martes, 31 de marzo de 2026

José Eustasio Rivera - Tierra de promisión en Desembalo mi biblioteca 7

 


Avanzo en el proyecto de desembalar mi biblioteca y una vez más, las palabras de Benjamin acompañan este proceso. Decía el filósofo alemán en su texto sobre el arte de coleccionar, publicado en 1931: “Cuando comencé, hace diez años, a clasificar mis libros, cada vez más concienzudamente, me encontré enseguida con volúmenes de los que no quería deshacerme pero que tampoco estaba dispuesto, sin embargo, a seguir dejándolos en el lugar en que se encontraban”. Aunque mi proceso lleva menos tiempo, algo similar me ha sucedido con el libro que hoy voy a compartir, el cual no lo ubiqué al lado de los otros de poesía colombiana que he venido enseñando en esta serie, sino que lo destiné al mueble de libros especiales, donde reposan aquellos que tienen ciertas características que los convierten en curiosidades para los bibliófilos.

En el año 1955, con motivo del primer cincuentenario de fundación del departamento del Huila, se realizó una bella edición de Tierra de promisión, el poemario de José Eustasio Rivera, publicado en 1924, con el cual entraría, de manera certera, aunque no exenta de agudas críticas, a los circuitos nacionales de la literatura.

Este especial libro cuenta con grabados originales que acompañan cada uno de los poemas, elaborados por Sergio Trujillo Magnenat, uno de los pioneros del diseño gráfico en Colombia. Asimismo, tiene un diseño de portada y de los títulos, elaborado por Paulina Pinzón. 


Y además, cuenta con un cuidadoso y generoso prólogo del poeta Rafael Maya, quien nos deja ver su emoción ante la novedosa voz poética de Rivera, que llegaba a enriquecer el limitado panorama de la literatura colombiana. Tomo dos fragmentos del mencionado prólogo:

“Tal era el panorama espiritual de Bogotá, cuando apareció Rivera. La sorpresa fue grande. Era como si el viento de la selva hubiese penetrado de improviso en una sala hermética, donde las flores raras rimaban con los cortinajes exóticos, y éstos, con las mujeres pálidas a fuerza de aspirar perfumes, y todo ello con las nubes aromadas que difundían los escondidos pebeteros. Aquel ambiente aristocrático, pero un tanto artificial, fue sustituido por el imperio de las fuerzas desatadas de la naturaleza. Un saludable primitivismo ocupó el lugar de todo aquel lujo decadente, en nombre del cual se estigmatizaba, como cosa de bárbaros, el llamado entonces “tropicalismo”, o sea la expresión nacional del arte. Rivera conquistó en breve todas las posiciones, y sin que su escuela hubiese significado la muerte de los otros valores literarios, de procedencia europea, logró que su arte se impusiese en lo futuro, como lo estamos presenciando ahora, en este portentoso amanecer de las letras americanas. Rivera es hoy más actual que la mayor parte de sus coetáneos. Sus sonetos no han perdido ni en frescura ni en inspiración; y no han perdido ninguna de estas virtudes, porque fueron consecuencia de emociones directas tomadas de las eternas fuentes de la naturaleza. Nada es libresco ni erudito en sus versos. La sensación del paisaje perdura en sus poemas, dándole frescura, como el aceite mantiene siempre brillantes las huellas del pincel en la tela.”

Continúa Rafael Maya:

“Uno de los mayores méritos de la obra intelectual de Rivera es el de la originalidad, tomando este término en el sentido relativo en que debe tomarse. Originalidad que fue grande y evidente, en los años en que Rivera realizaba su obra, pues consistió, nada menos, que en comenzar a nacionalizar la inteligencia de los escritores de este Continente, hasta entonces tributaria del cosmopolitismo europeo, y enraizar su conciencia, su pensamiento y su pluma en las entrañas de la tierra americana.”



Selección de poemas 

 

Primera parte

 

I

Esta noche el paisaje soñador se niquela
con la blanda caricia de la lumbre lunar;
en el monte hay cocuyos, y mi balsa que riela
va borrando luceros sobre el agua estelar.

El fogón de la prora, con su alegre candela,
me enciende en oro trémulo como a un dios tutelar;
y unos indios desnudos, con curiosa cautela,
van corriendo en la playa para verme pasar.

Apoyado en el remo avizoro el vacío,
y la luna prolonga mi silueta en el río;
me contemplan los cielos, y del agua al rumor

alzo tristes cantares en la noche perpleja,
y a la voz del bambuco que en la sombra se aleja,
la montaña responde con un vago clamor.



IX 

La resaca se extiende como fino damasco

donde brillan los oros de la luz que despunta,

y aquí, bajo las frondas que el guadual descoyunta,

pescadores alegres, machacamos barbasco.

 

Y de las atarrayas al ruidoso chubasco,

bocachicos y pejes, el pavón, la corunta,

van boqueando dispersos... pero el agua los junta

 y la fila plateada se recuesta al peñasco.

 

Irguiendo, moribunda, las aletas dorsales,

rasga la sardinata los sonoros cristales;

y cuando se voltea bajo el rayo de sol,

 

se enciende, como un cirio, el rubí de la escama,

y entre peces flotantes, esa trémula llama

contagia las espumas de un matiz tornasol.

 


  

Segunda parte

  

VIII

 

Destacada en un cielo de turbia lontananza,

con taciturno porte, sobre el peñón sombrío,

un águila perínclita se envilece de hastío,

enamorada ilusa de un sol que no se alcanza.

 

Ella, que ayer mantuvo con los vientos su alianza,

sabe que todo vuelo sólo encuentra el vacío;

y enferma de horizontes, triste de poderío,

busca en la paz el último sueño de venturanza.

 

Ante el astro que muere nublando el hemisferio,

siente el heroico impulso de rescatar su imperio;

mas otra vez con grave cansancio de grandeza

 

el ala perezosa sobre la garra estira,

e irremediablemente desconsolada, mira

que en el azul tedioso la oscuridad bosteza.


 

IX

Cantadora sencilla de una gran pesadumbre,
entre ocultos follajes, la paloma torcaz
acongoja las selvas con su blanda quejumbre,
picoteando arrayanes y pepitas de agraz.

Arrurruúu... canta viendo la primera vislumbre;
y después, por las tardes, al reflejo fugaz,
en la copa del guáimaro que domina la cumbre
ve llenarse las lomas de silencio y de paz.

Entreabiertas las alas que la luz tornasola,
se entristece, la pobre, de encontrarse tan sola;
y esponjado el plumaje como leve capuz,

al impulso materno de sus tiernas entrañas,
amorosa se pone a arrullar las montañas...
y se duermen los montes... y se apaga la luz.


 

Tercera parte

 

III

Atropellados, por la pampa suelta,
los raudos potros, en febril disputa,
hacen silbar sobre la sorda ruta
los huracanes en su crin revuelta.

Atrás dejando la llanura envuelta
en polvo, alargan la cerviz enjuta,
y a su carrera retumbante y bruta,
cimbran los pindos y la palma esbelta.

Ya cuando cruzan el austral peñasco,
vibra un relincho por las altas rocas;
entonces paran el triunfante casco,

resoplan, roncos, ante el sol violento,
y alzando en grupo las cabezas locas
oyen llegar el retrasado viento.

 


  

IX

Con pausados vaivenes refrescando el estío,
la palmera engalana la silente llanura;
y en su lánguido ensueño, solitaria murmura
ante el sol moribundo sus congojas al río.

Encendida en el lampo que arrebola el vacío,
presintiendo las sombras, desfallece en la altura;
y sus flecos suspiran un rumor de ternura
cuando vienen las garzas por el cielo sombrío.

Naufragada en la niebla, sobre el turbio paisaje
la estremecen los besos de la brisa errabunda;
y al morir en sus frondas el lejano celaje,

se abandona al silencio de las noches más bellas,
y en el diáfano azogue de la linfa profunda
resplandece cargada de racimos de estrellas.


 

 XXV

 

Mientras las palmas tiemblan, un arrebol ligero

en solitarias ciénagas disuelve su rubí;

todo se apesadumbra, y hacia lejano estero,

sonroja en el crepúsculo sus alas un neblí.

 

Algo desconocido del horizonte espero...

¡Vana ilusión! Nublóse la franja carmesí;

ya suspiró la tierra bajo el primer lucero,

y siento que otros seres lloran dentro de mí.

 

Me borrará la noche. Mañana otro celaje;

¿y quién cuando yo muera consolará el paisaje?

¿Por qué todas las tardes me duele esta emoción?

 

Mi alma, nube de ocaso, deja lo que perdura;

y como es mi destino sufrir con la Natura,

se apagan los crepúsculos entre mi corazón. 



jueves, 12 de marzo de 2026

Desembalo mi biblioteca 6 - Porfirio Barba Jacob

 


Es comprensible que, entre las numerosas circunstancias que pueden llegar a hacer de un libro algo curioso y único a los ojos de un coleccionista, pueda encontrarse ocasionalmente su precio de compra; ya justifique por su importancia un gran esfuerzo del feliz propietario, o ya represente por su modestia un triunfo de sus cualidades detectivescas, en ambos casos se intensificará la alegría de su adquisición. En principio —por no hablar aquí más que del segundo caso— no existe, ningún libro, por valioso que sea, que no pueda obtenerse a un precio barato o incluso como una ganga. 

