jueves, 12 de marzo de 2026

Desembalo mi biblioteca 6 - Porfirio Barba Jacob

 


Es comprensible que, entre las numerosas circunstancias que pueden llegar a hacer de un libro algo curioso y único a los ojos de un coleccionista, pueda encontrarse ocasionalmente su precio de compra; ya justifique por su importancia un gran esfuerzo del feliz propietario, o ya represente por su modestia un triunfo de sus cualidades detectivescas, en ambos casos se intensificará la alegría de su adquisición. En principio —por no hablar aquí más que del segundo caso— no existe, ningún libro, por valioso que sea, que no pueda obtenerse a un precio barato o incluso como una ganga. 

Walter Benjamin 

 

En esta sexta entrega de Desembalo mi biblioteca, me detengo ante una de nuestras voces más vitales y permanentes en la memoria no solo de los ámbitos literarios, sino también de los entornos populares o de la apurada bohemia. Miguel Ángel Osorio, Maín Ximénez, Ricardo Arenales o como pasó a la posteridad: Porfirio Barba Jacob, fue “el errante caballero del infortunio”, según Juan Bautista Jaramillo Meza, el primer editor de un libro del poeta en Colombia, por allá hacia 1937, cuando este aún estaba vivo.

Fue tal la incertidumbre en su periplo vital, que el anhelado libro con la obra escogida, que había modificado tantas veces el mismo Barba Jacob, no logró ver la luz antes de su partida, quedando en manos de investigadores el trabajo de compilar lo que quedó publicado en distintos lugares, anotado en libretas que algunos rescataron o en la memoria de sus caros amigos.

El primer trabajo de edición de las Obras Completas de Barba Jacob, lo realizó Rafael Montoya y Montoya, a través de sus Ediciones Académicas; publicación de 1000 ejemplares realizada en Medellín en 1962. En sus 560 páginas, bellamente concebidas, con insertos de ilustraciones, fotografías, manuscritos, carátulas, se le rinde un justo homenaje a este gran autor, que no deja de inquietar aún a las nuevas generaciones. Entre los numerosos textos que preceden a los poemas, se incluye una conferencia de J. B. Jaramillo Meza que pronunció en 1960 en la Academia Colombiana de la Lengua, el cual concluye de la siguiente manera: “He aquí, a grandes rasgos, la vida de un poeta inmortal que fue en el mundo un hombre de aventuras sin término, católico y pagano, ajeno al Bien y al Mal, peregrino de todas las latitudes, múltiple y contradictorio en sus actividades y sus sentimientos; un ser extraño, bondadoso y satánico a un mismo tiempo, que amó el lujo y los deleites del espíritu y de la carne, y desdeñó a la vez, desde los sótanos de su infortunio, la riqueza y la alegría de los demás…” 



Hacia 1980, editorial Bedout publicó El corazón iluminado, que corresponde al Volumen 39 de la colección Bolsilibros Bedout. Tal como lo señala Fernando Vallejo, este fue uno de los nombres con que el poeta quiso llamar a su gran libro de poemas. Esta edición de 191 páginas, cuenta con un texto a manera de prólogo firmado por Daniel Arango, una selección de prosas y luego una antología poética. Extracto de las palabras de Arango lo siguiente: “Barba Jacob creció vecino al gran caudal y al él afluyeron innumerables venas, inescapables corrientes temáticas, vocabulares, métricas. Sus mejores versos están colocados fuera del exceso de estas dos influencias: en ellos conquista el poeta un lenguaje estético perdurable, pleno de sencillez y transparencia bajo sus tornasoles verbales”. 



Hacia 1985 se publicó por Procultura, en la Nueva Biblioteca Colombiana de Cultura, Barba-Jacob Poemas. Se trata del resultado de una exhaustiva búsqueda de Fernando Vallejo, quien hace la compilación y las notas sobre cada uno de los poemas. Es un trabajo admirable, riguroso, único. Más adelante, hacia 2006, se volvería a editar, ahora por el Fondo de Cultura Económica, con el título Porfirio Barba Jacob Poesía Completa. En ambas publicaciones, el prólogo estuvo a cargo del mismo Fernando Vallejo. De ahí cito: “Una cosa, empero, es evidente a la lectura de las notas bio-bibliográficas que aquí los acompañan: que salvo por excepción, los poemas de Barba Jacob son el resultado de una ardua, dolorosa labor que se prolongó hasta el término de su vida; que el poeta los retocó repetidas veces en el curso de sus viajes y de los años, trocando los títulos, modificando la puntuación, cambiando las dedicatorias, los epígrafes, los subtítulos, agregando o suprimiendo versos o estrofas enteras, publicando como inéditos poemas ya publicados, reemplazando algunos vocablos o expresiones por sinónimos, arrepintiéndose a veces y volviendo a formas anteriores, desplazando algunas palabras para volver en ocasiones a la disposición inicial, mudando de parecer, siempre inconforme.”

 


Finalmente, en el 2012, bajo el cuidado editorial de Jerónimo Pizarro y la impresión del Taller de Edición Rocca, vio la luz Todos os Sonhos do Mundo Poemas de Fernando Pessoa Porfirio Barba-Jacob. Se trata de una edición bilingüe con nuevas traducciones e imágenes inéditas, que buscan unir dos naciones por medio de estos dos poetas, que fueron contemporáneos, pero nunca se conocieron y seguramente, tampoco se leyeron.



SELECCIÓN DE POEMAS 

 

DOMADOR, TRIUNFADOR

 

Domador triunfador, hombre de hierro:
tu grey de esclavos ágiles y rudos
conjura contra mí, que en mi defensa
no he de mover las manos fatigadas
o vengan a romper en la llanura
mis huesos y mi carne tus mastines.
Clava en mí tus puñales homicidas,
desgárrame, ya es hora…


Estoy como los niños bajo el golpe,
como las rosas líricas de mayo
bajo el viento y la lluvia.
Toda mi exigua juventud te brindo.
Ningún tesoro en mi pobreza escondo.
Tengo un poco de amor… ¿Y no lo tienen
las bestias más humildes?


El cuello blandamente
dispongo a los verdugos
y con piedad extraña
sonrío en la tragedia
Mas rendido también, el perro humilde
que tu misericordia logra apenas,
¿no alza con avidez los grandes ojos
para besar la mano que le hiere?
Clava en mi carne el acerado garfio
de un extraño tormento;
échala a consumirse entre la llama
y sus cenizas desparrama al viento.
 

 

LA ESTRELLA DE LA TARDE

 

Un monte azul, un pájaro viajero,
un roble, una llanura,
un niño, una canción... Y, sin embargo,
nada sabemos hoy, hermano mío.
 

Bórranse los senderos en la sombra;
el corazón del monte está cerrado;
el perro del pastor trágicamente
aúlla entre las hierbas del vallado.
 

Apoya tu fatiga en mi fatiga,
que yo mi pena apoyaré en tu pena,
y llora, como yo, por el influjo
de la tarde traslúcida y serena.
 

Nunca sabremos nada... 

