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miércoles, 30 de noviembre de 2016

Escalones de agua, de Joaquín Zapata


A continuación, comparto las palabras que escribí para presentar el poemario de Joaquín Zapata Pinteño, el pasado 24 de noviembre, en la Biblioteca Nacional de Colombia.



Ensueños de lo elemental

“El agua, como una piel
que nadie puede herir”
Paul Éluard

Aunque lo elemental haya sido relegado por aquellos léxicos prestigiosos que priorizan la “profundidad” de las formas y de las palabras intrincadas, la poesía sabe volver en cada resquicio del tiempo para recordarnos con su andar sigiloso sobre los bordes, que la superficie es el camino más expedito hacia la verdadera profundidad, allí donde la obscuridad juguetea con la luz, tal como sucede en Escalones de agua, el segundo poemario que nos ofrece Joaquín Zapata Pinteño.
Pensar lo elemental también nos lleva a recuperar esa mirada ancestral, entre palmeras y el mar, donde la imaginación se hace poética y los elementos materiales revelan su potencia en el ensueño. El agua, con un carácter femenino, uniforme y constante, es el elemento que acompaña la meditación de Zapata Pinteño. Él sabe que “el ser consagrado al agua es un ser en el vértigo” y que tras el carácter huidizo de ella se esconde la profundidad esencial de donde brota el misterio, la vida misma. Por eso, sin dudarlo, confía en la liquidez del lenguaje humano y en la maternidad del agua.
No hay en el libro un afán por la novedad temática ni por la grandilocuencia tan común en aquellos escritos que por querer aparecer como vanguardia se escudan en el facilismo y en el manido escándalo extraliterario. En un tono de modestia poética, desde el prólogo que se prologa a sí mismo, se advierten las tres referencias (García Lorca, Machado y Hernández) que guiarán este reencuentro con la lírica depurada, anclada en la búsqueda de lo justo, de lo exquisito, del clasicismo moderno.
No en vano, y siguiendo la ruta de esas dos grandes elegías de García Lorca y Hernández[1], el libro abre con una Elegía por esa persona amada que ya no está físicamente pero que sí pervive, embellecida, en los escalones de agua. El recuerdo del dolor, ahora estetizado, ayuda a la liberación pero sin olvidar el peso de la ausencia: “Un escalofrío de siglos por tu ausencia / recorre aún todas mis horas”. Ese tono de dolor se va incrementando a lo largo de la primera parte del poemario (Un mismo adiós) hasta dejarnos ver el deseo de partir por cuenta propia, abrazado y hermanado con Sócrates. ¡Cuánto dolor inenarrable acompaña la voz del poeta! Aunque él sabe que ese dolor sólo es habitable en y por medio de la poesía y a ella le apuesta todo, pues para seguir le es preciso huir de los “escalofríos muertos”
Vigilancia de la luz (la segunda parte del libro) llega como un escape, una salida ante la sombra, auspiciado por la estética literaria que se ha ido depurando en poemas en prosa como Ciegos alcatanes o La emoción de la crisálida, en los que hacen gala la fluidez de la imagen y la pulcritud de la palabra. Poco a poco, el poeta nos devela sus ensueños de lo elemental, su reencuentro con la tierra, el agua y el fuego, que desde niño, en su natal Elche, lo han venido alimentando.
Luego nos entrega unos Epigramas en los que se insinúan atisbos de profundidad por medio de un tono íntimo, sosegado; con desprendimiento y liviandad. Enseguida experimenta un reencuentro con el dolor al revivir la voz del poeta amigo que aunque haya partido no se ha desprendido de su ruta sino que lo acompaña en el naufragio de una sangre que arde en la memoria. Con él aprendió que la certeza del poeta reside en las antípodas, que la belleza habita en el dolor.
El acento más meditativo del libro aparece en las partes finales (Evasión del yo y de la palabra y Palabras y fantasmas). En ellas hay una conversación permanente con ese otro que a menudo interroga a los poetas, ese doble que mira hacia otro lado pero que a veces también sincroniza con nuestros pasos como para preparar hasta una fiesta. Aquí, Joaquín Zapata, ya se permite esbozar algunas certezas, pues ha vislumbrado que la poesía no es precisamente para encontrar la iluminación, ni para ganar la eternidad pero que sí es imprescindible por el aliento que nos brinda. Sin embargo, es preciso desprenderse de sí tanto para la victoria como para la derrota. La evasión del Yo brota como una necesidad, un imperativo; y el hombre contemporáneo que le ha apostado todo al narcisismo queda como un proyecto olvidado, frustrado, quizás, perdido para siempre. El llamado que el poeta se hace entonces, es a volver por sí mismo, liberado del tiempo, como una pura afección y anhelando la pasión del No-ser.
Resta decir que el libro también incluye dos cuentos con los que el autor homenajea a sus abuelos paternos. Más allá del hecho anecdótico de la referencia familiar (la cual, por supuesto, que es muy importante por la potencia afectiva que conlleva) cabe destacar que el tono fluido y embellecido que habita en los poemas, también se mantiene en la narración. La evocación de esos lugares de la infancia y de esas sensaciones primigenias en las que “todos los días parecían fiesta” surgen cargadas de imágenes estéticas como aquella que nos habla de la aldea de Musgonia, donde, “cuando llovía cada gota era un arco iris” o esta otra que describe la lóbrega ciudad donde doña Urbana ofrecía su medicina milagrosa: “una ciudad desoladora en la que la humedad de los edificios chorreaba por sus esquinas como un llanto de lamentación”. Y como corresponde en el cuento, esa poética narrativa, está fortalecida con la creación acertada de los espacios fantásticos y con el curioso manejo del tiempo.
Al final, y con la confianza del marinero que aprendió a sentir el agua como una piel, Joaquín nos entrega su icónico verso que recoge toda una metafísica: “Sólo el mar puede comprenderlo todo con la mansedumbre silenciosa de su abismo”.