Walter Benjamin 

 

En esta sexta entrega de Desembalo mi biblioteca, me detengo ante una de nuestras voces más vitales y permanentes en la memoria no solo de los ámbitos literarios, sino también de los entornos populares o de la apurada bohemia. Miguel Ángel Osorio, Maín Ximénez, Ricardo Arenales o como pasó a la posteridad: Porfirio Barba Jacob, fue “el errante caballero del infortunio”, según Juan Bautista Jaramillo Meza, el primer editor de un libro del poeta en Colombia, por allá hacia 1937, cuando este aún estaba vivo.

Fue tal la incertidumbre en su periplo vital, que el anhelado libro con la obra escogida, que había modificado tantas veces el mismo Barba Jacob, no logró ver la luz antes de su partida, quedando en manos de investigadores el trabajo de compilar lo que quedó publicado en distintos lugares, anotado en libretas que algunos rescataron o en la memoria de sus caros amigos.

El primer trabajo de edición de las Obras Completas de Barba Jacob, lo realizó Rafael Montoya y Montoya, a través de sus Ediciones Académicas; publicación de 1000 ejemplares realizada en Medellín en 1962. En sus 560 páginas, bellamente concebidas, con insertos de ilustraciones, fotografías, manuscritos, carátulas, se le rinde un justo homenaje a este gran autor, que no deja de inquietar aún a las nuevas generaciones. Entre los numerosos textos que preceden a los poemas, se incluye una conferencia de J. B. Jaramillo Meza que pronunció en 1960 en la Academia Colombiana de la Lengua, el cual concluye de la siguiente manera: “He aquí, a grandes rasgos, la vida de un poeta inmortal que fue en el mundo un hombre de aventuras sin término, católico y pagano, ajeno al Bien y al Mal, peregrino de todas las latitudes, múltiple y contradictorio en sus actividades y sus sentimientos; un ser extraño, bondadoso y satánico a un mismo tiempo, que amó el lujo y los deleites del espíritu y de la carne, y desdeñó a la vez, desde los sótanos de su infortunio, la riqueza y la alegría de los demás…” 



Hacia 1980, editorial Bedout publicó El corazón iluminado, que corresponde al Volumen 39 de la colección Bolsilibros Bedout. Tal como lo señala Fernando Vallejo, este fue uno de los nombres con que el poeta quiso llamar a su gran libro de poemas. Esta edición de 191 páginas, cuenta con un texto a manera de prólogo firmado por Daniel Arango, una selección de prosas y luego una antología poética. Extracto de las palabras de Arango lo siguiente: “Barba Jacob creció vecino al gran caudal y al él afluyeron innumerables venas, inescapables corrientes temáticas, vocabulares, métricas. Sus mejores versos están colocados fuera del exceso de estas dos influencias: en ellos conquista el poeta un lenguaje estético perdurable, pleno de sencillez y transparencia bajo sus tornasoles verbales”. 



Hacia 1985 se publicó por Procultura, en la Nueva Biblioteca Colombiana de Cultura, Barba-Jacob Poemas. Se trata del resultado de una exhaustiva búsqueda de Fernando Vallejo, quien hace la compilación y las notas sobre cada uno de los poemas. Es un trabajo admirable, riguroso, único. Más adelante, hacia 2006, se volvería a editar, ahora por el Fondo de Cultura Económica, con el título Porfirio Barba Jacob Poesía Completa. En ambas publicaciones, el prólogo estuvo a cargo del mismo Fernando Vallejo. De ahí cito: “Una cosa, empero, es evidente a la lectura de las notas bio-bibliográficas que aquí los acompañan: que salvo por excepción, los poemas de Barba Jacob son el resultado de una ardua, dolorosa labor que se prolongó hasta el término de su vida; que el poeta los retocó repetidas veces en el curso de sus viajes y de los años, trocando los títulos, modificando la puntuación, cambiando las dedicatorias, los epígrafes, los subtítulos, agregando o suprimiendo versos o estrofas enteras, publicando como inéditos poemas ya publicados, reemplazando algunos vocablos o expresiones por sinónimos, arrepintiéndose a veces y volviendo a formas anteriores, desplazando algunas palabras para volver en ocasiones a la disposición inicial, mudando de parecer, siempre inconforme.”

 


Finalmente, en el 2012, bajo el cuidado editorial de Jerónimo Pizarro y la impresión del Taller de Edición Rocca, vio la luz Todos os Sonhos do Mundo Poemas de Fernando Pessoa Porfirio Barba-Jacob. Se trata de una edición bilingüe con nuevas traducciones e imágenes inéditas, que buscan unir dos naciones por medio de estos dos poetas, que fueron contemporáneos, pero nunca se conocieron y seguramente, tampoco se leyeron.



SELECCIÓN DE POEMAS 

 

DOMADOR, TRIUNFADOR

 

Domador triunfador, hombre de hierro:
tu grey de esclavos ágiles y rudos
conjura contra mí, que en mi defensa
no he de mover las manos fatigadas
o vengan a romper en la llanura
mis huesos y mi carne tus mastines.
Clava en mí tus puñales homicidas,
desgárrame, ya es hora…


Estoy como los niños bajo el golpe,
como las rosas líricas de mayo
bajo el viento y la lluvia.
Toda mi exigua juventud te brindo.
Ningún tesoro en mi pobreza escondo.
Tengo un poco de amor… ¿Y no lo tienen
las bestias más humildes?


El cuello blandamente
dispongo a los verdugos
y con piedad extraña
sonrío en la tragedia
Mas rendido también, el perro humilde
que tu misericordia logra apenas,
¿no alza con avidez los grandes ojos
para besar la mano que le hiere?
Clava en mi carne el acerado garfio
de un extraño tormento;
échala a consumirse entre la llama
y sus cenizas desparrama al viento.
 

 

LA ESTRELLA DE LA TARDE

 

Un monte azul, un pájaro viajero,
un roble, una llanura,
un niño, una canción... Y, sin embargo,
nada sabemos hoy, hermano mío.
 

Bórranse los senderos en la sombra;
el corazón del monte está cerrado;
el perro del pastor trágicamente
aúlla entre las hierbas del vallado.
 

Apoya tu fatiga en mi fatiga,
que yo mi pena apoyaré en tu pena,
y llora, como yo, por el influjo
de la tarde traslúcida y serena.
 

Nunca sabremos nada... 

¿Quién puso en nuestro espíritu anhelante,
vago rumor de mares en zozobra,
emoción desatada,
quimeras vanas, ilusión sin obra?

Hermano mío, en la inquietud constante,
nunca sabremos nada...
 

¿En qué grutas de islas misteriosas
arrullaron los Números tu sueño?
¿Quién me da los carbones irreales
de mi ardiente pasión, y la resina
que efunde en mis poemas su fragancia?

¿Qué voz suave, que ansiedad divina
tiene en nuestra ansiedad su resonancia?
 

Todo inquirir fracasa en el vacío,
cual fracasan los bólidos nocturnos
en el fondo del mar; toda pregunta
vuelve a nosotros trémula y fallida,
como del choque en el cantil fragoso
la flecha por el arco despedida.
 

Hermano mío, en el impulso errante,
nunca sabremos nada...
 

Y sin embargo...

¿Qué mística influencia
vierte en nuestros dolores un bálsamo radiante?
¿Quién prende a nuestros hombros
manto real de púrpuras gloriosas,
y quién a nuestras llagas
viene y las unge y las convierte en rosas?

Tú, que sobre las hierbas reposabas
de cara al cielo, dices de repente:
«La estrella de la tarde está encendida».
Ávidos buscan su fulgor mis ojos
a través de la bruma, y ascendemos
por el hilo de luz...
 

Un grillo canta
en los repuestos musgos del cercado,
y un incendio de estrellas se levanta
en tu pecho, tranquilo ante la tarde,
y en mi pecho en la tarde sosegado...
 

 

ACUARIMÁNTIMA 

Fragmentos

I
Vengo a expresar mi desazón suprema
y a perpetuarla en la virtud del canto.
Yo soy Maín, el héroe del poema,
que vio, desde los círculos del día,
regir el mundo una embriaguez y un llanto.

¡Armonía! ¡Oh profunda, oh abscóndita Armonía!

Y velaré mi arduo pensamiento
sotto il velame degli versi strani,
fastuoso, de pompas seculares;
perfecta en sí la estrofa del lamento
y a impulso de los ritmos estelares.

Columpia el mar su cauda nacarina,
e imbuida en la clámide del río
pasa en la bruma fúlgida la carne de la ondina.
Grana el campo nutricio, fluyen mieles,
una deidad inflama las horas con su llama
y loa el día azul un coro de donceles.

Romero: ¿no rebosa el corazón
por la noche de sombras evocadas,
por la tierra de arrugas trabajadas,
del Tiempo y el Espacio la múltiple emoción?

Brilla en las lejanías invioladas
vaga ciudad, e! viento da en los juncos,
los juncos gimen bajo el viento rudo...
Romero, ¡que se vierta el corazón!
y la ternura y la tristeza mía
canten en el crepúsculo: ¡Armonía!
Yo, Rey del reino estéril de las lágrimas,
yo, Rey del reino vacuo de las rimas,
con mis canciones ebrias
que un son nocturno hechiza
y con mis voces pávidas,
anuncio las cavernas del Enigma.
En mis siete dolores primarios se resume,
como en alejandrino paradigma,
la escala del dolor que el mal asume.

Tenebrosa, recóndita Armonía...

Mi numen, fuerte, no es aquel tan puro
como el cerrado corazón de un monte;
pero sobre sus ruinas de inocencias
haré brillar, ebrio del dolor puro,
una gota de luz del corazón del monte.

 

III
Como en la vaguedad de un espejismo:
-¿qué sabes? -mi conciencia me interroga,
fluïda en llanto entre mi propio abismo.

Y miro el mar ardiente, el monte flavo
que suaviza el azul, la estrella límpida
rielando en el rocío del capullo;
y en sus cunas los cándidos infantes,
cazados con las redes del arrullo
por el sueño de manos hechizantes.

Y vuelto a mí, gimiendo el corazón:
-¿qué sabes? -vanamente me interrogo,
mudo, bajo la múltiple emoción.

Sólo un saber escondo claro y justo;
llévole como antorcha y como daga
en medio del cerrado laberinto;
en su vasta amplitud mi fe naufraga
y hallo en su anchura incómodo recinto.

Se oyen sordos, roncos lamentos,
y alzan sus puños en el vacío
los pensamientos.

¡Oh menguado saber, pobre riqueza
de formas en imágenes trocadas,
ley ondeante, ciencia que alucina,
que cada noche en el silencio empieza
y cada día con el sol culmina!

¡Oh menguado saber de la iracunda
vida que ante mis ojos se renueva,
germinal y crüel, ciega y profunda;
madre de los mil partos y el misterio
que al barro humilla y a Psiquis subleva!

Como ventana que el azul del cielo
circunscribe, se entreabren los sentidos.
¡Pobre, ruïn saber! Y, sin embargo,
la leve mariposa del anhelo
entra por la ventana sin ruïdos.

Cuaja en el corazón de la manzana
la dulzura estival; la mariposa
vuela del fondo de la carne humana.
¡Que al claro cielo
suba el anhelo!

Por ese vuelo, la heredad natía
canté, con ritmo del ideal retorno,
en la ingenua parábola temprana.
En el turquí del éter desleía
un nácar tenue mi primer mañana.

Por ese anhelo entre los acres pinos
y las rosas en llamas del ocaso,
al hablar dejo la palabra trunca:
el tiempo es breve y el vigor escaso,
y la Amada ideal no vino nunca.

Por ese anhelo, en rimas balbucientes
canto el rojo camino que a la tarde
se pinta en la montaña evocadora,
o a la vívida luz del sol temprano,
como una obsesión conturbadora
de sangre y sangre en el azul lejano.

Y por él amo, en fin, y por él sueño
con una honda transfusión divina
de la luz en mi carne de tortura,
¡puesto que está la estrella vespertina
sobre el horror de esta prisión oscura!

Columpia el mar su cauda nacarina,
y en ustorios relámpagos de espejos
esplende en bruma de ópaco la carne de la ondina.
Y fluye Acuarimántima a lo lejos...
         

 

VI
Y fui después un numen transitorio,
sombra y canción en la embriagante tierra,
un sino raro y un deleite raro.
Ya el crepúsculo estivo el día cierra
y lejos brilla un tenebroso faro.

La dama de cabellos encendidos
fecunda con mi sangre sus huertos prohibidos.

Y una inquietud frenética y gozosa
mi paz, mi sueño, mi vigor consume,
y un huracán mi plenitud doblega.
¡Soy esa sombra que cruzó el camino,
en sangre tinta… de lujuria ciega!
Soy esa sombra pávida, cautiva
de un gran misterio en el Misterio oculto.
Huella la flor azul pata lasciva
de cabrón negro, y el divino himnario
sella Satán con sellos de su culto.
Mi pena errante con mi vino loco
en el turbión del vicio la sepulto.

Soy huésped de garitos y tabernas.
Disputo al "puede ser" un pan ingrato;
y dejo que mi carne, ruïn loba
de lúgubres anhelos arrecida,
se me abandone al logro del deleite,
desnuda en la impudicia de la vida.

Entúrbiase la clara inteligencia.
La idea afluye en nieblas ondulantes.
Es el goce monótona frecuencia:
igual en el deliquio y el suspiro...
¡Dadme un beso, un contacto y una esencia,
una sensualidad de nuevo giro!

 

IX
Honda, inmóvil, letárgica laguna
que semeja el sepulcro de la luna,
se tiende hasta el ilímite horizonte,
y a la tristeza vesperal se aduna
un viento de ultramar y de ultramonte.
Cantan en el crepúsculo
y un leve son de esquila
vuela en el éter trémulo.

Que mi rumor se extinga blando, tenue,
ola en onda, onda en pompa, pompa en iris,
como vágulo aroma en la memoria;
y me reintegre a la epopeya trunca
en la ciudad de nieblas de mi gloria.
Cantan en el crepúsculo. ¡Armonía!

Y que olvide la brega transitoria,
y el no ser más -y el no ser menos nunca-,
del hilo de oro del collar del día.
¡Armonía! ¡Armonía!

Y el ancla suelte a místicas regiones,
no humano ya mi desear: divino
mi poseer,
mientras en el desmayo del crepúsculo
rueda sobre los ásperos terrones
el carro del campesino,
y fulgura, real, tras el velo de mis lágrimas,
erigida por mi dolor con el mármol de mi poesía
-¡y mía, mía, mía!-
mi nebúlea azulina Acuarimántima.
¡Armonía! ¡Armonía!
 

 

LOS DESPOSADOS DE LA MUERTE 

Michael Farrel ardía con un ardor puro como la luz.
Sus manos enseñaban a amar los lirios
y sus sienes a desear el oro de las estrellas.
En sus ojos bullían trémulas luces oceánicas.
Sus formas eran el himno de castidad de la arcilla,
suave y fragante y musical.
Bajo sus bucles rubios, undosos y profusos,
parecían temblar las alas de un ángel.

Emiliano Atehortúa era muy sencillo
y traía una infantilidad inagotable.
Su adolescencia láctea, meliflua y floreal,
fluía por las escarpas de mi madurez
como fluye por el cielo la leche del alba.
Cuando le vi en el vano ejercicio de la vida
me pareció que me envolvía el rumor de una selva
y me inundó el corazón la virtud musical de las aguas.
Hay almas tan melódicas como si fueran ríos
o bosques en las orillas de los ríos!

Guillermo Valderrama era indolente y apasionado.
Como un licor de bajo precio,
la vida le produjo una embriaguez innoble.
Sus formas pregonaban el triunfo de una estirpe.
Había en su voz un glú-glú redentor
y su amante le llamó una vez
"el Príncipe de las hablas de agua".

Leonel Robledo era muy tímido
bajo una apariencia llena de majestad.
En el recóndito espejo de su ternura
se le reflejaba la imagen de una mujer.
Toda su fuerza era para el ensueño y la evocación.
Le vi llorar una vez por males de ausencia
y me dije: hay una tempestad en una gota de rocío,
y, sin embargo, no se conmueven los luceros...

Stello Ialadaki era armonioso, rosáceo, azulino,
como los mares de Grecia, como las islas que ellos ciñen.
Efundía del mundo algo irreal, risueño, fantástico.
Se le veía como marchando de las playas de ensueño
que rozaron las quillas de Simbad el Marino,
hacia las vagas latitudes
por donde erró Sir John de Mandeville.
Cuando le conocí tuve antojo de releer la Odisea,
y por la noche soñé en el misterio de las espigas.
¡Evanaam! ¡Evanaam!

Juan Rafael Agudelo era fuerte. Su fuerza trascendía
como los roncos ecos del monte a los pinos.
Alma laboriosa, la soledad era su ambiente necesario.
Sus ilusiones fructificaban como una floresta
oculta por los tules del "todavía-no".
Sus palabras revelaban la fuerza de la realidad,
y sus actos tenían la sencillez de un gajo de roble.

 

UN HOMBRE 

Al doctor Eduardo Santos. 

Los que no habéis llevado en el corazón el túmulo

de un Dios,

ni en las manos la sangre de un homicidio,

los que no comprendéis el horror de la conciencia

ante el universo,

los que no sentís el gusano de una cobardía

que os roe sin cesar las raíces del ser,

los que no merecéis ni un honor supremo,

ni una suprema ignominia.

 

Los que gozáis las cosas sin ímpetus ni vuelcos,

sin radiaciones íntimas, igual y cotidianamente fáciles,

los que no devanáis la ilusión del espacio y el tiempo,

y pensáis que la vida es esto que miramos,

y una ley, un amor, un ósculo y un niño.

 

Los que tomáis el trigo del surco rencoroso

y lo coméis con manos limpias y modos apacibles,

los que decís “Está amaneciendo”

y no lloráis el milagro del lirio del alba.

 

Los que no habéis logrado siquiera ser mendigos,

hacer el pan y el lecho con vuestras propias manos

en los tugurios del abandono y la miseria,

y en la mendicidad mirar los días

en una tortura sin pensamientos.

 

Los que no habéis gemido de horror y de pavor,

como entre duras barras,

en los abrazos férreos de una pasión inicua,

mientras se quema el alma en fulgor iracundo,

muda, lúgubre,

vaso de oprobio y lámpara de sacrificio universal:

 

Vosotros no podéis comprender el sentido doloroso

de esta palabra: ¡UN HOMBRE!

 



lunes, 2 de marzo de 2026

Desembalo mi biblioteca 5 - Luis Carlos López

 


Pues en su interior habitan espíritus, o al menos geniecillos, que hacen que para el coleccionista… la posesión sea la relación más profunda que se pueda mantener con las cosas: no se trata, entonces, de que las cosas estén vivas en él; es, al contrario, él mismo quien habita en ellas. De este modo, he construido ante ustedes uno de sus receptáculos, cuyos elementos constructivos son los libros, y ahora el coleccionista, como es justo y deseable, desaparece en su interior.

