jueves, 12 de marzo de 2026

Desembalo mi biblioteca 6 - Porfirio Barba Jacob

 


Es comprensible que, entre las numerosas circunstancias que pueden llegar a hacer de un libro algo curioso y único a los ojos de un coleccionista, pueda encontrarse ocasionalmente su precio de compra; ya justifique por su importancia un gran esfuerzo del feliz propietario, o ya represente por su modestia un triunfo de sus cualidades detectivescas, en ambos casos se intensificará la alegría de su adquisición. En principio —por no hablar aquí más que del segundo caso— no existe, ningún libro, por valioso que sea, que no pueda obtenerse a un precio barato o incluso como una ganga. 

Walter Benjamin 

 

En esta sexta entrega de Desembalo mi biblioteca, me detengo ante una de nuestras voces más vitales y permanentes en la memoria no solo de los ámbitos literarios, sino también de los entornos populares o de la apurada bohemia. Miguel Ángel Osorio, Maín Ximénez, Ricardo Arenales o como pasó a la posteridad: Porfirio Barba Jacob, fue “el errante caballero del infortunio”, según Juan Bautista Jaramillo Meza, el primer editor de un libro del poeta en Colombia, por allá hacia 1937, cuando este aún estaba vivo.

Fue tal la incertidumbre en su periplo vital, que el anhelado libro con la obra escogida, que había modificado tantas veces el mismo Barba Jacob, no logró ver la luz antes de su partida, quedando en manos de investigadores el trabajo de compilar lo que quedó publicado en distintos lugares, anotado en libretas que algunos rescataron o en la memoria de sus caros amigos.

El primer trabajo de edición de las Obras Completas de Barba Jacob, lo realizó Rafael Montoya y Montoya, a través de sus Ediciones Académicas; publicación de 1000 ejemplares realizada en Medellín en 1962. En sus 560 páginas, bellamente concebidas, con insertos de ilustraciones, fotografías, manuscritos, carátulas, se le rinde un justo homenaje a este gran autor, que no deja de inquietar aún a las nuevas generaciones. Entre los numerosos textos que preceden a los poemas, se incluye una conferencia de J. B. Jaramillo Meza que pronunció en 1960 en la Academia Colombiana de la Lengua, el cual concluye de la siguiente manera: “He aquí, a grandes rasgos, la vida de un poeta inmortal que fue en el mundo un hombre de aventuras sin término, católico y pagano, ajeno al Bien y al Mal, peregrino de todas las latitudes, múltiple y contradictorio en sus actividades y sus sentimientos; un ser extraño, bondadoso y satánico a un mismo tiempo, que amó el lujo y los deleites del espíritu y de la carne, y desdeñó a la vez, desde los sótanos de su infortunio, la riqueza y la alegría de los demás…” 



Hacia 1980, editorial Bedout publicó El corazón iluminado, que corresponde al Volumen 39 de la colección Bolsilibros Bedout. Tal como lo señala Fernando Vallejo, este fue uno de los nombres con que el poeta quiso llamar a su gran libro de poemas. Esta edición de 191 páginas, cuenta con un texto a manera de prólogo firmado por Daniel Arango, una selección de prosas y luego una antología poética. Extracto de las palabras de Arango lo siguiente: “Barba Jacob creció vecino al gran caudal y al él afluyeron innumerables venas, inescapables corrientes temáticas, vocabulares, métricas. Sus mejores versos están colocados fuera del exceso de estas dos influencias: en ellos conquista el poeta un lenguaje estético perdurable, pleno de sencillez y transparencia bajo sus tornasoles verbales”. 