¿Quién puso en nuestro espíritu anhelante,
vago rumor de mares en zozobra,
emoción desatada,
quimeras vanas, ilusión sin obra?

Hermano mío, en la inquietud constante,
nunca sabremos nada...
 

¿En qué grutas de islas misteriosas
arrullaron los Números tu sueño?
¿Quién me da los carbones irreales
de mi ardiente pasión, y la resina
que efunde en mis poemas su fragancia?

¿Qué voz suave, que ansiedad divina
tiene en nuestra ansiedad su resonancia?
 

Todo inquirir fracasa en el vacío,
cual fracasan los bólidos nocturnos
en el fondo del mar; toda pregunta
vuelve a nosotros trémula y fallida,
como del choque en el cantil fragoso
la flecha por el arco despedida.
 

Hermano mío, en el impulso errante,
nunca sabremos nada...
 

Y sin embargo...

¿Qué mística influencia
vierte en nuestros dolores un bálsamo radiante?
¿Quién prende a nuestros hombros
manto real de púrpuras gloriosas,
y quién a nuestras llagas
viene y las unge y las convierte en rosas?

Tú, que sobre las hierbas reposabas
de cara al cielo, dices de repente:
«La estrella de la tarde está encendida».
Ávidos buscan su fulgor mis ojos
a través de la bruma, y ascendemos
por el hilo de luz...
 

Un grillo canta
en los repuestos musgos del cercado,
y un incendio de estrellas se levanta
en tu pecho, tranquilo ante la tarde,
y en mi pecho en la tarde sosegado...
 

 

ACUARIMÁNTIMA 

Fragmentos

I
Vengo a expresar mi desazón suprema
y a perpetuarla en la virtud del canto.
Yo soy Maín, el héroe del poema,
que vio, desde los círculos del día,
regir el mundo una embriaguez y un llanto.

¡Armonía! ¡Oh profunda, oh abscóndita Armonía!

Y velaré mi arduo pensamiento
sotto il velame degli versi strani,
fastuoso, de pompas seculares;
perfecta en sí la estrofa del lamento
y a impulso de los ritmos estelares.

Columpia el mar su cauda nacarina,
e imbuida en la clámide del río
pasa en la bruma fúlgida la carne de la ondina.
Grana el campo nutricio, fluyen mieles,
una deidad inflama las horas con su llama
y loa el día azul un coro de donceles.

Romero: ¿no rebosa el corazón
por la noche de sombras evocadas,
por la tierra de arrugas trabajadas,
del Tiempo y el Espacio la múltiple emoción?

Brilla en las lejanías invioladas
vaga ciudad, e! viento da en los juncos,
los juncos gimen bajo el viento rudo...
Romero, ¡que se vierta el corazón!
y la ternura y la tristeza mía
canten en el crepúsculo: ¡Armonía!
Yo, Rey del reino estéril de las lágrimas,
yo, Rey del reino vacuo de las rimas,
con mis canciones ebrias
que un son nocturno hechiza
y con mis voces pávidas,
anuncio las cavernas del Enigma.
En mis siete dolores primarios se resume,
como en alejandrino paradigma,
la escala del dolor que el mal asume.

Tenebrosa, recóndita Armonía...

Mi numen, fuerte, no es aquel tan puro
como el cerrado corazón de un monte;
pero sobre sus ruinas de inocencias
haré brillar, ebrio del dolor puro,
una gota de luz del corazón del monte.

 

III
Como en la vaguedad de un espejismo:
-¿qué sabes? -mi conciencia me interroga,
fluïda en llanto entre mi propio abismo.

Y miro el mar ardiente, el monte flavo
que suaviza el azul, la estrella límpida
rielando en el rocío del capullo;
y en sus cunas los cándidos infantes,
cazados con las redes del arrullo
por el sueño de manos hechizantes.

Y vuelto a mí, gimiendo el corazón:
-¿qué sabes? -vanamente me interrogo,
mudo, bajo la múltiple emoción.

Sólo un saber escondo claro y justo;
llévole como antorcha y como daga
en medio del cerrado laberinto;
en su vasta amplitud mi fe naufraga
y hallo en su anchura incómodo recinto.

Se oyen sordos, roncos lamentos,
y alzan sus puños en el vacío
los pensamientos.

¡Oh menguado saber, pobre riqueza
de formas en imágenes trocadas,
ley ondeante, ciencia que alucina,
que cada noche en el silencio empieza
y cada día con el sol culmina!

¡Oh menguado saber de la iracunda
vida que ante mis ojos se renueva,
germinal y crüel, ciega y profunda;
madre de los mil partos y el misterio
que al barro humilla y a Psiquis subleva!

Como ventana que el azul del cielo
circunscribe, se entreabren los sentidos.
¡Pobre, ruïn saber! Y, sin embargo,
la leve mariposa del anhelo
entra por la ventana sin ruïdos.

Cuaja en el corazón de la manzana
la dulzura estival; la mariposa
vuela del fondo de la carne humana.
¡Que al claro cielo
suba el anhelo!

Por ese vuelo, la heredad natía
canté, con ritmo del ideal retorno,
en la ingenua parábola temprana.
En el turquí del éter desleía
un nácar tenue mi primer mañana.

Por ese anhelo entre los acres pinos
y las rosas en llamas del ocaso,
al hablar dejo la palabra trunca:
el tiempo es breve y el vigor escaso,
y la Amada ideal no vino nunca.

Por ese anhelo, en rimas balbucientes
canto el rojo camino que a la tarde
se pinta en la montaña evocadora,
o a la vívida luz del sol temprano,
como una obsesión conturbadora
de sangre y sangre en el azul lejano.

Y por él amo, en fin, y por él sueño
con una honda transfusión divina
de la luz en mi carne de tortura,
¡puesto que está la estrella vespertina
sobre el horror de esta prisión oscura!

Columpia el mar su cauda nacarina,
y en ustorios relámpagos de espejos
esplende en bruma de ópaco la carne de la ondina.
Y fluye Acuarimántima a lo lejos...
         

 

VI
Y fui después un numen transitorio,
sombra y canción en la embriagante tierra,
un sino raro y un deleite raro.
Ya el crepúsculo estivo el día cierra
y lejos brilla un tenebroso faro.

La dama de cabellos encendidos
fecunda con mi sangre sus huertos prohibidos.

Y una inquietud frenética y gozosa
mi paz, mi sueño, mi vigor consume,
y un huracán mi plenitud doblega.
¡Soy esa sombra que cruzó el camino,
en sangre tinta… de lujuria ciega!
Soy esa sombra pávida, cautiva
de un gran misterio en el Misterio oculto.
Huella la flor azul pata lasciva
de cabrón negro, y el divino himnario
sella Satán con sellos de su culto.
Mi pena errante con mi vino loco
en el turbión del vicio la sepulto.

Soy huésped de garitos y tabernas.
Disputo al "puede ser" un pan ingrato;
y dejo que mi carne, ruïn loba
de lúgubres anhelos arrecida,
se me abandone al logro del deleite,
desnuda en la impudicia de la vida.

