domingo, 15 de febrero de 2026

Desembalo mi biblioteca 4 - Guillermo Valencia

 


Esta cuarta entrega la dedico al poeta payanés Guillermo Valencia, una de las voces cimeras de la poesía colombiana de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Algunos de los críticos lo sitúan como parnasiano, pero la mayoría coinciden en ubicarlo como modernista. Sin embargo, podemos argumentar que su obra transitó del parnasianismo al simbolismo y finalmente, al modernismo.

Pero antes de avanzar, continúa Benjamin hablándome desde sus páginas, mientras persisto en el reencuentro con estos libros que me acompañan y que destino al vuelo en la imaginación de los lectores que se aproximen a este blog.

Dice Benjamin:

 

Nada puede ilustrar mejor el aspecto fascinante de este desembalaje que la dificultad que implica el abandonarlo. Había comenzado a mediodía, y era ya la medianoche antes de que hubiera empezado con las últimas cajas. Pero he aquí que al final me caen entre las manos dos volúmenes mal encuadernados que, estrictamente hablando, no tenían por qué estar en una caja de libros: dos álbumes de figurillas en papel prensado que mi madre había pegado cuando yo era niño, y que yo había heredado. Esas son las semillas de una colección de libros infantiles que todavía hoy continúa creciendo sin cesar, aunque no sea en mi jardín. No existe en vida una biblioteca que no albergue cierto número de criaturas procedentes de zonas fronterizas. No serán forzosamente colecciones de figurillas o álbumes familiares, ni de autógrafos o de encuadernaciones con pandectas o textos edificantes en el interior: algunos coleccionistas se encariñarán con octavillas y prospectos, otros con facsímiles de manuscritos o copias mecanografiadas de libros ilocalizables, y, con mayor razón, las revistas pueden formar los bordes prismáticos de una biblioteca. Pero, volviendo a esos álbumes, heredar es, a decir verdad, el medio más sólido de formar una colección. Pues la actitud del coleccionista respecto de sus riquezas tiene origen en el sentimiento de obligación que le crea su posesión. Es, por lo tanto, la actitud del heredero en el sentido más elevado. Una colección tiene como título de nobleza más hermoso el poder ser legada. Al decir esto, tengo conciencia clara —quiero que ustedes lo sepan— de que tal planteamiento del mundo de las representaciones implícitas en el acto de coleccionar intensificará en muchas personas su convicción de que esta pasión es intempestiva, y aumentará la desconfianza que sienten respecto del coleccionista. Nada más lejos de mi propósito que hacer tambalear esa opinión o esa desconfianza. Habría que añadir también una última observación: el fenómeno de la colección, al perder al sujeto que es su artífice, pierde su sentido». Si bien es posible que las colecciones públicas sean menos chocantes en el aspecto social y más útiles en el aspecto científico que las colecciones privadas, sólo éstas hacen justicia a los objetos en sí mismos. Por lo demás, sé que sobre este tipo humano del que estoy hablando aquí, y que he presentado un poco ex officio, está cayendo la noche. Pero como dice Hegel: es sólo con la oscuridad cuando la lechuza de Minerva levanta el vuelo. Es solamente en el momento en que se extingue, cuando el coleccionista es comprendido.



Ritos (1899) fue el primer libro de Guillermo Valencia y según algunos comentaristas, ahí ya estaba contenida su mejor poesía. 


El libro tuvo una edición realizada en Londres en 1914, de la cual Carvajal S. A. hizo una edición facsimilar en 1979. De esta edición facsimilar conservo el ejemplar que hoy les traigo.


El prólogo fue realizado por el intelectual Baldomero Sanín Cano, quien insiste en presentar a Valencia como un poeta alejandrino: una condición mental que abarca tanto la filosofía como la literatura, y que asume como “el resultado de una viva agitación, producida en espíritus selectos por el choque de varias civilizaciones. Es una predisposición a hallar plausibles todas las teorías y a trazar las líneas sinuosas en que se enlazan todos los sistemas que se contradicen.”






En 1948 se editó en España, por parte de la editorial Aguilar, el título Obras Poéticas Completas, de Valencia, de las cuales poseo la tercera edición de 1955, en la que aparecen corregidas las erratas de la primera edición, que causaron bastante malestar entre los lectores colombianos.

El prólogo también fue encargado a Baldomero Sanín Cano, quien al final de su texto lo exalta de la siguiente manera: “Fue un excelso poeta. Tuvo finísimo y exigente el sentido de la armonía de las voces. Era su oído celoso guardián de las sonoridades del ritmo y de la rima.”


 

Finalmente, comparto la bella edición facsimilar del poema Anarkos manuscrito por Guillermo Valencia, con ilustraciones de Santiago Martínez Delgado, edición realizada en 1941, con un tiraje de mil ejemplares.



 



SELECCIÓN DE POEMAS 

Palemón el Estilita

Enfuriado el Maligno Spiritu de la devota
  e sancta vida que el dicho ermitanno facia,
      entróle fuertemientre deseo de facerlo caer en
      grande y carboniento peccado. Ca estos e non
otros son sus pensamientos e obras.
                                    Apeles Mestres. -Garin

Palemón el Estilita, sucesor del viejo Antonio,
que burló con tanto ingenio las astucias del demonio,
antiquísima columna de granito
se ha buscado el desierto por mansión,
y en pie sobre la stela
ha pasado muchos días
inspirando a sus oyentes
el horror a los judíos
y el horror a las judías
que endiosaron ¡Dios del cielo!
que endiosaron a una hermosa
de la vida borrascosa,
que llamaban Herodías.