Hacia 1985 se publicó por Procultura, en la Nueva Biblioteca Colombiana de Cultura, Barba-Jacob Poemas. Se trata del resultado de una exhaustiva búsqueda de Fernando Vallejo, quien hace la compilación y las notas sobre cada uno de los poemas. Es un trabajo admirable, riguroso, único. Más adelante, hacia 2006, se volvería a editar, ahora por el Fondo de Cultura Económica, con el título Porfirio Barba Jacob Poesía Completa. En ambas publicaciones, el prólogo estuvo a cargo del mismo Fernando Vallejo. De ahí cito: “Una cosa, empero, es evidente a la lectura de las notas bio-bibliográficas que aquí los acompañan: que salvo por excepción, los poemas de Barba Jacob son el resultado de una ardua, dolorosa labor que se prolongó hasta el término de su vida; que el poeta los retocó repetidas veces en el curso de sus viajes y de los años, trocando los títulos, modificando la puntuación, cambiando las dedicatorias, los epígrafes, los subtítulos, agregando o suprimiendo versos o estrofas enteras, publicando como inéditos poemas ya publicados, reemplazando algunos vocablos o expresiones por sinónimos, arrepintiéndose a veces y volviendo a formas anteriores, desplazando algunas palabras para volver en ocasiones a la disposición inicial, mudando de parecer, siempre inconforme.”

 


Finalmente, en el 2012, bajo el cuidado editorial de Jerónimo Pizarro y la impresión del Taller de Edición Rocca, vio la luz Todos os Sonhos do Mundo Poemas de Fernando Pessoa Porfirio Barba-Jacob. Se trata de una edición bilingüe con nuevas traducciones e imágenes inéditas, que buscan unir dos naciones por medio de estos dos poetas, que fueron contemporáneos, pero nunca se conocieron y seguramente, tampoco se leyeron.



SELECCIÓN DE POEMAS 

 

DOMADOR, TRIUNFADOR

 

Domador triunfador, hombre de hierro:
tu grey de esclavos ágiles y rudos
conjura contra mí, que en mi defensa
no he de mover las manos fatigadas
o vengan a romper en la llanura
mis huesos y mi carne tus mastines.
Clava en mí tus puñales homicidas,
desgárrame, ya es hora…


Estoy como los niños bajo el golpe,
como las rosas líricas de mayo
bajo el viento y la lluvia.
Toda mi exigua juventud te brindo.
Ningún tesoro en mi pobreza escondo.
Tengo un poco de amor… ¿Y no lo tienen
las bestias más humildes?


El cuello blandamente
dispongo a los verdugos
y con piedad extraña
sonrío en la tragedia
Mas rendido también, el perro humilde
que tu misericordia logra apenas,
¿no alza con avidez los grandes ojos
para besar la mano que le hiere?
Clava en mi carne el acerado garfio
de un extraño tormento;
échala a consumirse entre la llama
y sus cenizas desparrama al viento.
 

 

LA ESTRELLA DE LA TARDE

 

Un monte azul, un pájaro viajero,
un roble, una llanura,
un niño, una canción... Y, sin embargo,
nada sabemos hoy, hermano mío.
 

Bórranse los senderos en la sombra;
el corazón del monte está cerrado;
el perro del pastor trágicamente
aúlla entre las hierbas del vallado.
 

Apoya tu fatiga en mi fatiga,
que yo mi pena apoyaré en tu pena,
y llora, como yo, por el influjo
de la tarde traslúcida y serena.
 

Nunca sabremos nada... 

¿Quién puso en nuestro espíritu anhelante,
vago rumor de mares en zozobra,
emoción desatada,
quimeras vanas, ilusión sin obra?

Hermano mío, en la inquietud constante,
nunca sabremos nada...
 

¿En qué grutas de islas misteriosas
arrullaron los Números tu sueño?
¿Quién me da los carbones irreales
de mi ardiente pasión, y la resina
que efunde en mis poemas su fragancia?

¿Qué voz suave, que ansiedad divina
tiene en nuestra ansiedad su resonancia?
 

Todo inquirir fracasa en el vacío,
cual fracasan los bólidos nocturnos
en el fondo del mar; toda pregunta
vuelve a nosotros trémula y fallida,
como del choque en el cantil fragoso
la flecha por el arco despedida.
 