Entúrbiase la clara inteligencia.
La idea afluye en nieblas ondulantes.
Es el goce monótona frecuencia:
igual en el deliquio y el suspiro...
¡Dadme un beso, un contacto y una esencia,
una sensualidad de nuevo giro!

 

IX
Honda, inmóvil, letárgica laguna
que semeja el sepulcro de la luna,
se tiende hasta el ilímite horizonte,
y a la tristeza vesperal se aduna
un viento de ultramar y de ultramonte.
Cantan en el crepúsculo
y un leve son de esquila
vuela en el éter trémulo.

Que mi rumor se extinga blando, tenue,
ola en onda, onda en pompa, pompa en iris,
como vágulo aroma en la memoria;
y me reintegre a la epopeya trunca
en la ciudad de nieblas de mi gloria.
Cantan en el crepúsculo. ¡Armonía!

Y que olvide la brega transitoria,
y el no ser más -y el no ser menos nunca-,
del hilo de oro del collar del día.
¡Armonía! ¡Armonía!

Y el ancla suelte a místicas regiones,
no humano ya mi desear: divino
mi poseer,
mientras en el desmayo del crepúsculo
rueda sobre los ásperos terrones
el carro del campesino,
y fulgura, real, tras el velo de mis lágrimas,
erigida por mi dolor con el mármol de mi poesía
-¡y mía, mía, mía!-
mi nebúlea azulina Acuarimántima.
¡Armonía! ¡Armonía!
 

 

LOS DESPOSADOS DE LA MUERTE 

Michael Farrel ardía con un ardor puro como la luz.
Sus manos enseñaban a amar los lirios
y sus sienes a desear el oro de las estrellas.
En sus ojos bullían trémulas luces oceánicas.
Sus formas eran el himno de castidad de la arcilla,
suave y fragante y musical.
Bajo sus bucles rubios, undosos y profusos,
parecían temblar las alas de un ángel.

Emiliano Atehortúa era muy sencillo
y traía una infantilidad inagotable.
Su adolescencia láctea, meliflua y floreal,
fluía por las escarpas de mi madurez
como fluye por el cielo la leche del alba.
Cuando le vi en el vano ejercicio de la vida
me pareció que me envolvía el rumor de una selva
y me inundó el corazón la virtud musical de las aguas.
Hay almas tan melódicas como si fueran ríos
o bosques en las orillas de los ríos!

Guillermo Valderrama era indolente y apasionado.
Como un licor de bajo precio,
la vida le produjo una embriaguez innoble.
Sus formas pregonaban el triunfo de una estirpe.
Había en su voz un glú-glú redentor
y su amante le llamó una vez
"el Príncipe de las hablas de agua".

Leonel Robledo era muy tímido
bajo una apariencia llena de majestad.
En el recóndito espejo de su ternura
se le reflejaba la imagen de una mujer.
Toda su fuerza era para el ensueño y la evocación.
Le vi llorar una vez por males de ausencia
y me dije: hay una tempestad en una gota de rocío,
y, sin embargo, no se conmueven los luceros...

Stello Ialadaki era armonioso, rosáceo, azulino,
como los mares de Grecia, como las islas que ellos ciñen.
Efundía del mundo algo irreal, risueño, fantástico.
Se le veía como marchando de las playas de ensueño
que rozaron las quillas de Simbad el Marino,
hacia las vagas latitudes
por donde erró Sir John de Mandeville.
Cuando le conocí tuve antojo de releer la Odisea,
y por la noche soñé en el misterio de las espigas.
¡Evanaam! ¡Evanaam!

Juan Rafael Agudelo era fuerte. Su fuerza trascendía
como los roncos ecos del monte a los pinos.
Alma laboriosa, la soledad era su ambiente necesario.
Sus ilusiones fructificaban como una floresta
oculta por los tules del "todavía-no".
Sus palabras revelaban la fuerza de la realidad,
y sus actos tenían la sencillez de un gajo de roble.

 

UN HOMBRE 

Al doctor Eduardo Santos. 

Los que no habéis llevado en el corazón el túmulo

de un Dios,

ni en las manos la sangre de un homicidio,

los que no comprendéis el horror de la conciencia

ante el universo,

los que no sentís el gusano de una cobardía

que os roe sin cesar las raíces del ser,

los que no merecéis ni un honor supremo,

ni una suprema ignominia.

 

Los que gozáis las cosas sin ímpetus ni vuelcos,

sin radiaciones íntimas, igual y cotidianamente fáciles,

los que no devanáis la ilusión del espacio y el tiempo,

y pensáis que la vida es esto que miramos,

y una ley, un amor, un ósculo y un niño.

 

Los que tomáis el trigo del surco rencoroso

y lo coméis con manos limpias y modos apacibles,

los que decís “Está amaneciendo”

y no lloráis el milagro del lirio del alba.

 

Los que no habéis logrado siquiera ser mendigos,

hacer el pan y el lecho con vuestras propias manos

en los tugurios del abandono y la miseria,

y en la mendicidad mirar los días

en una tortura sin pensamientos.

 

Los que no habéis gemido de horror y de pavor,

como entre duras barras,

en los abrazos férreos de una pasión inicua,

mientras se quema el alma en fulgor iracundo,

muda, lúgubre,

vaso de oprobio y lámpara de sacrificio universal:

 

Vosotros no podéis comprender el sentido doloroso

de esta palabra: ¡UN HOMBRE!

 



lunes, 2 de marzo de 2026

Desembalo mi biblioteca 5 - Luis Carlos López

 


Pues en su interior habitan espíritus, o al menos geniecillos, que hacen que para el coleccionista… la posesión sea la relación más profunda que se pueda mantener con las cosas: no se trata, entonces, de que las cosas estén vivas en él; es, al contrario, él mismo quien habita en ellas. De este modo, he construido ante ustedes uno de sus receptáculos, cuyos elementos constructivos son los libros, y ahora el coleccionista, como es justo y deseable, desaparece en su interior.

Walter Benjamin


La quinta parte de Desembalo mi biblioteca está dedicada al poeta cartagenero Luis Carlos López, quien nació en 1879 y falleció en 1950. Conservo dos versiones de su obra completa, ambas investigadas, seleccionadas y comentadas por Guillermo Alberto Arévalo, quizás el mayor estudioso y conocedor de la obra del poeta.

De entrada, quiero destacar que el poeta López vio truncada su carrera de medicina por cuenta de la Guerra de los Mil Días, en la que se alineó junto a las guerrillas liberales de Rafael Uribe Uribe, pero fue prontamente encarcelado en Cartagena por el ejército conservador. Sin embargo, de ese primer fracaso político, quedaron unos versos que luego modificaría, pero que en su versión original decían: “No andar con Luis C. López, anarquista, liberal y ateo…”

Guillermo A. Arévalo sostiene que: “López no es, como gran cantidad de literatos nuestros, alguien que separe el idioma que habla cotidianamente del que escribe; no es, en este sentido, cultista, ni académico en cuanto al lenguaje. Es un poeta que escribe hablando; que quiere decir cosas, y no elaborar imágenes del lenguaje “elevado”. Tuvo el gran mérito de evitar el otro extremo, el de la jerga provinciana que obliga también al diccionario y las constantes llamadas aclaratorias. Si no quiso ser un “vanguardista”, tampoco se le podría calificar de naturalista.”

