a los Woarani o aucas, que son los más belicosos y certeros hombres de lo profundo de la selva, quienes llegaron a Puyo a un concurso de cerbatanas, o sea de disparar por unas cañas largas, dardos envenenados mediante su soplo hacia un árbol y dar en un blanco del tamaño de un ojo a más de 50 metros de distancia. Estos músicos que luego actuaron en escenario fueron los ganadores frente a otros nativos. 


Les comparto un texto del escritor ecuatoriano Pedro Reino Garcés, en el cual podemos apreciar su particular manera de reconstruir, recrear y repensar la historia común de nuestros países hermanos.



Por Pedro Reino Garcés

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Me ha dicho que había tenido que hacer el amor con una serpiente que  se le iba engrosando como un tonel de vino; y que era  tan larga y retorcida como el río que le pertenecía.  También me  dijo que el río  era suyo,  porque  él lo había descubierto. Esas serpientes anacondas existieron allá  mucho  antes de que nuestra madre Eva saliera desnuda a pasearse en sus jardines y fuera tentada por una lombriz insignificante. Eran cosas que él conversaba delante de la gente que quedaba atónita, mirándole el único ojo por el que saltaban sus  aventuras repletas de lluvia, de monos acróbatas  y de guacamayas que hablaban  lenguas nunca oídas.  También me conversaba que por esas selvas, las que van a llamarse  la Nueva Andalucía, las mujeres, cuando pasaban a ser hembras, botaban sus alas de increíbles mariposas  y se transformaban en peligrosísimas amazonas que, totalmente desnudas, manejaban diestramente las lanzas con las cuales olfateaban a los hombres para llevarlos arrastrados  hasta  la hojarasca, donde, después de succionarles la fertilidad, les devolvían a la selva con los ojos enlagunados.
Me decía que todavía  tienen algo así como un poder de las “arañas sociales”  que tejen hamacas gigantescas entre los árboles, donde se puede columpiar la gente sobre ríos y lagunas. Es cosa que muchos las pueden ver  colgadas de altísimos guarumos. Me dijo que en esos hilos tejidos con  lluvia y con cantos de pájaros,  él las  había visto hacer el amor a las mancebas  con algunos de sus imprudentes  soldados,  hasta que ellas  los dejaron exterminados  como a los demás  insectos que caían en sus redes. Después de abrazos y besos y demás estertores del deseo. Solo habían quedado  los huesos pelados  y escupidos, los que tuvimos que lanzarlos a la corriente, me confesaba.

