martes, 22 de septiembre de 2026

Carlos López Narváez en Desembalo mi biblioteca 11


En un cuento de Andersen aparece un libro infantil del que se dice que fue comprado «por la mitad del reino». Todo en él estaba vivo. «Los pájaros cantaban, los personajes salían del libro y se ponían a hablar». Pero en cuanto la princesa volvía la página, «saltaban de nuevo al interior para evitar cualquier desorden». Delicado y difuso, como mucho de lo que escribe el autor, este pequeño hallazgo poético toca de cerca lo que estamos tratando. 

Walter Benjamin

 

Volvemos en un nuevo encuentro con las sorpresas que nos traen las bibliotecas. Hoy les comparto una selección de la obra del poeta y traductor payanés Carlos López Narváez (1897-1971). Aunque es un autor que hoy no está entre los más estudiados de la literatura colombiana, dejó un legado muy importante, especialmente como traductor. Su obra se recoge en seis libros, siendo Cartas a una sombra (1948) el único con “poemas originales”, tal como él mismo lo subtituló. Previamente había publicado La voz en el eco (1942), el cual contó con un prólogo y epílogo del poeta Guillermo Valencia y con ilustraciones de Gérard Reichel-Dolmatoff. Este es su primer trabajo de traducciones (versiones, en sus propias palabras) de poetas franceses. Luego vendría El cielo en el río (1952), con un prólogo del intelectual nariñense, Ignacio Rodríguez Guerrero; aquí no solo continúa con traducciones de poetas franceses, sino que extiende su trabajo a versiones de poetas haitianos, norteamericanos y letones. El cuarto libro es El tiempo en la brisa, en el que avanza en su anhelo de acercar más voces al castellano, provenientes de epigramas griegos, otros poetas franceses, vates italianos, portugueses, ingleses y canadienses. El quinto y sexto libro fueron resultado de su piadosa religiosidad católica, lo que le valió el apodo entre sus colegas de “Monseñor López Narváez”. El primero de ellos, Las letanías de la Virgen (1946), es una traducción del original francés de Armand Godoy; y el otro, lo tituló Doce semblanzas de “Jesús, Hijo del Hombre” (1953), traducciones seleccionadas de un libro de Kahlil Gibran. 

De La voz en el eco, los hijos del poeta hicieron una segunda edición en 1996, para recordar la obra de su padre a los 25 años de fallecido. En ella se conservan prácticamente todas las características de la primera edición, salvo una variación en el tamaño, una foto distinta y la inclusión de unas palabras de presentación, redactadas por Alina López de Rey. En mi biblioteca conservo las dos ediciones de este libro y para esta presentación les comparto la primera, de 1942, realizada en las prensas de la Biblioteca Nacional.

 


 Hacia 1970, el Ministerio de Educación Nacional y el Instituto Colombiano de Cultura Hispánica, realizaron una edición a la que titularon Itinerarios de poesía, en la que se recogen los seis libros antes mencionados. Esta publicación, de 454 páginas, correspondió al número XVII de las Ediciones de la Revista XIMENEZ DE QUESADA y fue impreso por la Editorial Kelly de Bogotá D.E. En esta selección de la obra más representativa, como lírico y traductor, de López Narváez, no se recogen otras publicaciones breves, entre ellas, la versión de tres poemas de Paul Claudel (1950), que contó con un prólogo de Andrés Holguín. Y tampoco se considera el único trabajo en prosa de López Narváez, titulado Putumayo 1933. Diario de guerra, el cual fue concebido a partir de las impresiones del autor, tras desempeñarse como auditor de guerra durante el conflicto entre Colombia y Perú.


SELECCIÓN POÉTICA

 

De CARTA A UNA SOMBRA


A QUÉ… 

Ya perdieron su arrullo los ocasos

y los abismos florecieron huesos 

Matilde Espinosa

 

A qué llevar hacia el azul los pasos;

a qué nombrar las cosas dulcemente,

si para la penumbra confidente

ya perdieron su arrullo los ocasos.

 

A qué entreabrir los sitibundos besos;

a qué dejar la rosa en la ventana…

Bajó desde los cielos lumbre vana

y los abismos florecieron huesos.

 

A qué mecer la tarde entre los brazos,

ni sentarse a la orilla de la fuente,

si en el sordo rugido del torrente

ya perdieron su arrullo los ocasos.

