miércoles, 17 de junio de 2026

León de Greiff en Desembalo mi biblioteca 9


Antes del desarrollo de los pequeños anuncios, el comercio del libro, cuando quería vender sus productos hasta en las capas inferiores de la sociedad, se limitaba a los vendedores ambulantes. Estaría bien imaginarse al perfecto viajante de libros en esa época y para esas capas sociales: el hombre que sabía llevar las historias de fantasmas y de caballeros a las habitaciones de las criadas en la ciudad, y de las salas de las granjas en el pueblo. Tendría incluso que entrar un poco en sintonía con las historias a las que quería dar salida.

Walter Benjamin - Desembalo mi biblioteca


Esta entrega de Desembalo mi biblioteca tomó un tiempo más extenso para ser publicada, dado que hice una lectura detenida de los tres tomos de la Obra Poética de León de Greiff, publicados por la Universidad Nacional de Colombia en abril de 2004 y preparados por el hijo del poeta, Hjalmar de Greiff.


Como el propósito de estas entregas no es el de ahondar en el estudio de los autores desde una perspectiva crítica, sino el reencuentro con los libros que a diario me acompañan y el armado de una selección de los poemas con los que establezco mayores niveles de cercanía y afección, solo quiero retomar algunas líneas de análisis propuestas por Eduardo Gómez Patarroyo sobre la enorme obra del gran poeta colombiano León de Greiff.

Gómez Patarroyo ubica las siguientes características como generales, en la poesía de León De Greiff: 

1)      Un distanciamiento irónico respecto a la poesía, incluyendo su propia poesía.

2)      Una extraordinaria unidad entre música y poesía.

3)      Una excepcional riqueza y erudición idiomáticas.

4)      Una gran versatilidad del poeta en la encarnación y creación de personajes míticos.

5)      Un humor lírico, picaresco o cáustico que torna la poesía en quehacer lúdico.

6)      Finalmente, es una poesía inclasificable. Esta característica es, en realidad, una condición de toda obra de arte auténtica, pero en De Greiff esa imposibilidad se torna, al menos en el medio hispanoamericano, singularmente evidente, escandalosa para las academias y casi agresiva para los convencionalismos literarios.

 

Estas notas son tomadas de la serie de cuadernillos titulada Colombianos en la Historia, editado por Alianza de Lectores y cuyo primer número, dedicado a León de Greiff, fue preparado por Eduardo Gómez. Hacían parte del Concejo de Redacción: Harold Córdoba, Eduardo Gómez y Enrique Santos Molano.


También conservo de León de Greiff, el libro
Nova et Vetera, en su segunda edición, de febrero de 1974; la primera había sido publicada en diciembre de 1973. Fue editado por Tercer Mundo Editores y contó con el diseño y armado de Lucía Muelle de Esguerra.

 


Finalmente, quiero reseñar la selección de poemas realizada en Medellín por Comfama y el Metro de Medellín para la colección Palabras Rodantes, proyecto de distribución gratuita. Este ejemplar se editó en 2010 y contó con la selección de Hjalmar de Greiff.



Selección de poemas

  

ADUNO EL SOL DE GRECIA

 

Aduno el sol de Grecia con el brumar norteño

y complico mi lógica de ácrata anacoreta

con un gesto jocundo, plácido, asaz risueño…

Voy exórbite; fumo mis pipas, “soy poeta…”.

 

Detesto los afanes de la existencia inquieta,

y, fácilmente, vivo sin arrugar el ceño,

pues sé que la delicia de todo, está completa,

en besar unos labios perfumados de ensueño…

 

Ambulo por las cosas de modo indiferente,

diciendo versos díscolos, ingenuos o sarcásticos,

que así le causan risas o asustan a “la gente”…

 

Todo mi sér sonríe… Mas no cuando fantásticos

ojos de maleficio con sus brillos elásticos

dentro el delirio sumen mi espíritu demente!