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Sé que estás reclutando gente para regresar a tu río, me casaré contigo para que me lleves al lugar  donde quieres tener un reino con esas  amazonas, atinó a decir Ana de Ayala entre saltos y brincos de sus quince años. No me importa que me dobles en edad y que hayas regresado tuerto a Extremadura. Me has consolado diciendo que también quedó tuerto el padre Carvajal que bajó en tu compañía cuando te desprendiste de Pizarro.   Ahora que eres el tuerto de Trujillo, iré contigo a Indias y lo primero que haré es  averiguar por  tu  ojo robado por los indios de Puerto Viejo en Guayaquil;  o por lo menos, iré a buscar evidencias de  tus miradas que deben  estar diluyéndose con las gotas de la lluvia por Baeza o por el río Napo,  por donde dices que nunca cesa la lluvia entre las hojas de la selva.  Avísale a tu padrastro Cosme de Chávez. Dile que tienes una mozuela dispuesta a desafiar al mar y que quiere  llenarte de ilusiones  el hueco del ojo que cubre la mitad de tu destino.
¡Cómo has llegado a alegrar mi vida!,  mi bella niña. ¡Cómo saltan tus palabras desde la inocencia de tu alegría!. Si tú me ofreces tu primer amor, yo te regalaré mi río.
Quiero que me vean contigo en la iglesia de la Macarena de Sevilla. Quiero que nos vea la Virgen entre sus diez mil velas encendidas. Vamos para que ella reciba el olor de tu cuerpo impregnado de ese país de la canela. Ten cuidado con los olores pecaminosos de tu ishpingo ante la Maja. Muéstrale tu vientre debajo de la armadura para que se acuerde de los troncos de los árboles de ceibas que, según me dijiste,  dejaste en Puerto Viejo de Manabí.  Decías que esos arbolones son piernas de machos  encantados que florecen sus lanas en sus ingles sedosas en los meses  en que  las garzas les picotean los ombligos.  Ofrécele secretamente oro para sus espléndidas coronas.  Yo, en cambio,  le voy a decir que  desde tu río de las amazonas  le iré cantando sevillanas y recitando cantes de gitanas con gritos de porfías,  para quitarle sus lágrimas a punte avemarías.
Será como tú quieras a cambio de que te cases y vayas conmigo. Te mostraré los 6.800 kilómetros que tiene mi río por el que yo he bajado aventurando y haciendo el amor a esa serpiente en cada uno de sus recodos infinitos. Mi niña, quiero guardar en tu alma lo que en las cortes no me creen. Nuestro Rey quiere oro y no aprecia mis relatos infinitos. En mi cara no está el convencimiento. Ponme atención a lo que han dicho: que tal vez estuve en Grecia averiguando sobre la guerra de Troya, y no en las  Indias. Creen que me ha embrujado la reina Pentesilea y que he tenido visiones con sus amazonas que yo nunca he sabido que eran doce: con Clonia, con Polemusa, con Derinoe y con Evandra, con Antandra y con Bremusa, con Hipótoa, con Harmótoa, con Alcibia y Derimaquea, y con Antíbrota y Termodosa. Andan  diciendo  que me creo un Aquiles  dando muerte a las mujeres;  que he vuelto a asesinarlas en mis alucinaciones. Que quiero convencerles en la corte  que he matado con sus propias  lanzas a cualquier Pentesilea, y que la he dejado sepultada  a orillas del río que debe ser el Escamandro, y que quiero regresar hasta su tumba para juntar mi alma vagabunda  a su belleza. ¿Dime si acaso no eres tú, la que quieres que yo te ame, como a Pentesilea?  Te aseguro que lo comprobarás cuando tan solo seas pluma desprendida de mis obsesiones. Te darás cuenta  que quiero ofrecer a España la cinta de agua dulce más larga del planeta . Es verdad que en las cortes la gente parpadea sus dos ojos, pero son tuertos de la razón, tuertos de sueños, son tuertos de futuro, entorpecedores miopes que no entienden de la gloria, que miran por solo el ojo que tiene hasta cataratas  en sus míseras  codicias.
La Corte no me autoriza que contrate pilotos extranjeros. Dicen que es por las leyes que tal situación está prohibida. Quiero asegurar mi vida comprando buenos navíos, quiero asegurar mi expedición para tener atractivos tripulantes. Tengo negociadas cuatro naves  con las que conquistaremos el gran río; estoy negociando: “La Victoria”, la San Pedro, la Guadalupe y la Bretón.  Me han dicho que he puesto mi único ojo en las peores. ¿Me ayudarás a creer?
Seré la luz que te falta al otro ojo, mi amado tuerto trujillano.  Lo que te puedo asegurar es que vamos a casarnos este 24 de noviembre de 1544.
Mi pequeña Ana, mi esposa niña. Cuando lleguemos al río mar, serás más célebre que Pentesilea. Mira cómo nos han obstaculizado nuestro viaje los que ahora son dueños del destino. Las naves ya están en el puerto de Sevilla.
 No le hagas caso al tal  fray Pablo de Torres, amado tuerto mío. Es su envidia la que en todo encuentra irregularidades. Déjalo gritando por las calles de Sevilla: No lleva los trecientos hombres anunciados, le faltan aparejos y artillería para disparar a sus amazonas. Ha tomado marinos flamencos, alemanes, ingleses y portugueses. Todo es un desacato del tuerto que además está demente. Le faltan armas y caballos para pelear con sus serpientes. Este 11 de mayo de 1545, Orellana se ha hecho a la mar sin obtener nuestro permiso.
Ana de Ayala, la niña esposa del tuerto Orellana oye en alta mar los gritos del padre  Pablo Torres: el tuerto ha cometido un desacato. Ha zarpado el tuerto a su país de la canela.