El primer libro en el que de a poco voy desapareciendo en su interior se titula Obra completa. Edición crítica de Guillermo Alberto Arévalo. Fue realizada por Carlos Valencia Editores y corresponde a la segunda reimpresión de 1980. La primera edición fue realizada por el Banco de la República en 1976, y la segunda es de marzo de 1977. Tiene 312 páginas e incluye una nota previa a la segunda edición. Incluye una extensa bibliografía de y sobre Luis Carlos López, así como un índice alfabético de los poemas.



El segundo libro es Poesía completa, también con un prólogo de Guillermo Alberto Arévalo. Es la primera edición realizada por Arango Editores y El Áncora Editores, en 1988. Tiene 250 páginas y también incluye una selecta bibliografía sobre el poeta. En el prólogo, Arévalo rescata una sentida nota de Nicolás Guillén, ante la muerte de Luis Carlos López: “no sé como le tienen (…) por poeta “humorístico” sin más ni más (…) La musa de López no ríe, sino que llora. Donde muchas veces creemos escuchar una carcajada hay un lamento, un terrible lamento, casi un aullido. En una sociedad pacata, monjil, apegada a las viejas tradiciones coloniales, manejada por el clero, explotada por la gran burguesía conservadora y liberal (que en eso desaparecen las fronteras), la voz del Tuerto López no se alzó para divertir al amo, sino para fustigarlo. Sus versos son los de un gran poeta amargo, profundo, en quien – como en Heine – el sarcasmo es arma ofensiva de superior eficacia y más aún el sarcasmo lírico (…)”






SELECCIÓN POÉTICA

 

DE TIERRA CALIENTE

Flota en el horizonte opaco dejo
crepuscular. La noche se avecina
bostezando. Y el amor, bilioso y viejo,
duerme como un sueño de morfina.

Todo está en laxitud bajo el reflejo
de la tarde invernal, la campesina
tarde de la cigarra, del cangrejo
y de la fuga de la golondrina...

Cabecean las aspas del molino
como con neurastenia. En el camino,
tirando el carretón de la alquería.

Marchan dos bueyes con un ritmo amargo
llevando en su mirar, mimoso y largo,
la dejadez de la melancolía...

 

TARDE DE VERANO

“El rico es un bandido”

          San Juan de Crisóstomo

La sombra que hace un remanso
Sobre la plaza rural,
Convida para el descanso
Sedante, dominical...

Canijo, cuello de ganso,
Cruza leyendo un misal,
Dueño absoluto del manso
Pueblo intonso, pueblo asnal.

Ciñendo rica sotana
De paño, le importa un higo
La miseria del redil.

Y yo, desde mi ventana,
Limpiando un fusil, me digo:
—¿Qué hago con este fusil?

 

LOS QUE LLEGARON DE PARÍS

¿No es verdad, paloma mía
que están respirando amor?


                          José Zorrilla

Ceñido flux de pederasta, flor
fragante en el ojal,
mostachos agresivos de tenor
y muy agudo el ángulo facial.

Y la novia, la falda de color
mimoso, azul lilial,
cabellos de un rubor
de lacre, una actitud sentimental

y ojos de liebre. Gastan el placer
de levantar —unido el canotier
con la chistera en forma de bacín—

la polvareda de la exhibición
requiriéndose con
frases de almíbar y de pepermín...

 

ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA

No hay que hacerse ilusiones
sobre tibios colchones

de algodón y de seda.
La vida que nos queda

puede servirnos para
vencer. Y cara a cara

y contra la corriente
tenderemos el puente

de ribera a ribera...
Después, sin un suspiro,

disuelta la quimera,
nos pegamos un tiro.

 

MIENTRAS EL MUNDO GIRA...

¿Qué es la propiedad

                  Proudhon

Por un mendrugo tiene que plañir
con ademán

suplicativo. Ir

de zaguán en zaguán.

Cero a la izquierda, cero

del montón,
tiende el sucio sombrero

de folletín, se apoya en un bordón
senatorial. Y mira

la farsa del humano redondel,
mientras el mundo gira
con un pequeño desnivel.

 

 

DE SOCIEDAD

 

Maldita sea mi suerte
y el día sea maldito...


                       Bartrina

 

La esposa del banquero, flaca y fría,
que hace música. Yo
junto al Pleyel, tenía
toda la flema de un anglosajón.

Se prolongaba con alevosía
y premeditación
la sonata. Mi tedio me decía
bostezando: ¿por qué no anda el reloj?

Y luego, para colmo
de peras en el olmo,
tuvimos que aplaudir

a la señora del señor pudiente,
pensando injustamente:
¿pero por qué Mozart no fue albañil?

 

 

THAT IS THE QUESTION

 

¿Por qué no he querido ser cura?


Julio Camba

 

A Carlos E. Restrepo, para

que rece por mí.

 

Lo mismo digo yo sin ironía,
pues no quise, en mi estólida locura,
ser en mi juventud lo que hoy sería:
Cura de pueblo, un bonachón de cura.

Vivir en un curato con la pía
tranquilidad del alma y sin la oscura
perspectiva del pan de cada día…
¡Y todo por llevar una tonsura!

Gordo y feliz, —no flaco y maldiciente,
masón y radical— con elocuente
y corajuda voz, ¡que de sermones


no hubieran sido los sermones míos,
contra esos más que bárbaros impíos
llamados liberales y masones!

¡Con que fogosidad, con que divina
fogosidad hubiese proclamado
la Ley Seca!... Pues ir a una cantina
no es un pecado, ¡sino un gran pecado!

También viendo una casa clandestina,
muy duramente hubiera condenado
la erótica pasión luciferina
de... los gatos que buscan un tejado.

¡Y qué felicidad me brindaría
la época electoral, donde yo haría
las elecciones sin un gatuperio,

no sin llevar a cabo, entre la recta
sociedad de mi grey, una colecta
para los niños del Celeste Imperio!

Porque yo hubiera sido hasta mi fosa,
con noble sencillez, un cura bueno
y humilde, más humilde que una cosa
que ni siquiera cueste un vil centeno.

Pero perdí la senda... Y perdí a Rosa,
mi humilde ama de llaves, de agareno
perfil y ojos de hurí, "dulce y sabrosa
más que la fruta del cercado ajeno."

Por eso estoy muy triste ante la idea
de no ser un buen párroco de aldea,
para nunca exclamar entre infinitas


congojas que hay me tienen lacerado:
te fuiste para siempre de mi lado
¡cepillo de las ánimas benditas!

 

 

CAMPESINA, NO DEJES...

 

A Marisol

Campesina, no dejes de acudir al mercado
con tus rubios cabellos—coliflor en mostaza—
y tus ojos, tus ojos donde anida el pecado…

¡Quién no acude por verte cuando cruzas la plaza!...
¡Si hasta el cura del pueblo, que es un alma sencilla,
al mirarte sacude su indolente cachaza!...

¡Si eres égloga!... Y cantas, sin cantar, la semilla
y el surco, los molinos, el arroyo parlero,
donde viajan las hojas su tristeza amarilla...

¡Qué te importa que un zafio, que un panzudo banquero
y que aquella muchacha, solterona y muy fea,
no avaloren—mendigos de su inútil dinero—


la eclosión de tus frutos, de tu alegre azalea!
¡Que se vayan al cuerno!... ¡Que se vayan al ajo
y al tomate!... ¡Y que coman arroz con jicotea!...

Porque tú, campesina de sombrero y refajo,
cuando pasas en burro-sandunguera y sabrosa-
¡pones alas y trinos de jilguero en el grajo!

¡Pones alas y trinos!... Y te llevas la rosa
de tu faz... Y te llevas tu maligna mirada,
con tu dulce sonrisa que ha dicho esa cosa
que le dice a un goloso la entreabierta granada...

 

 

VERSOS A LA LUNA

 

¡Oh, luna, que hoy te asomas al tejado
de la iglesia, en la calma tropical,
para que te salude un trasnochado
y te ladren los perros de arrabal!

¡Oh, luna!... En tu silencio te has burlado
de todo!... En tu silencio sideral,
viste anoche robar en despoblado
...y el ladrón era un Juez Municipal!...

Mas tú ofreces, viajera saturnina,
con qué elocuencia en los espacios mudos
consuelo al que la vida laceró,

mientras te cantan, en cualquier cantina,
neurasténicos bardos melenudos
y piojosos, que juegan dominó...

domingo, 15 de febrero de 2026

Desembalo mi biblioteca 4 - Guillermo Valencia

 


Esta cuarta entrega la dedico al poeta payanés Guillermo Valencia, una de las voces cimeras de la poesía colombiana de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Algunos de los críticos lo sitúan como parnasiano, pero la mayoría coinciden en ubicarlo como modernista. Sin embargo, podemos argumentar que su obra transitó del parnasianismo al simbolismo y finalmente, al modernismo.

Pero antes de avanzar, continúa Benjamin hablándome desde sus páginas, mientras persisto en el reencuentro con estos libros que me acompañan y que destino al vuelo en la imaginación de los lectores que se aproximen a este blog.

Dice Benjamin:

 

Nada puede ilustrar mejor el aspecto fascinante de este desembalaje que la dificultad que implica el abandonarlo. Había comenzado a mediodía, y era ya la medianoche antes de que hubiera empezado con las últimas cajas. Pero he aquí que al final me caen entre las manos dos volúmenes mal encuadernados que, estrictamente hablando, no tenían por qué estar en una caja de libros: dos álbumes de figurillas en papel prensado que mi madre había pegado cuando yo era niño, y que yo había heredado. Esas son las semillas de una colección de libros infantiles que todavía hoy continúa creciendo sin cesar, aunque no sea en mi jardín. No existe en vida una biblioteca que no albergue cierto número de criaturas procedentes de zonas fronterizas. No serán forzosamente colecciones de figurillas o álbumes familiares, ni de autógrafos o de encuadernaciones con pandectas o textos edificantes en el interior: algunos coleccionistas se encariñarán con octavillas y prospectos, otros con facsímiles de manuscritos o copias mecanografiadas de libros ilocalizables, y, con mayor razón, las revistas pueden formar los bordes prismáticos de una biblioteca. Pero, volviendo a esos álbumes, heredar es, a decir verdad, el medio más sólido de formar una colección. Pues la actitud del coleccionista respecto de sus riquezas tiene origen en el sentimiento de obligación que le crea su posesión. Es, por lo tanto, la actitud del heredero en el sentido más elevado. Una colección tiene como título de nobleza más hermoso el poder ser legada. Al decir esto, tengo conciencia clara —quiero que ustedes lo sepan— de que tal planteamiento del mundo de las representaciones implícitas en el acto de coleccionar intensificará en muchas personas su convicción de que esta pasión es intempestiva, y aumentará la desconfianza que sienten respecto del coleccionista. Nada más lejos de mi propósito que hacer tambalear esa opinión o esa desconfianza. Habría que añadir también una última observación: el fenómeno de la colección, al perder al sujeto que es su artífice, pierde su sentido». Si bien es posible que las colecciones públicas sean menos chocantes en el aspecto social y más útiles en el aspecto científico que las colecciones privadas, sólo éstas hacen justicia a los objetos en sí mismos. Por lo demás, sé que sobre este tipo humano del que estoy hablando aquí, y que he presentado un poco ex officio, está cayendo la noche. Pero como dice Hegel: es sólo con la oscuridad cuando la lechuza de Minerva levanta el vuelo. Es solamente en el momento en que se extingue, cuando el coleccionista es comprendido.



Ritos (1899) fue el primer libro de Guillermo Valencia y según algunos comentaristas, ahí ya estaba contenida su mejor poesía. 


El libro tuvo una edición realizada en Londres en 1914, de la cual Carvajal S. A. hizo una edición facsimilar en 1979. De esta edición facsimilar conservo el ejemplar que hoy les traigo.


El prólogo fue realizado por el intelectual Baldomero Sanín Cano, quien insiste en presentar a Valencia como un poeta alejandrino: una condición mental que abarca tanto la filosofía como la literatura, y que asume como “el resultado de una viva agitación, producida en espíritus selectos por el choque de varias civilizaciones. Es una predisposición a hallar plausibles todas las teorías y a trazar las líneas sinuosas en que se enlazan todos los sistemas que se contradicen.”






En 1948 se editó en España, por parte de la editorial Aguilar, el título Obras Poéticas Completas, de Valencia, de las cuales poseo la tercera edición de 1955, en la que aparecen corregidas las erratas de la primera edición, que causaron bastante malestar entre los lectores colombianos.

El prólogo también fue encargado a Baldomero Sanín Cano, quien al final de su texto lo exalta de la siguiente manera: “Fue un excelso poeta. Tuvo finísimo y exigente el sentido de la armonía de las voces. Era su oído celoso guardián de las sonoridades del ritmo y de la rima.”


 

Finalmente, comparto la bella edición facsimilar del poema Anarkos manuscrito por Guillermo Valencia, con ilustraciones de Santiago Martínez Delgado, edición realizada en 1941, con un tiraje de mil ejemplares.



 



SELECCIÓN DE POEMAS 

Palemón el Estilita

Enfuriado el Maligno Spiritu de la devota
  e sancta vida que el dicho ermitanno facia,
      entróle fuertemientre deseo de facerlo caer en
      grande y carboniento peccado. Ca estos e non
otros son sus pensamientos e obras.
                                    Apeles Mestres. -Garin

Palemón el Estilita, sucesor del viejo Antonio,
que burló con tanto ingenio las astucias del demonio,
antiquísima columna de granito
se ha buscado el desierto por mansión,
y en pie sobre la stela
ha pasado muchos días
inspirando a sus oyentes
el horror a los judíos
y el horror a las judías
que endiosaron ¡Dios del cielo!
que endiosaron a una hermosa
de la vida borrascosa,
que llamaban Herodías.

