martes, 21 de abril de 2026

Eduardo Castillo - Desembalo mi biblioteca 8

 


Y, sin embargo, tengo conocimiento desde hace meses de un manuscrito para el que parece tan difícil como siempre encontrar una editorial que lo publique, aunque tenga tanto valor, al menos, como el libro de Schreber en cuanto a contenido humano y literario y lo supere con mucho en claridad. Si esta breve mención pudiera suscitar un interés a su respecto, si estos breves extractos pudieran llevar al lector a conceder una mayor atención a los apuntes y a los folletos de locos, se habría alcanzado el doble objetivo de estas líneas. 

Walter Benjamin, en Desembalo mi biblioteca

 

En esta nueva entrega de Desembalo mi biblioteca me aproximo a la obra del poeta Eduardo Castillo Gálvez, quien, tal como lo refiere Fernando Charry Lara en el prólogo al libro El árbol que canta, fue una de las voces más singulares debido a su rigurosa “fidelidad a una vocación”. Antes que estar pendiente de los favores de políticos para conseguir cargos o difusión de su obra, Eduardo Castillo le apostó todo a la lectura y escritura de poemas, cuentos, crónicas, traducciones y notas críticas de literatura. Esto lo mantuvo en un encerramiento y distanciamiento del mundo para vivir en función de la poesía. Dice Charry Lara que “La imagen que de él nos ha quedado nos muestra un cuerpo casi inmaterial, de mirada inexpresiva, que cruzaba huidizo al lado sin hacerse notar, envuelto en los últimos años en su ensimismamiento y en la capa romántica.”

El único libro que publicó Castillo fue El árbol que canta en 1928. En esta ocasión reseño la edición realizada en 1982 por el Instituto Colombiano de Cultura, en el que, como ya lo había adelantado, hay un prólogo del poeta Fernando Charry Lara, además de tres capítulos en los que se recogen otros poemas publicados en diversos periódicos y revistas, sus versiones poéticas (traducciones) y las notas sobre poesía colombiana.


Antes de pasar a la selección poética, comparto este otro fragmento del prólogo: “Fue demás Eduardo Castillo uno de los primeros poetas colombianos en reflexionar con apasionada lucidez acerca del fenómeno de la creación poética, lo que le confiere un presagio de modernidad. La poesía fue varias veces, como en el poeta moderno, asunto de sus poemas.  A ello debió ser conducido por lecturas francesas, que desde la juventud le formaron mentalmente, según su declaración. Debió también conocer los textos de teoría poética de Poe, que no dejó de mencionar.”   



Selección de poemas 

 

DIFUSIÓN 

Ya el otoño llegó, y aún busco aquella
novia lejana cuyo cuerpo leve
es un ampo de rosas y de nieve
en que embrujada se quedó una estrella.

Y aunque no pude ni encontrar su huella
y los inviernos de la vida en breve
escarcharán mi sien, algo me mueve
a seguir caminando en busca de ella.

Mas pienso a veces que quizás no existe
y que jamás sobre la tierra triste
podré con ella celebrar mis bodas,

o que este loco afán en que me abraso
la busca en una sola cuando acaso
se halla dispersa y difundida en todas.

 

 

EN LA MADRUGADA 

 

Y a la luz dudosa

que por las rendijas

se filtra en la alcoba,

a pasos menudos

confiada y curiosa

– no hay gato en la casa

ni trampa traidora –

la señora Rata

trota… trota… trota…

 

Me estiro en la cama

con grata modorra…

Afuera, la calle  

despierta afanosa

con sus varios ruidos

y sus voces todas:

acordes del piano

de la niña blonda,

de la vecinita

picante y donosa

que a estudiar madruga

su escala de notas;

son de martillazos

lejos, en la forja;

pregón conocido

de la vendedora

de flores y frutas

que pasa reidora

con su vasta cesta

de donde desbordan

los rojos jacintos,

las azules violas,

los grasos racimos

de uvas tentadoras

grávidos acaso

de avispas golosas…

 

Todos estos ruidos

entran en mi alcoba

y mecen y arrullan

mi grata modorra,

mientras junto al lecho

perdido en la sombra,

con pasos menudos

y leves que forman

un ruido de influencia

tranquilizadora,

la señora Rata

– muy digna matrona

pero ya harto obesa –

trota… trota… trota…

 

 

LA VAMPIRESA

 

Sobre el ara propiciatoria

del rito infando, y en el lúbrico

misterio de la misa negra

blanquea tu cuerpo desnudo.

 

Soberbiamente te destacas

sobre el terciopelo litúrgico

negro y bordado de mandrágoras,

tendida en un gran gesto impúdico.

 

Eres el vaso de impurezas

y abominaciones del culto

que en la negra noche del sábado

se rinde al gran Macho Nocturno.

 

Tus claros ojos de esmeralda

de un resplandor perverso y brujo

ostentan la violácea ojera

que imprime el beso de los súcubos.