 

 

RIMAS

 

Lloran mis tristezas por las alegrías

que ya se murieron;

por las alegrías

que en lejanos días

sus goces me dieron.

 

Y pasan los días dolientes y largos,

como una cadena

dolientes y largos,

y la vida llena

de vinos amargos…

 

Y ladran los perros cuando mis dolores

lloro por la senda;

cuando mis dolores

– sin quien los comprenda –

canto en los alcores…

 

Canto en los alcores que baña la luna…

Lloran mis tristezas por las alegrías

que goces me dieron!

Y baña la luna

de melancolías

los lejanos días…

¡por las alegrías

que ya se murieron!

 


RITMOS

 

A Ramón Vinyes

 

Gira un ritmo sonámbulo por el hondo sosiego

de la noche adormida,

bajo del vibratorio bullir de las estrellas,

sobre mi älma entristecida.

 

Solitario – en la noche – voy sin rumbo, sin rumbo…

Peregrino doliente,

no a la caza de gloria, ni de amor, ni ventura…

Peregrino cansado, indiferente.

 

Mi espíritu es un ritmo – no más – dócil, sonámbulo

entre la noche muda,

entre la noche ingrávida, despavorida, trémula,

entre la noche cándida y desnuda.

 

Mi espíritu es un vago ritmo sin alegría,

sin amor y sin llanto…

Palpita con la noche, vibra con las estrellas,

y a la voz del silencio une su canto.

 

De los astros inmensos y minúsculos, vaga

luz desciende, serena…

Yo soy un peregrino de la noche, sonámbulo:

y la noche a su yugo me encadena!

 

 

BALADA DEL DISPARATORIO BÁQUICO, IMPREGNADA DE MÚLTIPLES ROMANTICISMOS. DÍCELA “EL EBRIO”

 

Aquesto dixo “El Ebrio”, una vegada.
Aquesto dixo con su voz cansada.
Aquesto dixo por la madrugada.

Yo dello non sé nada.

“Bebamos en las cráteras de öro
que laboró el cincel benvenutino,
champagne, bulbente y bullicioso vino”.

“Bebamos en las ánforas de barro
doria hidromiel; en el panzudo jarro
blonda cerveza, y en las cristalinas
frágiles copas el anís sonoro
así como las finas
mixturas sibilinas”.

“Porque es dulce olvidar”.

“Bebamos en las cráteras de öro
el líquido tesoro
que enloquece las mentes
y elide los deseos,
y que sume los sueños impotentes
en helados Leteos!”

“Porque es dulce olvidar. ¿Algo esculpido
quedar merece en el cerebro? Nada!
Porque es dulce olvidar...”

                        “El viento azota
la cima de los árboles, tedioso;
vacila el corazón ante la rota!
El espíritu vago!
¡La voluntad errátil
es un tortuoso Yago!
y el soñar aterido...:
¡el soñar aterido y nó vibrátil
ni altanero!... y nostálgico, anheloso
de una distinta vida...”

“Los jardines románticos
horros están de idilios.
Y son hueros los cánticos
jocundos de Himeneo!”

“Dormita ya el Deseo!
Ya dormita el Amor!”
“Y yerra —enloquecida—
por sus ludies exilios
de Dolor,
l’alma pura de Ofelia,
mientras Hamlet, moroso y taciturno
sepultóse en sí mismo!”

“Ya no existe
la verdad, si ha existido... Ya no es nada
la belleza, y lo es todo! y la tristeza
¡cómo es asaz vulgar y adocenada!”

“Yo bucéo un abismo
y el tal abismo es hueco!
Todo es superficial, mentido y triste.
Todo: el Amor y la Naturaleza,
el Mar, las Nubes, la ideal Belleza:
sólo restan cinismo,
rutina, y el enteco
sentido de lo práctico y la cómica
metafísica vómica!”

“Es preciso beber la sangre cálida
de los magos elixires!
Complicados brebajes, quinta-esencia,
sudor de las retortas y alambiques;
todos los filtros químicos y alquímicos
el díctamo, el nepentes,
súmanme en la demencia!”

