martes, 22 de septiembre de 2026

Carlos López Narváez en Desembalo mi biblioteca 11


En un cuento de Andersen aparece un libro infantil del que se dice que fue comprado «por la mitad del reino». Todo en él estaba vivo. «Los pájaros cantaban, los personajes salían del libro y se ponían a hablar». Pero en cuanto la princesa volvía la página, «saltaban de nuevo al interior para evitar cualquier desorden». Delicado y difuso, como mucho de lo que escribe el autor, este pequeño hallazgo poético toca de cerca lo que estamos tratando. 

Walter Benjamin

 

Volvemos en un nuevo encuentro con las sorpresas que nos traen las bibliotecas. Hoy les comparto una selección de la obra del poeta y traductor payanés Carlos López Narváez (1897-1971). Aunque es un autor que hoy no está entre los más estudiados de la literatura colombiana, dejó un legado muy importante, especialmente como traductor. Su obra se recoge en seis libros, siendo Cartas a una sombra (1948) el único con “poemas originales”, tal como él mismo lo subtituló. Previamente había publicado La voz en el eco (1942), el cual contó con un prólogo y epílogo del poeta Guillermo Valencia y con ilustraciones de Gérard Reichel-Dolmatoff. Este es su primer trabajo de traducciones (versiones, en sus propias palabras) de poetas franceses. Luego vendría El cielo en el río (1952), con un prólogo del intelectual nariñense, Ignacio Rodríguez Guerrero; aquí no solo continúa con traducciones de poetas franceses, sino que extiende su trabajo a versiones de poetas haitianos, norteamericanos y letones. El cuarto libro es El tiempo en la brisa, en el que avanza en su anhelo de acercar más voces al castellano, provenientes de epigramas griegos, otros poetas franceses, vates italianos, portugueses, ingleses y canadienses. El quinto y sexto libro fueron resultado de su piadosa religiosidad católica, lo que le valió el apodo entre sus colegas de “Monseñor López Narváez”. El primero de ellos, Las letanías de la Virgen (1946), es una traducción del original francés de Armand Godoy; y el otro, lo tituló Doce semblanzas de “Jesús, Hijo del Hombre” (1953), traducciones seleccionadas de un libro de Kahlil Gibran. 

De La voz en el eco, los hijos del poeta hicieron una segunda edición en 1996, para recordar la obra de su padre a los 25 años de fallecido. En ella se conservan prácticamente todas las características de la primera edición, salvo una variación en el tamaño, una foto distinta y la inclusión de unas palabras de presentación, redactadas por Alina López de Rey. En mi biblioteca conservo las dos ediciones de este libro y para esta presentación les comparto la primera, de 1942, realizada en las prensas de la Biblioteca Nacional.

 


 Hacia 1970, el Ministerio de Educación Nacional y el Instituto Colombiano de Cultura Hispánica, realizaron una edición a la que titularon Itinerarios de poesía, en la que se recogen los seis libros antes mencionados. Esta publicación, de 454 páginas, correspondió al número XVII de las Ediciones de la Revista XIMENEZ DE QUESADA y fue impreso por la Editorial Kelly de Bogotá D.E. En esta selección de la obra más representativa, como lírico y traductor, de López Narváez, no se recogen otras publicaciones breves, entre ellas, la versión de tres poemas de Paul Claudel (1950), que contó con un prólogo de Andrés Holguín. Y tampoco se considera el único trabajo en prosa de López Narváez, titulado Putumayo 1933. Diario de guerra, el cual fue concebido a partir de las impresiones del autor, tras desempeñarse como auditor de guerra durante el conflicto entre Colombia y Perú.


SELECCIÓN POÉTICA

 

De CARTA A UNA SOMBRA


A QUÉ… 

Ya perdieron su arrullo los ocasos

y los abismos florecieron huesos 

Matilde Espinosa

 

A qué llevar hacia el azul los pasos;

a qué nombrar las cosas dulcemente,

si para la penumbra confidente

ya perdieron su arrullo los ocasos.

 

A qué entreabrir los sitibundos besos;

a qué dejar la rosa en la ventana…

Bajó desde los cielos lumbre vana

y los abismos florecieron huesos.

 

A qué mecer la tarde entre los brazos,

ni sentarse a la orilla de la fuente,

si en el sordo rugido del torrente

ya perdieron su arrullo los ocasos.

 

Inútiles ya todos los regresos,

divaguen en la sombra nuestros pasos:

ya perdieron su arrullo los ocasos

y los abismos florecieron huesos

 

ELEGÍA 

Had love been Love

he had not died 

Louise Ch. Moulton

 

–¿Ha Muerto aquel que fuera nuestra vida?

Ciérrale, pues, los ojos; en el pecho

mis violetas espárcele: su lecho

tendrá así la fragancia preferida.

 

Una dulce canción estremecida

diga el encanto de que estaba hecho;

para su levedad fue el mundo estrecho,

y ya todo lo nubla su partida.

 

Las estrellas remotas y calladas

bajo el azul silencio de la noche

bañen de eternidad su rostro yerto;

 

Hasta que un día –lumbre de alboradas –

diga a tu alma en íntimo reproche:

Si hubiera sido amor no hubiera muerto

 

DOÑA TARTUFA

 

Del traje oscuro bajo el porte serio,

con Dios y sus ministros confianzuda,

ejerce por su estampa linajuda,

de la moral externo magisterio.