 

Y en tu cuerpo de hermafrodita

aún hay quizás huellas del unto

con que las brujas se ungen

para ir a la cita del Cornudo.

 

(Cuerpo de senos incipientes,

de un bisexual encanto, y cuyos

brazos – cadenas infrangibles –

son tan hondos como el sepulcro.

 

Hierofanta del culto fálico

tu boca infunde – como el zumo

extraído de las cantáridas –

la roja fiebre del estupro.

 

El germen sacro de la vida

perece en tu vientre infecundo

como en un horno y de su sexo

emana un sepulcral efluvio.

 

El mal ubicuo, omnipotente

te dio todos sus atributos

y bajo el árbol de la ciencia

mordiste tu vedado fruto.

 

Hay en tu alma milenaria

hastiada y vieja como el mundo,

la sapiencia del pecado

y el vértigo de lo absoluto.

 

Hastiado de la hembra pasiva

y su pequeño amor insulso,

tu amor letal y tenebroso,

vampiresa, es lo que yo busco.

 

 

ARTE POÉTICA 

Rien de plus cher que la chanson grise

oú l’imprécis au précis se joint.

Verlaine

 

Poeta: nunca pongas tu alma entera en el canto;

lo que el artista deja, a veces, inexpreso,

lo apenas sugerido o insinuado, eso

es lo que a sus estrofas presta mayor encanto.

 

Huye de lo preciso; prefiere a los colores

el matiz, el suave semi-tono confuso,

y deja que tus versos sean algo inconcluso

para que los completen y acaben tus lectores.

 

Ese será tu credo, artífice que labras

tu obra para ti mismo con humildad altiva,

pues sabes que el secreto del arte sólo estriba

en decir muchas cosas con muy pocas palabras.

 

 

EL SÚCUBO

 

A la media noche

cuando todo duerme

y reina en el mundo

misterio solemne,

a la hora medrosa

de trasgos y duendes,

lostrego del Diablo,

a mi alcoba viene

con su piel helada

como de serpiente

el infernal súcubo

de los ojos verdes.

Tiene el cuerpo anfórico,

los pechos eréctiles

y como una copa

de marfil el vientre.

Contra mi se ciñe

y su abrazo ardiente

que da al mismo tiempo

tortura y deleite.,

fustiga mis nervios

hasta que aparecen

los primeros ópalos

del alba en Oriente,

y al canto del gallo

al abismo vuelve

el infernal súcubo

de los ojos verdes.

Yo maldigo al monstruo

de besos crueles

en que está el amargo

sabor de la muerte,

mensajero ambiguo

del Bajísimo entre

cuyos muslos blancos

mi alma se pierde…

Pero sus caricias

aguardo con fiebre

cuando la tiniebla

nocturna me envuelve

y con pasos tácitos

a mi lecho viene

el infernal súcubo

de los ojos verdes.

 

 

CANTO A MI MISMO

 

Yo fui en mi vida breve, un solitario

un ser contradictorio y vario

sin hogar, ni arrimo, ni casa;

un buscador de lo imposible,

algo tan fugitivo e inasible

como el viento que pasa.

 

Concentrado en mi propio pensamiento,

lejos de cuanto aja y deslustra

puse siempre un oído atento

al acento

del magnánimo Zaratustra;

y cual mora un león en yermo muerto,

trágico y desolado,

viví orgullosamente rodeado

por veinte mil leguas de desierto.

 

He despreciado las humanas greyes,

y, como un soberano,

en el gran conflicto humano

me he dado mis propias leyes

– Es humilde, – se dijo a porfía

el vulgo incomprensivo e indolente.

Pero es porque mi orgullo se vestía

de humildad, demoníacamente.

Y así dado a la más alta esperanza,

desdeñé la alabanza y la censura,

pues siempre me sentí a mayor altura

que la censura o la alabanza.

 

Sólo una ley acaté en mi oscuro

ambular por la áspera senda

donde siempre en distinto lugar planté mi tienda,

y fue la ley de Delos: – Sé puro.

He corrido tras más de un espejismo

y puse el pie en más de un sendero,

pero

las mayores distancias las recorrí en mí mismo.

 

Alma mía:

yo te di, con amor

todo el dolor

y toda la alegría;

entretejí en tu corona

violetas y jacintos color de vino

con gloxinias y euforbios cogidos en la zona

de un negro, envenenado jardín luciferino.

 

Pero solo ante la Belleza

se dobló tu cabeza,

y tu sentir fue ante ella tan profundo,

que a pesar de tu externa calma,

el sitio en que te hallabas, alma,

fue siempre el más sensible del mundo.

 

La plebe del alma triste y opaca

te vio en atónito mutismo

danzar sobre tu propio abismo

con alegría dionisíaca;

y con terror infinito

te miró complacerte en más de un juego

mortal y arder en tu fuego

como la salamandra del mito.

