Enigma en imagen, el jeroglífico no es exactamente tan antiguo como los enigmas en forma de preguntas oscuras y refinadas, cuyo ejemplo más famoso sigue siendo el de la Esfinge. Tal vez ha sido necesario que el hombre haya sentido declinar en alguna medida su respeto ante la palabra, antes de atreverse a distender la relación, aparente mente tan sólida, entre el sonido y el sentido, para invitarlos a jugar juntos.
Walter Benjamin – Desembalo mi biblioteca
Retomo el recorrido por mi biblioteca, después de un mes dedicado a la lectura de la obra poética completa de Rafael Maya, una de las voces más destacadas de la llamada Generación de Los Nuevos, que comenzó sus publicaciones en la tercera década del siglo XX en Colombia. En Maya se juntan con similar altura, el trabajo de crítico y la creación poética, ambos desarrollados a lo largo de sus más de 60 años dedicado a la vida literaria, que dejó plasmada en sus 9 poemarios: La vida en la sombra, Coros del mediodía, Después del silencio, Final de romances y otras canciones, Tiempo de luz, Navegación nocturna, La tierra poseída, El retablo del sacrificio y de la gloria y El tiempo recobrado.
El libro más
antiguo que conservo del poeta payanés es Obra poética, publicado en
1958, en la Biblioteca de Autores Colombianos del Ministerio de Educación
Nacional, Ediciones de la Revista Bolívar. En esta publicación se recogen los
cinco primeros libros de Rafael Maya.
También me
acompaña La tierra poseída (1964), que hace parte de la Colección Canal
de Autores Colombianos. Es uno de los libros en donde más profundidad encuentro
y quizás el menos tenido en cuenta para las antologías, pero tienes poemas tan emblemáticos
como Yo me llamo la piedra, Sangre, Aquí se canta el pino
y El relato de la hormiga. Los cito porque no están en la selección que
transcribí, debido a que son un poco extensos, pero invito a leerlos con
detenimiento.
El tercer libro que está presente en mis estantes es Poesía (1979), el cual recoge los nueve libros publicados por el poeta. Fue editado por el Banco de la República en una edición de 510 páginas, con una presentación de Jaime Duarte French, de la que cito estos fragmentos:
“El ensayo crítico ha sido, ciertamente, el instrumento de precisión con que Rafael Maya ha llevado a cabo su portentosa tarea de revisión, clasificación, y promoción de la literatura colombiana desde los orígenes coloniales hasta los días presentes.”
Más adelante, refiriéndose a la poesía de Maya, French anota: “esta es una poesía que corre naturalmente por el espíritu, que lo impregna noblemente, que se esfuma por los sentidos, que penetra suave y dulcemente en el entendimiento, que discurre con leves ondulaciones por la sensibilidad, que alienta de ensueños las horas y puebla de amables reminiscencias el corazón.”
Selección de poemas
LA VOZ
Yo vengo de un naufragio. La
inhóspite ribera
me vio, con los cabellos de
hierba entretejidos,
salir cuando a lo lejos rompía
mi galera
contra una roca fúnebre sus
palos abatidos.
Y estoy aquí y aún siento la
tórpida sordera
del abismo. Oigo voces y oigo
extraños ruidos,
y vagas consonancias de una
lengua extranjera
que aprendí en el silencio de
los valles dormidos.
Ando como un ilota entre las
gentes. Nada
me dice este convulso vivir en
que se agita
la turba. Hay una voz que
llora desterrada
en la ciudad babélica que
llevo entre mí mismo.
Es una voz que sabe mi corazón
y grita
de muy hondo, llamándome otra
vez al abismo.
LA MUJER SOBRE EL ÉBANO
In memoriam S. T. R.
La Piedra
Él
La Sombra
La Hierba
La Piedra
– Yo fui engendrada en la
noche,
lejos de las riberas de la
luz.
Soy ciega porque la sombra
horadó mis pupilas
para conservar en sus cuencas
el agua que lloran las f1ores
de la nube.
Mi sueño pesa sobre el mundo.
De mis entrañas han nacido las ciudades.
Me curvo como el dorso de una
bestia
para estrechar, sobre el agua
y sobre el vértigo,
la amistad salvaje de dos
rocas.
También guardo la estrella
que brota de mi flanco herido
como se escapa el relámpago de
su caja de ébano.
Canto la destrucción,
y rompo la frente constelada
de piedras lumínicas,
pero hago imperecedera la
lágrima
que cayó sobre la tierra
como la semilla de un astro
inmemorial.
Hoy me traes a la muerta,
a la inolvidable criatura
en cuya faz de hielo aparecen
ya las primeras violetas.
Tiene los párpados cosidos
con el hilo que labran los
ángeles subterráneos,
y en su boca, que se colmó de
palabras
dulces, como una flor se colma
de rocío,
hay una gema invulnerable que
la consagra al silencio
como si fuera la novia de su
sombra.
El
– Buena piedra, yo te saludo
en la mañana
que tiembla sobre el mundo
como un gran puente de zafiro.
Conozco tu dura estirpe
porque contra tí se rompió mi
esperanza muchas veces,
y tú te me ofreciste en lugar
del pan,
mezclando en mi boca tu áspera
levadura
al sabor de las hierbas
amargas.
Pero hoy vas a ser blanda como
una gavilla
de heno, porque te traigo a la
muerta,
a la mujer que fue más frágil
que sus propias pestañas,
y más suave que su túnica de
hilo.
Vas a guardarla, buena piedra,
inmune a la avidez del gusano,
perfecta en su color, como las
nubes altas,
y rodeada de sus perfumes como
de una atmósfera sensible
que renueve constantemente la
humedad de sus ojos.
La Sombra
– Yo rodearé la piedra
con mis legiones unánimes de
ángeles ciegos,
para vigilar su sueño del que
fluye la paz a modo
de un gran río de aceite lleno
de esquifes musicales.
Tejeré con mis dedos,
acostumbrados a pulir el diamante,
una veste más rica que las
túnicas donde se extingue la luz
y desfallecen las primaveras
terrestres
en la sonrisa de la seda, que
nace y muere al mismo tiempo;
y la teñiré con mis jugos
activos
que se decantan en las
entrañas de la tierra
y, ni vestida por las flores,
bajo el cielo del alba que
desata su guirnalda de alondras,
la verás tú más bella que en
la cámara subterránea
donde la muerte ha congelado
el agua de todos los espejos.
La Hierba
– Yo, la humilde, huésped
liviana del camino,
la virgen hollada no obstante su
corona de perlas,
le hablaré de la luz y del
campo,
y de los pájaros que llevan
una canción como las barcas.
Transmitiré hasta sus huesos
todas las vibraciones cósmicas.
Seré el conductor de los fluidos
vitales
que mantengan latente el ritmo
de sus arterias,
y a su corazón vigilante
le diré la verdad del día
y el secreto que guarda la
boca dura de la noche.
El
– Buena hierba, yo te saludo
en la mañana
que cierne a través de sus dedos
de cristal
la arena de oro depositada en
los cauces celestes.
Saludo tu estirpe numerosa
que predica por toda la tierra
la virtud de las semillas,
y ha tomado posesión del valle
y del monte
a nombre de la luz eternamente
creadora.
Salud, buena hierba. En su barca
de ébano,
entre la marea de la luz que
yergue sus espigas vibrantes,
llega a ti la mujer cuyo sueño
flota sobre sus párpados
como una nube de verano
sobre un pueblo inocente por
cuyas calles corre el agua descalza.
La Piedra
– Yo la espero desde la noche
en que la palidez se introdujo
en sus venas
como una onda láctea que la hermanó
con la luna
de invierno. Desde la noche en
que su piel,
bañada de una sangre más rica
en calor que el vino,
tomó la blancura del nardo
que disuelve la aristocracia
de su anemia entre el agua.
La Sombra
– Yo la espero desde la tarde
en que sus ojos, siempre fieles
al suelo
como los ojos de las bestias
familiares,
comenzaron a captar sólo
imágene1 sobrehumanas,
¡Sus ojos! Molicie de
terciopelo
con relámpagos perezosos de
humedad y de llama.
Mórbido infierno donde ardía
tu espíritu,
en combustión de aromas,
como el cuerpo de un mártir en
una hoguera de resinas.
Honda noche de raso
Luctuoso, batida por un cierzo
de lágrimas,
entre la parpadeante agonía de
las estrellas desnudas.
La Hierba
– Yo la espero desde que sus
manos,
llenas de signos oscuros como
el dorso de las esfinges,
se abrieron hacia la tierra
con fatiga infinita después de
haber sostenido
la copa donde la vida vierte su
vino y sus canciones.
El
– Oh piedra, oh sombra, oh
hierba,
ya es vuestra. Y a va a integrarse
a los elementos
primordiales, a las materias
puras
donde irradia la luz de la
conciencia universal.
Es vuestra. Arrebatada a las
horas
terrestres, que hacen mover el
índice de la sombra,
ya pertenece al tiempo inmóvil
cuyos cristales congelados
sólo copian cosas eternas.
Y sin embargo, fue bella
cuando ordenaba sus actos
a la música perecedera del
día.
Cuando entre todo lo frágil,
en su reino de mariposas,
era vulnerable a los filos del
aire
y a las antenas de la luz que
podían herirla mortalmente
como a una flor acribillada
por las agujas del crepúsculo.
La Hierba
– Coronada de sol, como un
árbol,
vestida de azul y de viento
bajo el engaño de las nubes,
yo la vi pasar rigiendo todo
el paisaje
que era una melodía desmayada sobre
las cuerdas de los sauces.
Se encendía la atmósfera
en torno de su cabeza coronada
de cabellos violentos.
Parecía una victoria destinada
no a la galera heroica
sino a la columna del lecho
donde la sombra acalla el gemido
del amor, más profundo que el
arrullo de las palomas.
Yo la vi pasar, armada del
arco guerrero,
despojando los árboles donde
la vida cuaja sus frutos,
para embriagarse de miel como
las abejas
que transportan jardines a
través de las noches doradas.
La tierra le era tan querida
como sus sueños,
y al erguirse, a modo de las
criaturas vegetales,
proyectaba sobre el césped la
misma sombra de un arbusto.
En las horas atónitas, durante
la agonía del cielo,
había en sus labios cerrados
una mudez semejante
a la mudez de la selva donde
ha muerto un pueblo de pájaros.
sin babor aprendido las
canciones nuevas del alba.
La Sombra
– Yo la vi bajo el esplendor
rosado
de la pantalla que vertía sobre
sus mejillas
el fulgor de un otoño casi
excesivo en la riqueza
de sus hojas. Su rostro estaba
grave
como el de un ángel inclinado
sobre el espíritu de un hombre.
Más allá, la noche era cruel y
pesada
como un ídolo. Sin embargo, había
una piedad inmensa
en la voz de la tierra cuando
anunciaba el nacimiento
de una flor, que era adorada
por los pastores.
Ella, las manos sobre el
libro,
sentía fluir las horas con el
propio ritmo de su sangre,
y su silencio y los espacios
de la página
eran la misma cosa bajo el
arco terreno de su frente.
La Piedra
– Yo vi su desnudez ligera
dorar la alcoba, como la luna
un puerto nocturno.
Parecía que de sus hombros
arrancaban dos llamas para
iluminar su cuerpo,
y que toda ella, desde la raíz
de las vértebras
hasta el nácar mínimo de las
uñas,
participase alegremente de la
energía elástica del fuego.
El
– Oh piedra, oh hierba, oh
sombra,
ya es vuestra. Se han roto sus
coyunturas
para que caiga sobre el fondo
de ébano,
cuajada en un silencio azul de
hielo compacto.
La que fue toda ritmo, la
espiral de marfil y de rosa,
está presa dentro del círculo
de la danza
y en pliegues patéticos cae el
velo desde sus hombros.