Walter Benjamin


La quinta parte de Desembalo mi biblioteca está dedicada al poeta cartagenero Luis Carlos López, quien nació en 1879 y falleció en 1950. Conservo dos versiones de su obra completa, ambas investigadas, seleccionadas y comentadas por Guillermo Alberto Arévalo, quizás el mayor estudioso y conocedor de la obra del poeta.

De entrada, quiero destacar que el poeta López vio truncada su carrera de medicina por cuenta de la Guerra de los Mil Días, en la que se alineó junto a las guerrillas liberales de Rafael Uribe Uribe, pero fue prontamente encarcelado en Cartagena por el ejército conservador. Sin embargo, de ese primer fracaso político, quedaron unos versos que luego modificaría, pero que en su versión original decían: “No andar con Luis C. López, anarquista, liberal y ateo…”

Guillermo A. Arévalo sostiene que: “López no es, como gran cantidad de literatos nuestros, alguien que separe el idioma que habla cotidianamente del que escribe; no es, en este sentido, cultista, ni académico en cuanto al lenguaje. Es un poeta que escribe hablando; que quiere decir cosas, y no elaborar imágenes del lenguaje “elevado”. Tuvo el gran mérito de evitar el otro extremo, el de la jerga provinciana que obliga también al diccionario y las constantes llamadas aclaratorias. Si no quiso ser un “vanguardista”, tampoco se le podría calificar de naturalista.”

El primer libro en el que de a poco voy desapareciendo en su interior se titula Obra completa. Edición crítica de Guillermo Alberto Arévalo. Fue realizada por Carlos Valencia Editores y corresponde a la segunda reimpresión de 1980. La primera edición fue realizada por el Banco de la República en 1976, y la segunda es de marzo de 1977. Tiene 312 páginas e incluye una nota previa a la segunda edición. Incluye una extensa bibliografía de y sobre Luis Carlos López, así como un índice alfabético de los poemas.



El segundo libro es Poesía completa, también con un prólogo de Guillermo Alberto Arévalo. Es la primera edición realizada por Arango Editores y El Áncora Editores, en 1988. Tiene 250 páginas y también incluye una selecta bibliografía sobre el poeta. En el prólogo, Arévalo rescata una sentida nota de Nicolás Guillén, ante la muerte de Luis Carlos López: “no sé como le tienen (…) por poeta “humorístico” sin más ni más (…) La musa de López no ríe, sino que llora. Donde muchas veces creemos escuchar una carcajada hay un lamento, un terrible lamento, casi un aullido. En una sociedad pacata, monjil, apegada a las viejas tradiciones coloniales, manejada por el clero, explotada por la gran burguesía conservadora y liberal (que en eso desaparecen las fronteras), la voz del Tuerto López no se alzó para divertir al amo, sino para fustigarlo. Sus versos son los de un gran poeta amargo, profundo, en quien – como en Heine – el sarcasmo es arma ofensiva de superior eficacia y más aún el sarcasmo lírico (…)”






SELECCIÓN POÉTICA

 

DE TIERRA CALIENTE

Flota en el horizonte opaco dejo
crepuscular. La noche se avecina
bostezando. Y el amor, bilioso y viejo,
duerme como un sueño de morfina.

Todo está en laxitud bajo el reflejo
de la tarde invernal, la campesina
tarde de la cigarra, del cangrejo
y de la fuga de la golondrina...

Cabecean las aspas del molino
como con neurastenia. En el camino,
tirando el carretón de la alquería.

Marchan dos bueyes con un ritmo amargo
llevando en su mirar, mimoso y largo,
la dejadez de la melancolía...

 

TARDE DE VERANO

“El rico es un bandido”

          San Juan de Crisóstomo

La sombra que hace un remanso
Sobre la plaza rural,
Convida para el descanso
Sedante, dominical...

Canijo, cuello de ganso,
Cruza leyendo un misal,
Dueño absoluto del manso
Pueblo intonso, pueblo asnal.

Ciñendo rica sotana
De paño, le importa un higo
La miseria del redil.

Y yo, desde mi ventana,
Limpiando un fusil, me digo:
—¿Qué hago con este fusil?

 

LOS QUE LLEGARON DE PARÍS

¿No es verdad, paloma mía
que están respirando amor?


                          José Zorrilla

Ceñido flux de pederasta, flor
fragante en el ojal,
mostachos agresivos de tenor
y muy agudo el ángulo facial.

Y la novia, la falda de color
mimoso, azul lilial,
cabellos de un rubor
de lacre, una actitud sentimental

y ojos de liebre. Gastan el placer
de levantar —unido el canotier
con la chistera en forma de bacín—

la polvareda de la exhibición
requiriéndose con
frases de almíbar y de pepermín...

 

ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA

No hay que hacerse ilusiones
sobre tibios colchones

de algodón y de seda.
La vida que nos queda

puede servirnos para
vencer. Y cara a cara

y contra la corriente
tenderemos el puente

de ribera a ribera...
Después, sin un suspiro,

disuelta la quimera,
nos pegamos un tiro.