Omar Ardila
En Bacatá, 30 de octubre de 2016


[1] Me refiero a Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, de Federico García Lorca y a Elegía a Ramón Sijé, de Miguel Hernández.



Joaquín Zapata Pinteño es ilicitano, poeta y marino. Nació en julio de 1943 en Elche (Alicante-España). Fue profesional del Derecho ejerciendo como Procurador de los Tribunales y Técnico de la Administración Pública. Dirige una fundación médica en Bogotá, donde se reencontró con la literatura e incursiona ese ámbito con La invisibilidad de la ceniza (2015). Escalones de agua es su segundo poemario. 

domingo, 10 de mayo de 2015

Pensamiento libertario y esquizoanálisis


A continuación selecciono unos fragmentos de mi cuadernillo, "Esquizoanálisis y pensamiento libertario" (editado recientemente por Senderos Editores, de Bogotá) los cuales exaltan la potencia del esquizoanálisis, fluyendo a la par con el pensamiento libertario. 

  • "En principio, lo que Freud descubre es que en el inconsciente fluyen y se manifiestan las máquinas deseantes, al encontrar cómo, a través de las síntesis libres, todo es posible. Es decir, el descubrimiento que hace es de un inconsciente productivo pero, posteriormente, termina opacándolo cuando estructura a Edipo como dogma totalizante y trata de representarlo como un esquema familiar. De este modo, el inconsciente deja de ser un taller para volverse un teatro, más aún, un teatro clásico (representativo) en el que el psicoanalista es el director de escena de un teatro privado".


  • "El psicoanálisis freudiano pretende tener una explicación para todo, negándose a la posibilidad de fallar, de aprender construyéndose. Esto conlleva a la dogmatización con sus propias leyes (Edipo, castración, libido, deseo inconsciente y representativo, etc.), frente a ellas no hay apertura para la autocrítica. Este psicoanálisis pretende generar leyes por todos lados, atribuyéndose facultades científicas".


  • "El esquizoanálisis busca “desedipizar el inconsciente para llegar a los verdaderos problemas”; “ir más allá de toda ley” donde el problema no puede ni siquiera ser planteado. Pero, de ninguna manera, pretende dejar por fuera a la “máquina analítica”, lo que busca es integrarla dentro del “aparato revolucionario” que el esquizoanálisis conduce".


  • "El inconsciente se autoproduce y se reproduce por sí mismo. No requiere del vínculo simbólico con lo parental (que puede ser una imagen de Dios). Es huérfano en todo momento y se produce en la 'identidad de la naturaleza y el hombre, del mundo y el hombre' ” (Anti Edipo, 114).


  • "Según Deleuze y Guattari, la tradición analítica nos ha transmitido tres errores sobre el deseo: la carencia, la ley y el significante; los cuales surgen de una interpretación idealista del inconsciente. Siguiendo esta creencia, se está yendo en un sentido contrario al de la producción deseante. Consideran ellos, que el deseo es ante todo “revolucionario por sí mismo” y por esa razón está moviendo tanto la producción social como la producción deseante (juntas conforman una unidad pero difieren de régimen). La producción deseante tiene existencia actual, por tanto, real; ni regresiva ni progresiva, está directamente vinculada con el presente".


