martes, 14 de septiembre de 2010

Esquizoanálisis 1

Comenzamos la publicación de un texto introductorio sobre el esquizoanálisis. Debido a la extensión del mismo, haremos la entrega en diversos momentos.

EL ESQUIZOANÁLISIS: UN CAMINO LIBERTARIO – Fundamentos y vigencia del Esquizoanálisis.

Resumen

Desde que Gilles Deleuze y Félix Guattari plantearon y desarrollaron los fundamentos conceptuales del esquizoanálisis y mostraron algunas coordenadas para hacer de dicho postulado una práctica real (como únicamente podemos entenderlo), el mundo del pensamiento moderno sufrió una conmoción notable, de la cual aún se sienten las réplicas, aunque los brotes surgidos en torno a este dispositivo todavía son minoritarios, no obstante el crecimiento desbocado de los flujos represivos y disciplinarios en todos los órdenes, contra los cuales es vigente y necesario adoptar una posición activa y real como la expuesta por el devenir esquizoanalítico.
El interés de este escrito es mostrar cómo se origina y qué plantea el paradigma del esquizoanálisis, a partir de dos textos escritos por el dúo Deleuze-Guattari (El Anti-Edipo - Capitalismo y esquizofrenia y Mil mesetas*), en los que se encuentran las bases teóricas de dicha práctica. Con la exposición básica de algunos de sus conceptos, buscamos plantear la importancia de su aplicación en las dinámicas actuales y evidenciar la urgencia de renovar los esquemas mentales que mantienen un entramado coercitivo y falsamente productivo.





Nueva orientación de la mirada

Para comenzar, es pertinente recordar el punto de partida que formulan los autores, según el cual, por todas partes circulan máquinas: “todo lo que existen son máquinas”, cuya principal función es la producción. Una de aquellas máquinas productivas es la “máquina esquizofrénica”, en la cual concentran la observación para entender su funcionamiento.
Teniendo en cuenta ese presupuesto, la primera constatación que realizan es que resulta más útil (para efectos productivos) el paseo del esquizofrénico que la quietud en el diván del neurótico. La máquina esquizofrénica aparece como algo que produce, y no precisamente, metáforas o fantasmas como en el psicoanálisis de Freud, sino que produce realidad. Por tanto, resulta necesario desnudar la idea de Edipo estructurada en los textos clásicos de Freud, debido a su condición de represora de las “máquinas deseantes” (las máquinas productivas más importantes para ser estudiadas, desde la dinámica esquizofrénica).
Abordan la esquizofrenia no desde un punto de vista naturalista pero sí tienen en cuenta que la naturaleza misma es proceso de producción, aunque dentro de las lógicas sociales predominantes, dicho proceso es apenas un evento relativamente autónomo, pues en el capitalismo clásico, la producción es “consumo y registro” a la vez. Registro y consumo son producciones de un mismo proceso. De igual manera, confirman el rompimiento con aquella visión que habla de una separación entre hombre y naturaleza. Ambos son entendidos como “una misma y única realidad existencial del productor y del producto”. En este camino, necesariamente, hay que remitirse al análisis del deseo; la “producción deseante” es vista desde una óptica de “psiquiatría materialista”, que entiende al esquizo como Homo natura, el cual no es un fin en sí mismo, como tampoco lo es su continuación hasta el infinito para completar el proceso. Lo importante del proceso es su realización. Entonces, la esquizofrenia viene a ser entendida como “el universo de las máquinas deseantes productoras y reproductoras, la universal producción primaria como ‘realidad esencial del hombre y de la naturaleza’ ”. (Anti Edipo, 14). De esta manera, el esquizofrénico se convierte en el “productor universal” que se identifica con su producto.



Las máquinas deseantes responden a un sistema binario, lineal, que supone el acoplamiento en otra máquina a través de flujos y cortes: un objeto supone la continuidad de un flujo, y un flujo, la fragmentación del objeto. De manera acoplada es como existen las máquinas; en ellas, el deseo fluye y corta. Sin embargo, existe además, un momento antiproductivo en el cual la energía fluye libremente sin presentar cortes, este momento corresponde el espacio-tiempo del Cuerpo sin Órganos (CsO)1, el cual ha podido ir más allá de la linealidad binaria (del productor identificado con el producto). El deseo, en tanto que principio inmanente, produce máquinas deseantes que nos forman un organismo, el cual, a la larga, se convierte en un agente represivo que define un modelo de organización, contra el cual se levanta el Cuerpo sin Órganos. El CsO sirve de superficie para registrar la producción del deseo – El CsO es el campo de inmanencia del deseo. El deseo actuando como proceso de producción, que no tiene referencia a instancias externas –, pero en este movimiento se da una síntesis disyuntiva que permite el desplazamiento de las “permutaciones posibles”, de las diferencias, sobre la superficie lisa (nómada), en lo que viene a ser un procedimiento de inscripción. De esta manera, podemos asumir que la energía disyuntiva es la forma de la “genealogía deseante”. El papel del CsO no es romper con el sistema lineal-binario de las máquinas deseantes, sino introducirse en su dinámica como tercer término que detiene la posible configuración triangular edípica de origen parental (el triángulo papá-mamá-yo) para que no haya proyecciones de esa figura sino para inscribir disyunciones – eso mismo es lo que hace el esquizo al poner en marcha su propio y fluido código de registro de la realidad –. El CsO está poblado por intensidades que pasan y circulan. Las hace pasar pero también las produce. Es materia intensa no formada y no estratificada. Y si entendemos que materia es igual a energía, podemos decir que lo que produce el CsO es lo real. El CsO no es anterior al organismo sino adyacente a éste, y no cesa de deshacerse. No es regresivo, está presente en todos los momentos. No es un concepto o una noción, es más preciso decir que es una práctica o un conjunto de prácticas.