“En el absintio quiero que se esconda
—tras de sus de sirena glaucos ojos—
mi espíritu arbitrario,
mi corazón, y toda la amargura
de abolidos despojos!”

“Es preciso beber la sangre cálida,
sangre morena
o sangre blonda!
En el absintio quiero que se esconda
—tras de sus glaucos ojos de sirena—
mi corazón, y toda la amargura!”

“La azul locura pálida,
soberana locura,
se asile en mi cerebro solitario!”

“Bebamos en las cráteras de öro
todo el licor que corre por la vena
de la pródiga uva;
y hagamos la serena
—la serena o la loca—
vida del que en sí propio no se toca
y que en nada se halla...:

—“Búdico sér en éxtasis,
Jaiyám bajo los astros,
Edgar en la taberna,
Diógenes en su cuba...
Desdeñosos e impávidos,
sonrientes,
mirando la batalla
sempiterna, mirando la batalla
de apetitos, la gresca y el estridir de dientes
y el vulgar forcejeo
para ascender, para medrar, para vivir...”

“Nosotros —sí, nosotros—
olímpicos yazgamos sobre el trípode sacro:
claudicantes e irónicos,
sonrientes espectadores del simulacro,
sin recordar, sin añorar,
sin anhelar,
¡sin un solo deseo!”

“Brúña el trágico véspero
con sus hórridas lumbres
incendiarias;
dóre el amanecer con vagas lumbres
y medias-tintas de atediada suavidad;
o aljofáre la luna
del bebedor la cabellera bruna
o la blonda o endrina cabellera
nimbada de doliente claridad,
y bebamos el vino,
y bebamos el vino,
y bebamos el vino!”

Aquesto dixo El Ebrio una vegada.
Aquesto dixo con su voz cansada.
Aquesto dixo por la madrugada.

Yo dello non me curo. Yo dello non sé nada.

  

 

FAVILAS

 

Es este el que eludiera con gesto rimbodiano

ligera vanagloria, gloriola y oropel,

y sepultó su espíritu – que asesinó su mano –

en la selva ululante y en el mar oceáno…

– lo sepultó viviente, se sepultó con él –.

 

Es este el que eludiera, con gesto rimbodiano,

la cosa vana, ambiente, la pánfila hidromiel…

 

Para consigo mismo gustar absintios, opios,

triacas acedas, dulce nepentes y cicutas,

– dolor, hastío y cóleras en opimos acopios,

caminos sosegados, pesadillescas rutas;

– placer, euforia y risas, vestales impolutas,

Maduras hembras sabias…

                                               ¡oh, qué otoñales opios

los que su flanco acendra para las ansias brutas!

 

Es este el que eludiera, con rimbodiano gesto,

ligera vanagloria, gloriola fugitiva,

y sepultó su espíritu bajo togas de asbesto,

bajo togas hirsutas: el espíritu enhiesto,

viviente, – ahora apenas en la sazón estiva –.

 

Es este aquel que eludiera, con rimbodiano gesto,

la cosa vana, ambiente, que rueda a la deriva…

            Para consigo mismo gustar opios letales,

triacas, absintios, acres cicutas y nepentes,

– desdén, sarcasmo, olvido, furores ancestrales,

búdicas elaciones, placeres inocentes,

orgías tumultuosas, deliquios decadentes:

¡Música, Vinos, Fémina!:

                                           las tres Parcas letales

que aduermen en sus brazos corazones y mentes!

 

  

SONATINA

 

En el espejo he visto el Mar, el Mar sordo.
La cimera cubríanle nubes grávidas de borrasca,
la faz en movimiento delirante bullía
con un hervor preñado de mútilos cadáveres
cárdenos, a la deriva. 

Cegaba con telones cinéreos la angustia,
propugnando saltar de las órbitas – adamantina –. 

Tenía de las bridas la voz ululadora
lista a irrumpir como jamás apocalíptica.