Hermano mío, en el impulso errante,
nunca sabremos nada...
 

Y sin embargo...

¿Qué mística influencia
vierte en nuestros dolores un bálsamo radiante?
¿Quién prende a nuestros hombros
manto real de púrpuras gloriosas,
y quién a nuestras llagas
viene y las unge y las convierte en rosas?

Tú, que sobre las hierbas reposabas
de cara al cielo, dices de repente:
«La estrella de la tarde está encendida».
Ávidos buscan su fulgor mis ojos
a través de la bruma, y ascendemos
por el hilo de luz...
 

Un grillo canta
en los repuestos musgos del cercado,
y un incendio de estrellas se levanta
en tu pecho, tranquilo ante la tarde,
y en mi pecho en la tarde sosegado...
 

 

ACUARIMÁNTIMA 

Fragmentos

I
Vengo a expresar mi desazón suprema
y a perpetuarla en la virtud del canto.
Yo soy Maín, el héroe del poema,
que vio, desde los círculos del día,
regir el mundo una embriaguez y un llanto.

¡Armonía! ¡Oh profunda, oh abscóndita Armonía!

Y velaré mi arduo pensamiento
sotto il velame degli versi strani,
fastuoso, de pompas seculares;
perfecta en sí la estrofa del lamento
y a impulso de los ritmos estelares.

Columpia el mar su cauda nacarina,
e imbuida en la clámide del río
pasa en la bruma fúlgida la carne de la ondina.
Grana el campo nutricio, fluyen mieles,
una deidad inflama las horas con su llama
y loa el día azul un coro de donceles.

Romero: ¿no rebosa el corazón
por la noche de sombras evocadas,
por la tierra de arrugas trabajadas,
del Tiempo y el Espacio la múltiple emoción?

Brilla en las lejanías invioladas
vaga ciudad, e! viento da en los juncos,
los juncos gimen bajo el viento rudo...
Romero, ¡que se vierta el corazón!
y la ternura y la tristeza mía
canten en el crepúsculo: ¡Armonía!
Yo, Rey del reino estéril de las lágrimas,
yo, Rey del reino vacuo de las rimas,
con mis canciones ebrias
que un son nocturno hechiza
y con mis voces pávidas,
anuncio las cavernas del Enigma.
En mis siete dolores primarios se resume,
como en alejandrino paradigma,
la escala del dolor que el mal asume.

Tenebrosa, recóndita Armonía...

Mi numen, fuerte, no es aquel tan puro
como el cerrado corazón de un monte;
pero sobre sus ruinas de inocencias
haré brillar, ebrio del dolor puro,
una gota de luz del corazón del monte.

 

III
Como en la vaguedad de un espejismo:
-¿qué sabes? -mi conciencia me interroga,
fluïda en llanto entre mi propio abismo.

Y miro el mar ardiente, el monte flavo
que suaviza el azul, la estrella límpida
rielando en el rocío del capullo;
y en sus cunas los cándidos infantes,
cazados con las redes del arrullo
por el sueño de manos hechizantes.

Y vuelto a mí, gimiendo el corazón:
-¿qué sabes? -vanamente me interrogo,
mudo, bajo la múltiple emoción.

Sólo un saber escondo claro y justo;
llévole como antorcha y como daga
en medio del cerrado laberinto;
en su vasta amplitud mi fe naufraga
y hallo en su anchura incómodo recinto.

Se oyen sordos, roncos lamentos,
y alzan sus puños en el vacío
los pensamientos.

¡Oh menguado saber, pobre riqueza
de formas en imágenes trocadas,
ley ondeante, ciencia que alucina,
que cada noche en el silencio empieza
y cada día con el sol culmina!

¡Oh menguado saber de la iracunda
vida que ante mis ojos se renueva,
germinal y crüel, ciega y profunda;
madre de los mil partos y el misterio
que al barro humilla y a Psiquis subleva!

Como ventana que el azul del cielo
circunscribe, se entreabren los sentidos.
¡Pobre, ruïn saber! Y, sin embargo,
la leve mariposa del anhelo
entra por la ventana sin ruïdos.

Cuaja en el corazón de la manzana
la dulzura estival; la mariposa
vuela del fondo de la carne humana.
¡Que al claro cielo
suba el anhelo!

Por ese vuelo, la heredad natía
canté, con ritmo del ideal retorno,
en la ingenua parábola temprana.
En el turquí del éter desleía
un nácar tenue mi primer mañana.

Por ese anhelo entre los acres pinos
y las rosas en llamas del ocaso,
al hablar dejo la palabra trunca:
el tiempo es breve y el vigor escaso,
y la Amada ideal no vino nunca.

Por ese anhelo, en rimas balbucientes
canto el rojo camino que a la tarde
se pinta en la montaña evocadora,
o a la vívida luz del sol temprano,
como una obsesión conturbadora
de sangre y sangre en el azul lejano.

Y por él amo, en fin, y por él sueño
con una honda transfusión divina
de la luz en mi carne de tortura,
¡puesto que está la estrella vespertina
sobre el horror de esta prisión oscura!

Columpia el mar su cauda nacarina,
y en ustorios relámpagos de espejos
esplende en bruma de ópaco la carne de la ondina.
Y fluye Acuarimántima a lo lejos...
         

 

VI
Y fui después un numen transitorio,
sombra y canción en la embriagante tierra,
un sino raro y un deleite raro.
Ya el crepúsculo estivo el día cierra
y lejos brilla un tenebroso faro.

La dama de cabellos encendidos
fecunda con mi sangre sus huertos prohibidos.

Y una inquietud frenética y gozosa
mi paz, mi sueño, mi vigor consume,
y un huracán mi plenitud doblega.
¡Soy esa sombra que cruzó el camino,
en sangre tinta… de lujuria ciega!
Soy esa sombra pávida, cautiva
de un gran misterio en el Misterio oculto.
Huella la flor azul pata lasciva
de cabrón negro, y el divino himnario
sella Satán con sellos de su culto.
Mi pena errante con mi vino loco
en el turbión del vicio la sepulto.

Soy huésped de garitos y tabernas.
Disputo al "puede ser" un pan ingrato;
y dejo que mi carne, ruïn loba
de lúgubres anhelos arrecida,
se me abandone al logro del deleite,
desnuda en la impudicia de la vida.

Entúrbiase la clara inteligencia.
La idea afluye en nieblas ondulantes.
Es el goce monótona frecuencia:
igual en el deliquio y el suspiro...
¡Dadme un beso, un contacto y una esencia,
una sensualidad de nuevo giro!

 

IX
Honda, inmóvil, letárgica laguna
que semeja el sepulcro de la luna,
se tiende hasta el ilímite horizonte,
y a la tristeza vesperal se aduna
un viento de ultramar y de ultramonte.
Cantan en el crepúsculo
y un leve son de esquila
vuela en el éter trémulo.

Que mi rumor se extinga blando, tenue,
ola en onda, onda en pompa, pompa en iris,
como vágulo aroma en la memoria;
y me reintegre a la epopeya trunca
en la ciudad de nieblas de mi gloria.
Cantan en el crepúsculo. ¡Armonía!

Y que olvide la brega transitoria,
y el no ser más -y el no ser menos nunca-,
del hilo de oro del collar del día.
¡Armonía! ¡Armonía!

Y el ancla suelte a místicas regiones,
no humano ya mi desear: divino
mi poseer,
mientras en el desmayo del crepúsculo
rueda sobre los ásperos terrones
el carro del campesino,
y fulgura, real, tras el velo de mis lágrimas,
erigida por mi dolor con el mármol de mi poesía
-¡y mía, mía, mía!-
mi nebúlea azulina Acuarimántima.
¡Armonía! ¡Armonía!
 

 

LOS DESPOSADOS DE LA MUERTE 

Michael Farrel ardía con un ardor puro como la luz.
Sus manos enseñaban a amar los lirios
y sus sienes a desear el oro de las estrellas.
En sus ojos bullían trémulas luces oceánicas.
Sus formas eran el himno de castidad de la arcilla,
suave y fragante y musical.
Bajo sus bucles rubios, undosos y profusos,
parecían temblar las alas de un ángel.

Emiliano Atehortúa era muy sencillo
y traía una infantilidad inagotable.
Su adolescencia láctea, meliflua y floreal,
fluía por las escarpas de mi madurez
como fluye por el cielo la leche del alba.
Cuando le vi en el vano ejercicio de la vida
me pareció que me envolvía el rumor de una selva
y me inundó el corazón la virtud musical de las aguas.
Hay almas tan melódicas como si fueran ríos
o bosques en las orillas de los ríos!

Guillermo Valderrama era indolente y apasionado.
Como un licor de bajo precio,
la vida le produjo una embriaguez innoble.
Sus formas pregonaban el triunfo de una estirpe.
Había en su voz un glú-glú redentor
y su amante le llamó una vez
"el Príncipe de las hablas de agua".

Leonel Robledo era muy tímido
bajo una apariencia llena de majestad.
En el recóndito espejo de su ternura
se le reflejaba la imagen de una mujer.
Toda su fuerza era para el ensueño y la evocación.
Le vi llorar una vez por males de ausencia
y me dije: hay una tempestad en una gota de rocío,
y, sin embargo, no se conmueven los luceros...

Stello Ialadaki era armonioso, rosáceo, azulino,
como los mares de Grecia, como las islas que ellos ciñen.
Efundía del mundo algo irreal, risueño, fantástico.
Se le veía como marchando de las playas de ensueño
que rozaron las quillas de Simbad el Marino,
hacia las vagas latitudes
por donde erró Sir John de Mandeville.
Cuando le conocí tuve antojo de releer la Odisea,
y por la noche soñé en el misterio de las espigas.
¡Evanaam! ¡Evanaam!

Juan Rafael Agudelo era fuerte. Su fuerza trascendía
como los roncos ecos del monte a los pinos.
Alma laboriosa, la soledad era su ambiente necesario.
Sus ilusiones fructificaban como una floresta
oculta por los tules del "todavía-no".
Sus palabras revelaban la fuerza de la realidad,
y sus actos tenían la sencillez de un gajo de roble.

 

UN HOMBRE 

Al doctor Eduardo Santos. 

Los que no habéis llevado en el corazón el túmulo

de un Dios,

ni en las manos la sangre de un homicidio,

los que no comprendéis el horror de la conciencia

ante el universo,

los que no sentís el gusano de una cobardía

que os roe sin cesar las raíces del ser,

los que no merecéis ni un honor supremo,

ni una suprema ignominia.

 

Los que gozáis las cosas sin ímpetus ni vuelcos,

sin radiaciones íntimas, igual y cotidianamente fáciles,

los que no devanáis la ilusión del espacio y el tiempo,

y pensáis que la vida es esto que miramos,

y una ley, un amor, un ósculo y un niño.

 

Los que tomáis el trigo del surco rencoroso

y lo coméis con manos limpias y modos apacibles,

los que decís “Está amaneciendo”

y no lloráis el milagro del lirio del alba.

 

Los que no habéis logrado siquiera ser mendigos,

hacer el pan y el lecho con vuestras propias manos

en los tugurios del abandono y la miseria,

y en la mendicidad mirar los días

en una tortura sin pensamientos.

 

Los que no habéis gemido de horror y de pavor,

como entre duras barras,

en los abrazos férreos de una pasión inicua,

mientras se quema el alma en fulgor iracundo,

muda, lúgubre,

vaso de oprobio y lámpara de sacrificio universal:

 

Vosotros no podéis comprender el sentido doloroso

de esta palabra: ¡UN HOMBRE!

 



No hay comentarios:

Publicar un comentario