Como ya habíamos anotado, en el capitalismo la forma de producción de “consumo” se da en la producción de “registro”, como continuación de ésta, y tiene que ver con la inscripción que se hace referente a un sujeto (que no tiene identidad fija, que se mueve de acuerdo a las disyunciones en la superficie del registro). En dicho sujeto, el consumo es consumación al mismo tiempo, por tanto, voluptuosidad, desenfreno consumista. De esta manera, se ubica frente a una nueva síntesis que ahora es conjuntiva, generando un nuevo vínculo entre las máquinas deseantes y los cuerpos sin órganos, quedando el sujeto con un carácter residual (al lado de) al revivirse lo reprimido. A través de este proceso, se reviven “cantidades intensivas” que traducidas (en voz del sujeto) quieren decir un Yo siento (por oposición al Yo pienso de la tradición racional moderna) de una manera más aguda. Esta es la realidad del esquizo: la vida más próxima a la materia, de una manera intensa y totalmente productiva.
El psicoanálisis ya había hecho el gran descubrimiento de la producción deseante como producción del inconsciente, pero rápidamente opacó ese descubrimiento con el idealismo de la representación. El inconsciente productivo fue presentado solamente como expresivo a través del mito y del sueño. El deseo fue concebido como carencia de objeto real, que producía pero fantasmas y que se producía a sí mismo desprendiéndose del objeto y ampliando la carencia. Desde la óptica esquizoanalítica, se argumenta que si partimos de pensar el deseo como producto de una carencia, vamos a llenarlo pero con una producción fantasmática. Y si el deseo produce, produce es algo real (“en realidad y de realidad”). Por lo tanto, desear es producir. Lo que realiza el esquizoanálisis es una economía del deseo, postulando a las máquinas deseantes como la categoría fundamental. La esquizofrenia se entiende, entonces, como proceso de producción del deseo y de las máquinas deseantes. “El deseo es un conjunto de síntesis pasivas que maquinan los objetos parciales, los flujos y los cuerpos, y que funcionan como unidades de producción” (Anti Edipo, 33). El deseo no carece de nada, no es carencia de objeto. Juntos, el objeto y el deseo, conforman una máquina que actúa integrada tanto en la producción deseante como en la producción social. El campo social está recorrido por el deseo – “sólo hay el deseo y lo social, y nada más” (Anti Edipo, 36) –. El deseo no es carencia, no es dato natural; está en funcionamiento, es proceso (no estructura o génesis), es afecto (no sentimiento), es individuación de un acontecimiento, de una estancia (no subjetividad). Constituye un campo de inmanencia (que posee zonas de intensidad, de umbrales, de gradientes y de flujos). Es un cuerpo biológico, colectivo y político2.
Volviendo a las máquinas, encontramos que éstas son definidas como un “sistema de cortes”, que de ninguna manera pueden llevar al distanciamiento con la realidad. Para que una máquina realice el corte de flujos, siempre debe estar conectada con otra máquina que, a la vez, también produce flujos. La continuidad no se rompe sino que es condicionada por los nuevos cortes. El hombre también forma máquina. Es una pieza que junto con otras piezas se comunican para constituir una máquina: la máquina social. De la dinámica permanente (corte-flujo) es que surge el deseo, como puede verse, inscrito en una actividad productiva. En fin, lo que producen las máquinas son cortes productivos. De esta forma, se plantea que las operaciones reales (productivas) del deseo son: extraer, separar y dar restos.

En las máquinas deseantes, la producción es una “multiplicidad pura” (multiplicidad entendida como sustantivo; que supera lo múltiple y lo uno) de ninguna manera reducible a la unidad (argumento que podría llevarnos a pensar y justificar totalidades de origen o de destino). Claro que puede haber totalidades al lado, pero que no totalizan las partes. Asimismo, es importante decir que el funcionamiento de las máquinas deseantes se da en las rupturas, en los fraccionamientos, en las fisuras; y aunque todo suceda al mismo tiempo, no es posible que las partes se unifiquen en un todo. Lo que está poniendo en duda este planteamiento es la existencia de una dialéctica evolutiva, ascendente e integradora, al superar los contrarios. Las multiplicidades fluyen y circulan entre las disyunciones pero no son vasos comunicantes, sino que mantienen una relación de forma transversal, la cual es reafirmativa de las diferencias. Sin embargo, dichas disyunciones son inclusivas, en tanto que tienen que ver todo el tiempo con la producción de la máquina deseante.

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