miércoles, 1 de diciembre de 2010

Jacobo Fijman: el Cristo Rojo

 


“Entre mi pintura y mi poesía hay una misma mano. Las mismas concepciones. De niño me dijeron que sería un gran pintor. Y entonces quemé todo. Ahora lo hago para perfeccionar mis sentidos, externos e interiores. Sólo de esa forma es válido pintar y escribir. Y hasta que los pintores y escritores no lo entiendan, deberían dejar esas cosas. Porque están mintiendo. El arte tiene que volver a ser un acto de sinceridad”.
(Jacobo Fijman, en entrevista con Vicente Zito Lema, 1969)

 
Desde los oscuros pabellones del horror, donde la agónica lucha contra la razón asfixiante era una necesidad y donde la soledad se imponía abigarrada de imágenes aéreas, rescatamos una voz que transitó hacia el grito, luego de desnudarnos con sus contrapuntísticos efluvios; es la voz de Jacobo Fijman, quien vio cerrarse la última puerta de esta morada hace cuarenta años (en un día impreciso de 1970, aunque las notas necrológicas aparecieron el 1 de diciembre de ese año) luego de entregarnos una de las obras poéticas más desgarrada, transparente y profundamente mística, de la literatura argentina en la primera mitad del siglo XX.

Su vida, marcada por el sino de la pobreza y del olvido, fue un constante deambular entre sórdidos lugares y el manicomio (donde finalmente sería internado desde 1942 hasta su muerte). El informe que ordenaba su reclusión definitiva presentaba el siguiente cuadro clínico: “alienación mental por psicosis distímica – síndrome confusional”.

De estirpe judía, nació en 1989 en Berasabia, un pueblo del antiguo Imperio Ruso, hoy perteneciente a la República de Moldavia. Emigró junto a su familia hacia la Argentina en 1902, instalándose en la región de Lobos (al sur de la Provincia de Buenos Aires) donde realizó su formación básica e intermedia. En 1917 llegó a Buenos Aires para adelantar estudios de francés, habiendo alcanzado la licenciatura, lo que le permitió desempeñarse como profesor, aunque sólo por un corto tiempo. Su insaciable búsqueda de conocimiento lo condujo a indagar en otros temas: filosofía antigua, griego, latín, leyes, matemáticas.  Además, día tras día, se preocupaba por perfeccionar la interpretación del violín, el cual lo había acompañado desde la adolescencia y seguiría siendo su fiel compañero en el deambular para ganarse la vida, tocando por unas cuántas monedas donde el hambre lo llevara.

Hacia 1921, luego de un extraño suceso en el que se vio envuelto, fue detenido por un policía que lo presento ante la comisaría como “un individuo que dice ser el Cristo Rojo y que padece el mal de la anarquía”. Posteriormente fue internado por primera vez en un hospicio. Allí recibió electrochoques y fuertes castigos, y permaneció alrededor de seis meses, manteniendo el rigor tanto en su escritura como en su pintura.

Desde su salida, y ya con una obra en ciernes, empezó a vincularse con algunos magazines, en los cuales aparecieron publicados sus primeros textos. En 1926 fue invitado por los jóvenes impulsadores de la revista Martín Fierro (Macedonio Fernández, Jorge Luís Borges, Oliverio Girondo y Leopoldo Mahecha) para que se les uniera en su proyecto. Motivado por la acogida que le brindaban, se dio a la tarea de publicar su primer libro, Molino Rojo, en el mismo año. Aunque el nombre de esta obra fácilmente podría entenderse como una evocación de los movimientos revolucionarios del momento, Fijman aclaraba que, más bien tenía que ver con “dos estados del alma” (la locura y el delirio) en los que se traslucían su itinerario en el manicomio y la lucha sostenida con la razón que no le daba espacio para desplegar su vuelo. En este poemario, ya empieza a desnudar a la locura y a mostrárnosla como una vivencia “tan humana” y además propicia para la creación, pues “hallaba en la demencia una instancia poética”. Asimismo, la obra está atravesada por el dolor y la desesperanza. Ha establecido un romance con la agonía, se siente “una mortaja viva” y considera que “el sudario más frío es uno mismo”. Sin embargo, en medio de tanta nostalgia por las partidas perdidas y aún sintiendo que es “muy larga la noche del corazón”, también afirma con vehemencia que su “corazón es blanco de ternura” y que espera hallar alguna salida, quizá en medio de un mundo erotizado que parece activarse en los versos finales de su poema, Cópula:

Nuestros cuerpos: auroras y ponientes
En la alegría loca de los vientos
¡El corazón del mundo es nuestra boca!



 
En su primer viaje a Europa (hacia 1924), desde donde llegaban los ecos de las vanguardias, especialmente del surrealismo, Fijman se cruzó con Bretón, Eluard, Artaud y Lautréamont, aunque no se enfiló con ellos debido a su interés creciente por el misticismo, que lo llevó posteriormente a bautizarse como católico y a querer ser sacerdote. Fueron los días en que empezó a proclamar que era un santo “aunque estuviera prohibido por la iglesia”. En su exaltación, también se veía como el Cristo Rojo, Jesucristo, Beethoven, un nihilista, el superhombre, Lenin; tenía por padre a Trotsky, era un caldeo que observaba las estrellas, dirigía las batallas, iba a las barricadas, llevaba la bandera roja… en fin, era multiplicidad sin tiempo que vivía por y para su única razón existencial: la pintura y la poesía. 

