sábado, 1 de julio de 2017

Poco más que la distancia


El día entero se nos revela desde su título como una totalidad en la que habita un afán por hacer pronto el mayor acopio, por instalar una gran fortaleza que ayude a enfrentar la catástrofe que se aproxima. El autor sabe que el tiempo es corto, que la esquiva pero certera muerte se ha hecho presencia dominante y que solo la palabra puede tejer una gran manta para ahuyentar la orfandad. “La urgencia es que nos alcance”, advierte con vehemencia desde el inicio, y en efecto, esa complicidad con lo que se nombra va teniendo su fruto: la muerte, entonces, se vuelve memoria viva y también espíritu viajero (esa gran herencia que Santiago López ha asumido como elemento primigenio), pues ha hecho el tránsito que le correspondía y ha dejado certezas exentas de metafísica: “Morir es como estar sentado al sol / Por largo rato”; es reencuentro con los elementos, esos que el poeta evoca a cada paso: “Agua tu voz”; “Es esta tierra lo que te pertenece”; “Esa semilla en que devino el viento”; “Piedra, ola, madre”.  

En el poemario de Santiago López también hay una ensoñación de lo material, que sabe reconocer la maternidad de los elementos y la cercanía con ellos. No pierde de vista que hacemos parte de una memoria mineral, que las abuelas piedras han visto cómo el primer hombre fue hecho “de agua y polvo y sol y anhelo”. Y esa vivencia tan profunda le permite conectar con el Pensamiento Ancestral Andino en el que la montaña es nacimiento de río, que guarda los rumores que va trayendo el viento. En la memoria ancestral que somos, no fluyen la dispersión ni la confrontación hasta la muerte; está habitada por múltiples elementos integrados:

Que la luz te reviente el recuerdo
La voz se te llene de ríos
Porque tienes una laguna en el pecho
(…)
Que sean flores las que te nublen la vista
Pájaros los que te enreden el pelo…
Y sea un amor de viento el que eche a andar tus palabras por el mundo
(…)
Que la mañana se te llene de estrellas
Y despiertes llorando cuando la vida te inunde.

Pero aunque esta visión integradora le provea un tono apaciguador al libro, el poeta no olvida que “el incendio es perpetuo”, que hay un nacimiento y un antes y una pregunta siempre sin resolver; que unos nacen más temprano y otros mueren más temprano de lo que les correspondía: ¿Dónde habita, entonces, la certeza? Con esta voz apenas alcanzamos a vislumbrar de soslayo que los días no bastan y que “las palabras no alcanzan”, y sin embargo, hay una apuesta por permanecer de pie, jugándole a todo, esquivando todo, enraizándose en cada giro o quizás, estableciendo nuevas sintaxis o aferrándose a estructuras no convencionales del lenguaje escrito:

Asemillándome mucho y acaso canto
Callo
//
Este surgir bejuco hacia la luz desde nosotros
//
Y este despertar volver a viejas nieblas

No en vano, el poemario acoge a menudo la sucesión de dos verbos en el mismo verso con su ritmo en infinitivo, el que sin duda nos lleva a otro ritmo, quizás el del fuego, el del universo rural desde el despertar hasta el sueño, el de la urgencia o el de los ausentes. En ese diálogo con la futura ausente, de la que ya se presiente la partida, se le demanda una opción por la vida plena: ¡hasta el último momento sin claudicaciones!

Ríe pues hasta tu última costilla
Tu más íntimo cansancio y desaliento

En adelante se sentirá el dolor mas no la nostalgia. El poeta ha aprendido que la muerte es como una urgencia a la que hay que distanciar, por eso persigue sin ambages “acaso poco más que la distancia”.

“Solo quiero que la vida me alcance”, vuelve a gritar la voz con vehemencia, aunque en muchos casos, con el tono suave de los diminutivos. Y es que ¿quién no ha experimentado esos “días que parecen haber nacido muertos?”. Hay tantos adioses que no se han dicho, tanta esquiva tarde en que no hemos podido odiar como Dios manda. Queremos que la vida nos alcance, pero ¿para qué? El día entero vuelve, de nuevo, como una revelación:

No se quiere morir y sin embargo la distancia.
No se busca la ausencia y entonces la partida.
Así, sin más, como una nube desflorada por la lluvia.


Omar Ardila 2017

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