Había previsto concentrarme solamente en la lírica colombiana del siglo XX, pero no considero justo dejar por fuera la potente voz de Rafael Pombo, de quien dice Germán Espinosa en el prólogo del libro que hoy voy a compartir, que es “el romántico más encumbrado no solo de su patria, sino en general de Hispanoamérica”. Y agrega que, en la primera mitad del siglo XX, Pombo fue considerado como “el más alto poeta de nuestra historia”.
En el año 2001, el Fondo Editorial Universidad EAFIT, en la colección Acanto, publicó Antología Poética, de Rafael Pombo, cuya selección y prólogo estuvo a cargo de Germán Espinosa. Edición de 210 páginas.
Antes de pasar a la muestra poética, vuelvo a citar al prologuista, pues considero de gran importancia que se mire a Pombo en su real dimensión y no como nos lo han querido mostrar desde la primera infancia. Dice Espinosa: “El espíritu frívolo imperante en Colombia ha hecho que, en los últimos cincuenta años, los educandos sólo perciban su grandeza en las fábulas para niños; tampoco su patria se ha ocupado de seguir divulgándolo en el extranjero como uno de los valores sustantivos de la poesía hispanoamericana.”
De la reflexión del filósofo alemán Walter Benjamin, en el texto Desembalo mi biblioteca, extraigo la siguiente cita para continuar este diálogo con los libros que desde las estanterías me siguen inquietando:
“En la adquisición de libros, no todo se reduce sólo al dinero o la competencia. Ni siquiera estos dos elementos bastan por sí solos para cimentar una biblioteca auténtica, que guarda siempre algo de impenetrable e incomparable al mismo tiempo. Para comprar sobre catálogo, es preciso tener también, además de lo que se acaba de nombrar, un olfato especial. Las fechas, los lugares, los formatos, los propietarios anteriores, las encuadernaciones, etc., todo esto debe hablar al comprador, y decir las cosas no asépticamente como datos aislados y objetivos, sino, al contrario, como informaciones consonantes, y él, por su parte, debe saber reconocer, en virtud de la armonía y la intensidad de la consonancia, si ese tipo de libro se ajusta o no a lo que él está buscando.”
POEMAS DE RAFAEL POMBO
LA HORA DE TINIEBLAS
Fragmento
Cogi tavi dies antiquos
et annos aeternos in mente habui
et meditatus sum nocte cum corde meo, et exercitabar,
et scopebam spiritum meum.
Numquid
in aeternum projuciet Deus?
aut non apponet ut complacitior sit adhuc?
Salmo LXXVI
I
¡Oh, qué misterio espantoso
Es éste de la existencia!
¡Revélame algo, conciencia!
¡Háblame, Dios poderoso!
Hay no sé qué pavoroso
En el ser de nuestro ser.
¿Por qué vine yo a nacer?
¿Quién a padecer me obliga?
¿Quién dio esa ley enemiga
De ser para padecer?
II
Si en la nada estaba yo
¿Por qué salí de la nada
A execrar la hora menguada
En que mi vida empezó?
Y una vez que se cumplió
Ese prodigio funesto,
¿Por qué el mismo que lo ha impuesto
De él no me viene a librar?
¿Y he de tener que cargar
un bien contra el cual protesto?
III
¡AIma! si vienes del Cielo,
Si allá viviste otra vida
Si eres imagen cumplida
Del Soberano Modelo
¿Cómo has perdido en el suelo
La fe de tu original?
¿Cómo en tu lengua inmortal
No explicas al hombre rudo
Este fatídico nudo,
Entre un Dios y un animal?
IV
O si es que antes no exististe,
Y al abrir del mundo al sol
Tú, divino girasol
Gemela del polvo fuiste,
¿Qué crimen obrar pudiste?
¿De, contra quién, cómo y cuándo,
Que estuviese a Dios clamando
Que al hondo valle en que estás
Surgieses tú, nada más
Que para expiarlo llorando?
