Avanzo en el proyecto de desembalar mi biblioteca y una vez más, las palabras de Benjamin acompañan este proceso. Decía el filósofo alemán en su texto sobre el arte de coleccionar, publicado en 1931: “Cuando comencé, hace diez años, a clasificar mis libros, cada vez más concienzudamente, me encontré enseguida con volúmenes de los que no quería deshacerme pero que tampoco estaba dispuesto, sin embargo, a seguir dejándolos en el lugar en que se encontraban”. Aunque mi proceso lleva menos tiempo, algo similar me ha sucedido con el libro que hoy voy a compartir, el cual no lo ubiqué al lado de los otros de poesía colombiana que he venido enseñando en esta serie, sino que lo destiné al mueble de libros especiales, donde reposan aquellos que tienen ciertas características que los convierten en curiosidades para los bibliófilos.
En el año 1955, con
motivo del primer cincuentenario de fundación del departamento del Huila, se
realizó una bella edición de Tierra de promisión, el poemario de José Eustasio Rivera, publicado en 1924, con el cual entraría, de manera
certera, aunque no exenta de agudas críticas, a los circuitos nacionales de la
literatura.
Este especial libro cuenta con grabados originales que acompañan cada uno de los poemas, elaborados por Sergio Trujillo Magnenat, uno de los pioneros del diseño gráfico en Colombia. Asimismo, tiene un diseño de portada y de los títulos, elaborado por Paulina Pinzón.
“Tal era el panorama espiritual de Bogotá,
cuando apareció Rivera. La sorpresa fue grande. Era como si el viento de la
selva hubiese penetrado de improviso en una sala hermética, donde las flores
raras rimaban con los cortinajes exóticos, y éstos, con las mujeres pálidas a
fuerza de aspirar perfumes, y todo ello con las nubes aromadas que difundían
los escondidos pebeteros. Aquel ambiente aristocrático, pero un tanto
artificial, fue sustituido por el imperio de las fuerzas desatadas de la
naturaleza. Un saludable primitivismo ocupó el lugar de todo aquel lujo
decadente, en nombre del cual se estigmatizaba, como cosa de bárbaros, el
llamado entonces “tropicalismo”, o sea la expresión nacional del arte. Rivera
conquistó en breve todas las posiciones, y sin que su escuela hubiese significado
la muerte de los otros valores literarios, de procedencia europea, logró que su
arte se impusiese en lo futuro, como lo estamos presenciando ahora, en este
portentoso amanecer de las letras americanas. Rivera es hoy más actual que la
mayor parte de sus coetáneos. Sus sonetos no han perdido ni en frescura ni en
inspiración; y no han perdido ninguna de estas virtudes, porque fueron
consecuencia de emociones directas tomadas de las eternas fuentes de la
naturaleza. Nada es libresco ni erudito en sus versos. La sensación del paisaje
perdura en sus poemas, dándole frescura, como el aceite mantiene siempre
brillantes las huellas del pincel en la tela.”
Continúa Rafael Maya:
“Uno de los mayores méritos de la obra
intelectual de Rivera es el de la originalidad, tomando este término en el
sentido relativo en que debe tomarse. Originalidad que fue grande y evidente,
en los años en que Rivera realizaba su obra, pues consistió, nada menos, que en
comenzar a nacionalizar la inteligencia de los escritores de este Continente,
hasta entonces tributaria del cosmopolitismo europeo, y enraizar su conciencia,
su pensamiento y su pluma en las entrañas de la tierra americana.”
Selección de poemas
I
Esta noche el paisaje soñador se niquela
con la blanda caricia de la lumbre lunar;
en el monte hay cocuyos, y mi balsa que riela
va borrando luceros sobre el agua estelar.
El fogón de la prora, con su alegre candela,
me enciende en oro trémulo como a un dios tutelar;
y unos indios desnudos, con curiosa cautela,
van corriendo en la playa para verme pasar.
Apoyado en el remo avizoro el vacío,
y la luna prolonga mi silueta en el río;
me contemplan los cielos, y del agua al rumor
alzo tristes cantares en la noche perpleja,
y a la voz del bambuco que en la sombra se aleja,
la montaña responde con un vago clamor.
