martes, 21 de abril de 2026

Eduardo Castillo - Desembalo mi biblioteca 8

 


Y, sin embargo, tengo conocimiento desde hace meses de un manuscrito para el que parece tan difícil como siempre encontrar una editorial que lo publique, aunque tenga tanto valor, al menos, como el libro de Schreber en cuanto a contenido humano y literario y lo supere con mucho en claridad. Si esta breve mención pudiera suscitar un interés a su respecto, si estos breves extractos pudieran llevar al lector a conceder una mayor atención a los apuntes y a los folletos de locos, se habría alcanzado el doble objetivo de estas líneas. 

Walter Benjamin, en Desembalo mi biblioteca

 

En esta nueva entrega de Desembalo mi biblioteca me aproximo a la obra del poeta Eduardo Castillo Gálvez, quien, tal como lo refiere Fernando Charry Lara en el prólogo al libro El árbol que canta, fue una de las voces más singulares debido a su rigurosa “fidelidad a una vocación”. Antes que estar pendiente de los favores de políticos para conseguir cargos o difusión de su obra, Eduardo Castillo le apostó todo a la lectura y escritura de poemas, cuentos, crónicas, traducciones y notas críticas de literatura. Esto lo mantuvo en un encerramiento y distanciamiento del mundo para vivir en función de la poesía. Dice Charry Lara que “La imagen que de él nos ha quedado nos muestra un cuerpo casi inmaterial, de mirada inexpresiva, que cruzaba huidizo al lado sin hacerse notar, envuelto en los últimos años en su ensimismamiento y en la capa romántica.”

El único libro que publicó Castillo fue El árbol que canta en 1928. En esta ocasión reseño la edición realizada en 1982 por el Instituto Colombiano de Cultura, en el que, como ya lo había adelantado, hay un prólogo del poeta Fernando Charry Lara, además de tres capítulos en los que se recogen otros poemas publicados en diversos periódicos y revistas, sus versiones poéticas (traducciones) y las notas sobre poesía colombiana.


Antes de pasar a la selección poética, comparto este otro fragmento del prólogo: “Fue demás Eduardo Castillo uno de los primeros poetas colombianos en reflexionar con apasionada lucidez acerca del fenómeno de la creación poética, lo que le confiere un presagio de modernidad. La poesía fue varias veces, como en el poeta moderno, asunto de sus poemas.  A ello debió ser conducido por lecturas francesas, que desde la juventud le formaron mentalmente, según su declaración. Debió también conocer los textos de teoría poética de Poe, que no dejó de mencionar.”   



Selección de poemas 

 

DIFUSIÓN 

Ya el otoño llegó, y aún busco aquella
novia lejana cuyo cuerpo leve
es un ampo de rosas y de nieve
en que embrujada se quedó una estrella.

Y aunque no pude ni encontrar su huella
y los inviernos de la vida en breve
escarcharán mi sien, algo me mueve
a seguir caminando en busca de ella.

Mas pienso a veces que quizás no existe
y que jamás sobre la tierra triste
podré con ella celebrar mis bodas,

o que este loco afán en que me abraso
la busca en una sola cuando acaso
se halla dispersa y difundida en todas.

 

 

EN LA MADRUGADA 

 

Y a la luz dudosa

que por las rendijas

se filtra en la alcoba,

a pasos menudos

confiada y curiosa

– no hay gato en la casa

ni trampa traidora –

la señora Rata

trota… trota… trota…

 

Me estiro en la cama

con grata modorra…

Afuera, la calle  

despierta afanosa

con sus varios ruidos

y sus voces todas:

acordes del piano

de la niña blonda,

de la vecinita

picante y donosa

que a estudiar madruga

su escala de notas;

son de martillazos

lejos, en la forja;

pregón conocido

de la vendedora

de flores y frutas

que pasa reidora

con su vasta cesta

de donde desbordan

los rojos jacintos,

las azules violas,

los grasos racimos

de uvas tentadoras

grávidos acaso

de avispas golosas…

 

Todos estos ruidos

entran en mi alcoba

y mecen y arrullan

mi grata modorra,

mientras junto al lecho

perdido en la sombra,

con pasos menudos

y leves que forman

un ruido de influencia

tranquilizadora,

la señora Rata

– muy digna matrona

pero ya harto obesa –

trota… trota… trota…

 

 

LA VAMPIRESA

 

Sobre el ara propiciatoria

del rito infando, y en el lúbrico

misterio de la misa negra

blanquea tu cuerpo desnudo.

 

Soberbiamente te destacas

sobre el terciopelo litúrgico

negro y bordado de mandrágoras,

tendida en un gran gesto impúdico.

 

Eres el vaso de impurezas

y abominaciones del culto

que en la negra noche del sábado

se rinde al gran Macho Nocturno.

 

Tus claros ojos de esmeralda

de un resplandor perverso y brujo

ostentan la violácea ojera

que imprime el beso de los súcubos.

 

Y en tu cuerpo de hermafrodita

aún hay quizás huellas del unto

con que las brujas se ungen

para ir a la cita del Cornudo.

 

(Cuerpo de senos incipientes,

de un bisexual encanto, y cuyos

brazos – cadenas infrangibles –

son tan hondos como el sepulcro.

 

Hierofanta del culto fálico

tu boca infunde – como el zumo

extraído de las cantáridas –

la roja fiebre del estupro.