Sí. Vendrán para la tierra
joven
nuevos bailes y nuevas tribus
de golondrinas,
y ella estará inmóvil. Vendrán
otras canciones
a rebosar las noches con su
anónima ternura,
y ella no podrá oírlas.
Vendrán lejanas voces
de niños, anunciando las
estrellas del alba,
y ella estará muda. Habrá
fiestas sobre la tierra,
y el beso cambiará de gusto
en la perpetua renovación de
los trajes y de los vinos,
y ella seguirá con su túnica
pobre
y su peinado enriquecido de
luces falsas,
como una sombra detenida al
margen de un gran espejo.
En vano las rútilas mañanas
quebrarán su diamante sobre la
piedra de la nube,
porque ella no saldrá, bajo el
cielo,
a recibir la unción dorada en
sus brazos.
En vano la tarde, poblada de
voces hondas,
morirá de una pena de flores y
una ausencia de lágrimas,
porque ella no vendrá a
perfumar sus manos
en medio de la hierba, para
recibir el primer lucero.
En vano la noche – oasis
cálido –
enviará su concierto de ácidas
flautas perezosas,
porque ya la sombra invadió su
lecho
como el agua que cubre un
arrecife de jazmines.
¡En vano he de gritar contra
el muro de bronce!
¡En vano he de pedirla a los
demonios o a los ángeles!
¡En vano! La mujer repo1a
sobre el ébano.
ELEGÍA DEL BARRIO VIEJO
Guardaban el barrio
caserones viejos,
un fanal sin vidrios,
cuatro pinos negros,
un gato enigmático
y un rubio sargento.
La acequia constante
corría en un lecho
de azules retamas
y floridos berros.
Colgaban de cuerdas
remendados lienzos,
mantos de beatas,
camisas de obreros.
Había ventanas
orladas de tiestos,
con verdes espárragos
y lirios abiertos.
Oh mi dulce barrio
– cal blanca, azul cielo –
vestido en el día
como un marinero.
La ciudad quedaba
lejos de él, muy lejos,
con su parpadeo
de focos eléctricos,
y su gris espalda
llena de letreros.
Era el barrio pobre
cabildo de perros,
portal de poetas
y de pordioseros,
refugio de brujas,
palenque de ciegos,
campo de truhanes
y escape de clérigos.
Crecía la yerba
bajo los aleros,
y en cada tejado
los gallos derechos,
con capa de púrpura
y espuela de hierro,
regían la calma
del precio doméstico.
Bajaba el domingo
los áridos cerros,
como áureo jinete
de verde sombrero
la solapa ornada
con flores de trébol.
Sobre las aceras
los zapatos nuevos
soltaban su rápido
guiño de reflejos.
El barrio se abría
como tolda al viento,
con risa de cintas
y aire de pañuelos.
La
banda, a un extremo,
de músicos viejos,
tocaba los valses
con que los abuelos
bailaron en fiestas
de albahaca y romero.
Cuando al medio día,
de la torre al suelo,
caían las doce
miradas del tiempo,
el barrio quedaba
tranquilo y desierto,
con sus cuatro esquinas
en poder del viento.
Venía la luna
de rosa y almendro,
poniendo en las puertas
su blanco florero,
y entonces el barrio
olía a convento
donde alzan las tapias
jazmines selectos.
Tejían los grillos
música de huecos,
y el aire cruzaban
ruiseñores ciegos
lanzando a la tierra
cristal de luceros.
¡Qué plata de risas!
¡Qué espuma de juegos!
¡Qué claro paisaje
de fuentes y espejos!
Cantaban mujeres
al són de los élitros
canciones de mares
y coplas de puertos.
Y en cada ventana,
con sus filos trémulos,
el beso partía
gargantas y senos.
Aquel barrio era
muy nuéstro, muy nuéstro,
como las sortijas
que había en tus dedos,
o como el menudo
lunar que por negro
valía lo mismo
que por lo secreto.
Estabas fragante
como rojo tiesto
de flores. Tu carne,
de un blanco moreno,
destellaba en cúpulas
de apretado hielo,
o en valles con suave
rizo de cordero.