  • "Edipo es un límite perfectamente activo dentro del capitalismo, puesto que allí encuentra cómo moverse sobre los flujos descodificados, los cuales han sido sustituidos por una nueva axiomática (la del dinero) que resulta más represiva".


  • “El Estado es deseo que pasa de la cabeza del déspota al corazón de los súbditos y de la ley intelectual a todo el sistema físico que en él se origina o se libera” (Anti Edipo, 228).


  • "El esquizoanálisis, tras ubicar las permanentes estratificaciones de las cuales hemos sido objeto, se propone destruir los estratos básicos que nos mantienen atados directamente a las estructuras dominantes: el organismo, la significancia y la subjetivación".


  • "El Estado se define no por la presencia de jefes sino por la perpetuación de órganos de poder que se encargan de promover una codificación".


  • "El punto de partida para la elaboración conceptual del esquizoanálisis es el  siguiente: “el deseo es máquina, síntesis de máquinas, disposición maquínica – máquinas deseantes. El deseo pertenece al orden de la producción, toda producción es a la vez deseante y social” (AE, 306). El psicoanálisis, por el contrario, revierte este orden de la producción y superpone la representación = Producción Vs. Representación. Con el psicoanálisis, el inconsciente se queda en la representación. Este inconsciente cree en Edipo, en la castración, en la ley. Es un inconsciente que ya no produce sino que representa (que cree)".


  • "El esquizoanálisis rompe con anteriores discursos hegemónicos y se instala en la periferia para establecer nuevos tipos de conexiones con distintos saberes y prácticas. Para alcanzar este objetivo, es preciso empezar a crearle fisuras a la lógica binaria (de las relaciones biunívocas) que es la que domina el psicoanálisis, la lingüística, el estructuralismo y la informática. Por este motivo, además del psicoanálisis también se hace necesario desnudar otras disciplinas que también han mantenido relaciones fijadas a estructuras originarias y determinadoras de todo".


  • "El esquizoanálisis propone “ser extranjero en su propia lengua”, es decir,  conquistar su propia lengua (menor) para hacer huir la lengua mayor (“un devenir menor de la lengua mayor”); ese el camino del creador, del artista, del libertario, para mantener su autonomía: “El devenir minoritario como figura universal de la conciencia se llama autonomía” (Mil Mesetas, 108).


  • "El programa (político) que propone el esquizoanálisis invita a buscar los propios agujeros negros y las propias paredes blancas, a conocerlos, por ende, a conocer los rostros. Sólo así podremos deshacerlos, trazar nuestras propias líneas de fuga. Pero, como hemos nacido con aquellas realidades, el programa debe llevarnos es a darle un uso nuevo. No es que se acepten como necesarios sino que se deben utilizar como instrumentos que es preciso usar de otras maneras. Al hombre le corresponde escapar al rostro, establecer un devenir imperceptible, un devenir clandestino. En este sentido se ubica el llamado que nos hacen Deleuze y Guattari: “¡Experimenta en lugar de significar y de interpretar!” (Mil Mesetas, 141).


  • "El esquizoanálisis, por supuesto, está del lado del pensamiento nómada que se reterritorializa en la desterritorialización – la relación del nómada con la tierra es desterritorialización –. No hay que olvidar que la imagen clásica del pensamiento aspira a la universalidad (sostiene dos universales: el todo y el sujeto), mientras que el pensamiento periférico tiene como sustento una imagen libertaria (multiplicidades, variaciones de imagen) que no piensa en sujetos pensantes universales, sino que piensa en pensamientos de una raza particular; no se basa en una totalidad globalizante, sino que piensa en un medio sin horizonte, en un espacio liso (“mar, desierto, estepa”), es decir, el punto entre dos líneas. El Estado, por su parte, se ubica en un espacio estriado, sedentario, que corresponde a la línea entre dos puntos. Pero lo más importante de tener en cuenta es que los dos espacios difieren en naturaleza pero coexisten, están combinados. El uno trata de actuar redimensionando al otro y viceversa. Ahí, entonces, es donde se hace preciso establecer un devenir esquizoanalítico, rizomático que nos permita generar multiplicidad de brotes libertarios".



A propósito de la publicación del cuadernillo "Esquizoanálisis y pensamiento libertario" y del libro "Devenires menores", he sido invitado al espacio de Punto de Convergencia, que organiza el editor Mario Torres Duarte. Aquí va el afiche: