martes, 3 de octubre de 2017

La ensoñación poética de tres autores huilenses


Puesto que las miradas globales siempre resultan problemáticas, ante la perspectiva de indagar por la literatura huilense (concepto ya de por sí difícil de asumir), he preferido aproximarme a una parte de la obra de tres autores nacidos en el Huila, los cuales tienen algunos elementos vinculantes tanto por la forma de expresión (la poesía) como por las cercanías generacionales.

No es exagerado decir que en la voz poética de Esmir Garcés Quiacha (1969), Winston Morales Chavarro (1969) y Jáder Rivera Monje (1964) se encuentra la mayor potencia de la poesía escrita actualmente en el departamento del Huila. El trabajo de estos autores ha sido reconocido y premiado a nivel nacional e internacional, algo que si bien no es definitorio sobre la calidad literaria sí aporta un importante respaldo al trabajo de los creadores y asegura una notable difusión de sus trabajos. En manos de estos autores han recaído los prestigiosos premios de poesía Universidad de Antioquia, Universidad Industrial de Santander, David Mejía Velilla y José Esutasio Rivera (en varias ocasiones); asimismo, han sido traducidos a varios idiomas e invitados a múltiples certámenes literarios del mundo. Esta realidad digna de exaltar, lamentablemente no es de conocimiento masivo en muchos espacios académicos y culturales del departamento. Es por eso que con el ánimo de hacer visible la labor creativa de estos tres creadores, me he propuesto leer de manera crítica un libro de cada uno de ellos, tratando de juntar su voz y mostrarla al mundo con sus singularidades y búsquedas.

Los tres libros que serán revisados en este texto son: El otro vuelo del cuervo, de Esmir Garcés (Universidad Industrial de Santander, 2010); ¿A dónde van los días transcurridos?, de Winston Morales (Universidad de la Sabana, 2016) y Todo el silencio, de Jáder Rivera (Ediciones Exilio, 2015).

Habitar dentro de una jaula

El otro vuelo del cuervo, de Esmir Garcés, nos plantea la apropiación de una figura animal como tótem que acompaña la creación de un artista. El vínculo con el cuervo a menudo ha estado presente en la historia de la literatura; desde la epopeya del Gilgamesh hasta la narrativa de Poe este animal ha gozado de numerosas adjudicaciones. 
En la poética de Garcés Quiacha el ave vuelve a posarse frente a la estancia que acoge las meditaciones del poeta, pero curiosamente, es a aquella que se le endilga el proceso creador:

En la página en blanco, el cuervo tiene su
propio mundo y no depende de la mano
del poeta.

Esmir Garcés nos habla del cuervo como un ser autónomo que tiene en la página en blanco su universo y que realiza, además, el trabajo de escritura con su propio tiempo, con su vacío interior y su gramática. Es el observador del alba, de los cánticos, y también es un fundador, un creador del día y un portador de suaves noticias.
Desde la óptica de Garcés, esa labor creadora del cuervo es una apertura a la dinámica del arte. La pasión de crear y la potencia creadora funcionan de manera aunada para propiciar una experiencia estética:

Cuervo dijo: “ilumina los ojos”, y mis pupilas se volvieron ruedas de fuego. Cuervo dijo “Ama”, y aprendí a despedirme de la muerte.

Bien sabe el cuervo que la página no se agota en sí misma, que en la siguiente se encarnan nuevos vuelos, que el poema a menudo se transforma sin olvidar la superficie de su origen. Y también sabe que el oficio de escritura es como un habitar dentro de una jaula, que hay un oficiante que insiste mientras se encierra a sí mismo. La jaula es un destino y aunque esté abierta nunca libera, ni olvida las intenciones para las que fue creada, por eso el cuervo no se resigna a habitar esa morada, él sabe que “el mundo comienza en el aire”…

La jaula permanece suspendida en el mismo lugar; hace veinticuatro horas hubo un ave dentro de ella, esto no la exime de seguirse llamando prisión.

En esta primera parte del poemario (Primer vuelo) hay unas certezas que también acompañan la lírica de Esmir Garcés: el instante es un naufragio, como también lo es el silencio; y puesto que el cuervo lo sabe, prefiere ocultar su vuelo en el invierno. El poeta cierra esta primera partida reconociendo a la piedra como madre, como ruta inicial, como albacea de nuestros secretos.

En el Segundo vuelo se presiente la proximidad del cuervo, la posibilidad de un ala o la inclinación de la sombra. Hay una relación del cuervo con los otros, para ellos se acrecienta la expectativa ante la llegada del cuervo, pero su experiencia, a diferencia de la del poeta, es de temor, de angustia. Al cuervo se le teme por su lucidez, por su claridad, por ser ese otro yo que nos desnuda, que nos transparenta. Y el cuervo que sabe adivinar el instante no duda en enrostrarnos nuestra larga noche acompañada por la muerte. En este país de la zozobra, la muerte nos habla a cada paso, se sonríe por su victoria, sobre todo en los ríos donde ha aprendido a fortalecerse.

La muerte viaja como lo hace la hoja, se infla como un globo; viaja sin pasaporte en el país de ninguna parte y duerme en la estación del musgo y de las rocas. El muerto tiene los ojos ocupados de tanta oscuridad en el abismo; pequeña muerte sin descanso.
Yo he visto esa clase de muertos por los ríos que surcan las venas por los ríos de mi infancia…

El poeta no duda en volver la mirada hacia la herida; la herida como destino que nos trae el insistente vuelo del cuervo; ese devenir que se ha instalado en el siglo, que nos recuerda que en cada paso acompañamos la agonía de algo. Por eso escoge volver a la piedra para auscultarla y buscar la luz que la acompaña en su interior; quizás ese sea el faro que nos falte para calmar “la miseria de los días”. El poeta reconoce que tiene dificultad con las palabras, no confía en ellas; son sus herramientas pero cómo pesan, cómo duelen.

Al final se hace evidente que en cada cosa han habitado los cuervos y hasta puede sentirse la soledad y la orfandad cuando ellos han partido. El cuervo está más allá de los mortales; su vuelo es invisible; lleva en sus alas la rueda de los vientos y sin ambages nos somete a su juicio luego de revelarnos su poderío mítico:

Tu no conoces la ira del cuervo. Tus faltas te serán juzgadas en el reino de las rocas. Tus huesos sanarán con el fuego.
(…)
Un buen día, el cuervo entregará sus plumas al aire y sus ojos al fuego para recobrar su condición de monje o de ermitaño de los bosques…

Volver a las antiguas preguntas


En ¿A dónde van los días transcurridos?, Winston Morales retoma ciertas preguntas antiguas y substanciales que sirven como para construir una metafísica. El eterno cuestionamiento frente al tiempo es revivido no para entender cómo funciona, sino para indagar a dónde conduce y por qué nos es tan inaprehensible; pero más allá de auscultarlo una y otra vez, lo cierto es que el tiempo sigue su paso y nos condiciona sin reservas.

¿Por qué nos es tan esquivo eso que llaman mañana?
¿Eso que asomaba detrás de las montañas como porvenir?

Ante esas inabordables preguntas, incluso desde la óptica de la más fina racionalidad, el poeta responde apegándose a la música, entendida como esa antigua fuerza aunada con el tiempo que, al final, es lo único que nos queda. Con un tono de cierta desazón, poco a poco va constatando que la impermanencia es lo cierto, que incluso las palabras se fugan sin retorno y que el tiempo visible apenas podemos atisbarlo con los ojos para confirmar que en el mismo acto se nos está yendo. Como un Sísifo moderno el poeta acepta su destino y su impotencia.

Así es el tiempo
Un copo de escarcha
Derretido en la espiral de un brasero sin luz.

Pero el poeta en sus vislumbres de lucidez, alcanza a presentir que hay otro tiempo, el de la intensidad, ese que conocen los amantes y que los lleva a consumir todo en el instante. Es ahí cuando las cosas empiezan a esclarecerse y al menos alcanzamos a ser conscientes de la caída de la hoja con toda la carga vital y estética que ese acto contiene.

Mi joven amada me abraza;
No sabe que envejece
Mientras una hoja cae sobre el césped del solar.

No es muy claro si el poeta equipara la impermanencia con la muerte. La certeza que parece acompañarlo es que la muerte es el vacío más puro y que el abismo siempre llama con tal poderío que no hay fuerza que pueda esquivarlo (¿Acaso, Dios es el mismo abismo?). Y con esa misma liviandad con que asiste al paso del tiempo, también observa cómo los “dueños del mundo” asesinan pueblos en minutos y son los que le definen el tiempo a quienes están en una condición inferior.

Todo sucede tan a prisa,
Apenas levanta uno la vista al aire
Y otro dardo es disparado
Con la mezquindad con que se dispara el atributo…

Pero no todo es desasosiego. Hacia la mitad del libro se empieza a abrir, mediada por la estética, una ventana para la esperanza. La contemplación de eso que aunque se sabe efímero, se mantiene bello y sirve como aliento, descanso e impulso. Es ahí cuando se intensifican en la lírica poderosas figuras de intensidad y fluidez: la llama, la hoja que cae, la página en blanco. Cuando todo se venía abajo, surgieron luces de lo que estaba en el olvido pero que había sabido conservarse como potencia.

Conforme la casa se fue deteriorando
La luminosidad comenzó a configurarse
En los recodos más insospechados de ella.

Ese tiempo para la esperanza, en principio, viene acompañado por un componente místico muy ligado al pensamiento sapiencial de la teología cristiana; abundan referentes simbólicos como la epifanía, las viejas sandalias, lo que Dios pone a rodar, el maíz en las manos del profeta, la parábola del sembrador, las estatuas de sal; todos ellos incrustados finamente en la memoria del poeta. Más adelante se permite explorar un misticismo más puro en el que se desprende del afuera y más bien se hermana con el todo: yo soy luz, cuerpo brillante, unidad con las estrellas, silencio es mí ser, son expresiones de combate y de triunfo que al final se imponen:

Yo soy
En la medida que existo
No importa que otros duden de eso;
Yo me sé
Y ocupo un lugar en el espacio,
Fuera del tiempo,
(…)
Yo soy
En la medida que brillo;

Al final, frente a las tres fuerzas que doblegan al poeta en todo el poemario (tiempo, guerra y muerte) la apuesta que decide hacer Winston Morales es por continuar siendo fiel a la letra, lo único que le queda. La hoja en blanco es la vida y sobre ella se posan las palabras, poderosas como un océano. Entiende que la muerte también es una búsqueda, una espera, una compañera del poema y una guía del poeta; y que es la escritura la que viene en búsqueda del poeta, que él apenas debe aguardar en silencio mientras ella lo posee…

Desde antes de nacer en la escritura
La gran desconocida ya era el libro
Que abro desde que tengo corazón.

Imágenes de la materia

Resulta muy apropiado para revivir la indagación estética de Gastón Bachelard sobre la ensoñación material, el recorrer los poemas de Jáder Rivera, publicados en la revista Exilio No. 26, bajo el título, Todo el silencio. En efecto, esta selección de poemas nos acerca a una poética de los elementos, que hace volver la mirada hacia las imágenes de la materia para que de nuevo la ensoñación poética adquiera perspectiva creadora. Aquellos componentes que circulan fluidamente en los poemas de Jáder, nos piden ser imaginados en profundidad, en la intimidad de la sustancia y la fuerza.  

Allí lo haremos mientras el viento barre las nubes pesadas
y cae a tus pies uno que otro lucero.
Allí lo haremos en la vastedad de las noches profundas
que mueven portentosos oleajes de hojas.
Allí lo haremos junto a los húmedos bosques;
lo haremos después de la lluvia,
aquí mismo sobre estos húmedos helechos;
lo haremos aquí o allá,
en esa ciudad lejana que hierve en la noche,
en una alcoba cuya ventana dé al cielo.

Y aunque lo elemental haya sido distanciado por aquellos léxicos pomposos que priorizan la "profundidad" de las formas y de las palabras enmarañadas, la poesía de Jáder Rivera vuelve en cada hendidura del tiempo para recordarnos con su andar sigiloso sobre los bordes, que la superficie es el camino más expedito hacia la verdadera profundidad. Pensar lo elemental nos lleva a recuperar esa mirada ancestral donde la imaginación se hace poética y los elmentos materiales revelan su potencia en el ensueño.

Soy donde el agua del río es turbia
y el día chorrea de las láminas verdes.
Huele el aire y la tierra a papaya madura
picada por las aves.

Por la noche la niebla me cobija los pies
para que no me entre la muerte.
Y en la mañana tengo un sol por cabecera.

De nuevo sale al paso la conciencia de la imaginación imaginante y nos propone una reapertura psíquica, incluso hacia la voluntad de lo irreal: esa potencia del sueño que dinamiza la vigilia y que viene en la sorpresa de la imagen literaria.

El viento despeina los largos cabellos del sueño
y nos sueña en la región donde somos más  que susceptibles
y nos acomoda a su modo en un bosque,
entre cedros y hojas de plátano;
entre cafetales que gimen bajo el peso de su cuerpo;

Bordear la intimidad de la materia (el espacio afectivo que habita en su interior) nos aproxima a su levedad, a la conciencia de su instantaneidad que funciona con la misma intensidad en la acción y en el repliegue. Dice el poeta:  

Si se cae, en el bosque,
una sola hoja suelta de tristeza y espanto,
una hoja sola en el viento,
y la escucho,
la escucho desde el fondo del alma caer…

Hay, pues, una resistencia en la palabra de Jáder, como la resistencia de la tierra que se niega al despojo del tiempo horizontal, como el ensueño de la voluntad y del reposo. Y hay una confianza, una apuesta por la transparencia que sólo da el silencio, el despojo de sí para volver en el tiempo de los elementos imperecederos: 

Señor Dios,
vacíame de mí
y lléname todo de ave,
                                                                de tierra,                          
de viento,
de cielo.

Sin dudarlo, ante la obra de Rivera Monje me permito afirmar que se trata de una poética esencial, más que necesaria en estos tiempos de abandono. A su voz poética la anima la convicción de que al otro lado de la palabra también está el silencio, ese esquivo borde que aguarda las manos libres, el golpeteo incesante de las alas y ante el que un día nos quitaremos todas las máscaras.

Al recorrer la obra de estos tres creadores nacidos en el departamento del Huila, me queda la convicción de que la literatura sigue siendo una tribuna inigualable para propiciar el encuentro, el aprendizaje, la amistad y el goce estético; y que su promoción a nivel local es más que necesaria para que entre todos nos pensemos una nueva sociedad más alegre, digna, estimulante y en la que podamos hacer valer nuestra voz sin temores y angustias. 


Bibliografía

-Bachelard, Gastón, La poética de la ensoñación, Fondo de Cultura Económica – Colombia, Bogotá, 1993

-Garcés Quiacha, Esmir, El otro vuelo del cuervo, Universidad Industrial de Santander, Bucaramanga, 2010.

-Morales Chavarro, Winston, ¿A dónde van los días transcurridos?, Universidad de la Sabana, Bogotá, 2016.

-Rivera Monje, Jáder, Todo el silencio, Revista de poesía No. 26 – Ediciones Exilio, Bogotá, 2015.

Imágenes tomadas de la circulación libre en la red

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