Tus ojos tenían
fierezas y miedo,
como sangre y lágrimas
en un mismo acero.
Llenabas la casa
de olor, como el cedro
de que se fabrican
el arcón y el lecho.
Y entre tantos seres
de apacible aspecto,
que te rodeaban
en sumiso cerco,
tu voz era mando;
tu frente, silencio;
sentencia, tu boca,
y tus pies, ejército.
Pero hoy ya no existes
y tallos enhiestos
convierten en polen
la cal de tus huesos.
Al barrio legaron
unos hombres feos,
con máquinas sordas
y con cables negros.
Y arrastrando muros
y partiendo techos,
entre densas nubes
de polvo siniestro,
levantaron fábricas
anchas, de cemento.
Ventanas cuadradas,
paredones rectos,
y entre los confusos
hilos del teléfono,
deshechas las alas
trémulas del cielo.
Ni una flor, ni un ave
en el barrio nuevo,
con frialdad pareja
de circo geométrico.
¡Quien volviera a verte,
rincón de mis sueños,
dormido entre claras
lunas de recuerdo!
¿Por qué te enterraron
bajo piedra y yeso,
jardín de sus ojos,
vergel de mis besos?
Pero en rubias tardes
de estrella y de céfiro,
por las calles grises
a solas paseo.
La luna delgada
baja por los cerros
como esposa errante
de marino muerto.
De pronto en los aires
escucho tu acento,
y en tu acento llega
todo el barrio viejo.
SEREMOS TRISTES
Oye, seremos tristes, dulce señora mía.
Nadie sabrá el secreto de esta suave tristeza.
Tristes como ese valle que a oscurecerse empieza,
tristes como el crepúsculo de una estación tardía.
Tendrá nuestra tristeza un poco de ufanía
no más, como ese leve carmín de tu belleza,
y juntos lloraremos, sin lágrimas, la alteza
de sueños que matamos estérilmente un día.
Oye, seremos tristes, con la tristeza vaga
de los parques lejanos, de las muertas ciudades,
de los puertos nocturnos cuyo faro se apaga.
Y así, bajo el otoño, tranquilamente unidos,
tú vivirás de nuevo tus viejas vanidades
y yo la gloria póstuma de mis triunfos perdidos.
LA ALMOHADA
Ceniza por el suelo amontonada
donde tiembla el rescoldo de mi vida;
nube que, a la tiniebla sometida,
se hace trono de luz en la alborada.
Pedestal de la escala inacabada
por donde baja el sueño hasta la vida;
ala sobre el torrente suspendida,
témpano de la noche constelada.
Eso eres, almohada confidente,
que me preparas para el otro sueño
cuajando nieve en torno de mi frente.
Que al final, contra el cielo iluminado,
veré del mundo el último diseño
en tu albo encaje a mi mudez pegado.
EL GRILLO
Volvéis, estrellas del fragante estío,
a alumbrar estos viejos corredores,
donde sombras de antiguos moradores
discurren con cansado señorío.
Este es el patio de esplendor sombrío
de donde huyó la corte de las flores,
y estos los ya callados surtidores
que poblaban de arpas el vacío.
Un grillo, nuevo huésped de la hiedra,
canta las ruinas del hogar desierto
tomando posesión de cada piedra.
Y ante la luz del firmamento, escasa,
voy por los corredores como un muerto
a disputarle a ese cantor mi casa.
ESTAMPA CLÁSICA
Este es el viejo portalón que pudo
desafiar de los siglos el ultraje,
y que soporta la presión salvaje
de una piedra labrada como escudo.
Altar pegado al paredón desnudo
semeja, con recuadros como encaje,
con pámpanos robados al follaje
de otoño, y con un sátiro barbudo.
Mezcla barroca de lo fuerte y fino,
aquí compiten bárbaro y latino
sobre el genio rebelde de la piedra.
Adentro un patio, un torreón deshecho,
y un hidalgo con fiebre a cuyo lecho
llega en silencio la invasora hiedra.




