miércoles, 4 de febrero de 2026

Desembalo mi biblioteca 3 - José Asunción Silva

 


Qué de recuerdos no se acumulan en la memoria, una vez que uno se ha zambullido en la montaña de cajas para extraer de ella los libros sacándolos a la luz del día, o, mejor aún, caída la noche.

Walter Benjamin

En esta tercera entrega me detengo ante José Asunción Silva, el poeta colombiano que, quizás, ha sido más editado en toda la historia de las letras colombianas, y cuya vida y obra ha ido adquiriendo, con el paso de los años, cierto carácter mítico. Hoy voy a compartir cuatro libros que nos hacen un recorrido por su obra.

En la edición de la Obra Completa, realizada por la colección Biblioteca Ayacucho en 1977, señalaba el prologuista, Eduardo Camacho Guizado, que “José Asunción Silva ha llegado a ser una especie de leyenda, un “caso” de la sensibilidad poética, de la exquisitez de espíritu, de la genialidad enfermiza, de los desvíos del ser superior, del conflicto con la realidad que tiene toda alma privilegiada, y en fin, de la psicopatología del genio artístico.”


Por su parte, Héctor Hugo Orjuela, quien realizó la edición crítica de Poesías para la publicación del Instituto Caro y Cuervo en la colección Biblioteca Colombiana, realizada en 1979, anotó lo siguiente: “Silva precisamente vale porque cultivó un arte depurado, porque no creyó en la abundancia ni en la improvisación, y porque su poesía es trasunto de un irreprimible deseo de belleza y de una incesante, y a ratos angustiosa, indagación de la vida y del misterio.”




Un tercer libro que conservo es el editado por la Casa de Poesía Silva, en su segunda edición de diciembre de 2013, el cual lleva por título José Asunción Silva. Poesía completa. De sobremesa. El prólogo lo realizó Gabriel García Márquez y el estudio preliminar estuvo a cargo de Fernando Charry Lara, quien dice que Silva es “uno de los primeros poetas en enfrentarse al lenguaje como creación. Su poesía, aparentemente sencilla por el desgano hacia las imágenes, voces o alusiones eruditas, a las que tan dado era el gusto de la época, plantea, en primer término, la necesidad de que, en virtud de la magia de la palabra y “como las vagas formas del deseo”, sea posible la expresión de las sensaciones.”


Finalmente, y además como un homenaje al trabajo de editor de Gerardo Rivas Moreno, quien creó el sello editorial Fica (Fundación para la Investigación y la Cultura), sumo a esta selección el cuadernillo José Asunción Silva. Antología Poética, el cual hizo parte de la Colección de Poesía Quinto Centenario, que reunió a Poetas de España y América. Este cuadernillo, el número 13, fue editado en agosto de 1990.



POEMAS DE JOSÉ ASUNCIÓN SILVA

  

Vejeces

Las cosas viejas, tristes, desteñidas,
sin voz y sin color, saben secretos
de las épocas muertas, de las vidas
que ya nadie conserva en la memoria,
y a veces a los hombres, cuando inquietos
las miran y las palpan, con extrañas
voces de agonizante dicen, paso,
casi al oído, alguna rara historia
que tiene oscuridad de telarañas,
son de laúd, y suavidad de raso.
 

¡Colores de anticuada miniatura,
hoy, de algún mueble en el cajón, dormida;
cincelado puñal; carta borrosa,
tabla en que se deshace la pintura
por el tiempo y el polvo ennegrecida;
histórico blasón, donde se pierde
la divisa latina, presuntuosa,
medio borrada por el liquen verde;
misales de las viejas sacristías;
de otros siglos fantásticos espejos
que en el azogue de las lunas frías
guardáis de lo pasado los reflejos;
arca, en un tiempo de ducados llena,
crucifijo que tanto moribundo,
humedeció con lágrimas de pena
y besó con amor grave y profundo;
negro sillón de Córdoba; alacena
que guardaba un tesoro peregrino
y donde anida la polilla sola;
sortija que adornaste el dedo fino
de algún hidalgo de espadín y gola;
mayúsculas del viejo pergamino;
batista tenue que a vainilla hueles;
seda que te deshaces en la trama
confusa de los ricos brocateles;
arpa olvidada que al sonar, te quejas;
barrotes que formáis un monograma
incomprensible en las antiguas rejas,
el vulgo os huye, el soñador os ama
y en vuestra muda sociedad reclama
las confidencias de las cosas viejas!
El pasado perfuma los ensueños
con esencias fantásticas y añejas
y nos lleva a lugares halagüeños
en épocas distantes y mejores,
por eso a los poetas soñadores,
les son dulces, gratísimas y caras,
las crónicas, historias y consejas,
las formas, los estilos, los colores
las sugestiones místicas y raras
y los perfumes de las cosas viejas!
 

 

Muertos 

En los húmedos bosques, en otoño,
Al llegar de los fríos, cuando rojas,
Vuelan sobre los musgos y las ramas,
En torbellinos, las marchitas hojas,
La niebla al extenderse en el vacío
Le da al paisaje mustio un tono incierto
Y el follaje do huyó la savia ardiente
Tiene un adiós para el verano muerto
              Y un color opaco y triste
              Como el recuerdo borroso
              De lo que fue y ya no existe.
 

En los antiguos cuartos hay armarios
Que en el rincón más íntimo y discreto,
De pasadas locuras y pasiones
Guardan, con un aroma de secreto,
Viejas cartas de amor, ya desteñidas,
Que obligan a evocar tiempos mejores,
Y ramilletes negros y marchitos,
Que son como cadáveres de flores
              Y tienen un olor triste
              Como el recuerdo borroso
              De lo que fue y ya no existe.
 

Y en las almas amantes cuando piensan
En perdidos afectos y ternuras
Que de la soledad de ignotos días
No vendrán a endulzar horas futuras,
Hay el hondo cansancio que en la lucha
Acaba de matar a los heridos,
Vago como el color del bosque mustio,
Como el olor de los perfumes idos,
              Y el cansancio aquel es triste
              Como el recuerdo borroso
              De lo que fue y ya no existe!
 

 

La respuesta de la tierra 

Era un poeta lírico, grandioso y sibilino,
Que le hablaba a la tierra una tarde de invierno,
Frente a una posada y al volver de un camino:
-¡Oh madre, oh Tierra! -díjole-, en tu girar eterno
Nuestra existencia efímera tal parece que ignoras.
Nosotros esperamos un cielo o un infierno,
Sufrimos o gozamos, en nuestras breves horas,
E indiferente y muda, tú, madre sin entrañas,
De acuerdo con los hombres no sufres y no lloras.
¿No sabes el secreto misterioso que entrañas?
¿Por qué las noches negras, las diáfanas auroras?
Las sombras vagarosas y tenues de unas cañas
Que se reflejan lívidas en los estanques yertos,
¿No son como conciencias fantásticas y extrañas
Que les copian sus vidas en espejos inciertos?
¿Qué somos? ¿A do vamos? ¿Por qué hasta aquí vinimos?
¿Conocen los secretos del más allá los muertos?
¿Por qué la vida inútil y triste recibimos?
¿Hay un oasis húmedo después de estos desiertos?
¿Por qué nacemos, madre, dime, por qué morimos?
¿Por qué? Mi angustia sacia y a mi ansiedad contesta.
Yo, sacerdote tuyo, arrodillado y trémulo,
En estas soledades aguardo la respuesta.
 

La Tierra, como siempre, displicente y callada,
Al gran poeta lírico no le contestó nada.
 

 

El recluta 

Hasta que manos piadosas

Algún sepulcro le dieron,

Al bajar de la cañada

Junto a las matas de helecho,

Destrozada la cabeza

Por una bala rémington;

Con la blusa de bayeta

Y la camisa de lienzo,

Un escapulario santo

Colgado al huesoso cuello,

Los pantalones de manta

Manchados de barro fresco,

Las rudas manos crispadas,

Los ojos aún abiertos,

Y la sangre, ya viscosa,

Pegándole los cabellos,

Estuvo toda la noche

De aquel combate sangriento

Abandonado el cadáver

Del pobre recluta muerto.

¿Su nombre?... Un oscuro nombre.

Dijunto Fuan Abudelo,

Cuando hablan de la campaña

Lo nombran los compañeros...