Los ojos eran cóncavos vórtices abisales
donde ya nunca la estrella encendería
ni riëlar idílico, ni tórridas fogatas.

En el espejo he visto el Mar sordo 
–vago y difuso como en cristales de recuerdo;
– rígido y penetrante, – lacerante – como un sueño fallido: 

y le he visto en el Día como en la Noche (y en el Crepúsculo
de estrellas desdibujadas y de músicas en esbozo
y de perfumes preludiando las sensuales sonatinas);

y le he visto en el Día (vigía desde la cofa)
que escudriña, oteante, el ir y venir en volúmenes
aborregados de las ondas indiferentes)

y le he visto en la Noche (sutil escucha en el acecho
de voces ultraterrenas, y de próximas, cuya caricia
fuera regalo de sus oídos, si no tortura lancinante).

Pero el Mar es un símbolo? Y es un mito el Océano,
emblemática selva pululadora de fugitivas
sombras, caos mirífico, floresta legendaria donde discurren
las vagueantes Náyades y las Titanias inasibles.

Un mito el Mar? Mirado en el espejo,
refractado en el ávida retina y bebido en su són
y aspirado en sus hálitos salinos y yodados,
– huésped de las Sirenas sortílegas
y de las Circes y las Calypsos prestigïosas
de hechizo inabolible? Es un Mito?   Es un Símbolo?

En el espejo he visto el Mar sordo.
Y le he visto en la Noche y en el Crepúsculo (y en el Día):

quieto Mar de viñeta, con la fuga en los mástiles
y la fuga en las velas recogidas
de los barcos inútiles, anclados como esqueletos de pirámides
en las glaucas arenas fijas.

 

 

ADMONICIÓN A LOS IMPERTINENTES

          

Yo deseo estar solo. Non curo de compaña.
Quiero catar silencio. Non me peta mormurio
ninguno a la mi vera. Si la voz soterraña
de la canción adviene, que advenga con sordina:
si es la canción ruidosa, con mi mudez la injurio;
si trae mucha música, que en el Hades se taña
o en cualquiera región al negro Hades vecina...
Ruido: ¡Callad! Pregón de aciago augurio!
Yo deseo estar solo. Non curo de compaña.
Quiero catar silencio, mi sóla golosina.

Como yo soy el Solitario,
como yo soy el Taciturno,
dejadme solo.

Como yo soy el Hosco, el Arbitrario,
como soy el Lucífugo, el Nocturno,
dejadme solo.

Mi sandalia (o mi abarca o mi coturno)
no los piséis, tumulto tumultuario,
dejadme solo.

Judeo, quechua, orangutánida, ario,
—como soy de la estirpe de Saturno—
dejadme solo.

Decanto en mi rincón mínimo canto,
silencioso; alquimista soy señero,
juglar oculto, absconto fabulante.
Dejadme solo.

Buen catador (soto mísero manto)
Buen tañedor (sin Amati o Guarniero)
Alto cantor (aunque bajo cantante)
Dejadme solo.
Dejadme solo. Non quiero compaña.
Dejadme esquivo. Non gusto coreo.
Non paventad: non presumo de Orfeo
desasnador de cerril alimaña.

Dejadme solo soplando mi caña
silvestre. Non pétame pueril ronroneo.
Non son adamado. Non son sigisbeo.
Son áspero, másculo. Son rudo, sin plaña.

Sin queja. Más mudo que Beethoven sordo.
Sin laude. Más zurdo que Cervantes manco.
Sin pathos. Más seco que no Falstaff gordo.
Solitario. Adusto. Voy único a bordo.
Espíritu en negro. Corazón en blanco.

Y esquivo dejadme. Soy notas-arranco
de mi clavecino. Soy fábulas-bordo
sobre el cañamazo de mi pentacordo.
Soy facecias-urdo. Por dentro me estanco.
Dejadme señero: jamás me desbordo.