 

Alma mía, con el eterno júbilo

y el dolor del que se inmola

yo forjé para ti, para ti sola,

un cielo y un infierno.

De las amargas, corrosivas heces

de tu copa, merced a una eximia

y complicada alquimia

extraje el licor de tus grandes embriagueces.

Y hoy bajo la luz ustoria

que sazona los frutos opimos,

tu vid ofrece, pródiga, la gloria

y la opulencia autumnal de sus racimos.

 

Mas tus hilos de oro se truncan ya. Y el resto

es silencio. Por eso quieres

dar término a tu viaje entre placeres

y músicas con un hermoso gesto,

y que sobre la sepultura

en que yazga, hecha polvo, tu mortal envoltura

en marmórea urna exigua,

no se trace vano lamento,

sino el epitafio de la tumba antigua:

“Aquí yace el rumor del viento”.


 


martes, 31 de marzo de 2026

José Eustasio Rivera - Tierra de promisión en Desembalo mi biblioteca 7

 


Avanzo en el proyecto de desembalar mi biblioteca y una vez más, las palabras de Benjamin acompañan este proceso. Decía el filósofo alemán en su texto sobre el arte de coleccionar, publicado en 1931: “Cuando comencé, hace diez años, a clasificar mis libros, cada vez más concienzudamente, me encontré enseguida con volúmenes de los que no quería deshacerme pero que tampoco estaba dispuesto, sin embargo, a seguir dejándolos en el lugar en que se encontraban”. Aunque mi proceso lleva menos tiempo, algo similar me ha sucedido con el libro que hoy voy a compartir, el cual no lo ubiqué al lado de los otros de poesía colombiana que he venido enseñando en esta serie, sino que lo destiné al mueble de libros especiales, donde reposan aquellos que tienen ciertas características que los convierten en curiosidades para los bibliófilos.

En el año 1955, con motivo del primer cincuentenario de fundación del departamento del Huila, se realizó una bella edición de Tierra de promisión, el poemario de José Eustasio Rivera, publicado en 1921, con el cual entraría, de manera certera, aunque no exenta de agudas críticas, a los circuitos nacionales de la literatura.

Este especial libro cuenta con grabados originales que acompañan cada uno de los poemas, elaborados por Sergio Trujillo Magnenat, uno de los pioneros del diseño gráfico en Colombia. Asimismo, tiene un diseño de portada y de los títulos, elaborado por Paulina Pinzón. 


Y además, cuenta con un cuidadoso y generoso prólogo del poeta Rafael Maya, quien nos deja ver su emoción ante la novedosa voz poética de Rivera, que llegaba a enriquecer el limitado panorama de la literatura colombiana. Tomo dos fragmentos del mencionado prólogo:

“Tal era el panorama espiritual de Bogotá, cuando apareció Rivera. La sorpresa fue grande. Era como si el viento de la selva hubiese penetrado de improviso en una sala hermética, donde las flores raras rimaban con los cortinajes exóticos, y éstos, con las mujeres pálidas a fuerza de aspirar perfumes, y todo ello con las nubes aromadas que difundían los escondidos pebeteros. Aquel ambiente aristocrático, pero un tanto artificial, fue sustituido por el imperio de las fuerzas desatadas de la naturaleza. Un saludable primitivismo ocupó el lugar de todo aquel lujo decadente, en nombre del cual se estigmatizaba, como cosa de bárbaros, el llamado entonces “tropicalismo”, o sea la expresión nacional del arte. Rivera conquistó en breve todas las posiciones, y sin que su escuela hubiese significado la muerte de los otros valores literarios, de procedencia europea, logró que su arte se impusiese en lo futuro, como lo estamos presenciando ahora, en este portentoso amanecer de las letras americanas. Rivera es hoy más actual que la mayor parte de sus coetáneos. Sus sonetos no han perdido ni en frescura ni en inspiración; y no han perdido ninguna de estas virtudes, porque fueron consecuencia de emociones directas tomadas de las eternas fuentes de la naturaleza. Nada es libresco ni erudito en sus versos. La sensación del paisaje perdura en sus poemas, dándole frescura, como el aceite mantiene siempre brillantes las huellas del pincel en la tela.”

Continúa Rafael Maya:

“Uno de los mayores méritos de la obra intelectual de Rivera es el de la originalidad, tomando este término en el sentido relativo en que debe tomarse. Originalidad que fue grande y evidente, en los años en que Rivera realizaba su obra, pues consistió, nada menos, que en comenzar a nacionalizar la inteligencia de los escritores de este Continente, hasta entonces tributaria del cosmopolitismo europeo, y enraizar su conciencia, su pensamiento y su pluma en las entrañas de la tierra americana.”



Selección de poemas 

 

Primera parte

 

I

Esta noche el paisaje soñador se niquela
con la blanda caricia de la lumbre lunar;
en el monte hay cocuyos, y mi balsa que riela
va borrando luceros sobre el agua estelar.