 

Cada mañana llega al presbiterio,

y a codazos entrando corajuda,

la bayoneta de la lengua aguda

le tiende al eucarístico misterio.

 

Ante un hombro desnudo se alborota,

un corpiño turgente la horripila,

el chisme conyugal urde y explota.

 

Y allá en su alcoba ingrávida desfila

la visión de sus sueños en derrota

al dormirse leyendo a Vargas Vila. 

 

PLEGARIA EN SOMBRA

 

Voluntad de vivir, ¡no me abandones!

Memoria del Dolor, ¡tórnate canto!

En vino de Caná, cámbiate, llanto,

para el convite de los corazones.

 

Clarividencia en las desolaciones,

dóre mis noches tu celeste manto,

y que arrulle desvelos de quebranto

la muda voz de las constelaciones.

 

De la Sombra filial – fanal imagen –

hasta mi pecho los destellos bajen

por júbilos serenos rescatada;

 

y a su beso estelar sobre mi frente,

séas un día, santa y dulcemente,

Voluntad de vivir, abandonada. 

 

¡BIEN VENIDA!

 

Bien venida serás, Hermana Muerte,

cuando vengas, y blanda como brisa

cierres mis ojos con tu gran sonrisa

y me recojas en tu brazo fuerte.

 

Si llegas con el alba, a la indecisa

gris claridad que en mi recinto vierte

hazlo callada: nadie más despierte

con tu paso, y acércate sin prisa.

 

Si para descubrir mi sér oscuro

necesitas la luz del sol que arde

me verás como hiedra sobre un muro.

 

Mas… déja que al crepúsculo te aguarde:

mi corazón, con su latir más puro,

hace tanto agoniza con la tarde.

 

 

De LA VOZ EN EL ECO

Traducciones 

De Charles Baudelaire / Poemas de “Les fleurs du mal”

 

REMORDIMIENTO PÓSTUMO

 

Cuando duermas por siempre, mi amada Tenebrosa,

tendida bajo el mármol de negro monumento

y por tibia morada y por solo aposento

tengas, no más, el antro húmedo de la fosa;

 

Cuando oprima la piedra tu carne temblorosa,

y le robe a tus flancos su dulce rendimiento,

acallará por siempre tu corazón violento,

detendrá para siempre tu andanza vagarosa.

 

La tumba, confidente de mi anhelo infinito

(compasivo refugio del poeta maldito)

a tu insomnio sin alba dirá con gritos vanos:

 

“Cortesana imperfecta – ¿de qué puede valerte

denegarle a la Vida lo que hoy llora la muerte?

Mientras – ¡pesar tardío! – te roen los gusanos.

 

 

De EL CIELO EN EL RÍO 

Traducciones 

De Emily Dickinson

 

EMBRIAGUEZ

 

En jarros tallados en nácar

apuro un licor ignorado…

Tal vez ni del Rhin en las cavas

pudiera mi sed encontrarlo.

 

Con una embriaguez de rocío,

borracha de incógnitos hálitos,

tabernas de azul diluído

recorro en perpetuos veranos.

 

Cuando las abejas

y las mariposas,

agobiadas, ebrias,

vuelen de las pomas,

aún libaré yo mi vaso

de extraño licor…

Hasta que los ángeles

me agiten su níveo penacho,

y a los ventanales

celestes se asomen los santos

para contemplarme

borracha de azul y de sol.

 

 

De EL TIEMPO EN LA BRISA 

Traducciones 

De Dante Alighieri

 

TANTO GENTILE…

 

Tanto es gentil el porte de mi Amada,

tánto digna de honor cuando saluda,

que toda lengua permanece muda

y a todos avasalla su mirada.

 

Rauda se aleja oyéndose ensalzada

– Humildad que la viste y que la escuda –,

y es a la Tierra cual celeste ayuda

en humano prodigio transformada.

 

Tanto embeleso el contemplarla inspira,

que al corazón embriaga de ternura:

lo siente y lo comprende quien la mira.

 

Y en sus labios, cual signo de ventura,

vagar parece un rizo de dulzura

que el alma va diciéndole: ¡Suspira!

 

 

De Cesare Pavese 

LA MUERTE Y TUS OJOS

 

Cotidiana y nocturna compañera,

la Muerte, sorda, muerte desvelante,

– como desvela un gran remordimiento –

– como desvela un vicio –

la Muerte ha de venir: tendrá tus ojos.

 

Mirada que será silencio grávido,

una palabra muda, un grito tétrico.

¿Tú misma no lo ves cada mañana,

inclinada ante ti, frente al espejo?

 

¡Oh ardida esperanza!

También nosotros tal día sabremos

que así como la vida, eres la Nada.

 

La muerte a todos lanza una mirada.

La muerte llegará: tendrá tus ojos.

Será como dejar un vicio, como

ver aflorar del fondo del espejo,

como del mar, un rostro muerto, lívido.

 

Como escuchando una sellada boca,

mudos descenderemos al abismo.