 

Inútiles ya todos los regresos,

divaguen en la sombra nuestros pasos:

ya perdieron su arrullo los ocasos

y los abismos florecieron huesos

 

ELEGÍA 

Had love been Love

he had not died 

Louise Ch. Moulton

 

–¿Ha Muerto aquel que fuera nuestra vida?

Ciérrale, pues, los ojos; en el pecho

mis violetas espárcele: su lecho

tendrá así la fragancia preferida.

 

Una dulce canción estremecida

diga el encanto de que estaba hecho;

para su levedad fue el mundo estrecho,

y ya todo lo nubla su partida.

 

Las estrellas remotas y calladas

bajo el azul silencio de la noche

bañen de eternidad su rostro yerto;

 

Hasta que un día –lumbre de alboradas –

diga a tu alma en íntimo reproche:

Si hubiera sido amor no hubiera muerto

 

DOÑA TARTUFA

 

Del traje oscuro bajo el porte serio,

con Dios y sus ministros confianzuda,

ejerce por su estampa linajuda,

de la moral externo magisterio.

 

Cada mañana llega al presbiterio,

y a codazos entrando corajuda,

la bayoneta de la lengua aguda

le tiende al eucarístico misterio.

 

Ante un hombro desnudo se alborota,

un corpiño turgente la horripila,

el chisme conyugal urde y explota.

 

Y allá en su alcoba ingrávida desfila

la visión de sus sueños en derrota

al dormirse leyendo a Vargas Vila. 

 

PLEGARIA EN SOMBRA

 

Voluntad de vivir, ¡no me abandones!

Memoria del Dolor, ¡tórnate canto!

En vino de Caná, cámbiate, llanto,

para el convite de los corazones.

 

Clarividencia en las desolaciones,

dóre mis noches tu celeste manto,

y que arrulle desvelos de quebranto

la muda voz de las constelaciones.

 

De la Sombra filial – fanal imagen –

hasta mi pecho los destellos bajen

por júbilos serenos rescatada;

 

y a su beso estelar sobre mi frente,

séas un día, santa y dulcemente,

Voluntad de vivir, abandonada. 

 

¡BIEN VENIDA!

 

Bien venida serás, Hermana Muerte,

cuando vengas, y blanda como brisa

cierres mis ojos con tu gran sonrisa

y me recojas en tu brazo fuerte.

 

Si llegas con el alba, a la indecisa

gris claridad que en mi recinto vierte

hazlo callada: nadie más despierte

con tu paso, y acércate sin prisa.

 

Si para descubrir mi sér oscuro

necesitas la luz del sol que arde

me verás como hiedra sobre un muro.

 

Mas… déja que al crepúsculo te aguarde:

mi corazón, con su latir más puro,

hace tanto agoniza con la tarde.

 

 

De LA VOZ EN EL ECO

Traducciones 

De Charles Baudelaire / Poemas de “Les fleurs du mal”

 

REMORDIMIENTO PÓSTUMO

 

Cuando duermas por siempre, mi amada Tenebrosa,

tendida bajo el mármol de negro monumento

y por tibia morada y por solo aposento

tengas, no más, el antro húmedo de la fosa;

 

Cuando oprima la piedra tu carne temblorosa,

y le robe a tus flancos su dulce rendimiento,

acallará por siempre tu corazón violento,

detendrá para siempre tu andanza vagarosa.

 

La tumba, confidente de mi anhelo infinito

(compasivo refugio del poeta maldito)

a tu insomnio sin alba dirá con gritos vanos:

 

“Cortesana imperfecta – ¿de qué puede valerte

denegarle a la Vida lo que hoy llora la muerte?

Mientras – ¡pesar tardío! – te roen los gusanos.

 

 

De EL CIELO EN EL RÍO 

Traducciones 

De Emily Dickinson

 

EMBRIAGUEZ

 

En jarros tallados en nácar

apuro un licor ignorado…

Tal vez ni del Rhin en las cavas

pudiera mi sed encontrarlo.

 

Con una embriaguez de rocío,

borracha de incógnitos hálitos,

tabernas de azul diluído

recorro en perpetuos veranos.

 

Cuando las abejas

y las mariposas,

agobiadas, ebrias,

vuelen de las pomas,

aún libaré yo mi vaso

de extraño licor…

Hasta que los ángeles

me agiten su níveo penacho,

y a los ventanales

celestes se asomen los santos

para contemplarme

borracha de azul y de sol.

 

 

De EL TIEMPO EN LA BRISA 

Traducciones 

De Dante Alighieri

 

TANTO GENTILE…

 

Tanto es gentil el porte de mi Amada,

tánto digna de honor cuando saluda,

que toda lengua permanece muda

y a todos avasalla su mirada.

 

Rauda se aleja oyéndose ensalzada

– Humildad que la viste y que la escuda –,

y es a la Tierra cual celeste ayuda

en humano prodigio transformada.

 

Tanto embeleso el contemplarla inspira,

que al corazón embriaga de ternura:

lo siente y lo comprende quien la mira.

 

Y en sus labios, cual signo de ventura,

vagar parece un rizo de dulzura

que el alma va diciéndole: ¡Suspira!

 

 

De Cesare Pavese 

LA MUERTE Y TUS OJOS

 

Cotidiana y nocturna compañera,

la Muerte, sorda, muerte desvelante,

– como desvela un gran remordimiento –

– como desvela un vicio –

la Muerte ha de venir: tendrá tus ojos.

 

Mirada que será silencio grávido,

una palabra muda, un grito tétrico.

¿Tú misma no lo ves cada mañana,

inclinada ante ti, frente al espejo?

 

¡Oh ardida esperanza!

También nosotros tal día sabremos

que así como la vida, eres la Nada.

 

La muerte a todos lanza una mirada.

La muerte llegará: tendrá tus ojos.

Será como dejar un vicio, como

ver aflorar del fondo del espejo,

como del mar, un rostro muerto, lívido.

 

Como escuchando una sellada boca,

mudos descenderemos al abismo.

 


 

lunes, 17 de agosto de 2026

Rafael Maya en Desembalo mi Biblioteca 10

 


Enigma en imagen, el jeroglífico no es exactamente tan antiguo como los enigmas en forma de preguntas oscuras y refinadas, cuyo ejemplo más famoso sigue siendo el de la Esfinge. Tal vez ha sido necesario que el hombre haya sentido declinar en alguna medida su respeto ante la palabra, antes de atreverse a distender la relación, aparente mente tan sólida, entre el sonido y el sentido, para invitarlos a jugar juntos.

Walter BenjaminDesembalo mi biblioteca

 

Retomo el recorrido por mi biblioteca, después de un mes dedicado a la lectura de la obra poética completa de Rafael Maya, una de las voces más destacadas de la llamada Generación de Los Nuevos, que comenzó sus publicaciones en la tercera década del siglo XX en Colombia. En Maya se juntan con similar altura, el trabajo de crítico y la creación poética, ambos desarrollados a lo largo de sus más de 60 años dedicado a la vida literaria, que dejó plasmada, entre otros, en sus 9 poemarios: La vida en la sombra, Coros del mediodía, Después del silencio, Final de romances y otras canciones, Tiempo de luz, Navegación nocturna, La tierra poseída, El retablo del sacrificio y de la gloria y El tiempo recobrado.

El libro más antiguo que conservo del poeta payanés es Obra poética, publicado en 1958, en la Biblioteca de Autores Colombianos del Ministerio de Educación Nacional, Ediciones de la Revista Bolívar. En esta publicación se recogen los cinco primeros libros de Rafael Maya.

 


También me acompaña La tierra poseída (1964), que hace parte de la Colección Canal de Autores Colombianos. Es uno de los libros en donde más profundidad encuentro y quizás el menos tenido en cuenta por las antologías, aunque tiene poemas tan emblemáticos como Yo me llamo la piedra, Sangre, Aquí se canta el pino y El relato de la hormiga. Los cito porque no están en la selección que transcribí, debido a que son un poco extensos, pero invito a leerlos con detenimiento.

 


El tercer libro que está presente en mis estantes es Poesía (1979), el cual recoge los nueve libros publicados por el poeta. Fue editado por el Banco de la República en una edición de 510 páginas, con una presentación de Jaime Duarte French, de la que cito estos fragmentos: 

“El ensayo crítico ha sido, ciertamente, el instrumento de precisión con que Rafael Maya ha llevado a cabo su portentosa tarea de revisión, clasificación, y promoción de la literatura colombiana desde los orígenes coloniales hasta los días presentes.” 

Más adelante, refiriéndose a la poesía de Maya, French anota: “esta es una poesía que corre naturalmente por el espíritu, que lo impregna noblemente, que se esfuma por los sentidos, que penetra suave y dulcemente en el entendimiento, que discurre con leves ondulaciones por la sensibilidad, que alienta de ensueños las horas y puebla de amables reminiscencias el corazón.” 


Finalmente, reseño la Antología Poética (2010), en edición de lujo, cuyo trabajo de investigación y edición lo realizó la hija del vate y también poeta, Cristina Maya.

 


Selección de poemas

 

LA VOZ

 

Yo vengo de un naufragio. La inhóspite ribera

me vio, con los cabellos de hierba entretejidos,

salir cuando a lo lejos rompía mi galera

contra una roca fúnebre sus palos abatidos.

 

Y estoy aquí y aún siento la tórpida sordera

del abismo. Oigo voces y oigo extraños ruidos,

y vagas consonancias de una lengua extranjera

que aprendí en el silencio de los valles dormidos.

 

Ando como un ilota entre las gentes. Nada

me dice este convulso vivir en que se agita

la turba. Hay una voz que llora desterrada

 

en la ciudad babélica que llevo entre mí mismo.

Es una voz que sabe mi corazón y grita

de muy hondo, llamándome otra vez al abismo.

 

 

LA MUJER SOBRE EL ÉBANO

 

In memoriam S. T. R.

 

La Piedra

Él

La Sombra

La Hierba

 

La Piedra

 

– Yo fui engendrada en la noche,

lejos de las riberas de la luz.

Soy ciega porque la sombra horadó mis pupilas

para conservar en sus cuencas

el agua que lloran las f1ores de la nube.

Mi sueño pesa sobre el mundo.

    De mis entrañas han nacido las ciudades.

Me curvo como el dorso de una bestia

para estrechar, sobre el agua y sobre el vértigo,

la amistad salvaje de dos rocas.

También guardo la estrella  

que brota de mi flanco herido

como se escapa el relámpago de su caja de ébano.

Canto la destrucción,

y rompo la frente constelada de piedras lumínicas,

pero hago imperecedera la lágrima

que cayó sobre la tierra

como la semilla de un astro inmemorial.

Hoy me traes a la muerta,

a la inolvidable criatura

en cuya faz de hielo aparecen ya las primeras violetas.

Tiene los párpados cosidos

con el hilo que labran los ángeles subterráneos,

y en su boca, que se colmó de palabras

dulces, como una flor se colma de rocío,

hay una gema invulnerable que la consagra al silencio

como si fuera la novia de su sombra.

 

El

 

– Buena piedra, yo te saludo en la mañana

que tiembla sobre el mundo como un gran puente de zafiro.

Conozco tu dura estirpe

porque contra tí se rompió mi esperanza muchas veces,

y tú te me ofreciste en lugar del pan,

mezclando en mi boca tu áspera levadura  

al sabor de las hierbas amargas.

Pero hoy vas a ser blanda como una gavilla

de heno, porque te traigo a la muerta,

a la mujer que fue más frágil que sus propias pestañas,

y más suave que su túnica de hilo.

Vas a guardarla, buena piedra,

inmune a la avidez del gusano,

perfecta en su color, como las nubes altas,

y rodeada de sus perfumes como de una atmósfera sensible

que renueve constantemente la humedad de sus ojos.

 

La Sombra

 

– Yo rodearé la piedra

con mis legiones unánimes de ángeles ciegos,

para vigilar su sueño del que fluye la paz a modo

de un gran río de aceite lleno de esquifes musicales.

Tejeré con mis dedos,

acostumbrados a pulir el diamante,

una veste más rica que las túnicas donde se extingue la luz

y desfallecen las primaveras terrestres

en la sonrisa de la seda, que nace y muere al mismo tiempo;

y la teñiré con mis jugos activos

que se decantan en las entrañas de la tierra

y, ni vestida por las flores,

bajo el cielo del alba que desata su guirnalda de alondras,

la verás tú más bella que en la cámara subterránea

donde la muerte ha congelado el agua de todos los espejos.

 

La Hierba

 

– Yo, la humilde, huésped liviana del camino,

la virgen hollada no obstante su corona de perlas,

le hablaré de la luz y del campo,

y de los pájaros que llevan una canción como las barcas.

Transmitiré hasta sus huesos todas las vibraciones cósmicas.

Seré el conductor de los fluidos vitales

que mantengan latente el ritmo de sus arterias,

y a su corazón vigilante

le diré la verdad del día

y el secreto que guarda la boca dura de la noche.

 

El

 

– Buena hierba, yo te saludo en la mañana

que cierne a través de sus dedos de cristal

la arena de oro depositada en los cauces celestes.

Saludo tu estirpe numerosa

que predica por toda la tierra la virtud de las semillas,

y ha tomado posesión del valle y del monte

a nombre de la luz eternamente creadora.

Salud, buena hierba. En su barca de ébano,

entre la marea de la luz que yergue sus espigas vibrantes,

llega a ti la mujer cuyo sueño flota sobre sus párpados

como una nube de verano

sobre un pueblo inocente por cuyas calles corre el agua descalza.

 

La Piedra

 

– Yo la espero desde la noche

en que la palidez se introdujo en sus venas

como una onda láctea que la hermanó con la luna

de invierno. Desde la noche en que su piel,

bañada de una sangre más rica en calor que el vino,

tomó la blancura del nardo

que disuelve la aristocracia de su anemia entre el agua.

 

La Sombra

 

– Yo la espero desde la tarde

en que sus ojos, siempre fieles al suelo

como los ojos de las bestias familiares,

comenzaron a captar sólo imágene1 sobrehumanas,

¡Sus ojos! Molicie de terciopelo

con relámpagos perezosos de humedad y de llama.

Mórbido infierno donde ardía tu espíritu,

en combustión de aromas,

como el cuerpo de un mártir en una hoguera de resinas.

Honda noche de raso

Luctuoso, batida por un cierzo de lágrimas,

entre la parpadeante agonía de las estrellas desnudas.

 

La Hierba

 

– Yo la espero desde que sus manos,

llenas de signos oscuros como el dorso de las esfinges,

se abrieron hacia la tierra

con fatiga infinita después de haber sostenido

la copa donde la vida vierte su vino y sus canciones.

 

El

 

– Oh piedra, oh sombra, oh hierba,

ya es vuestra. Y a va a integrarse a los elementos

primordiales, a las materias puras

donde irradia la luz de la conciencia universal.  

Es vuestra. Arrebatada a las horas

terrestres, que hacen mover el índice de la sombra,

ya pertenece al tiempo inmóvil

cuyos cristales congelados sólo copian cosas eternas.

Y sin embargo, fue bella cuando ordenaba sus actos

a la música perecedera del día.

Cuando entre todo lo frágil, en su reino de mariposas,

era vulnerable a los filos del aire

y a las antenas de la luz que podían herirla mortalmente

como a una flor acribillada por las agujas del crepúsculo.

 

La Hierba

 

– Coronada de sol, como un árbol,

vestida de azul y de viento bajo el engaño de las nubes,

yo la vi pasar rigiendo todo el paisaje

que era una melodía desmayada sobre las cuerdas de los sauces.

Se encendía la atmósfera

en torno de su cabeza coronada de cabellos violentos.

Parecía una victoria destinada no a la galera heroica

sino a la columna del lecho donde la sombra acalla el gemido

del amor, más profundo que el arrullo de las palomas.

Yo la vi pasar, armada del arco guerrero,

despojando los árboles donde la vida cuaja sus frutos,

para embriagarse de miel como las abejas

que transportan jardines a través de las noches doradas.

La tierra le era tan querida como sus sueños,

y al erguirse, a modo de las criaturas vegetales,

proyectaba sobre el césped la misma sombra de un arbusto.

En las horas atónitas, durante la agonía del cielo,

había en sus labios cerrados una mudez semejante

a la mudez de la selva donde ha muerto un pueblo de pájaros.

sin babor aprendido las canciones nuevas del alba.

 

La Sombra

 

– Yo la vi bajo el esplendor rosado

de la pantalla que vertía sobre sus mejillas

el fulgor de un otoño casi excesivo en la riqueza

de sus hojas. Su rostro estaba grave

como el de un ángel inclinado sobre el espíritu de un hombre.

Más allá, la noche era cruel y pesada

como un ídolo. Sin embargo, había una piedad inmensa

en la voz de la tierra cuando anunciaba el nacimiento

de una flor, que era adorada por los pastores.

Ella, las manos sobre el libro,

sentía fluir las horas con el propio ritmo de su sangre,

y su silencio y los espacios de la página

eran la misma cosa bajo el arco terreno de su frente.

 

La Piedra

 

– Yo vi su desnudez ligera

dorar la alcoba, como la luna un puerto nocturno.