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¿Qué pasa con el mar de Cabo Verde, señor mi esposo don Francisco?
Nada pasa mi niña. Mira como el amor es azul cuando es profundo; mira como el amor es color de la esmeralda cuando tiene tu edad; mira como el amor resbala sobre la piel del mar cuando se esconde entre las islas del deseo. ¿Sientes cómo vamos cabalgando sobre caballos de agua? ¿Acaso no te has dado cuenta que los peces te colean en tus pechos? ¿No has visto que mis dedos son cardúmenes que se refugian en tus algas, en   tu pelo y en los peñascos que tienes debajo de tus besos?
De pronto la tripulación eleva gritos. Capitán Orellana, suspenda sus actos de amor sobre la nave que se está hundiendo “La Victoria”. Ana se zafa de sus  propias ansias, desata los brazos que le atrapan y sale a contemplar su vida en hundimiento.  El mar, el mar, el mar es así como la vida. No se sabe su principio y su final.  Mira con qué color nos sigue el mar a “La Victoria”. ¿Notas el cambio de color entre sus olas, mi capitán don Francisco de Orellana?
Adelante es azul, verde y turquesa. Estamos en el mar de Cabo Verde.
El mar de atrás se ha vuelto  sucio y de hace rato nos viene  pestilente. Tiene el  exacto color de oro podrido;  huelen los vientos a codicias repulsivas. Hay más peligro porque son mansas olas de odio.  Es un mar que se ha dormido en su venganza.  Son las letrinas de la tripulación.  Es la peste  que descargan las aguas hediondas y malsanas las que han contagiado al mar con sus bacterias. Abandonemos el barco que estamos navegando sobre estas olas repletas  de diarreas. Son gritos que se oyen desde los cobertizos.
“La Victoria” se quedará durmiendo en estos  mares para constatación de nuestra historia. Le dice el Capitán; pero las voces  malolientes de la muerte salpican de gritos la catástrofe:
“La Victoria”  se quedará durmiendo en estos  mares haciéndoles defecar a los cadáveres. Han tirado al mar a ciento cincuenta tripulantes intoxicados de tu seducción, de tu testarudez,  de tu codicia. ¿Ya no queréis oír  qué cien sobrevivientes están gritando que  se regresan porque no piensan más obedecerte?  Dicen que prefieren volver a comer mierda, pero que no les interesa naufragar,  ni morir podridos en nombre de la capitulación de cualquier rey de papel ni del medio Cristo visto por un tuerto.
Griteríos y olas, da lo mismo. Palabras o viento es redundancia.  Dicen que la diarrea se ha estancado porque sus portadores se han  encontrado inesperadamente se con la muerte. ¿Cuántas naves me quedan sobre el ma, querida mía?  ¿A ti no te duele la barriga? Anita mía, cuando lleguemos a la selva, cuando penetremos al fin por nuestro río, acude de inmediato en pos de los hechizos de las  indias; busca entre las nativas amazonas a las que  tienen saberes de sus medicinales yerbas. No sabes cómo es terrible este  dolor de mi barriga.  Se me retuerce el alma y me salen los  sudores  de las tripas. Hay arcabuces que viajan por mi estómago, y gruñen de rabia los perros que buscan las podredumbres en mis vísceras.
¿Cuánto falta para llegar amado mío?
Tal vez un par de meses, y después  tendremos ese inmenso río de agua limpia. Es por culpa del agua podrida, que lo han contaminado  aquí, en el barco, que me ha  dolido  la barriga;  y tengo que confesarte, que desde ahora  mi mierda es infinita. Pero, ¡cómo me duele la barriga! Y para colmo, ya no tenemos nada qué comer, ni agua para poder beber, y además;  tener que ir a pujar en la letrina. Tal vez pueda valernos el meado limpio de un caballo. Ruégale,  vida mía, que nos salve la virgencita de Sevilla.
 
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Perdona amada mía, mi niña consentida. Hemos llegado al catastrófico final de nuestra utopía. Es noviembre de 1546. Aquí estamos  de regreso al río-mar. Mi última barca se ha encallado en las arenas acarreadas desde mi primera travesía. La barca que ves  es la vida misma que ahora está quieta aquí a tu lado,  justo porque ha sentido mi agonía. Dame tu mano fresca  mientras devuelvo mis últimas palabras a esta vida. Después de lo dicho, cierra mi ojo explorador  y entiérrame a la orilla de mi río, debajo de un árbol noble. Dame tu mano que ahora mismo siento que  me invade la fatiga.  No puedes decir que no te  he cumplido. Te vine a mostrar el río-mar.  Tómalo por tuyo porque te lo mereces, tanto por mi amor como por haber sido la primera mujer de las Españas que aprenderá la lengua de mis pájaros, y escribirá en su Biblia que fuiste tú la  que miró a las serpientes engrosadas con los siglos. Dirás que yo nunca he traicionado a mis primos: los Pizarro. Gonzalo nunca entendió que los ríos son como la vida del bergantín, que no hubo  posibilidades del regreso. He vivido apenas mis treinta y cinco años. Júntate a los veinte hombres que nos han sobrevivido, y beban lo que puedan de agua limpia, que desde ahora  les heredo.
Que Juan de Peñaloza te cuide el resto de tu vida.  Él  que sabe mucho de mi situación debe luchar por mis derechos y, seguro, te hará su concubina. Reclamen por mis descubrimientos ante el Rey, reclamen mis derechos por la gobernación de Guayaquil. Si acaso tienen tiempo, busquen la flecha con la que disparó el indio y me arrancó el ojo en Manabí.
Te dejo amada mía. Bajo a mi tumba de agua. Si acaso se han da acordar de mí, algún día, sepan que les caminaré por el recuerdo desde la saliva urticante de la  hormiga.
 
 
Léxico

Arañas sociales: Variedad de alimañas de la amazonia que tejen sus telas gigantes en forma comunitaria.
Guarumo: Árbol amazónico  que alcanza grandes alturas y es preferido por aves, hormigas y arañas.
Ishpingo: Flor de la canela amazónica usado en la elaboración de postres, dulces y aromatizantes. Asociación erótica masculina por la forma de la flor.

1 comentario:

Jairo Oliveros Ramírez dijo...

Asombroso, admirable por la prosa y porque rescata parte de nuestro pasado y construcción de nuestro mundo.