IX
La
resaca se extiende como fino damasco
donde
brillan los oros de la luz que despunta,
y
aquí, bajo las frondas que el guadual descoyunta,
pescadores alegres, machacamos barbasco.
Y
de las atarrayas al ruidoso chubasco,
bocachicos
y pejes, el pavón, la corunta,
van
boqueando dispersos... pero el agua los junta
y la fila plateada se recuesta al peñasco.
Irguiendo,
moribunda, las aletas dorsales,
rasga
la sardinata los sonoros cristales;
y
cuando se voltea bajo el rayo de sol,
se
enciende, como un cirio, el rubí de la escama,
y
entre peces flotantes, esa trémula llama
contagia
las espumas de un matiz tornasol.
Segunda
parte
VIII
Destacada en un
cielo de turbia lontananza,
con taciturno
porte, sobre el peñón sombrío,
un águila
perínclita se envilece de hastío,
enamorada ilusa de
un sol que no se alcanza.
Ella, que ayer
mantuvo con los vientos su alianza,
sabe que todo
vuelo sólo encuentra el vacío;
y enferma de
horizontes, triste de poderío,
busca en la paz el
último sueño de venturanza.
Ante el astro que
muere nublando el hemisferio,
siente el heroico
impulso de rescatar su imperio;
mas otra vez con
grave cansancio de grandeza
el ala perezosa
sobre la garra estira,
e
irremediablemente desconsolada, mira
que en el azul
tedioso la oscuridad bosteza.
IX
Cantadora sencilla de una gran pesadumbre,
entre ocultos follajes, la paloma torcaz
acongoja las selvas con su blanda quejumbre,
picoteando arrayanes y pepitas de agraz.
Arrurruúu... canta viendo la primera vislumbre;
y después, por las tardes, al reflejo fugaz,
en la copa del guáimaro que domina la cumbre
ve llenarse las lomas de silencio y de paz.
Entreabiertas las alas que la luz tornasola,
se entristece, la pobre, de encontrarse tan sola;
y esponjado el plumaje como leve capuz,
al impulso materno de sus tiernas entrañas,
amorosa se pone a arrullar las montañas...
y se duermen los montes... y se apaga la luz.
Tercera
parte
III
Atropellados, por la pampa suelta,
los raudos potros, en febril disputa,
hacen silbar sobre la sorda ruta
los huracanes en su crin revuelta.
Atrás dejando la llanura envuelta
en polvo, alargan la cerviz enjuta,
y a su carrera retumbante y bruta,
cimbran los pindos y la palma esbelta.
Ya cuando cruzan el austral peñasco,
vibra un relincho por las altas rocas;
entonces paran el triunfante casco,
resoplan, roncos, ante el sol violento,
y alzando en grupo las cabezas locas
oyen llegar el retrasado viento.
IX
Con pausados vaivenes refrescando el estío,
la palmera engalana la silente llanura;
y en su lánguido ensueño, solitaria murmura
ante el sol moribundo sus congojas al río.
Encendida en el lampo que arrebola el vacío,
presintiendo las sombras, desfallece en la altura;
y sus flecos suspiran un rumor de ternura
cuando vienen las garzas por el cielo sombrío.
Naufragada en la niebla, sobre el turbio paisaje
la estremecen los besos de la brisa errabunda;
y al morir en sus frondas el lejano celaje,
se abandona al silencio de las noches más bellas,
y en el diáfano azogue de la linfa profunda
resplandece cargada de racimos de estrellas.
XXV
Mientras
las palmas tiemblan, un arrebol ligero
en
solitarias ciénagas disuelve su rubí;
todo se
apesadumbra, y hacia lejano estero,
sonroja
en el crepúsculo sus alas un neblí.
Algo
desconocido del horizonte espero...
¡Vana
ilusión! Nublóse la franja carmesí;
ya
suspiró la tierra bajo el primer lucero,
y
siento que otros seres lloran dentro de mí.
Me
borrará la noche. Mañana otro celaje;
¿y
quién cuando yo muera consolará el paisaje?
¿Por
qué todas las tardes me duele esta emoción?
Mi
alma, nube de ocaso, deja lo que perdura;
y como
es mi destino sufrir con la Natura,
se apagan los crepúsculos entre mi corazón.
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