¿Su madre?... Una pobre madre,

Que en el rancho, al pie del cerro,

Abandonada y estúpida

Pasa los días inciertos.

¿Su vida?... Una oscura vida,

La vida vaga de un cuerpo,

Que fue tranquila y sin odios

Hasta en el cuartel infecto,

Do penetrado de frío,

Que le calaba los huesos

Y que tiritar le hacia

Bajo el bayetón deshecho,

Conoció toda la angustia

De largas noches sin sueño,

Y de tristes soledades,

El pobre recluta muerto.

 

Los soldados que seguían

En titánicos esfuerzos,

De Egipto a los arenales

Y de Rusia a los desiertos,

Al hombre de ojos de águila

Y de caprichos de hierro,

Tenían tras del reñido

Batallar, largo y supremo,

En cada voz, un halago,

En cada mandato, un premio.

Más del Capitán Londoño,

Que fue su Jefe en el Cuerpo,

Sólo conoció dos órdenes

De detención y de cepo,

Un planazo en las espaldas

Y el modo de gritar -Juego!

Hasta la tarde en que, herido

En el combate siniestro,

Cayó, gritando ¡Adíós, mama!

El pobre recluta muerto 

 

Realidad 

En el dulce reposo de la tarde
Cuando al ponerse el sol en occidente
Su luz dorada, de la vida fuente,
Como una hoguera en los espacios arde,
O de la noche en el silencio umbrío
Cuando la luna con fulgor de plata
Alumbra a trechos el sonante río
Y en sus límpidas ondas se retrata,
Entre las sombras de la vida hay horas
En que la realidad que nos circuye
A detener el ímpetu no alcanza
De nuestra alma que a lo lejos huye
Y a la región de lo ideal se lanza…

Y entonces cuando pienso en tus amores
Nuestras dos vidas deslizarse veo
No cual la realidad que aja sus flores
Sino cual la ilusión de tu deseo.
No por las conveniencias separados,
Soñando tú conmigo, yo en tus sueños,
Sino juntos los dos en los collados
De la Arcadia risueños;
Asidos por las manos a lo lejos
Buscando el fin de la campiña amena
A los pálidos rayos de la luna.
O del ardiente sol a los reflejos,
Dejando transcurrir una por una
Las no contadas horas venturosas
Que no mancha la sombra de una pena
Libando amor… y deshojando rosas…
Del verdor y del musgo en lo sombrío
Ocultos en lo ignoto del boscaje
Radiante aún de gotas de rocío
De virgen fuerza y de vigor salvaje;
Sentados a la orilla del torrente
Tú escuchando los ecos del follaje
Yo acariciando -trémula la mano-
Tus rizos al caer sobre tu frente…

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Otras veces trayendo a la memoria
Los fantasmas de un tiempo ya pasado
Junto con ellos cual sencilla historia
Los ideales de tu amor soñado.
Y es entonces un gótico castillo
De altivas torres de musgosas piedras
En cuyo muro gris crecen las hiedras
Teatro de nuestro amor santificado.

Y en reducida y perfumada estancia
Cuyos tapices abrillanta y dora
El fuego de la antigua chimenea,
Juntos los dos oímos a distancia
Diciéndonos protestas de ternura
La voz del agua que al perderse llora
Y el viento que en los árboles cimbrea
Entre el silencio de la noche oscura.

O en frágil barca en plácida mañana
De lago azul flotando en los cristales
Con la mirada errantes contemplamos
El cielo, la ribera, los juncales,
Y las nieblas que inciertas, vaporosas,
Van a perderse en la región lejana
Como se pierde la esperanza humana
O el postrimer aroma de las rosas.

Mas cuando el alma en sus ensueños flota,
La realidad asoma de improviso
No más resuena la encanta nota…
Brotan espinas do la rosa brota,
Y en crüel se torna el paraíso.

Vuelvo a mirar… y pienso que nacimos
Para vivir por siempre separados,
Que no es una la senda que seguimos
Y que la lumbre que cercana vimos
Fue visión de tu amor y tus cuidados.

Y al comparar la realidad penosa
Con los paisajes de ideal que miro
En el fondo del alma lastimosa
Para tu dulce amor -niña piadosa-
Para tu dulce amor surge un suspiro.