En 1929 vio la luz su segundo libro, Hecho de estampas, el cual está dedicado, entre otros, a Macedonio Fernández, Oliverio Girondo, Eduardo Mallea, Raúl González Tuñón; amigos que aún seguían animándolo pero que luego lo abandonarían. Esta obra está poblada de recuerdos (de la niñez y de la adolescencia) cuando, a pesar de estar circundado por un entorno armonioso, su mirada de infante ya buscaba donde posarse para encontrar un poco de sosiego.


Poema III

Está mi risa de niño
con la abuelita ciega de la noche oscura.
Resuenan mis botas groseras de campesino
en la ternura de los caballos,
y he ido.
Al son de ríos lúcidos y puros
tiemblan las curvas de los pozos como las dulces
patas de los corderos.
Encerrada en mis pasos sigue la noche obscura.

El libro continúa con una estela de sombra y un subfondo agónico, pero a pesar de ello, hay un encantamiento con el mar, los océanos y las estrellas; espacios donde busca la infinitud a través de la contemplación, teniendo a la soledad y al silencio como aliados, aunque también éstos los abandonan en cierto momento, dejándolo doblemente huérfano.

Tras un segundo y frustrante viaje a Europa, vuelve a Buenos Aires y publica en 1931, su tercer libro, Estrella de la mañana. Es un libro que bordea la iluminación, que se aproxima a la gracia, que nos muestra un poeta-verbo encarnado en el misterio de la eternidad, y aunque comienza con un verso lapidario: “Los ojos mueren en la alegría de la visión”, rápidamente vuelve a dejarse llevar por la tranquilidad que le inspira el devenir; de nuevo surge la esperanza, eleva una plegaria y acepta su destino como un reto espiritual. Es un Job que clama desde su dolor, que sabe esperar y que quiere “morir en Cristo”. Experimenta una profunda entronización con figuras angélicas, acepta su propia cruz con alegría y le dice a su alma que “somos en Dios desnudez ordenada”.

X

Está contigo la paloma santa.
Alma mía, somos en Dios desnudez ordenada.
Nos levantan las manos olorosas de paraíso.
Ando sobre la tierra
y en nuestra sangre muero y resucito en la sangre de Cristo.
Desnudez ordenada
en las manos cubiertas de sueños y prodigios de sueño y de prodigio.
Desnudez ordenada por la pasión y la muerte.
Desnudez ordenada que cae en la primera muerte y que levanta la primera vida.
Se pone multiplicada de misterios, y la manzana conviértese en palomas,
y los vientos se cubren por sus vuelos.
Nuestras tierras alumbran recostadas en cielos y mediodías.
 

 
A la manera de los grandes místicos, Fijman percibe una consubstanciación con la “fuente de todo amor”, habla con ella de alma a alma y se siente partícipe de la gloria infinita que de ella emana, aunque tenga que padecer soledad y sufrimiento debido a su condición humana. Pero para quien ha centrado su esperanza en la trascendencia espiritual, es natural que sienta cómo siempre resurgen las albas por todas partes: “en el sueño del padecer nacen las albas”.

Los años que siguieron a la publicación de su tercer libro, son los más desconocidos de la vida de Fijman. Olvidado por sus amigos y extraviado de sus familiares, se sume en la pobreza y vive la agudización de su problema psiquiátrico, hasta que en 1942, es detenido por la policía y enviado al Hospital Psiquiátrico José T. Borda. Allí es sometido a fuertes descargas eléctricas y a un régimen de alienación, sin embargo, aprovecha cada momento libre para continuar pintando y leyendo a autores sacros. En este periodo, el delirio místico se acrecienta. Su amor por la Virgen María es intensificado; y conversa permanentemente con ángeles y demonios.

Al final de sus días, en el cuaderno que guardaba celosamente, se encontraron, además de numerosos dibujos, algunos poemas sumamente crípticos, con un singular ritmo, que los hace bastante musicales; en los mismos, también hay un afianzamiento de la imagen pura, cristalina, directa, la que había empezado a buscar desde el momento en que se distanció de las construcciones metafóricas de los martínfierristas.

Eclogario

Acá dentro conmigo, tú sabes justamente
De montes y de cabras
Y de dar en el nombre
Los concejos y trigos,
Las albas y deuterias.
Ahora ahora con el sueño
Tanto y cuanto de flor,
Y más y más de almendras y manzanas,
Acuérdate, pretexta, de ser eternidad,
Tú tan amiga de la flor,
Y tan amiga de la estrella,
Tanto o cuanto de flor,
Tanto o cuanto de estrella.
Ahora ahora con el sueño
De albas y deuterias,
Acuérdate, pretexta, de ser eternidad.

Gran parte del material rescatado y de las últimas visiones de Fijman, se las debemos a Vicente Zito Lema, quien conoció al artista en 1968, y desde ese momento se propuso compartir con él diversas reflexiones en torno a su quehacer. En una larga entrevista que tuvieron, podemos entrever la transparencia del poeta y la claridad de sus apreciaciones, sin embargo, el dictamen médico aseveraba que padecía de alienación mental. Respecto a la salud mental, Fijman también tenía su propia percepción, con la cual cerramos este sentido homenaje: “Yo he investigado el alma, también la psiquiatría. Y sé que los ciegos y los sordomudos son dementes. Que los muy ricos y los que llevan uniformes son dementes y peligrosos. Y que los que visten sotanas y se llaman hijos de Cristo son los más dementes, hipócritas y demoníacos de todos”.

1 comentario:

Leandro73 dijo...

lei el Cristo rojo hace unos años y no pude olvidar ese libro nunca. Muy buen resumen de la vidá de Fijman.