Y, sin embargo, tengo conocimiento desde hace meses de un manuscrito para el que parece tan difícil como siempre encontrar una editorial que lo publique, aunque tenga tanto valor, al menos, como el libro de Schreber en cuanto a contenido humano y literario y lo supere con mucho en claridad. Si esta breve mención pudiera suscitar un interés a su respecto, si estos breves extractos pudieran llevar al lector a conceder una mayor atención a los apuntes y a los folletos de locos, se habría alcanzado el doble objetivo de estas líneas.
Walter Benjamin, en Desembalo mi biblioteca
En esta nueva
entrega de Desembalo mi biblioteca me aproximo a la obra del
poeta Eduardo Castillo Gálvez, quien, tal como lo refiere Fernando
Charry Lara en el prólogo al libro El árbol que canta, fue una de las
voces más singulares debido a su rigurosa “fidelidad a una vocación”. Antes que
estar pendiente de los favores de políticos para conseguir cargos o difusión de
su obra, Eduardo Castillo le apostó todo a la lectura y escritura de poemas,
cuentos, crónicas, traducciones y notas críticas de literatura. Esto lo mantuvo
en un encerramiento y distanciamiento del mundo para vivir en función de la
poesía. Dice Charry Lara que “La imagen que de él nos ha quedado nos muestra un
cuerpo casi inmaterial, de mirada inexpresiva, que cruzaba huidizo al lado sin
hacerse notar, envuelto en los últimos años en su ensimismamiento y en la capa
romántica.”
El único libro que publicó Castillo fue El árbol que canta en 1928. En esta ocasión reseño la edición realizada en 1982 por el Instituto Colombiano de Cultura, en el que, como ya lo había adelantado, hay un prólogo del poeta Fernando Charry Lara, además de tres capítulos en los que se recogen otros poemas publicados en diversos periódicos y revistas, sus versiones poéticas (traducciones) y las notas sobre poesía colombiana.
Antes de pasar a la selección poética, comparto este otro fragmento del prólogo: “Fue demás Eduardo Castillo uno de los primeros poetas colombianos en reflexionar con apasionada lucidez acerca del fenómeno de la creación poética, lo que le confiere un presagio de modernidad. La poesía fue varias veces, como en el poeta moderno, asunto de sus poemas. A ello debió ser conducido por lecturas francesas, que desde la juventud le formaron mentalmente, según su declaración. Debió también conocer los textos de teoría poética de Poe, que no dejó de mencionar.”
Selección de poemas
DIFUSIÓN
Ya el otoño llegó, y aún busco aquella
novia lejana cuyo cuerpo leve
es un ampo de rosas y de nieve
en que embrujada se quedó una estrella.
Y aunque no pude ni encontrar su huella
y los inviernos de la vida en breve
escarcharán mi sien, algo me mueve
a seguir caminando en busca de ella.
Mas pienso a veces que quizás no existe
y que jamás sobre la tierra triste
podré con ella celebrar mis bodas,
o que este loco afán en que me abraso
la busca en una sola cuando acaso
se halla dispersa y difundida en todas.
EN LA MADRUGADA
Y a la luz dudosa
que por las rendijas
se filtra en la alcoba,
a pasos menudos
confiada y curiosa
– no hay gato en la casa
ni trampa traidora –
la señora Rata
trota… trota… trota…
Me estiro en la cama
con grata modorra…
Afuera, la calle
despierta afanosa
con sus varios ruidos
y sus voces todas:
acordes del piano
de la niña blonda,
de la vecinita
picante y donosa
que a estudiar madruga
su escala de notas;
son de martillazos
lejos, en la forja;
pregón conocido
de la vendedora
de flores y frutas
que pasa reidora
con su vasta cesta
de donde desbordan
los rojos jacintos,
las azules violas,
los grasos racimos
de uvas tentadoras
grávidos acaso
de avispas golosas…
Todos estos ruidos
entran en mi alcoba
y mecen y arrullan
mi grata modorra,
mientras junto al lecho
perdido en la sombra,
con pasos menudos
y leves que forman
un ruido de influencia
tranquilizadora,
la señora Rata
– muy digna matrona
pero ya harto obesa –
trota… trota… trota…
LA VAMPIRESA
Sobre el ara propiciatoria
del rito infando, y en el lúbrico
misterio de la misa negra
blanquea tu cuerpo desnudo.
Soberbiamente te destacas
sobre el terciopelo litúrgico
negro y bordado de mandrágoras,
tendida en un gran gesto impúdico.
Eres el vaso de impurezas
y abominaciones del culto
que en la negra noche del sábado
se rinde al gran Macho Nocturno.
Tus claros ojos de esmeralda
de un resplandor perverso y brujo
ostentan la violácea ojera
que imprime el beso de los súcubos.
Y en tu cuerpo de hermafrodita
aún hay quizás huellas del unto
con que las brujas se ungen
para ir a la cita del Cornudo.
(Cuerpo de senos incipientes,
de un bisexual encanto, y cuyos
brazos – cadenas infrangibles –
son tan hondos como el sepulcro.
Hierofanta del culto fálico
tu boca infunde – como el zumo
extraído de las cantáridas –
la roja fiebre del estupro.
El germen sacro de la vida
perece en tu vientre infecundo
como en un horno y de su sexo
emana un sepulcral efluvio.
El mal ubicuo, omnipotente
te dio todos sus atributos
y bajo el árbol de la ciencia
mordiste tu vedado fruto.
Hay en tu alma milenaria
hastiada y vieja como el mundo,
la sapiencia del pecado
y el vértigo de lo absoluto.
Hastiado de la hembra pasiva
y su pequeño amor insulso,
tu amor letal y tenebroso,
vampiresa, es lo que yo busco.
ARTE POÉTICA
Rien de plus cher que la chanson grise
oú l’imprécis au précis se joint.
Verlaine
Poeta: nunca pongas tu alma entera
en el canto;
lo que el artista deja, a
veces, inexpreso,
lo apenas sugerido o
insinuado, eso
es lo que a sus estrofas
presta mayor encanto.
Huye de lo preciso; prefiere a
los colores
el matiz, el suave semi-tono
confuso,
y deja que tus versos sean algo
inconcluso
para que los completen y acaben
tus lectores.
Ese será tu credo, artífice
que labras
tu obra para ti mismo con
humildad altiva,
pues sabes que el secreto del
arte sólo estriba
en decir muchas cosas con muy
pocas palabras.
EL SÚCUBO
A la media noche
cuando todo duerme
y reina en el mundo
misterio solemne,
a la hora medrosa
de trasgos y duendes,
lostrego del Diablo,
a mi alcoba viene
con su piel helada
como de serpiente
el infernal súcubo
de los ojos verdes.
Tiene el cuerpo anfórico,
los pechos eréctiles
y como una copa
de marfil el vientre.
Contra mi se ciñe
y su abrazo ardiente
que da al mismo tiempo
tortura y deleite.,
fustiga mis nervios
hasta que aparecen
los primeros ópalos
del alba en Oriente,
y al canto del gallo
al abismo vuelve
el infernal súcubo
de los ojos verdes.
Yo maldigo al monstruo
de besos crueles
en que está el amargo
sabor de la muerte,
mensajero ambiguo
del Bajísimo entre
cuyos muslos blancos
mi alma se pierde…
Pero sus caricias
aguardo con fiebre
cuando la tiniebla
nocturna me envuelve
y con pasos tácitos
a mi lecho viene
el infernal súcubo
de los ojos verdes.
CANTO A MI MISMO
Yo fui en mi vida breve, un
solitario
un ser contradictorio y vario
sin hogar, ni arrimo, ni casa;
un buscador de lo imposible,
algo tan fugitivo e inasible
como el viento que pasa.
Concentrado en mi propio
pensamiento,
lejos de cuanto aja y
deslustra
puse siempre un oído atento
al acento
del magnánimo Zaratustra;
y cual mora un león en yermo
muerto,
trágico y desolado,
viví orgullosamente rodeado
por veinte mil leguas de
desierto.
He despreciado las humanas greyes,
y, como un soberano,
en el gran conflicto humano
me he dado mis propias leyes
– Es humilde, – se dijo a
porfía
el vulgo incomprensivo e
indolente.
Pero es porque mi orgullo se
vestía
de humildad, demoníacamente.
Y así dado a la más alta
esperanza,
desdeñé la alabanza y la
censura,
pues siempre me sentí a mayor
altura
que la censura o la alabanza.
Sólo una ley acaté en mi
oscuro
ambular por la áspera senda
donde siempre en distinto
lugar planté mi tienda,
y fue la ley de Delos: – Sé puro.
He corrido tras más de un
espejismo
y puse el pie en más de un
sendero,
pero
las mayores distancias las
recorrí en mí mismo.
Alma mía:
yo te di, con amor
todo el dolor
y toda la alegría;
entretejí en tu corona
violetas y jacintos color de
vino
con gloxinias y euforbios
cogidos en la zona
de un negro, envenenado jardín
luciferino.
Pero solo ante la Belleza
se dobló tu cabeza,
y tu sentir fue ante ella tan
profundo,
que a pesar de tu externa
calma,
el sitio en que te hallabas,
alma,
fue siempre el más sensible
del mundo.
La plebe del alma triste y
opaca
te vio en atónito mutismo
danzar sobre tu propio abismo
con alegría dionisíaca;
y con terror infinito
te miró complacerte en más de
un juego
mortal y arder en tu fuego
como la salamandra del mito.
Alma mía, con el eterno júbilo
y el dolor del que se inmola
yo forjé para ti, para ti
sola,
un cielo y un infierno.
De las amargas, corrosivas
heces
de tu copa, merced a una
eximia
y complicada alquimia
extraje el licor de tus
grandes embriagueces.
Y hoy bajo la luz ustoria
que sazona los frutos opimos,
tu vid ofrece, pródiga, la
gloria
y la opulencia autumnal de sus
racimos.
Mas tus hilos de oro se
truncan ya. Y el resto
es silencio. Por eso quieres
dar término a tu viaje entre
placeres
y músicas con un hermoso
gesto,
y que sobre la sepultura
en que yazga, hecha polvo, tu
mortal envoltura
en marmórea urna exigua,
no se trace vano lamento,
sino el epitafio de la tumba
antigua:
“Aquí yace el rumor del viento”.



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