Como yo soy el Solitario,
como yo soy el Taciturno,
como yo soy el Hosco, el Arbitrario,
como soy el Lucífugo, el Nocturno,
dejadme solo.

Como soy Leo Atrabiliario,
como soy Sergio el Estepario,
como soy Proclo Extravagario,
como ya tengo el Cuervo y el Vulturno
de los acerbos choznos de Saturno,
dejadme solo.

Dejadme solo. Non quiero compaña.
Dejadme esquivo. Non gusto coreo.
Non paventad. Non presumo de Orfeo
desasnador de cerril alimaña.

No viene a mí, ni voy a la montaña.
Ni vasallo ni César, Juez ni Reo:
Sergio Estepario, Estrafalario Leo.
Con mi tonel. De mi cruz cirineo.
Rey de Burlas, soberbio: cetro o caña
pares le son a mi elación huraña.
Dejadme solo.

  

 

SONETO

 

Era la Poesía como la luz del viento

cuando discurre – sordo –, cuando divaga – ciega –.

Símbolo puro del infinito dentro del momento

y de los efímero que dura y que perdura y que se vá y que nunca llega.

 

Era la Poesía como campo reseco tras la siega,

como el océano después de la borrasca, híspido y lento.

Igual a hembra poseída, sacïada – Ipsilon, Gama, Omega –

y al hombre pensieroso, trascendental, hierático, virulento.

 

La Poesía es cosa de pasmo y sortilegio y maravilla;

fácil tonada que la discanta el caramillo:

aria aérea en la cálida voz sexual de la contralto.

 

Todo el dolor inmerso en la congoja; toda la euforia. Apenas brilla

lumbrada ocasional si zozobrante: estride sólo el grillo…

La Poesía cosa es cimera tallada en corazón si de cenizas de basalto.

 

 

SONETO

 

Poeta soy, si es ello ser poeta.

Lontano, absconto, sibilino. Dura

lasca de corindón, vislumbre obscura,

gota abisal de música secreta.

 

Amor apercibida la saeta.

Dolor en ristre lanza de amargura.

El espíritu absorto, en su clausura.

Inmóvil, quieto, el corazón veleta.

 

Poeta so si ser poeta es ello.

Angustia lancinante. Pavor sordo.

Velada melodía en contrapunto.

 

Callado enigma tras intacto sello.

Mi ensueño en fuga. Hastiado y cejijunto.

Y en mi nao fantasma único a bordo.

 

 

CANCIONCILLA

 

Voy a incrustarme en el silencio
de donde no debí salir.

            Cuando háse de retornar
débese siempre no venir
y en su retiro se quedar:
voy a incrustarme en el silencio.

             Es hora tiempo de callar:
lo que se tiene por decir
vale una arena de la mar
o un rebrilleo del zafir.

            Voy a incrustarme en el silencio
de donde no debí salir
como no fuera por vagar
en torno al tema de se ir
dentro de sí, que ya es errar:

 

           Voy a incrustarme en el silencio.

 

 

CANCIONCILLA

 

No toques nada. Déjalo todo en su sitio.
Mira la rosa mirobolante, signo, símbolo, emblema.
Para los ojos nada, ni para los subsentidos.
Sólo la música és. La Poesía, la Música son una sola Ella.
Y Ella, cualquier Ella, lo sortílego
si sombra efímera huidera.

Para los ojos nada. Función es de los ojos
transvasar las imágenes, aprehenderlas, las fija
– para la eternidad – el químico de acordes.
El sólo. El solo.
Fija una vez la imagen aprehendida...
Los ojos y los otros, subsentidos, servidores.
Y Ella..., el mito remoto,
la volandera sombra efímera,
y la traza cinérea y el regusto salobre.

No toques nada: todo en su sitio. Déja...
Mira la rosa mirobolante. Y es la rosa testigo,
si no pretexto apenas y ocasional abrigo
de musical ensueño, si miel para la abeja.