El fogón de la prora, con su alegre candela,
me enciende en oro trémulo como a un dios tutelar;
y unos indios desnudos, con curiosa cautela,
van corriendo en la playa para verme pasar.

Apoyado en el remo avizoro el vacío,
y la luna prolonga mi silueta en el río;
me contemplan los cielos, y del agua al rumor

alzo tristes cantares en la noche perpleja,
y a la voz del bambuco que en la sombra se aleja,
la montaña responde con un vago clamor.



IX 

La resaca se extiende como fino damasco

donde brillan los oros de la luz que despunta,

y aquí, bajo las frondas que el guadual descoyunta,

pescadores alegres, machacamos barbasco.

 

Y de las atarrayas al ruidoso chubasco,

bocachicos y pejes, el pavón, la corunta,

van boqueando dispersos... pero el agua los junta

 y la fila plateada se recuesta al peñasco.

 

Irguiendo, moribunda, las aletas dorsales,

rasga la sardinata los sonoros cristales;

y cuando se voltea bajo el rayo de sol,

 

se enciende, como un cirio, el rubí de la escama,

y entre peces flotantes, esa trémula llama

contagia las espumas de un matiz tornasol.

 


  

Segunda parte

  

VIII

 

Destacada en un cielo de turbia lontananza,

con taciturno porte, sobre el peñón sombrío,

un águila perínclita se envilece de hastío,

enamorada ilusa de un sol que no se alcanza.

 

Ella, que ayer mantuvo con los vientos su alianza,

sabe que todo vuelo sólo encuentra el vacío;

y enferma de horizontes, triste de poderío,

busca en la paz el último sueño de venturanza.

 

Ante el astro que muere nublando el hemisferio,

siente el heroico impulso de rescatar su imperio;

mas otra vez con grave cansancio de grandeza

 

el ala perezosa sobre la garra estira,

e irremediablemente desconsolada, mira

que en el azul tedioso la oscuridad bosteza.


 

IX

Cantadora sencilla de una gran pesadumbre,
entre ocultos follajes, la paloma torcaz
acongoja las selvas con su blanda quejumbre,
picoteando arrayanes y pepitas de agraz.

Arrurruúu... canta viendo la primera vislumbre;
y después, por las tardes, al reflejo fugaz,
en la copa del guáimaro que domina la cumbre
ve llenarse las lomas de silencio y de paz.

Entreabiertas las alas que la luz tornasola,
se entristece, la pobre, de encontrarse tan sola;
y esponjado el plumaje como leve capuz,

al impulso materno de sus tiernas entrañas,
amorosa se pone a arrullar las montañas...
y se duermen los montes... y se apaga la luz.


 

Tercera parte

 

III

Atropellados, por la pampa suelta,
los raudos potros, en febril disputa,
hacen silbar sobre la sorda ruta
los huracanes en su crin revuelta.

Atrás dejando la llanura envuelta
en polvo, alargan la cerviz enjuta,
y a su carrera retumbante y bruta,
cimbran los pindos y la palma esbelta.

Ya cuando cruzan el austral peñasco,
vibra un relincho por las altas rocas;
entonces paran el triunfante casco,

resoplan, roncos, ante el sol violento,
y alzando en grupo las cabezas locas
oyen llegar el retrasado viento.

 


  

IX

Con pausados vaivenes refrescando el estío,
la palmera engalana la silente llanura;
y en su lánguido ensueño, solitaria murmura
ante el sol moribundo sus congojas al río.

Encendida en el lampo que arrebola el vacío,
presintiendo las sombras, desfallece en la altura;
y sus flecos suspiran un rumor de ternura
cuando vienen las garzas por el cielo sombrío.

Naufragada en la niebla, sobre el turbio paisaje
la estremecen los besos de la brisa errabunda;
y al morir en sus frondas el lejano celaje,

se abandona al silencio de las noches más bellas,
y en el diáfano azogue de la linfa profunda
resplandece cargada de racimos de estrellas.


 

 XXV

 

Mientras las palmas tiemblan, un arrebol ligero

en solitarias ciénagas disuelve su rubí;

todo se apesadumbra, y hacia lejano estero,

sonroja en el crepúsculo sus alas un neblí.

 

Algo desconocido del horizonte espero...

¡Vana ilusión! Nublóse la franja carmesí;

ya suspiró la tierra bajo el primer lucero,

y siento que otros seres lloran dentro de mí.

 

Me borrará la noche. Mañana otro celaje;

¿y quién cuando yo muera consolará el paisaje?

¿Por qué todas las tardes me duele esta emoción?

 

Mi alma, nube de ocaso, deja lo que perdura;

y como es mi destino sufrir con la Natura,

se apagan los crepúsculos entre mi corazón. 



jueves, 12 de marzo de 2026

Desembalo mi biblioteca 6 - Porfirio Barba Jacob

 


Es comprensible que, entre las numerosas circunstancias que pueden llegar a hacer de un libro algo curioso y único a los ojos de un coleccionista, pueda encontrarse ocasionalmente su precio de compra; ya justifique por su importancia un gran esfuerzo del feliz propietario, o ya represente por su modestia un triunfo de sus cualidades detectivescas, en ambos casos se intensificará la alegría de su adquisición. En principio —por no hablar aquí más que del segundo caso— no existe, ningún libro, por valioso que sea, que no pueda obtenerse a un precio barato o incluso como una ganga. 

Walter Benjamin 

 

En esta sexta entrega de Desembalo mi biblioteca, me detengo ante una de nuestras voces más vitales y permanentes en la memoria no solo de los ámbitos literarios, sino también de los entornos populares o de la apurada bohemia. Miguel Ángel Osorio, Maín Ximénez, Ricardo Arenales o como pasó a la posteridad: Porfirio Barba Jacob, fue “el errante caballero del infortunio”, según Juan Bautista Jaramillo Meza, el primer editor de un libro del poeta en Colombia, por allá hacia 1937, cuando este aún estaba vivo.

Fue tal la incertidumbre en su periplo vital, que el anhelado libro con la obra escogida, que había modificado tantas veces el mismo Barba Jacob, no logró ver la luz antes de su partida, quedando en manos de investigadores el trabajo de compilar lo que quedó publicado en distintos lugares, anotado en libretas que algunos rescataron o en la memoria de sus caros amigos.

El primer trabajo de edición de las Obras Completas de Barba Jacob, lo realizó Rafael Montoya y Montoya, a través de sus Ediciones Académicas; publicación de 1000 ejemplares realizada en Medellín en 1962. En sus 560 páginas, bellamente concebidas, con insertos de ilustraciones, fotografías, manuscritos, carátulas, se le rinde un justo homenaje a este gran autor, que no deja de inquietar aún a las nuevas generaciones. Entre los numerosos textos que preceden a los poemas, se incluye una conferencia de J. B. Jaramillo Meza que pronunció en 1960 en la Academia Colombiana de la Lengua, el cual concluye de la siguiente manera: “He aquí, a grandes rasgos, la vida de un poeta inmortal que fue en el mundo un hombre de aventuras sin término, católico y pagano, ajeno al Bien y al Mal, peregrino de todas las latitudes, múltiple y contradictorio en sus actividades y sus sentimientos; un ser extraño, bondadoso y satánico a un mismo tiempo, que amó el lujo y los deleites del espíritu y de la carne, y desdeñó a la vez, desde los sótanos de su infortunio, la riqueza y la alegría de los demás…” 



Hacia 1980, editorial Bedout publicó El corazón iluminado, que corresponde al Volumen 39 de la colección Bolsilibros Bedout. Tal como lo señala Fernando Vallejo, este fue uno de los nombres con que el poeta quiso llamar a su gran libro de poemas. Esta edición de 191 páginas, cuenta con un texto a manera de prólogo firmado por Daniel Arango, una selección de prosas y luego una antología poética. Extracto de las palabras de Arango lo siguiente: “Barba Jacob creció vecino al gran caudal y al él afluyeron innumerables venas, inescapables corrientes temáticas, vocabulares, métricas. Sus mejores versos están colocados fuera del exceso de estas dos influencias: en ellos conquista el poeta un lenguaje estético perdurable, pleno de sencillez y transparencia bajo sus tornasoles verbales”. 



Hacia 1985 se publicó por Procultura, en la Nueva Biblioteca Colombiana de Cultura, Barba-Jacob Poemas. Se trata del resultado de una exhaustiva búsqueda de Fernando Vallejo, quien hace la compilación y las notas sobre cada uno de los poemas. Es un trabajo admirable, riguroso, único. Más adelante, hacia 2006, se volvería a editar, ahora por el Fondo de Cultura Económica, con el título Porfirio Barba Jacob Poesía Completa. En ambas publicaciones, el prólogo estuvo a cargo del mismo Fernando Vallejo. De ahí cito: “Una cosa, empero, es evidente a la lectura de las notas bio-bibliográficas que aquí los acompañan: que salvo por excepción, los poemas de Barba Jacob son el resultado de una ardua, dolorosa labor que se prolongó hasta el término de su vida; que el poeta los retocó repetidas veces en el curso de sus viajes y de los años, trocando los títulos, modificando la puntuación, cambiando las dedicatorias, los epígrafes, los subtítulos, agregando o suprimiendo versos o estrofas enteras, publicando como inéditos poemas ya publicados, reemplazando algunos vocablos o expresiones por sinónimos, arrepintiéndose a veces y volviendo a formas anteriores, desplazando algunas palabras para volver en ocasiones a la disposición inicial, mudando de parecer, siempre inconforme.”

 


Finalmente, en el 2012, bajo el cuidado editorial de Jerónimo Pizarro y la impresión del Taller de Edición Rocca, vio la luz Todos os Sonhos do Mundo Poemas de Fernando Pessoa Porfirio Barba-Jacob. Se trata de una edición bilingüe con nuevas traducciones e imágenes inéditas, que buscan unir dos naciones por medio de estos dos poetas, que fueron contemporáneos, pero nunca se conocieron y seguramente, tampoco se leyeron.



SELECCIÓN DE POEMAS 

 

DOMADOR, TRIUNFADOR

 

Domador triunfador, hombre de hierro:
tu grey de esclavos ágiles y rudos
conjura contra mí, que en mi defensa
no he de mover las manos fatigadas
o vengan a romper en la llanura
mis huesos y mi carne tus mastines.
Clava en mí tus puñales homicidas,
desgárrame, ya es hora…


Estoy como los niños bajo el golpe,
como las rosas líricas de mayo
bajo el viento y la lluvia.
Toda mi exigua juventud te brindo.
Ningún tesoro en mi pobreza escondo.
Tengo un poco de amor… ¿Y no lo tienen
las bestias más humildes?


El cuello blandamente
dispongo a los verdugos
y con piedad extraña
sonrío en la tragedia
Mas rendido también, el perro humilde
que tu misericordia logra apenas,
¿no alza con avidez los grandes ojos
para besar la mano que le hiere?
Clava en mi carne el acerado garfio
de un extraño tormento;
échala a consumirse entre la llama
y sus cenizas desparrama al viento.
 

 

LA ESTRELLA DE LA TARDE

 

Un monte azul, un pájaro viajero,
un roble, una llanura,
un niño, una canción... Y, sin embargo,
nada sabemos hoy, hermano mío.
 

Bórranse los senderos en la sombra;
el corazón del monte está cerrado;
el perro del pastor trágicamente
aúlla entre las hierbas del vallado.
 

Apoya tu fatiga en mi fatiga,
que yo mi pena apoyaré en tu pena,
y llora, como yo, por el influjo
de la tarde traslúcida y serena.
 

Nunca sabremos nada... 

¿Quién puso en nuestro espíritu anhelante,
vago rumor de mares en zozobra,
emoción desatada,
quimeras vanas, ilusión sin obra?

Hermano mío, en la inquietud constante,
nunca sabremos nada...
 

¿En qué grutas de islas misteriosas
arrullaron los Números tu sueño?
¿Quién me da los carbones irreales
de mi ardiente pasión, y la resina
que efunde en mis poemas su fragancia?

¿Qué voz suave, que ansiedad divina
tiene en nuestra ansiedad su resonancia?
 

Todo inquirir fracasa en el vacío,
cual fracasan los bólidos nocturnos
en el fondo del mar; toda pregunta
vuelve a nosotros trémula y fallida,
como del choque en el cantil fragoso
la flecha por el arco despedida.
 

Hermano mío, en el impulso errante,
nunca sabremos nada...
 

Y sin embargo...

¿Qué mística influencia
vierte en nuestros dolores un bálsamo radiante?
¿Quién prende a nuestros hombros
manto real de púrpuras gloriosas,
y quién a nuestras llagas
viene y las unge y las convierte en rosas?

Tú, que sobre las hierbas reposabas
de cara al cielo, dices de repente:
«La estrella de la tarde está encendida».
Ávidos buscan su fulgor mis ojos
a través de la bruma, y ascendemos
por el hilo de luz...
 

Un grillo canta
en los repuestos musgos del cercado,
y un incendio de estrellas se levanta
en tu pecho, tranquilo ante la tarde,
y en mi pecho en la tarde sosegado...
 

 

ACUARIMÁNTIMA 

Fragmentos

I
Vengo a expresar mi desazón suprema
y a perpetuarla en la virtud del canto.
Yo soy Maín, el héroe del poema,
que vio, desde los círculos del día,
regir el mundo una embriaguez y un llanto.

¡Armonía! ¡Oh profunda, oh abscóndita Armonía!

Y velaré mi arduo pensamiento
sotto il velame degli versi strani,
fastuoso, de pompas seculares;
perfecta en sí la estrofa del lamento
y a impulso de los ritmos estelares.

Columpia el mar su cauda nacarina,
e imbuida en la clámide del río
pasa en la bruma fúlgida la carne de la ondina.
Grana el campo nutricio, fluyen mieles,
una deidad inflama las horas con su llama
y loa el día azul un coro de donceles.

Romero: ¿no rebosa el corazón
por la noche de sombras evocadas,
por la tierra de arrugas trabajadas,
del Tiempo y el Espacio la múltiple emoción?

Brilla en las lejanías invioladas
vaga ciudad, e! viento da en los juncos,
los juncos gimen bajo el viento rudo...
Romero, ¡que se vierta el corazón!
y la ternura y la tristeza mía
canten en el crepúsculo: ¡Armonía!
Yo, Rey del reino estéril de las lágrimas,
yo, Rey del reino vacuo de las rimas,
con mis canciones ebrias
que un son nocturno hechiza
y con mis voces pávidas,
anuncio las cavernas del Enigma.
En mis siete dolores primarios se resume,
como en alejandrino paradigma,
la escala del dolor que el mal asume.

Tenebrosa, recóndita Armonía...

Mi numen, fuerte, no es aquel tan puro
como el cerrado corazón de un monte;
pero sobre sus ruinas de inocencias
haré brillar, ebrio del dolor puro,
una gota de luz del corazón del monte.

 

III
Como en la vaguedad de un espejismo:
-¿qué sabes? -mi conciencia me interroga,
fluïda en llanto entre mi propio abismo.

Y miro el mar ardiente, el monte flavo
que suaviza el azul, la estrella límpida
rielando en el rocío del capullo;
y en sus cunas los cándidos infantes,
cazados con las redes del arrullo
por el sueño de manos hechizantes.

Y vuelto a mí, gimiendo el corazón:
-¿qué sabes? -vanamente me interrogo,
mudo, bajo la múltiple emoción.

Sólo un saber escondo claro y justo;
llévole como antorcha y como daga
en medio del cerrado laberinto;
en su vasta amplitud mi fe naufraga
y hallo en su anchura incómodo recinto.

Se oyen sordos, roncos lamentos,
y alzan sus puños en el vacío
los pensamientos.

¡Oh menguado saber, pobre riqueza
de formas en imágenes trocadas,
ley ondeante, ciencia que alucina,
que cada noche en el silencio empieza
y cada día con el sol culmina!

¡Oh menguado saber de la iracunda
vida que ante mis ojos se renueva,
germinal y crüel, ciega y profunda;
madre de los mil partos y el misterio
que al barro humilla y a Psiquis subleva!

Como ventana que el azul del cielo
circunscribe, se entreabren los sentidos.
¡Pobre, ruïn saber! Y, sin embargo,
la leve mariposa del anhelo
entra por la ventana sin ruïdos.

Cuaja en el corazón de la manzana
la dulzura estival; la mariposa
vuela del fondo de la carne humana.
¡Que al claro cielo
suba el anhelo!

Por ese vuelo, la heredad natía
canté, con ritmo del ideal retorno,
en la ingenua parábola temprana.
En el turquí del éter desleía
un nácar tenue mi primer mañana.

Por ese anhelo entre los acres pinos
y las rosas en llamas del ocaso,
al hablar dejo la palabra trunca:
el tiempo es breve y el vigor escaso,
y la Amada ideal no vino nunca.

Por ese anhelo, en rimas balbucientes
canto el rojo camino que a la tarde
se pinta en la montaña evocadora,
o a la vívida luz del sol temprano,
como una obsesión conturbadora
de sangre y sangre en el azul lejano.

Y por él amo, en fin, y por él sueño
con una honda transfusión divina
de la luz en mi carne de tortura,
¡puesto que está la estrella vespertina
sobre el horror de esta prisión oscura!

Columpia el mar su cauda nacarina,
y en ustorios relámpagos de espejos
esplende en bruma de ópaco la carne de la ondina.
Y fluye Acuarimántima a lo lejos...
         

 

VI
Y fui después un numen transitorio,
sombra y canción en la embriagante tierra,
un sino raro y un deleite raro.
Ya el crepúsculo estivo el día cierra
y lejos brilla un tenebroso faro.

La dama de cabellos encendidos
fecunda con mi sangre sus huertos prohibidos.

Y una inquietud frenética y gozosa
mi paz, mi sueño, mi vigor consume,
y un huracán mi plenitud doblega.
¡Soy esa sombra que cruzó el camino,
en sangre tinta… de lujuria ciega!
Soy esa sombra pávida, cautiva
de un gran misterio en el Misterio oculto.
Huella la flor azul pata lasciva
de cabrón negro, y el divino himnario
sella Satán con sellos de su culto.
Mi pena errante con mi vino loco
en el turbión del vicio la sepulto.

Soy huésped de garitos y tabernas.
Disputo al "puede ser" un pan ingrato;
y dejo que mi carne, ruïn loba
de lúgubres anhelos arrecida,
se me abandone al logro del deleite,
desnuda en la impudicia de la vida.

Entúrbiase la clara inteligencia.
La idea afluye en nieblas ondulantes.
Es el goce monótona frecuencia:
igual en el deliquio y el suspiro...
¡Dadme un beso, un contacto y una esencia,
una sensualidad de nuevo giro!

 

IX
Honda, inmóvil, letárgica laguna
que semeja el sepulcro de la luna,
se tiende hasta el ilímite horizonte,
y a la tristeza vesperal se aduna
un viento de ultramar y de ultramonte.
Cantan en el crepúsculo
y un leve son de esquila
vuela en el éter trémulo.

Que mi rumor se extinga blando, tenue,
ola en onda, onda en pompa, pompa en iris,
como vágulo aroma en la memoria;
y me reintegre a la epopeya trunca
en la ciudad de nieblas de mi gloria.
Cantan en el crepúsculo. ¡Armonía!

Y que olvide la brega transitoria,
y el no ser más -y el no ser menos nunca-,
del hilo de oro del collar del día.
¡Armonía! ¡Armonía!

Y el ancla suelte a místicas regiones,
no humano ya mi desear: divino
mi poseer,
mientras en el desmayo del crepúsculo
rueda sobre los ásperos terrones
el carro del campesino,
y fulgura, real, tras el velo de mis lágrimas,
erigida por mi dolor con el mármol de mi poesía
-¡y mía, mía, mía!-
mi nebúlea azulina Acuarimántima.
¡Armonía! ¡Armonía!
 

 

LOS DESPOSADOS DE LA MUERTE 

Michael Farrel ardía con un ardor puro como la luz.
Sus manos enseñaban a amar los lirios
y sus sienes a desear el oro de las estrellas.
En sus ojos bullían trémulas luces oceánicas.
Sus formas eran el himno de castidad de la arcilla,
suave y fragante y musical.
Bajo sus bucles rubios, undosos y profusos,
parecían temblar las alas de un ángel.

Emiliano Atehortúa era muy sencillo
y traía una infantilidad inagotable.
Su adolescencia láctea, meliflua y floreal,
fluía por las escarpas de mi madurez
como fluye por el cielo la leche del alba.
Cuando le vi en el vano ejercicio de la vida
me pareció que me envolvía el rumor de una selva
y me inundó el corazón la virtud musical de las aguas.
Hay almas tan melódicas como si fueran ríos
o bosques en las orillas de los ríos!

Guillermo Valderrama era indolente y apasionado.
Como un licor de bajo precio,
la vida le produjo una embriaguez innoble.
Sus formas pregonaban el triunfo de una estirpe.
Había en su voz un glú-glú redentor
y su amante le llamó una vez
"el Príncipe de las hablas de agua".

Leonel Robledo era muy tímido
bajo una apariencia llena de majestad.
En el recóndito espejo de su ternura
se le reflejaba la imagen de una mujer.
Toda su fuerza era para el ensueño y la evocación.
Le vi llorar una vez por males de ausencia
y me dije: hay una tempestad en una gota de rocío,
y, sin embargo, no se conmueven los luceros...

Stello Ialadaki era armonioso, rosáceo, azulino,
como los mares de Grecia, como las islas que ellos ciñen.
Efundía del mundo algo irreal, risueño, fantástico.
Se le veía como marchando de las playas de ensueño
que rozaron las quillas de Simbad el Marino,
hacia las vagas latitudes
por donde erró Sir John de Mandeville.
Cuando le conocí tuve antojo de releer la Odisea,
y por la noche soñé en el misterio de las espigas.
¡Evanaam! ¡Evanaam!

Juan Rafael Agudelo era fuerte. Su fuerza trascendía
como los roncos ecos del monte a los pinos.
Alma laboriosa, la soledad era su ambiente necesario.
Sus ilusiones fructificaban como una floresta
oculta por los tules del "todavía-no".
Sus palabras revelaban la fuerza de la realidad,
y sus actos tenían la sencillez de un gajo de roble.

 

UN HOMBRE 

Al doctor Eduardo Santos. 

Los que no habéis llevado en el corazón el túmulo

de un Dios,

ni en las manos la sangre de un homicidio,

los que no comprendéis el horror de la conciencia

ante el universo,

los que no sentís el gusano de una cobardía

que os roe sin cesar las raíces del ser,

los que no merecéis ni un honor supremo,

ni una suprema ignominia.

 

Los que gozáis las cosas sin ímpetus ni vuelcos,

sin radiaciones íntimas, igual y cotidianamente fáciles,

los que no devanáis la ilusión del espacio y el tiempo,

y pensáis que la vida es esto que miramos,

y una ley, un amor, un ósculo y un niño.

 

Los que tomáis el trigo del surco rencoroso

y lo coméis con manos limpias y modos apacibles,

los que decís “Está amaneciendo”

y no lloráis el milagro del lirio del alba.

 

Los que no habéis logrado siquiera ser mendigos,

hacer el pan y el lecho con vuestras propias manos

en los tugurios del abandono y la miseria,

y en la mendicidad mirar los días

en una tortura sin pensamientos.

 

Los que no habéis gemido de horror y de pavor,

como entre duras barras,

en los abrazos férreos de una pasión inicua,

mientras se quema el alma en fulgor iracundo,

muda, lúgubre,

vaso de oprobio y lámpara de sacrificio universal:

 

Vosotros no podéis comprender el sentido doloroso

de esta palabra: ¡UN HOMBRE!