Parecía que de sus hombros

arrancaban dos llamas para iluminar su cuerpo,

y que toda ella, desde la raíz de las vértebras

hasta el nácar mínimo de las uñas,

participase alegremente de la energía elástica del fuego.

 

El 

 

– Oh piedra, oh hierba, oh sombra,

ya es vuestra. Se han roto sus coyunturas

para que caiga sobre el fondo de ébano,

cuajada en un silencio azul de hielo compacto.

La que fue toda ritmo, la espiral de marfil y de rosa,

está presa dentro del círculo de la danza

y en pliegues patéticos cae el velo desde sus hombros.

Sí. Vendrán para la tierra joven

nuevos bailes y nuevas tribus de golondrinas,

y ella estará inmóvil. Vendrán otras canciones

a rebosar las noches con su anónima ternura,

y ella no podrá oírlas. Vendrán lejanas voces

de niños, anunciando las estrellas del alba,

y ella estará muda. Habrá fiestas sobre la tierra,

y el beso cambiará de gusto

en la perpetua renovación de los trajes y de los vinos,

y ella seguirá con su túnica pobre

y su peinado enriquecido de luces falsas,

como una sombra detenida al margen de un gran espejo.

En vano las rútilas mañanas

quebrarán su diamante sobre la piedra de la nube,

porque ella no saldrá, bajo el cielo,

a recibir la unción dorada en sus brazos.

En vano la tarde, poblada de voces hondas,

morirá de una pena de flores y una ausencia de lágrimas,

porque ella no vendrá a perfumar sus manos

en medio de la hierba, para recibir el primer lucero.

En vano la noche – oasis cálido –

enviará su concierto de ácidas flautas perezosas,

porque ya la sombra invadió su lecho

como el agua que cubre un arrecife de jazmines.

¡En vano he de gritar contra el muro de bronce!

¡En vano he de pedirla a los demonios o a los ángeles!

¡En vano! La mujer repo1a sobre el ébano.

 

 

ELEGÍA DEL BARRIO VIEJO

 

Guardaban el barrio

caserones viejos,

un fanal sin vidrios,

cuatro pinos negros,

un gato enigmático

y un rubio sargento.

La acequia constante

corría en un lecho

de azules retamas

y floridos berros.

Colgaban de cuerdas

remendados lienzos,

mantos de beatas,

camisas de obreros.

 

Había ventanas

orladas de tiestos,

con verdes espárragos

y lirios abiertos.

Oh mi dulce barrio

– cal blanca, azul cielo –

vestido en el día

como un marinero.

La ciudad quedaba

lejos de él, muy lejos,

con su parpadeo

de focos eléctricos,

y su gris espalda

llena de letreros.

Era el barrio pobre

cabildo de perros,

portal de poetas

y de pordioseros,

refugio de brujas,

palenque de ciegos,

campo de truhanes

y escape de clérigos.

Crecía la yerba

bajo los aleros,

y en cada tejado

los gallos derechos,

con capa de púrpura

y espuela de hierro,

regían la calma

del precio doméstico.

 

Bajaba el domingo

los áridos cerros,

como áureo jinete

de verde sombrero

la solapa ornada

con flores de trébol.

Sobre las aceras

los zapatos nuevos

soltaban su rápido

guiño de reflejos.

El barrio se abría

como tolda al viento,

con risa de cintas

y aire de pañuelos.

La banda, a un extremo,                   

de músicos viejos,

tocaba los valses

con que los abuelos

bailaron en fiestas

de albahaca y romero.

Cuando al medio día,

de la torre al suelo,

caían las doce

miradas del tiempo,

el barrio quedaba

tranquilo y desierto,

con sus cuatro esquinas

en poder del viento.

Venía la luna

de rosa y almendro,

poniendo en las puertas

su blanco florero,

y entonces el barrio

olía a convento

donde alzan las tapias

jazmines selectos.

Tejían los grillos

música de huecos,

y el aire cruzaban

ruiseñores ciegos

lanzando a la tierra

cristal de luceros.

¡Qué plata de risas!

¡Qué espuma de juegos!

¡Qué claro paisaje

de fuentes y espejos!

Cantaban mujeres

al són de los élitros

canciones de mares

y coplas de puertos.

Y en cada ventana,

con sus filos trémulos,

el beso partía

gargantas y senos.