Goza, chúpa la miel... Rosa, hoy conseja,
vive en el verso. Y en el pan muere el trigo.
La rosa fue la amiga del amigo.
Rosa testigo y trigo. Pan comido. Flor vieja.


Son una sola Ella, música, poesía.
No toques nada. Todo en su sitio quede.
Testigo fue la rosa de pétalos resecos.

Breve placer. Breve dolor. Ya Malvasía,
ya cicuta. ¡Oh Retórica que hiede!
Placer, dolor, ayer... Hoy, huecos ecos!

No toques nada. Déjalo todo en su nicho,
déjalo todo en la urna.
Mira la rosa, cualquiera rosa mirobolante.
Nada para los ojos; todo para la caracola resonante.
Sólo la Música és. Y el resto, ocio y capricho,
mentida euforia más que taciturna.
Poesía y la Música son el eterno instante,
y Ella, cualquiera Ella, sombra errante,
función del viento: y lo demás, ya dicho,
mi sola alma nocturna.

No toques nada. Todo en su sitio deja.
Lo que viene y se va, lo que se fue y retorna
con lo que nunca adivino; lo que ya no vendrá.
No sólo el vino cobra calidad si se añeja:
también el corazón el tiempo exorna,
y lo que fue aventura mito se tornará...

 

 

 

martes, 21 de abril de 2026

Eduardo Castillo - Desembalo mi biblioteca 8

 


Y, sin embargo, tengo conocimiento desde hace meses de un manuscrito para el que parece tan difícil como siempre encontrar una editorial que lo publique, aunque tenga tanto valor, al menos, como el libro de Schreber en cuanto a contenido humano y literario y lo supere con mucho en claridad. Si esta breve mención pudiera suscitar un interés a su respecto, si estos breves extractos pudieran llevar al lector a conceder una mayor atención a los apuntes y a los folletos de locos, se habría alcanzado el doble objetivo de estas líneas. 

Walter Benjamin, en Desembalo mi biblioteca

 

En esta nueva entrega de Desembalo mi biblioteca me aproximo a la obra del poeta Eduardo Castillo Gálvez, quien, tal como lo refiere Fernando Charry Lara en el prólogo al libro El árbol que canta, fue una de las voces más singulares debido a su rigurosa “fidelidad a una vocación”. Antes que estar pendiente de los favores de políticos para conseguir cargos o difusión de su obra, Eduardo Castillo le apostó todo a la lectura y escritura de poemas, cuentos, crónicas, traducciones y notas críticas de literatura. Esto lo mantuvo en un encerramiento y distanciamiento del mundo para vivir en función de la poesía. Dice Charry Lara que “La imagen que de él nos ha quedado nos muestra un cuerpo casi inmaterial, de mirada inexpresiva, que cruzaba huidizo al lado sin hacerse notar, envuelto en los últimos años en su ensimismamiento y en la capa romántica.”

El único libro que publicó Castillo fue El árbol que canta en 1928. En esta ocasión reseño la edición realizada en 1982 por el Instituto Colombiano de Cultura, en el que, como ya lo había adelantado, hay un prólogo del poeta Fernando Charry Lara, además de tres capítulos en los que se recogen otros poemas publicados en diversos periódicos y revistas, sus versiones poéticas (traducciones) y las notas sobre poesía colombiana.


Antes de pasar a la selección poética, comparto este otro fragmento del prólogo: “Fue demás Eduardo Castillo uno de los primeros poetas colombianos en reflexionar con apasionada lucidez acerca del fenómeno de la creación poética, lo que le confiere un presagio de modernidad. La poesía fue varias veces, como en el poeta moderno, asunto de sus poemas.  A ello debió ser conducido por lecturas francesas, que desde la juventud le formaron mentalmente, según su declaración. Debió también conocer los textos de teoría poética de Poe, que no dejó de mencionar.”   



Selección de poemas 

 

DIFUSIÓN 

Ya el otoño llegó, y aún busco aquella
novia lejana cuyo cuerpo leve
es un ampo de rosas y de nieve
en que embrujada se quedó una estrella.

