El propósito es compartir
algunos de esos libros, junto a una breve selección de sus poemas. Las
descripciones biográficas aparecerán enlazadas al nombre del poeta. Quienes quieran consultarlas serán llevados a otra página externa al blog. La idea es hacer
alusiones a los libros y los poemas.
En esta etapa me
concentraré solo en la lírica colombiana, siguiendo la ruta de las
investigaciones que emprendiera Rogelio Echavarría. Para comenzar lo haré con
el mismo autor homenajeado, Rogelio Echavarría.
Selección de poemas
A la lluvia
Demonio de la lluvia –látigo de lujuria–
no rompas con tus dientes vidriosos el abrigo
del tibio pecho, lo único tibio del humilde;
no nos traigas el frío de la tan alta nube,
no persigas al perro sin puerta con tus piedras,
no rompas el pulmón del obrero que canta
siguiendo el pie descalzo de sus hijos sin cielo,
no mancilles las barbas secas del pordiosero,
no llegues hasta donde no pueden evitarte.
Deja tu voz pluvial para el cultivo de los ríos,
para la faz de las persianas donde hay dueño,
para el paraguas, que es tu flor arcaica.
Demonio-dios, que envidias y que amas
las multitudes y caes ruidoso sobre todos,
disuelve ya a Babel y permite que asome
el sol como un henchido seno de leche pródiga.
Lugar común
Ya que no todos podemos ser
poetas
comprender lo sublime
o exaltar lo sencillo
hablemos francamente
confesemos nuestro fracaso
de hombres sin alas
de hojas muertas en el estío
nuestros empeños ciegos
sin metáforas vanas
nuestra identificación con todos
o con casi todos
y si alguien nos entiende
y fecunda nuestra impotencia
eso también es poesía
o por lo menos una gota
en la sed del infierno
cotidiano.
De mi diario
Otro día perdido…
¡Y la eternidad intacta!
No olvidan nunca su canción
A José Manuel Arango
No olvidan nunca su canción
los pájaros
no aplanchan ni rebrillan su vestido
no cambian de nido por los malos vecinos
no inventan nuevos picos para el amor
no se cansan de la misma compañera
no rompen nunca la rama en que se posan
no lucen hoy el ojo limpio del amigo
y mañana el turbio del enemigo
no enseñan a volar a sus polluelos
sino que los empujan tiernamente a las nubes
no necesitan más sabores que los del agua pura
o el de las frutas a la carta en sus gajos
Dios hizo el maná para ellos y se contentan
con briznas de hierba o espaguetis de lombricillas
no se persignan porque nacieron benditos
no se enferman ni amanecen enguayabados
aunque duerman en un guayabo o en un borrachero
no usan despertador ni padecen de insomnio
nunca se quejan de su fragilidad
ni les temen a las aves de rapiña
sino que juegan inocentemente con ellas
aunque siempre salen perdiendo
tampoco huyen de los cazadores
porque creen como los niños
que las armas son de juguete
no cambian de color ni de bandada
no cumplen años ni van a entierros
no usan brújula ni almanaque
pero son los pregoneros del día
los emisarios de la primavera
jamás pierden el equilibrio
a nadie humillan con su feliz indiferencia
no protestan por los cambios del tiempo
aunque el frío los atortola
y siempre celebran con el aplauso de sus alas
el telón del crepúsculo
no lloran ni ríen pero tiemblan y arrullan
tampoco les cansa el viento
ni los destiñe la lluvia
no saben que las patrias separan en la tierra
lo que une el cielo
ignoran la existencia de los poetas y los filósofos
y que todos ellos viven de sus plumas
se acuestan sin ver la televisión
después de leer todos los paisajes
y prefieren olvidar dónde
dejaron su tumba en el aire.
Ved
Ved al ciego que va voceando su haz de prensa
y a su pequeña hija miseranda, engendrada
la misma noche que hoy tiene diez años.
(Todos engendramos nuestros lazarillos).
Vedlo
vendiendo luz a los que pasan
por un valor de cobre de rutina.
De las floristerías sale un olor a muerto
mas él conoce sólo la tez de los jazmines
que riega la pequeña en su jardín errante;
y el pulso que adivina las piedras del camino
pide, torpe, a los cielos su última moneda.
En esta encrucijada en que se anuda
el tránsito en urbano remolino,
los dedos de la niña tejen el verde paso
y, náufrago en los hombros de los rudos peatones,
el ciego les perdona a los hombres no verlo,
mientras sigue buscando sus pupilas caídas
entre el polvo de estrellas sin distancia.
El transeúnte
Todas las calles que conozco
son un largo monólogo mío,
llenas de gentes como árboles
batidos por oscura batahola.
O si el sol florece en los balcones
y siembra su calor en el polvo movedizo,
las gentes que hallo son simples piedras
que no sé por qué viven rodando.
Bajo sus ojos —que me miran hostiles
como si yo fuera enemigo de todos—
no puedo descubrir una conciencia libre,
de criminal o de artista,
pero sé que todos luchan solos
por lo que buscan todos juntos.
Son un largo gemido
todas las calles que conozco.



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