 

El germen sacro de la vida

perece en tu vientre infecundo

como en un horno y de su sexo

emana un sepulcral efluvio.

 

El mal ubicuo, omnipotente

te dio todos sus atributos

y bajo el árbol de la ciencia

mordiste tu vedado fruto.

 

Hay en tu alma milenaria

hastiada y vieja como el mundo,

la sapiencia del pecado

y el vértigo de lo absoluto.

 

Hastiado de la hembra pasiva

y su pequeño amor insulso,

tu amor letal y tenebroso,

vampiresa, es lo que yo busco.

 

 

ARTE POÉTICA 

Rien de plus cher que la chanson grise

oú l’imprécis au précis se joint.

Verlaine

 

Poeta: nunca pongas tu alma entera en el canto;

lo que el artista deja, a veces, inexpreso,

lo apenas sugerido o insinuado, eso

es lo que a sus estrofas presta mayor encanto.

 

Huye de lo preciso; prefiere a los colores

el matiz, el suave semi-tono confuso,

y deja que tus versos sean algo inconcluso

para que los completen y acaben tus lectores.

 

Ese será tu credo, artífice que labras

tu obra para ti mismo con humildad altiva,

pues sabes que el secreto del arte sólo estriba

en decir muchas cosas con muy pocas palabras.

 

 

EL SÚCUBO

 

A la media noche

cuando todo duerme

y reina en el mundo

misterio solemne,

a la hora medrosa

de trasgos y duendes,

lostrego del Diablo,

a mi alcoba viene

con su piel helada

como de serpiente

el infernal súcubo

de los ojos verdes.

Tiene el cuerpo anfórico,

los pechos eréctiles

y como una copa

de marfil el vientre.

Contra mi se ciñe

y su abrazo ardiente

que da al mismo tiempo

tortura y deleite.,

fustiga mis nervios

hasta que aparecen

los primeros ópalos

del alba en Oriente,

y al canto del gallo

al abismo vuelve

el infernal súcubo

de los ojos verdes.

Yo maldigo al monstruo

de besos crueles

en que está el amargo

sabor de la muerte,

mensajero ambiguo

del Bajísimo entre

cuyos muslos blancos

mi alma se pierde…

Pero sus caricias

aguardo con fiebre

cuando la tiniebla

nocturna me envuelve

y con pasos tácitos

a mi lecho viene

el infernal súcubo

de los ojos verdes.

 

 

CANTO A MI MISMO

 

Yo fui en mi vida breve, un solitario

un ser contradictorio y vario

sin hogar, ni arrimo, ni casa;

un buscador de lo imposible,

algo tan fugitivo e inasible

como el viento que pasa.

 

Concentrado en mi propio pensamiento,

lejos de cuanto aja y deslustra

puse siempre un oído atento

al acento

del magnánimo Zaratustra;

y cual mora un león en yermo muerto,

trágico y desolado,

viví orgullosamente rodeado

por veinte mil leguas de desierto.

 

He despreciado las humanas greyes,

y, como un soberano,

en el gran conflicto humano

me he dado mis propias leyes

– Es humilde, – se dijo a porfía

el vulgo incomprensivo e indolente.

Pero es porque mi orgullo se vestía

de humildad, demoníacamente.

Y así dado a la más alta esperanza,

desdeñé la alabanza y la censura,

pues siempre me sentí a mayor altura

que la censura o la alabanza.

 

Sólo una ley acaté en mi oscuro

ambular por la áspera senda

donde siempre en distinto lugar planté mi tienda,

y fue la ley de Delos: – Sé puro.

He corrido tras más de un espejismo

y puse el pie en más de un sendero,

pero

las mayores distancias las recorrí en mí mismo.

 

Alma mía:

yo te di, con amor

todo el dolor

y toda la alegría;

entretejí en tu corona

violetas y jacintos color de vino

con gloxinias y euforbios cogidos en la zona

de un negro, envenenado jardín luciferino.

 

Pero solo ante la Belleza

se dobló tu cabeza,

y tu sentir fue ante ella tan profundo,

que a pesar de tu externa calma,

el sitio en que te hallabas, alma,

fue siempre el más sensible del mundo.

 

La plebe del alma triste y opaca

te vio en atónito mutismo

danzar sobre tu propio abismo

con alegría dionisíaca;

y con terror infinito

te miró complacerte en más de un juego

mortal y arder en tu fuego

como la salamandra del mito.

 

Alma mía, con el eterno júbilo

y el dolor del que se inmola

yo forjé para ti, para ti sola,

un cielo y un infierno.

De las amargas, corrosivas heces

de tu copa, merced a una eximia

y complicada alquimia

extraje el licor de tus grandes embriagueces.

Y hoy bajo la luz ustoria

que sazona los frutos opimos,

tu vid ofrece, pródiga, la gloria

y la opulencia autumnal de sus racimos.

 

Mas tus hilos de oro se truncan ya. Y el resto

es silencio. Por eso quieres

dar término a tu viaje entre placeres

y músicas con un hermoso gesto,

y que sobre la sepultura

en que yazga, hecha polvo, tu mortal envoltura

en marmórea urna exigua,

no se trace vano lamento,

sino el epitafio de la tumba antigua:

“Aquí yace el rumor del viento”.


 


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