Y aunque no pude ni encontrar su huella
y los inviernos de la vida en breve
escarcharán mi sien, algo me mueve
a seguir caminando en busca de ella.

Mas pienso a veces que quizás no existe
y que jamás sobre la tierra triste
podré con ella celebrar mis bodas,

o que este loco afán en que me abraso
la busca en una sola cuando acaso
se halla dispersa y difundida en todas.

 

 

EN LA MADRUGADA 

 

Y a la luz dudosa

que por las rendijas

se filtra en la alcoba,

a pasos menudos

confiada y curiosa

– no hay gato en la casa

ni trampa traidora –

la señora Rata

trota… trota… trota…

 

Me estiro en la cama

con grata modorra…

Afuera, la calle  

despierta afanosa

con sus varios ruidos

y sus voces todas:

acordes del piano

de la niña blonda,

de la vecinita

picante y donosa

que a estudiar madruga

su escala de notas;

son de martillazos

lejos, en la forja;

pregón conocido

de la vendedora

de flores y frutas

que pasa reidora

con su vasta cesta

de donde desbordan

los rojos jacintos,

las azules violas,

los grasos racimos

de uvas tentadoras

grávidos acaso

de avispas golosas…

 

Todos estos ruidos

entran en mi alcoba

y mecen y arrullan

mi grata modorra,

mientras junto al lecho

perdido en la sombra,

con pasos menudos

y leves que forman

un ruido de influencia

tranquilizadora,

la señora Rata

– muy digna matrona

pero ya harto obesa –

trota… trota… trota…

 

 

LA VAMPIRESA

 

Sobre el ara propiciatoria

del rito infando, y en el lúbrico

misterio de la misa negra

blanquea tu cuerpo desnudo.

 

Soberbiamente te destacas

sobre el terciopelo litúrgico

negro y bordado de mandrágoras,

tendida en un gran gesto impúdico.

 

Eres el vaso de impurezas

y abominaciones del culto

que en la negra noche del sábado

se rinde al gran Macho Nocturno.

 

Tus claros ojos de esmeralda

de un resplandor perverso y brujo

ostentan la violácea ojera

que imprime el beso de los súcubos.

 

Y en tu cuerpo de hermafrodita

aún hay quizás huellas del unto

con que las brujas se ungen

para ir a la cita del Cornudo.

 

(Cuerpo de senos incipientes,

de un bisexual encanto, y cuyos

brazos – cadenas infrangibles –

son tan hondos como el sepulcro.

 

Hierofanta del culto fálico

tu boca infunde – como el zumo

extraído de las cantáridas –

la roja fiebre del estupro.

 

El germen sacro de la vida

perece en tu vientre infecundo

como en un horno y de su sexo

emana un sepulcral efluvio.

 

El mal ubicuo, omnipotente

te dio todos sus atributos

y bajo el árbol de la ciencia

mordiste tu vedado fruto.

 

Hay en tu alma milenaria

hastiada y vieja como el mundo,

la sapiencia del pecado

y el vértigo de lo absoluto.

 

Hastiado de la hembra pasiva

y su pequeño amor insulso,

tu amor letal y tenebroso,

vampiresa, es lo que yo busco.

 

 

ARTE POÉTICA 

Rien de plus cher que la chanson grise

oú l’imprécis au précis se joint.

Verlaine

 

Poeta: nunca pongas tu alma entera en el canto;

lo que el artista deja, a veces, inexpreso,

lo apenas sugerido o insinuado, eso

es lo que a sus estrofas presta mayor encanto.

 

Huye de lo preciso; prefiere a los colores

el matiz, el suave semi-tono confuso,

y deja que tus versos sean algo inconcluso

para que los completen y acaben tus lectores.

 

Ese será tu credo, artífice que labras

tu obra para ti mismo con humildad altiva,

pues sabes que el secreto del arte sólo estriba

en decir muchas cosas con muy pocas palabras.

 

 

EL SÚCUBO

 

A la media noche

cuando todo duerme

y reina en el mundo

misterio solemne,

a la hora medrosa

de trasgos y duendes,

lostrego del Diablo,

a mi alcoba viene

con su piel helada

como de serpiente

el infernal súcubo

de los ojos verdes.

Tiene el cuerpo anfórico,

los pechos eréctiles

y como una copa

de marfil el vientre.

Contra mi se ciñe

y su abrazo ardiente

que da al mismo tiempo

tortura y deleite.,

fustiga mis nervios

hasta que aparecen

los primeros ópalos

del alba en Oriente,

y al canto del gallo

al abismo vuelve

el infernal súcubo

de los ojos verdes.

Yo maldigo al monstruo

de besos crueles

en que está el amargo

sabor de la muerte,

mensajero ambiguo

del Bajísimo entre

cuyos muslos blancos

mi alma se pierde…

Pero sus caricias

aguardo con fiebre

cuando la tiniebla

nocturna me envuelve

y con pasos tácitos

a mi lecho viene

el infernal súcubo

de los ojos verdes.

 

 

CANTO A MI MISMO

 

Yo fui en mi vida breve, un solitario

un ser contradictorio y vario

sin hogar, ni arrimo, ni casa;

un buscador de lo imposible,

algo tan fugitivo e inasible

como el viento que pasa.

 

Concentrado en mi propio pensamiento,

lejos de cuanto aja y deslustra

puse siempre un oído atento

al acento

del magnánimo Zaratustra;

y cual mora un león en yermo muerto,

trágico y desolado,

viví orgullosamente rodeado

por veinte mil leguas de desierto.

 

He despreciado las humanas greyes,

y, como un soberano,

en el gran conflicto humano

me he dado mis propias leyes

– Es humilde, – se dijo a porfía

el vulgo incomprensivo e indolente.

Pero es porque mi orgullo se vestía

de humildad, demoníacamente.

Y así dado a la más alta esperanza,

desdeñé la alabanza y la censura,

pues siempre me sentí a mayor altura

que la censura o la alabanza.

 

Sólo una ley acaté en mi oscuro

ambular por la áspera senda

donde siempre en distinto lugar planté mi tienda,

y fue la ley de Delos: – Sé puro.

He corrido tras más de un espejismo

y puse el pie en más de un sendero,

pero

las mayores distancias las recorrí en mí mismo.

 

Alma mía:

yo te di, con amor

todo el dolor

y toda la alegría;

entretejí en tu corona

violetas y jacintos color de vino

con gloxinias y euforbios cogidos en la zona

de un negro, envenenado jardín luciferino.

 

Pero solo ante la Belleza

se dobló tu cabeza,

y tu sentir fue ante ella tan profundo,

que a pesar de tu externa calma,

el sitio en que te hallabas, alma,

fue siempre el más sensible del mundo.

 

La plebe del alma triste y opaca

te vio en atónito mutismo

danzar sobre tu propio abismo

con alegría dionisíaca;

y con terror infinito

te miró complacerte en más de un juego

mortal y arder en tu fuego

como la salamandra del mito.

 

Alma mía, con el eterno júbilo

y el dolor del que se inmola

yo forjé para ti, para ti sola,

un cielo y un infierno.

De las amargas, corrosivas heces

de tu copa, merced a una eximia

y complicada alquimia

extraje el licor de tus grandes embriagueces.

Y hoy bajo la luz ustoria

que sazona los frutos opimos,

tu vid ofrece, pródiga, la gloria

y la opulencia autumnal de sus racimos.

 

Mas tus hilos de oro se truncan ya. Y el resto

es silencio. Por eso quieres

dar término a tu viaje entre placeres

y músicas con un hermoso gesto,

y que sobre la sepultura

en que yazga, hecha polvo, tu mortal envoltura

en marmórea urna exigua,

no se trace vano lamento,

sino el epitafio de la tumba antigua:

“Aquí yace el rumor del viento”.