martes, 18 de diciembre de 2012

Alonso Londoño un anarquista octogenario que se despide, in memoriam


Alonso Londoño un anarquista octogenario que se despide, in memoriam
  
I.

Paradoja 1: tememos a la muerte porque es una sorpresa. Paradoja de paradojas: nos entusiasma la muerte porque nunca deja de ser sorpresa.
No sé si al consabido lamento que trasluce nuestra humanidad cuando recibimos la noticia de que un amigo ha muerto, deba sumarle especulaciones que pretendan ahondar en serpenteantes laberintos, de los cuales ya sabemos que nunca habrá punto de retorno. Acaso exorcizar la pena recurriendo a las palabras huecas que, de nuevo nos dejan ver su limitado estrato. O tal vez, un intento de saldar deudas cuando es obvio que ningún fuego logra devorar los distanciamientos.

La muerte sigue siendo la gran brecha…

II.

Con el impulso indetenible del infante que acude ante su madre para enseñar sus primeros garabatos, acudí esta tarde a una cita no prevista con la muerte (porque con la muerte de los otros, también vamos muriendo por partes). El motivo: entregarle mi más reciente poemario al amigo Alonso Londoño, la única persona a quien dediqué uno de mis poemas en esta publicación. Y en ese ingrato espacio de control, en el que definen si podemos seguir o debemos regresarnos; en esa fría portería, unos rostros consumidos por el tedio, inmutables y lacónicos, me relataron inmisericordes, el inesperado suceso: “Don Alonso falleció hace como dos meses”… 

La muerte ha ensanchado la brecha…

III.

Libertario, soñador, anarcucho, guerrero, ex sacerdote, vendedor callejero, mercaderista, profesor, investigador cósmico, terapeuta, místico, lector compulsivo, conversador infatigable, psicoanalizado pero no psicoanalizador, graffitero tímido pero con un gran arsenal en la voz, que también había aprendido a callar, vendedor de ilusiones (el éxito ¡bah!), amigo inclaudicable, confesor y confeso anarquista… Así conocí a Alonso Londoño… aporético y antinómico…

No es vacío el que nos queda después de tu partida – aunque no le tememos al vacío –, pero tampoco saciedad, pues en las horas infinitas (como este esquivo instante) que nos dejamos seducir por la conversación, siempre tuvimos la sensación de que las puertas seguían abiertas, aguardando ocasiones para una nueva conspiración. 

Amigo, apenas ahora, te hago entrega del poema que pasé a dejarte esta tarde:

La ciudad de la angustia
Para Alonso Londoño

En esta esquiva ciudad que me consume, todo ha quedado reducido a una enorme ventana, por donde se fuga la única ilusión que me sostiene: levantarme de ésta arraigada silla y caminar de espaldas para olvidar el extravío del tiempo que me trajo al recinto del cuerpo abofeteado por la crueldad.
En esta ciudad de nadie, aprendí que la vida era un interminable sueño, donde persistían inmóviles mis huesos frente a todas las puertas despejadas.

Pueden ver el canal Youtube de Alonso Londoño en: