lunes, 3 de octubre de 2016

Simón Zavala, El lenguaje de las pisadas



En este día de dolor, de asombro y de oquedad ante la persistencia de aquellos discursos que se niegan a ver más allá de su corto universo, hay que buscar asideros, fortalezas que nos calmen para reiterar que la muerte no puede seguir teniendo la última palabra. Por suerte, como una revelación, vino a mi sombreada tarde, la voz del poeta ecuatoriano Simón Zavala, a quien conocí en el pasado encuentro de escritores, Vuelven los Comuneros, el cual acaba de realizar su décima versión en las bravas tierras de Santander. 

Zavala me ha confirmado que la iniquidad no puede llegar disfrazada de altura y que el olvido no cabe dentro de nuestros corazones rebosantes de afecto; que aquellas víctimas de todos los autoritarismos nos siguen convocando en el viento, en el polvo, en las piedras luminosas.

Del poemario "Fisonomías", editado en Quito en 1988, he seleccionado tres poemas que nos ayudan a perfilar la voz de este aguerrido poeta latinoamericano.


LAS ENTRAÑAS DE LA VIDA

Quién los vio?
Con qué ojos se perdieron en las sombras
de la noche
en qué noche
en qué día nocturno ensombrecido y negro
en qué madrugada no sabida.

Quién escuchó sus pasos caminando
insepultos en la obscuridad
hacia lo desconocido
lo fuera de la imaginación
lo no narrable.
Quién pudo retener en sus sentidos
el golpe
seco de sus pies
asiéndose a la tierra 
cuerpo de madre eterna
para no dejarse llevar.

Quién recogió el sonido de sus
últimas sílabas
de sus alientos y vómitos aferrándose
a las respiraciones atrapadas
en las manos fangosas de los verdugos.

Quién retuvo la sal de sus
ensangrentadas palabras
deshaciéndose lentamente en los nudillos
de los capturadores
en la bolsa llena de excrementos que cubre
sus cabezas
en el penthotal inyectado noche y día.

Quién supo de la locura de sus huelllas
digitales despanzurradas
por los demonios de la tortura
por los destajeros de la muerte
por los dueños de los barrotes
para borrar todo indicio
toda caricia
toda identidad  todo nombre.
Quién bebió de ellos? Quién los tuvo por 
última vez
en su memoria
en su lágrima
en su recuerdo?
Quién los pudo mirar inivisble
en la lobreguez de sus encierros
imposibles de encontrar
en los hilillos de luz que saltan de las
cuerdas cebosas
donde por días y días yacen colgados
sus pulgares
en el estallido de la picana que alucina
sus genitales
sus lenguas
sus oídos
sus plantas de los ppies
sus gritos indoblegados 
en el torrente de agua que a presión
introducen en sus gargantas
para que los intestinos broten 
                                por la nariz
o por la boca
o por el ano
en el brillo de las puntas de acero que
levantan
con todo el dolor del mundo
las uñas de los dedos
en el pitillo que quema sus brazos
sus piernas
sus vientres
y sus mejillas todavía tibias por el calor
de los que deben vivir
con el sacrificio de sus muertes.
Quién los pudo abrazar en ese último
instante
quién pudo darles el último apretón
de manos
la última muestra de solidaridad
el último beso
quién pudo recoger la luz de sus ideas
pasando por sobre la cobardía
                        de sus sicarios?

y quién puede decirnos en esta hora 
fatal y amarilla
en este tiempo desgastado
                   y de angustia
dónde están los asesinos sin rostro
(los jueces sin rostro)
dónde los maestros y los discípulos de la
tortura
escondidos bajo capuchas
dónde los enterradores anónimos
los hacedores de fosas
los gendarmes secretos de los
                               cementerios.
Dónde los jueces fabricadores
                de procesos falsos?
En qué cajón duermen
esas sentencias burdas y 
esas condenas malditas

Nadie va a responder por el momento.
Ni nadie va a manifestar una sospecha
una duda
una sencilla acusación un miserable alegato.
Nadie. Es verdad. 
Por el momento nadie. Pero se va
acercando el día
en que todos regresarán de sus exilios
de sus muertes prematuras
de sus fosas colectivas
de sus nombres anónimos
para con sus huesos altivos
encontrarlos y juzgarlos
con la savia fecunda de la verdad.



OFICIO DE ESCRIBIR

Esto de escudriñar los ojos invisibles
                                     del papel
tratando de vaciar en la página blanca
palabras supuestamente perdurables
es como andar buceando en las 
líneas de la mano.
Uno piensa en la derrota anterior
         memoria desdentada
que quiere tragarse la miel
             del cerebro
donde una niña violeta
juega con un borracho de juguete
mientras cientos de monstruos
               pequeñitos
aparecen como cuervos
     vuelan y se detienen
     se alzan y conversan
con patetismo picotean la médula
                              cerebral
     relamiéndose ante el papel
     regocijándose de antemano
por si las palabras del poema
nazcan muertas

Pero no
no son carroña las palabras
ni son advenedizas
        y aunque en un primer momento
solo son arenas movedizas en la mente
luego comienzan a tener un destino
                      incontenible.

Entonces vuelve la furia del
                         principio
       uno quiere tragarse el papel
embriagarse de tanto estado de ánimo
       vomitar las palabras
poner la máquina de escribir
                  patas arriba
las manos listas para agarrar
                   el pescuezo
de una frase
para ahorcarla cuando todavía
es monólogo interior.

           Es el preciso momento
las ideas inexorables salen desterrando
los misterios y
con paciencia con ternura con valentía
                  el poema va escribiéndose.



ESPEJO DEL HACEDOR

El tiempo clava en los hombres
horas de asombro
      para que su derrumbada
             humanidad
vuelva a ser el vuelo que crezca
por sobre los imposibles.

El tiempo clava en los hombres
profundas pesadillas
            puertas por todos los lados
palabras retorcidas y gestos
                 desmesurados
derrotas deshojándose en margaritas
                       esqueléticas
para que nunca piensen que hay algo 
                           inexpugnable
nada misterioso aunque no lo veamos
nada escondido para los ojos
que hurgan
más allá de la mente.
El tiempo clava en los hombres
el odio y el amor
           como un racimo de uvas 
                        incontables
para que amen hasta su saciedad
si es preciso
y para los que tengan hambre de odiar
vivan en su gula
            y mueran en ella podridos de tanto odio
para que el que tenga deseos de vivir sepa
hasta la eternidad 
         que el amor es un supremo
                lenguaje
y sepa dónde está la esencia
y la arcilla
    y la sangre
    y el aliento
    de una nueva materia
    negando su memoria
en una caravana de hechos
    consumados
y de pasos endebles.
El tiempo clava en los hombres 
el monstruo 
      de la guerra
su esperpéntico vicio para que
                  aprenda con
     sutileza a estrangular su cuello
para que sienta anticipadamente
que será
      estéril su victoria
      y todo lo que usurpe
      su ambición desmedida de poder
el inventario y el costo de aquellos
que hizo matar 
      con su seca garganta
para que sepa que nunca dejará
de ser gusano
muriéndose de miedo en la más
helada soledad.

El tiempo clava en los hombres
el frío de la cuchilla
      y el silencio del pedernal
      para que su corazón sea un foso
                               negro
consagrado al absurdo de tirar todo
lo humano al tacho de la 
          basura
un témpano de sombra donde todo
lo que se mire
              quede convertido en asco
un glacial esculpido por la maldad
para nunca sonreir.

El tiempo también clava
en los hombres
            el calor de la cópula
para que los que no existan
en su derecho a vivir vivan
        por encima del párpado que los 
                                           niega
        del ojo ensoberbecido que antes
                           de nacer
        quiere ponerle cadenas
a su alegría.

El tiempo clava en los hombres 
todas las desnudeces
para que siempre indague por
            su principio
por el seno que ebrio bebió cuando abrió
por primera vez
            su mirada
por los harapos de la ciudad que
                 dejó en el acto
      develado
por el ruido del hacha que cortó
             su cordón umbilical
       asido angustiosamente a la 
                 oquedad
por el húmedo nombre que como
                  un pájaro muerto le cayó
        sobre su cuerpo usado.
El tiempo sabe que pese a esta
                metafísica simple de
       guarismos roídos
hay que introducirle a la vida un río
                 de hombres
para que no envejezca.




Imágenes tomadas de la circulación libre en la red

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