Palemón el Estilita  «era un santo». Su retiro
circuían mercadantes de Lycoples y de Tiro,
judaizantes de apartadas sinagogas,
que anhelaban de sus labios escuchar
la palabra de consuelo,
la palabra de verdad
que nos salve del castigo,
y de par en par el Cielo
nos entregue; sólo abrigo
contra el pérfido enemigo
que nos busca sin cesar
y nos tienta con el fuego de unos ojos
que destellan bajo el lino de una toca,
con la púrpura de frescos labios rojos
y los pálidos marfiles de una boca.
Alrededor de la columna que habitaba el Estilita,
como un mar efervescente, muchedumbre ingente agita,
los turbantes, los bastones y los brazos,
y demanda su sermón al solitario
cuya hueca voz de enfermo
fuerzas cobra ante la mies
que el Señor ha deparado
a su hoz, y cruza el yermo
que turbaron otros tiempos los timbales de Ramsés.

Y les habla de las obras de piedad y sacrificio,
de las rudas tentaciones del Apóstol y del vicio
que llevamos en nosotros; del ayuno y el cilicio,
del vivir año tras año con las fieras
bajo rotos quitasoles de palmeras;
y les cuenta lo que es sed y lo que es hambre,
lo que son las noches cálidas de Libia,
cuando bulle de planetas un enjambre,
y susurra en los palmares la aura tibia,
que provocan en el ánimo cansado
de una vida muerta y loca
los recuerdos tormentosos
que en los días pesarosos,
que en los días soñolientos
de tristezas y de calma
nos golpean en el alma
con sus mágicos acentos
cual la espuma débil
toca
la cabeza dura y fría
de la roca.

De la turba que le oía
una linda pecadora
destacóse: parecía
la primera luz del día,
y en lo negro de sus ojos
la mirada tentadora
era un áspid: amplia túnica de grana
dibujaba las esferas de su seno;
nunca vieran los jardines de Ecbatana
otro talle más airoso, blanco y lleno;
bajo el arco victorioso de las cejas
era un triunfo la pupila quieta y brava,
y, cual conchas sonrosadas, las orejas
se escondían bajo un pelo que temblaba
como oro derretido;
de sus manos blancas, frescas,
el purísimo diseño
semejaba lotos vivos
de alabastro,
irradiaba toda ella
como un astro;
era sueño
que vagaba
con la turba adormecida
y cruzaba
-la sandalia al pie ceñida-
cual la muda sombra errante
de una sílfide,
de una sílfide seguida
por su amante.

Y el buen monje
la miraba,
la miraba,
la miraba,
              y, queriendo hablar, no hablaba,
y sentía su alma esclava
de la bella pecadora de mirada tentadora,
y un ardor nunca sentido
sus arterias encendía,
y un temblor desconocido
su figura
larga
y flaca
y amarilla
sacudía:
¡era amor! El monje adusto
en esa hora sintió el gusto
de los seres y la vida;
su guarida
de repente abandonaron
pensamientos tenebrosos
que en la mente
se asilaron
del proscrito
que, dejando su columna
de granito,
y en coloquio con la bella
cortesana,
se marchó por el desierto
despacito...
a la vista de la muda,
¡a la vista de la absorta caravana!...

 

Esfinge

                                                                           A.M.G.

Todo en ti me conturba y todo en ti me engaña,
desde tu boca, donde la pasión se adivina
que empurpura los pétalos de esa rosa felina,
hasta la rubia movilidad de tu pestaña.

Todo en ti me es adverso, tu sonrisa me daña
como un hechizo, y en tu plática divina
por un campo de flores la falacia camina
fríamente cual una ponzoñosa alimaña. (1)

Con tu rostro de mártir eres una venganza.
Tus manecitas estrangularon mi esperanza,
y es tu flor un eufobio semioculto entre tules.

Tu lámpara alimentan alas de mariposa,
arda en ella este verso que me inspiró tu prosa:
¡eres una mentira con los ojos azules!

(1) Reminiscencias de Góngora. -N.del A.

 

Los camellos

                                                                       Lo triste es así...   
                                                                        Peter Altenberg

Dos lánguidos camellos, de elásticas cervices,
de verdes ojos claros y piel sedosa y rubia,
los cuellos recogidos, hinchadas las narices,
a grandes pasos miden un arenal de Nubia.

Alzaron la cabeza para orientarse, y luego
el soñoliento avance de sus vellosas piernas
-bajo el rojizo dombo de aquel cenit de fuego-
pararon silenciosos, al pie de las cisternas...

Un lustro apenas cargan bajo el azul magnífico,
y ya sus ojos quema la fiebre del tormento:
tal vez leyeron, sabios, borroso jeroglífico
perdido entre las ruinas de infausto monumento.

Vagando taciturnos por la dormida alfombra,
cuando cierra los ojos el moribundo día,
bajo la virgen negra que los llevó en la sombra
copiaron el desfile de la Melancolía...

Son hijos del Desierto: prestóles la palmera
un largo cuello móvil que sus vaivenes finge,
y en sus marchitos rostros que esculpe la Quimera
¡sopló cansancio eterno la boca del Esfinge!

Dijeron las Pirámides que el viejo sol rescalda:
«amamos la fatiga con inquietud secreta...»
y vieron desde entonces correr sobre una espalda
tallada en carne, viva, su triangular silueta.

Los átomos de oro que el torbellino esparce
quisieron en sus giros ser grácil vestidura,
y unidos en collares por invisible engarce
vistieron del giboso la escuálida figura.

Todo el fastidio, toda la fiebre, toda el hambre,
la sed sin agua, el yermo sin hembras, los despojos
de caravanas... huesos en blanquecino enjambre...
todo en el cerco bulle de sus dolientes ojos.

Ni las sutiles mirras, ni las leonadas pieles,
ni las volubles palmas que riegan sombra amiga,
ni el ruido sonoroso de claros cascabeles
alegran las miradas al rey de la fatiga:

¡Bebed dolor en ellas, flautistas de Bizancio
que amáis pulir el dáctilo al son de las cadenas,
sólo esos ojos pueden deciros el cansancio
de un mundo que agoniza sin sangre entre las venas!

¡Oh artistas! ¡Oh camellos de la Llanura vasta
que vais llevando a cuestas el sacro Monolito!
¡Tristes de Esfinge! ¡novios de la Palmera casta!
¡Sólo calmáis vosotros la sed de lo infinito!

¿Qué pueden los ceñudos? ¿Qué logran las melenas
de las zarpadas tribus cuando la sed oprime?
Sólo el poeta es lago sobre este mar de arenas,
sólo su arteria rota la Humanidad redime.

Se pierde ya a lo lejos la errante caravana
dejándome -camello que cabalgó el Excidio...-
¡cómo buscar sus huellas al sol de la mañana,
entre las ondas grises de lóbrego fastidio!