 

Aquel barrio era

muy nuéstro, muy nuéstro,

como las sortijas

que había en tus dedos,

o como el menudo

lunar que por negro

valía lo mismo

que por lo secreto.

Estabas fragante

como rojo tiesto

de flores. Tu carne,

de un blanco moreno,

destellaba en cúpulas

de apretado hielo,

o en valles con suave

rizo de cordero.

Tus ojos tenían

fierezas y miedo,

como sangre y lágrimas

en un mismo acero.

Llenabas la casa

de olor, como el cedro

de que se fabrican

el arcón y el lecho.

Y entre tantos seres

de apacible aspecto,

que te rodeaban

en sumiso cerco,

tu voz era mando;

tu frente, silencio;

sentencia, tu boca,

y tus pies, ejército.

 

Pero hoy ya no existes

y tallos enhiestos

convierten en polen

la cal de tus huesos.

Al barrio legaron

unos hombres feos,

con máquinas sordas

y con cables negros.

Y arrastrando muros

y partiendo techos,

entre densas nubes

de polvo siniestro,

levantaron fábricas

anchas, de cemento.

Ventanas cuadradas,

paredones rectos,

y entre los confusos

hilos del teléfono,

deshechas las alas

trémulas del cielo.

Ni una flor, ni un ave

en el barrio nuevo,

con frialdad pareja

de circo geométrico.

¡Quien volviera a verte,

rincón de mis sueños,

dormido entre claras

lunas de recuerdo!

¿Por qué te enterraron

bajo piedra y yeso,

jardín de sus ojos,

vergel de mis besos?

Pero en rubias tardes

de estrella y de céfiro,

por las calles grises

a solas paseo.

La luna delgada

baja por los cerros

como esposa errante

de marino muerto.

De pronto en los aires

escucho tu acento,

y en tu acento llega

todo el barrio viejo.

 

 

SEREMOS TRISTES

 

Oye, seremos tristes, dulce señora mía.
Nadie sabrá el secreto de esta suave tristeza.
Tristes como ese valle que a oscurecerse empieza,
tristes como el crepúsculo de una estación tardía.

Tendrá nuestra tristeza un poco de ufanía
no más, como ese leve carmín de tu belleza,
y juntos lloraremos, sin lágrimas, la alteza
de sueños que matamos estérilmente un día.

Oye, seremos tristes, con la tristeza vaga
de los parques lejanos, de las muertas ciudades,
de los puertos nocturnos cuyo faro se apaga.

Y así, bajo el otoño, tranquilamente unidos,
tú vivirás de nuevo tus viejas vanidades
y yo la gloria póstuma de mis triunfos perdidos.

 

LA ALMOHADA

 

Ceniza por el suelo amontonada

donde tiembla el rescoldo de mi vida;

nube que, a la tiniebla sometida,

se hace trono de luz en la alborada.

 

Pedestal de la escala inacabada

por donde baja el sueño hasta la vida;

ala sobre el torrente suspendida,

témpano de la noche constelada.

 

Eso eres, almohada confidente,

que me preparas para el otro sueño

cuajando nieve en torno de mi frente.

 

Que al final, contra el cielo iluminado,

veré del mundo el último diseño

en tu albo encaje a mi mudez pegado.

 

 

EL GRILLO

 

Volvéis, estrellas del fragante estío,

a alumbrar estos viejos corredores,

donde sombras de antiguos moradores

discurren con cansado señorío.

 

Este es el patio de esplendor sombrío

de donde huyó la corte de las flores,

y estos los ya callados surtidores

que poblaban de arpas el vacío.

 

Un grillo, nuevo huésped de la hiedra,

canta las ruinas del hogar desierto

tomando posesión de cada piedra.

 

Y ante la luz del firmamento, escasa,

voy por los corredores como un muerto

a disputarle a ese cantor mi casa.

 

ESTAMPA CLÁSICA

 

Este es el viejo portalón que pudo

desafiar de los siglos el ultraje,

y que soporta la presión salvaje

de una piedra labrada como escudo.

 

Altar pegado al paredón desnudo

semeja, con recuadros como encaje,

con pámpanos robados al follaje

de otoño, y con un sátiro barbudo.

 

Mezcla barroca de lo fuerte y fino,

aquí compiten bárbaro y latino

sobre el genio rebelde de la piedra.

 

Adentro un patio, un torreón deshecho,

y un hidalgo con fiebre a cuyo lecho

llega en silencio la invasora hiedra.