 

MIENTRAS EL MUNDO GIRA...

¿Qué es la propiedad

                  Proudhon

Por un mendrugo tiene que plañir
con ademán

suplicativo. Ir

de zaguán en zaguán.

Cero a la izquierda, cero

del montón,
tiende el sucio sombrero

de folletín, se apoya en un bordón
senatorial. Y mira

la farsa del humano redondel,
mientras el mundo gira
con un pequeño desnivel.

 

 

DE SOCIEDAD

 

Maldita sea mi suerte
y el día sea maldito...


                       Bartrina

 

La esposa del banquero, flaca y fría,
que hace música. Yo
junto al Pleyel, tenía
toda la flema de un anglosajón.

Se prolongaba con alevosía
y premeditación
la sonata. Mi tedio me decía
bostezando: ¿por qué no anda el reloj?

Y luego, para colmo
de peras en el olmo,
tuvimos que aplaudir

a la señora del señor pudiente,
pensando injustamente:
¿pero por qué Mozart no fue albañil?

 

 

THAT IS THE QUESTION

 

¿Por qué no he querido ser cura?


Julio Camba

 

A Carlos E. Restrepo, para

que rece por mí.

 

Lo mismo digo yo sin ironía,
pues no quise, en mi estólida locura,
ser en mi juventud lo que hoy sería:
Cura de pueblo, un bonachón de cura.

Vivir en un curato con la pía
tranquilidad del alma y sin la oscura
perspectiva del pan de cada día…
¡Y todo por llevar una tonsura!

Gordo y feliz, —no flaco y maldiciente,
masón y radical— con elocuente
y corajuda voz, ¡que de sermones


no hubieran sido los sermones míos,
contra esos más que bárbaros impíos
llamados liberales y masones!

¡Con que fogosidad, con que divina
fogosidad hubiese proclamado
la Ley Seca!... Pues ir a una cantina
no es un pecado, ¡sino un gran pecado!

También viendo una casa clandestina,
muy duramente hubiera condenado
la erótica pasión luciferina
de... los gatos que buscan un tejado.

¡Y qué felicidad me brindaría
la época electoral, donde yo haría
las elecciones sin un gatuperio,

no sin llevar a cabo, entre la recta
sociedad de mi grey, una colecta
para los niños del Celeste Imperio!

Porque yo hubiera sido hasta mi fosa,
con noble sencillez, un cura bueno
y humilde, más humilde que una cosa
que ni siquiera cueste un vil centeno.

Pero perdí la senda... Y perdí a Rosa,
mi humilde ama de llaves, de agareno
perfil y ojos de hurí, "dulce y sabrosa
más que la fruta del cercado ajeno."

Por eso estoy muy triste ante la idea
de no ser un buen párroco de aldea,
para nunca exclamar entre infinitas


congojas que hay me tienen lacerado:
te fuiste para siempre de mi lado
¡cepillo de las ánimas benditas!

 

 

CAMPESINA, NO DEJES...

 

A Marisol

Campesina, no dejes de acudir al mercado
con tus rubios cabellos—coliflor en mostaza—
y tus ojos, tus ojos donde anida el pecado…

¡Quién no acude por verte cuando cruzas la plaza!...
¡Si hasta el cura del pueblo, que es un alma sencilla,
al mirarte sacude su indolente cachaza!...

¡Si eres égloga!... Y cantas, sin cantar, la semilla
y el surco, los molinos, el arroyo parlero,
donde viajan las hojas su tristeza amarilla...

¡Qué te importa que un zafio, que un panzudo banquero
y que aquella muchacha, solterona y muy fea,
no avaloren—mendigos de su inútil dinero—


la eclosión de tus frutos, de tu alegre azalea!
¡Que se vayan al cuerno!... ¡Que se vayan al ajo
y al tomate!... ¡Y que coman arroz con jicotea!...

Porque tú, campesina de sombrero y refajo,
cuando pasas en burro-sandunguera y sabrosa-
¡pones alas y trinos de jilguero en el grajo!

¡Pones alas y trinos!... Y te llevas la rosa
de tu faz... Y te llevas tu maligna mirada,
con tu dulce sonrisa que ha dicho esa cosa
que le dice a un goloso la entreabierta granada...

 

 

VERSOS A LA LUNA

 

¡Oh, luna, que hoy te asomas al tejado
de la iglesia, en la calma tropical,
para que te salude un trasnochado
y te ladren los perros de arrabal!

¡Oh, luna!... En tu silencio te has burlado
de todo!... En tu silencio sideral,
viste anoche robar en despoblado
...y el ladrón era un Juez Municipal!...

Mas tú ofreces, viajera saturnina,
con qué elocuencia en los espacios mudos
consuelo al que la vida laceró,

mientras te cantan, en cualquier cantina,
neurasténicos bardos melenudos
y piojosos, que juegan dominó...