¡No! buscaré dos ojos que he visto, fuente pura
hoy a mi labio exhausta, y aguardaré paciente
hasta que suelta en hilos de mística dulzura
refresque las entrañas del lírico doliente;

Y si a mi lado cruza la sorda muchedumbre
mientras el vago fondo de esas pupilas miro,
dirá que vio un camello con honda pesadumbre,
mirando silencioso dos fuentes de zafiro...

 

Anarkos

De todo lo escrito amo solamente lo que
 el hombre escribió con su propia sangre.
Escribe con sangre y aprenderás que la
sangre es espíritu.
                      Federico Nietzsche.


En el umbral de la polvosa puerta
sucia la piel y el cuerpo entumecido,
he visto, al rayo de una luz incierta,
un perro melancólico, dormido.
¿En qué sueña? Tal vez árida fiebre
cual un espino sus entrañas hinca
o le finge los pasos de una liebre
que ante sus ojos descuidada brinca.
Y cuando el alba sobre el Orbe mudo
como un ave de luz se despereza,
ese perro nostálgico y lanudo
sacude soñoliento la cabeza
y se echa a andar por la fragosa vía,
con su ceño de inválido mendigo,
mientras mueren las ráfagas del día
para tornar a su fangoso abrigo.
Hundido en la cloaca
la agita con sus manos temblorosas,
y de esa tumba miserable, saca
tiras de piel, cadáveres de cosas.
Entretanto, felices compañeros
sobre la falda azul de las princesas
y en las manos de nobles caballeros
comparten el deleite de las mesas;
ciñen collares de valioso broche,
y en las gélidas horas de la noche
tienen calor, en tanto que el proscrito
que va sin dueño entre el humano enjambre,
tropieza con el tósigo maldito
creyendo ahogar el hambre,
y en las hondas fatigas del veneno
echado sobre el polvo se estremece,
fatídico temblor le turba el seno,
y con el ojo tímido, saltado,
sobre la tierra sin piedad, fallece.
Todos vuelven la faz, nadie le toca:
al bardo sólo que a su lado pasa,
atedia la frescura de su boca
"donde nítidos dientes
se enfilan como perlas refulgentes"...

Mísero can, hermano
de los parias, tú inicias la cadena
de los que pisan el erial humano
roídos por el cáncer de su pena;
es su cansancio igual a tu fatiga;
como tú se acurrucan en los quicios
o piden paz, sin una mano amiga,
al silencio de oscuros precipicios.
Son los siervos del pan: fecunda horda
que llena el mundo de vencidos. Llama
ávida de lamer. Tormenta sorda
que sobre el Orbe enloquecido brama.
Y son sus hijos pálidas legiones
de espectros que en la noche de sus cuevas,
al ritmo de sus tristes corazones
viven soñando con auroras nuevas
de un sol de amor en mística alborada,
y, sin que llegue la mentida crisis,
en medio de su mísera nidada
¡los degüellan las ráfagas de tisis!

Los mudos socavones de las minas
se tragan en falanges los obreros
que, suspendidos sobre abismo loco,
semejan golondrinas
posadas en fantásticos aleros.
Con luz fosforescente de cocuyos,
trémula y amarilla,
perfora oscuridad su lamparilla;
sobre vertiginosos voladeros
acometen olímpicos trabajos,
y en tintas de carbón ennegrecidos,
se clavan en los fríos agujeros,
como un pueblo infeliz de escarabajos
a taladrar los árboles podridos.
Sus manos desgarradas
vierten sangre; sarcástica retumba
la voz en la recóndita huronera:
allí fue su vivir; allí su tumba
les abrirá la bárbara cantera
que inmóvil, dura, sus alientos gasta,
o frenética y ciega y bruta y sorda
con sus olas de piedra los aplasta.

El minero jadeante
mira saltar la chispa de diamante
que años después envidiará su hija,
cuando triste y hambrienta y haraposa,
la mejilla más blanca que una rosa
blanca, y el ojo con azul ojera,
se pare a remirarla, codiciosa,
al través de una diáfana vidriera,
do mágicos joyeles
en rubias sedas y olorosas pieles
fulgen: piedras de trémulos cambiantes,
ligadas por artistas
en cintillos: rubíes y amatistas,
zafiros y brillantes,
la perla oscura y el topacio gualda,
y en su mórbido estuche de rojizo peluche,
como vivo retoño, la esmeralda.
La joven, pensativa,
sus ojos clava, de un azul intenso,
en las joyas, cautiva
de algo que duerme entre el tesoro inmenso
no es la codicia sórdida que labra
el pecho de los viles:
es que la dicen mística palabra
las gemas que tallaron los buriles:
ellas proclaman la fatiga ignota
de los mineros; acosada estirpe
que sobre recio pedernal se agota,
destrozada la faz, el alma rota,
sin un caudillo que su mal extirpe:

El diamante es el lloro
de la raza minera
en los antros más hondos de la hullera:

¡loor a los valientes campeones
que vertieron sus lágrimas
entre los socavones!

Es el rubí la sangre de los héroes que, en épicas faenas,
tiñeron el filón con el desangre
que hurtó la vida a sus hinchadas venas:

¡loor a los valientes campeones
que perdieron sus vidas
entre los socavones!

El zafiro recuerda
a los trabajadores de las simas
el último jirón de cielo puro
que vieron al mecerse de la cuerda
que los bajaba al laberinto oscuro:

¡loor a los sepultos campeones
que no verán ya el cielo
entre los socavones!

Y el topacio de tinte amarillento
es recóndita ira
y concreciones de dolor; lamento
que entre el callado boquerón expira;

¡ loor a los cautivos campeones
que como fieras rugen
entre los socavones!

La joven pordiosera
huyó. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¿Que formidable vocerío
pasa volando por el azul esfera,
con el lejano murmurar de un río?
Es una turba de profetas. Vienen
al aire desplegando los pendones
color de cielo; sus cabezas tienen
profusas cabelleras de leones.
En sus labios marchitos se adivina
el himno, la oración y la blasfemia;
llama febril sus ojos ilumina
de sacros resplandores;
pálidos como el rostro de la Anemia,
llegaron ya: son los conquistadores
del Ideal: ¡dad paso a la bohemia!
Ebrios todos de un vino luminoso
que no beben los bárbaros, y envueltos
en andrajos, son almas de coloso,
que treparán a la impasible altura
donde afilan sus hojas los laureles
conque ciñes de olímpica verdura
en tu vasto proscenio
a los ungidos de tu Crisma, ¡oh Genio!
Aquel muestra su aljaba
de combate, repleta de pinceles;
el otro vibra, como ruda clava,
un cuadrado amartillo y dos cinceles;
se interrogan, se dicen sus proyectos
de obras que dejarán eternos rasgos;
aunque sean insectos,
el mármol y el pincel los harán astros.
Un escultor ofrece
pulir la piedra como fino encaje
para velar un seno que florece
bajo la tenue morbidez del traje;
aquése de fosfórica pupila,
que las del gato iguala,
discurre solo en actitud tranquila
con el azul cuaderno bajo el ala,
y el bardo decadente,
el bardo mártir que suscita mofas,
levantará la frente,
alto nido de férvidas estrofas,
y de sus labios, que el reír no alegra,
brotará el pensamiento
como un águila negra,
con las alas enormes
desplegadas al viento,
para cantar la Venus Victoriosa
cuya violenta juventud encarne
el espíritu alegre de la diosa
en las melancolías de la carne.