V
Pues cuanto ha sido y será
De Dios reside en la mente,
Tanto infortunio presente
¿No lo completaba ya?
Y ¿Por qué, si en él esta
Del bien la fuente suprema,
Lanzó esa voz o anatema
que hizo súbito existir
Un mundo en que oye gemir
Y un hombre que de él blasfema?
VI
¿Cómo de un bien infinito
Surge un infinito mal,
De lo justo lo fatal,
De lo sabio lo fortuito?
¿Por qué está de Dios proscrito
El que antes no le ofendió,
Y por qué se le formó
Para enloquecerlo así
De un alma que dice sí
Y un cuerpo que dice no?
VII
¿Por qué estoy en donde estoy
Con esta vida que tengo
Sin saber de dónde vengo,
sin saber a dónde voy;
Miserable como soy,
Perdido en la soledad
Con traidora libertad
E inteligencia engañosa,
Ciego a merced de horrorosa
Desatada tempestad?
VIII
Hoja arrancada al azar
De un libro desconocido
Ni fin ni empiezo he traído
Ni yo lo sé adivinar;
Hoy tal vez me oyen quejar
Remolineando al imperio
Del viento; en un cementerio
Mañana a podrirme iré,
Y entonces me llamaré
Lo mismo que hoy: ¡un misterio!
IX
De pronto así cual soñando
En alta mar sorda y fuerte
Entre la nada y la muerte
Me encuentro a oscuras bogando;
Sopla el tiempo, y ando, y ando,
Ignoro a dónde y por qué,
Y si interrogo a la fe
Y a la razón pido ayuda,
Una voz me dice «duda»
Y otra voz me dice «cree».
X
Con menos alma, quizás
Sólo la segunda oyera,
O con más alma, pudiera
No equivocarme jamás:
Entonces creyera más,
O al menos, dudara menos;
Pero, a malos como a buenos
Plugo al Señor conceder
Luz bastante para ver
Que estamos de sombras llenos.
XI
La debilidad por guía,
La tentación por camino,
¿Es de virtud el destino
Que su bondad nos confía?
¿Es fuerza que en lucha impía
Nos pruebe el Genio del mal
Para ir a un condicional
Anhelado Paraíso?
¿Para ser bueno es preciso
Poder ser un criminal?
XII
Mas... ¡soy libre! y ¿para
qué?
Para enrostrarme a mí mismo
EI caer a un hondo abismo
Que otro ha cavado a mi pie,
Y renegar de la fe,
Luz de mi infancia serena,
Y fiar a un grano de arena
La eternidad de mi ser,
Debiendo yo responder
De la creación ajena.
DECÍAMOS AYER...
Sobre
tema de Ella Wheeler, dedicado a mi amigo C. M. S.
Como Fray Luis tras de su largo encierro
«Decíamos ayer...» también digamos.
¿Han pasado años? En la cuenta hay yerro,
O nosotros con ellos no pasamos.
Donde ayer lo dejamos, dulce dueño.
Recomencemos. Recogiendo amantes.
Los rotos hilos del antiguo sueño.
Sigamos arrullándolo como antes.
Respetuosa apartemos la mirada
de tumbas que haya entre partida y vuelta.
Y si hubiere una lágrima ya helada
ruede al calor del corazón disuelta.
Olvidemos la herrumbre que en
el oro
de la rica ilusión depuso el llanto,
y los hielos que pálido, inodoro
dejaron el jardín que amamos tanto.
Olvidemos el hado que hizo
injusto
de nuestros corazones su juguete,
y regalemos la orfandad del gusto
con el añejo néctar del banquete.
¡No es tarde, es tiempo! Olvida la ígnea
huella
que al arador pesar cruzó en frente.
Para mis ojos tú siempre eres bella
yo para ti soy llama siempre ardiente:
Llama que hoy mismo a mi pupila fría
surge desde el recóndito santuario
pese a la nieve que en mi sien rocía
el invierno precoz del solitario.
Mírame en estos ojos que tu imagen
extáticos copiaron tantas veces.
Allí estas tú, sin lágrimas que te ajen
ni tiempo que interponga sus dobleces.
Búscame sólo allí, que yo entretanto
en los tiernos abismos de tus ojos
torno a encontrar mi disipado encanto,
la juventud que te ofrendé de hinojos.
¡Mi juventud!, espléndida al
intenso
reverberar de tu alma ingenua y pura,
con brisas de verano por incienso,
y por palma de triunfo tu hermosura.
¡Mi juventud!, por título
divino
espigadora en todo lo creado;
nauta en persecución del vellocino
de cuanto fuese de tu culto agrado.
Islas de luz del cielo,
margaritas
de colgantes jardines y hondos mares,
néctar de espirituales sibaritas,
soplos de Dios a humanos luminares:
Las miradas del sabio más
profundas
y del tal vez más sabio anacoreta;
las perlas de Arte, hijas de amor fecundas;
la suma voz de todo gran poeta.
Esas trombas de lírica armonía,
infiernos de pasión divinizados,
en que nos arrebatan a porfía
todos los embelesos conjurados:
Auras de aquella cima do confluyen
Hermosura y Verdad, pareja santa,
y las dos una misma constituyen,
y espíritu de amor sus nupcias canta.
Buscar palabra al silencioso drama
de la contemplación, mística guerra
entre Dios, Padre amante que reclama
al eterno extranjero de la tierra;
Y esta madre de muerte, inmensa y bella
Venus que al par nos nutre y nos devora,
y presintiendo que escapamos de ella
con tanto hechizo nos abraza y llora.
Leer amor en tanta ruda espina
que escarnece a la fe y angustia al bueno.
Mostrar flores del alma en la ruina,
luz en la oscuridad, oro en el cieno.
La flor de cuanto existe, oro
celeste,
único que halagando tu alma noble
brindara en vago esparcimiento agreste
a nuestro doble ser regalo doble;
Tal era mi tributo. Una
confianza,
una sonrisa, una palabra tuya,
retorno abrumador, que en mi balanza
Dios, no un mortal, será quien retribuya.
Pero todo en redor, la limpia
esfera,
el bosque, el viento, el pajarillo amable
semejaba, en tu obsequio, que quisiera
pagar por mí la dádiva impagable.
Aún veo sobre el carbón de tus pupilas
el arrebol fascinador de ocaso;
veo la vacada, escucho las esquilas:
va entrando en su redil paso entre paso.
Escucha, recelosa de la sombra,
la blanda codorniz que al nido llama
y al sentirnos parece que te nombra
y que por verte se empinó en la rama.
Escúchate a ti misma entre el concento
de aquella fiesta universal de amores,
cuando nos coronaba el firmamento
ciñéndonos de púrpura y de flores.
Esas flores murieron. Pero ¿has muerto
tú, fragancia inmortal del alma mía?
Años y años pasaron. Pero ¿es cierto
o es visión que existimos todavía?
Juntos aquí como esa tarde
estamos,
y el mismo cielo es ara suntuosa
de aquel amor que entonces nos juramos
y hoy, en los mismos dos, arde y rebosa.
Ahí está el campo, el mirador
collado,
el pasmoso horizonte, el sol propicio;
la cúpula y el templo no han variado.
Vuelva el glorificante sacrificio.
¿Y no ha herido tal vez tu
fantasía
que aquella tarde insólita, imponente,
fue sólo misteriosa profecía
de este rnisteriosísimo presente...?
En aquel himno universal, un
dejo
percibí melancólico; y al fondo
de una lágrima tuya vi el bosquejo
del duelo que hoy en lo pasado escondo.
Pasó... Pero esa tarde en su misterio
citó para otra tarde nuestra vida.
Y hela aquí. El alma recobró su imperio
del sol abrasador a la caída.
¡La tarde!, la hora del perfecto aroma,
la hora de fe, de intimidad perfecta,
cuando Dios sobre el sol que se desploma
el infinito incógnito proyecta.
Cuanto es ya el suelo en fuego y tintes falto,
es de ardiente el espíritu y profundo;
y abiertas las esclusas de lo alto
flotamos como en brisas de otro mundo.
Ve cómo el blanco Véspero fulgura,
pasando intacto el arrebol sangriento.
¡Es la Amistad!, la roca firme y pura
que sirve a nuestro amor de hondo cimiento.
Nadie dejó de amar si amó de
veras.
Cuando en árido tronco te encarnices
con la segur, tal vez lo regeneras
si son como las nuestras sus raíces.
Y antes te sonará más
dulcemente
templada en el raudal de los gemidos,
la antigua voz que murmuraba ardiente
la música de mi alma en tus oídos.
¿Han pasado años?... Puede
ser. ¿Quién halla
que el Tiempo sólo arrumbe o dañe o borre?
¡Cuánta espina embotó! ¡Qué de iras calla!
¡Su olvido a cuántos míseros socorre!
Para los dos el ministerio
suyo
fue de ungido de Dios y extremo amigo.
Te veo sagrada, y sacro cuanto es tuyo,
y como de un cristal al casto abrigo.
En torno a ti, y a cuanto es tuyo, encuentro
halo de luz, atmósfera de santo;
como al santuario a visitarte hoy entro
y algo hay solemne en tu adorable encanto.
¡Dulce es sentir que hay almas, y que aman!
Su amor – inerme el tiempo para ellas –.
Las vuelve, al Dios que férvidas aclaman,
Como Él las hizo – jóvenes y bellas.
Han pasado años, sí... ¡por fin pasaron!
¡Rudo tropel que atravesó el camino!
Ya, como un nubarrón se disiparon,
Y nuestro sol a reclamarnos vino.
¡Y ande el tiempo, y sin fin rondando siga
La fiel aguja que su afán nos muestra!
¿Qué hora marcará que no nos diga:
«Aquí os amasteis; yo también soy vuestra?».
En todo grato sueño nos parece
Que ya lo hemos soñado: ese es su hechizo.
Mi mejor sueño a ti te pertenece;
En ti el pasado mágico realizo.
Como a la aparición del rey
del día,
De entre la nada lóbrega que espanta,
Brota un mundo de vida y poesía
En que todo ama y resplandece y canta;
Así tú para mí: foco potente.
Núcleo de una creación que he poseído,
Llegas, y en torno a ti surge esplendente
Mi portentoso hogar, y en él resido.
Y el corazón se me abre
inmenso, en alas
De música ideal que lo acaricia;
Y tanto aroma y fuego en mi alma exhalas
Que a un tiempo vivo y muero de delicia.
Y tú y yo, tierra y cielo, mente y acto,
Hoy y ayer, la esperanza y la memoria,
Todo ya es uno, en inefable rapto,
Fruición anticipada de la gloria.
Y esa es la juventud: el fugitivo
Presagio de la eterna, que al conjuro
Vuelve de Amor, como en miraje esquivo,
A enseñarnos un bien siempre futuro.
¿Y el sueño cuál será? ¿La no apagada
Luz, o esta bruma efímera de invierno?
¡Ah! lo que pasa no es: es sombra, es nada;
Y no hay más que una realidad: lo Eterno.
Atando el hilo roto un largo instante
Sigamos, pues, llorada compañera,
Hacia atrás, y a la par hacia delante.
A nuestro gran será que hace años era.
Como Fray Luis saliendo del
profundo
«Decíamos ayer» también digamos:
Corra el tiempo del mundo para el mundo
Nuestro tiempo, en el alma lo llevamos.
LOS FILIBUSTEROS
Venid a conquistarnos,
vosotros, heces pútridas
De las venales cárceles del libre Septentrión;
Venid, venid, apóstoles de la sin par República
Con el hachón del bárbaro y el rifle del ladrón.
Venid, venid, en nombre de Franklin y de Washington
Bandidos que la horca con asco rechazó;
Venid a buscar títulos de Hernanes y de Césares
Descamisados prófugos sin leyes y sin Dios.
Venid hambrientos pájaros a entretejer con crímenes
El nido para el águila que precediendo vais;
Venid, infecto vómito de la extranjera crápula,
Con la misión beatífica de americanizar.
Venid, dignos profetas, campeones beneméritos
De vuestra sacratísima divina esclavitud;
Venid, héroes de industria, presente filantrópico
Del Septentrión prospérrimo a su pupilo el Sud.
Venid, robustos vástagos del tronco anglosajónico
Disforme, inmenso, atlético, gigante, colosal,
De entrambos mundos árbitro y su infalible oráculo,
Colmo primero y último de perfección cabal.
Él os confió su lábaro y su creador espíritu,
Y para un nuevo Génesis pleno poder os dio
Mostrando entre los trópicos a vuestros ojos ávidos
Un trono sin un déspota, un cielo sin un dios.
Y os dijo: «Ved meciéndose entre los dos Océanos
Ese turbante mágico de un oriental Señor,
Cuajado de diamantes, rubíes, perlas, záfiros
Macizo de oro y plata reverberando al sol.
Esa es la ardiente zona de la buscada América,
De la India el amoroso, fecundo corazón,
Del cinto de la tierra el broche opulentísimo,
Promesa de un futuro de plenitud y amor.
Es el jardín robado de la Pagana Fábula,
El por Adán perdido y hallado por Colón,
De un épico avariento el sueño mitológico,
Arca repleta siempre y abierta a la ambición.
Allí despliega el cielo magnificencia insólita
Y es la tierra su virgen en esplendor nupcial,
Y el hombre, de placeres en un banquete opíparo
Es feliz porque vive, no necesita más.
Allí el poeta duerme sobre la inútil cítara,
Y si vigila o sueña no sabe distinguir:
¿Qué son bajo ese cielo sus invenciones pálidas
Si es el mayor poeta naturaleza allí?
De leche y miel cargados allí veréis los árboles,
Y con cortezas de oro sus troncos blanquear,
Y oro doquier, depónenlo hasta los mismos pájaros
Y se alza en archipiélagos sobre el azul del mar.
Volad a esa áurea cuna colgada entre los trópicos
Do el porvenir del mundo se mece infante ya;
Entrad con el ropaje de inofensivos huéspedes
Llevando el rifle cómodo y el pérfido puñal.
Espiad la hora propicia, y a una señal del águila
La empresa de exterminio sin lástima empezad,
Y sobre los cadáveres del posesor estúpido,
La Roma del futuro en nuestra pro fundad».
¡Avante pues, apóstoles del código novísimo
Que al código de Cristo sustituyó el Sajón!
¡Proseguid honorables, dignísimos diplómatas
Del hado manifiesto del mundo de Colón!
¡Avante bandoleros! la pobre Centro América,
Cadáver que dejaron veinte años de furor,
Os va a enseñar qué vale cierta palabra mágica
Y oiréis por vez primera vosotros esa voz.
¡Honor! esta palabra levantó más de un Lázaro;
Con ella un hombre, él solo a siete mil venció;
Por ella los puñales que fratricida cólera
Manchara, saldrán limpios de vuestro corazón.
¡Entrad! ya del naranjo tras la fragante atmósfera,
Cual su hálito pestífero el whisky os anunció.
¡Bebed! el que os inspira conforte vuestro espíritu;
Él es vuestro entusiasmo, él es vuestro valor.
Seguid, y a sangre y fuego talad cinco Repúblicas...
Dad al infierno escándalo, a Satanás horror...
...Mas ¡ay! pueda yo un día contemplar dos cadáveres
Cartago y sus piratas, vosotros y La Unión.
Para lavar el mundo, cloaca hirviente y fétida,
Volcó el Diluvio encima la cólera de Dios:
Que os lave uno de sangre, y en su pureza prístina
Surja flotando el arca que Washington firmó.



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