El músico, doblando la cabeza
sobre la débil caja
de su violín sonoro,
dice la voz que de los cielos baja
como un perfume del jardín de oro,
y, agarrando del cuello enflaquecido
al tísico instrumento,
lo hace gritar con trágico alarido;
y con ahogados trémolos simula
el sollozo de un mártir que se queja
bajo el negro dogal que lo estrangula:
y sobre todos flota,
como un sueño de amor en la noche larga,
la paz del arte que su duelo embota
y su llagado corazón embarga.

Desventurada tribu
de miserables, vuestro ensueño vano
vuela solo entre sombras como vuelan
las grullas en las noches de verano.
Esa lumbre asesina de los focos
que doran las soberbias capitales,
arderá vuestras frentes inmortales
y vuestras alas de zafir, ¡oh Locos!
Sin pan, ni amor, ni gruta
donde dormir vuestras febriles horas,
sucumbís a la bárbara cadena,
sin más visión que la chafada ruta
que os empuja a los légamos del Sena...
¡Canes, minero, artistas,
el árido recinto que os encierra
consume vuestros míseros despojos;
y en el agrio Sahara de la tierra
sólo hallasteis el agua ... de los ojos!
Huíd como una banda tenebrosa
de pájaros nocturnos que entre ramas
hienden la oscuridad sin voz ni huella;
morid: ¡para vosotros
no se despierta el día
ni se columpia en el Zenit la estrella
que llamaron los hombres Alegría!
Cuan lejos de vosotros se levanta,
sobre columnas de marfil bruñido,
la ciudad de los Amos, donde canta
su canto de ventura
el gozo entre las almas escondido.
Allí todos olvidan
vuestra angustia. Los árboles no dejan
-de silencio cargados y de flores-
llegar, de los vencidos que se quejan,
el treno funeral de sus dolores;
allí, cual un torrente
que dé sus ondas a dormidas charcas,
resbala fríamente
con ruido sonoro
el oro, a los abismos de las arcas.
Allí las sedas crujen
como crujen las carnes sacudidas
por las fieras: son fieras que no rugen
los seres sin piedad. Ved como pasa
sobre el marmóreo suelo,
con su capa de pieles la hembra dura
cual un oso gigante sobre hielo.
¿Por qué se abren sus ojos
desmesuradamente?
¡Ah! si es que apunta con fulgores rojos
el astro de la sangre por Oriente.
Bajo el odio del viento y de la lluvia
por la frígida estepa se adelantan
los domadores de la Bestia rubia:
ya los perros sarnosos
se tornaron chacales. De ira ciego
el minero de ayer se precipita
sobre los tronos. Un airado fuego
entre sus manos trémulas palpita,
y sorda a la niñez, al llanto, al ruego,
¡ruge la tempestad de dinamita!
¡Son los hijos de Anarkos! Su mirada,
con reverberaciones de locura,
evoca ruinas y predice males:
parecen tigres de la Selva oscura
con nostalgias de víctima y juncales.
El furioso caer de sus piquetas
en trizas torna la vetusta arcada
que erigieron al Bien nuestros mayores;
y por la red de las enormes grietas
va filtrando, con tintes de alborada,
un sol de juventud sus resplandores.

Aquél un arma ruda
pide, que parta huesos y que exprima
el verbo de la cólera; filuda
por el trabajo, recogió su lima
de fatigado obrero,
y bajo el golpe de Lucheni, ¡muda
cayó la Emperatriz como un cordero!

Pini, Vaillant, Caserio y Angiolillo,
vuestro valor ante la muerte espanta;
negros emperadores del cuchillo,
que rendís la garganta
como débil mendrugo
a las ávidas fauces del verdugo;
de duques y barones
no circundó plegada muselina
vuestros cuellos. Allí donde culmina
el dorado listón de los toisones
os dio la guillotina
su mordisco glacial: vendimiadora
que la tez y las almas descolora.

Aún parece vibrar en mis oídos
la voz de Emile Henry: ya bajo el hacha
iba la a rodar su juvenil cabeza,
como la flor al soplo de la racha,
y exclamó: "Germinal",
                                                             y de su herida
corrió una fuente de licor sagrado
que bautizó la historia dolorida
de los siervos, con óleo ensangrentado.
Y ese fue dulce al comenzar; renuevo
de razas de alto nombre.
¿Quién me dirá si un huevo
son de torcaz o víbora? La mente
no sabe leer lo que en el tiempo asoma:
el hombre, como el huevo,
en nidos de dolor será serpiente,
¡en nidos de piedad será paloma!

Por dondequiera que mi ser camine
Anarkos va, que todo lo deslustra;
¡un rito secular que no decline
ante el puño brutal de Bakunine,
y el heraldo feroz de Zarathustra!

No puede ser que vivan en la arena
los hombres como púgiles; la vida
es una fuente para todos llena;
id a beber, esclavos sin cadena;
potentado, ¡tu siervo te convida!
¡Nada escuchan! Los pobres, a la jaula
de la miseria se resisten fieros,
y con brazo de adustos domadores
y el ojo sin ternura, ¡los enjaula
la codicia sin fin de los señores!

¿Quién los conciliará? Tibios reflejos
de una luz paternal y vespertina
visten de claridad el linde vago:
es que el Patriarca de los Ritos viejos,
de sapiencia cubierto, se avecina,
con la nerviosa palidez de un mago.
Es flaco y débil: su figura finge
lo espiritual; el cuerpo es una rama
donde canta su espíritu de Esfinge;
y su sangre, la llama
que los miembros cansados transparenta;
de su nariz el lóbulo movible
aspira lo invisible,
son sus patricias manos una garra
febril y amarillenta
es de los griegos la gentil cigarra
¡que con mirar el éter se alimenta!
Impalpable se irgue -melancólico espectro-
y de la cuerda blanca
a su místico plectro
la melodía arranca.
Impalpable se irgue;
hay algo de felino
en su trémula marcha,
hay mucho de divino
en la nítida escarcha
que su cabeza orea.
Cruza sin otras galas
que la túnica nívea
que semeja las alas
rotas de un genio de celeste coro,
y sobre el pecho una
cruz de pálido oro.
Alza el brazo. La Europa
lo aguarda como a antiguo caballero,
debajo de una bóveda de acero;
calla sus labios la soberbia tropa
de esclavos y señores:
el Pontífice augusto
trae el bálsamo santo que redime,
y calma la batalla de panteras;
revalúa lo justo;
ya va a decir el símbolo sublime ...
y de sus labios tiernos
salió, como relámpago imprevisto,
a impulso de los hálitos eternos
esta sola palabra: "Jesucristo."