Palemón el Estilita  «era un santo». Su retiro
circuían mercadantes de Lycoples y de Tiro,
judaizantes de apartadas sinagogas,
que anhelaban de sus labios escuchar
la palabra de consuelo,
la palabra de verdad
que nos salve del castigo,
y de par en par el Cielo
nos entregue; sólo abrigo
contra el pérfido enemigo
que nos busca sin cesar
y nos tienta con el fuego de unos ojos
que destellan bajo el lino de una toca,
con la púrpura de frescos labios rojos
y los pálidos marfiles de una boca.
Alrededor de la columna que habitaba el Estilita,
como un mar efervescente, muchedumbre ingente agita,
los turbantes, los bastones y los brazos,
y demanda su sermón al solitario
cuya hueca voz de enfermo
fuerzas cobra ante la mies
que el Señor ha deparado
a su hoz, y cruza el yermo
que turbaron otros tiempos los timbales de Ramsés.

Y les habla de las obras de piedad y sacrificio,
de las rudas tentaciones del Apóstol y del vicio
que llevamos en nosotros; del ayuno y el cilicio,
del vivir año tras año con las fieras
bajo rotos quitasoles de palmeras;
y les cuenta lo que es sed y lo que es hambre,
lo que son las noches cálidas de Libia,
cuando bulle de planetas un enjambre,
y susurra en los palmares la aura tibia,
que provocan en el ánimo cansado
de una vida muerta y loca
los recuerdos tormentosos
que en los días pesarosos,
que en los días soñolientos
de tristezas y de calma
nos golpean en el alma
con sus mágicos acentos
cual la espuma débil
toca
la cabeza dura y fría
de la roca.

De la turba que le oía
una linda pecadora
destacóse: parecía
la primera luz del día,
y en lo negro de sus ojos
la mirada tentadora
era un áspid: amplia túnica de grana
dibujaba las esferas de su seno;
nunca vieran los jardines de Ecbatana
otro talle más airoso, blanco y lleno;
bajo el arco victorioso de las cejas
era un triunfo la pupila quieta y brava,
y, cual conchas sonrosadas, las orejas
se escondían bajo un pelo que temblaba
como oro derretido;
de sus manos blancas, frescas,
el purísimo diseño
semejaba lotos vivos
de alabastro,
irradiaba toda ella
como un astro;
era sueño
que vagaba
con la turba adormecida
y cruzaba
-la sandalia al pie ceñida-
cual la muda sombra errante
de una sílfide,
de una sílfide seguida
por su amante.

Y el buen monje
la miraba,
la miraba,
la miraba,
              y, queriendo hablar, no hablaba,
y sentía su alma esclava
de la bella pecadora de mirada tentadora,
y un ardor nunca sentido
sus arterias encendía,
y un temblor desconocido
su figura
larga
y flaca
y amarilla
sacudía:
¡era amor! El monje adusto
en esa hora sintió el gusto
de los seres y la vida;
su guarida
de repente abandonaron
pensamientos tenebrosos
que en la mente
se asilaron
del proscrito
que, dejando su columna
de granito,
y en coloquio con la bella
cortesana,
se marchó por el desierto
despacito...
a la vista de la muda,
¡a la vista de la absorta caravana!...

 

Esfinge

                                                                           A.M.G.

Todo en ti me conturba y todo en ti me engaña,
desde tu boca, donde la pasión se adivina
que empurpura los pétalos de esa rosa felina,
hasta la rubia movilidad de tu pestaña.

Todo en ti me es adverso, tu sonrisa me daña
como un hechizo, y en tu plática divina
por un campo de flores la falacia camina
fríamente cual una ponzoñosa alimaña. (1)

Con tu rostro de mártir eres una venganza.
Tus manecitas estrangularon mi esperanza,
y es tu flor un eufobio semioculto entre tules.

Tu lámpara alimentan alas de mariposa,
arda en ella este verso que me inspiró tu prosa:
¡eres una mentira con los ojos azules!

(1) Reminiscencias de Góngora. -N.del A.

 

Los camellos

                                                                       Lo triste es así...   
                                                                        Peter Altenberg

Dos lánguidos camellos, de elásticas cervices,
de verdes ojos claros y piel sedosa y rubia,
los cuellos recogidos, hinchadas las narices,
a grandes pasos miden un arenal de Nubia.

Alzaron la cabeza para orientarse, y luego
el soñoliento avance de sus vellosas piernas
-bajo el rojizo dombo de aquel cenit de fuego-
pararon silenciosos, al pie de las cisternas...

Un lustro apenas cargan bajo el azul magnífico,
y ya sus ojos quema la fiebre del tormento:
tal vez leyeron, sabios, borroso jeroglífico
perdido entre las ruinas de infausto monumento.

Vagando taciturnos por la dormida alfombra,
cuando cierra los ojos el moribundo día,
bajo la virgen negra que los llevó en la sombra
copiaron el desfile de la Melancolía...

Son hijos del Desierto: prestóles la palmera
un largo cuello móvil que sus vaivenes finge,
y en sus marchitos rostros que esculpe la Quimera
¡sopló cansancio eterno la boca del Esfinge!

Dijeron las Pirámides que el viejo sol rescalda:
«amamos la fatiga con inquietud secreta...»
y vieron desde entonces correr sobre una espalda
tallada en carne, viva, su triangular silueta.

Los átomos de oro que el torbellino esparce
quisieron en sus giros ser grácil vestidura,
y unidos en collares por invisible engarce
vistieron del giboso la escuálida figura.

Todo el fastidio, toda la fiebre, toda el hambre,
la sed sin agua, el yermo sin hembras, los despojos
de caravanas... huesos en blanquecino enjambre...
todo en el cerco bulle de sus dolientes ojos.

Ni las sutiles mirras, ni las leonadas pieles,
ni las volubles palmas que riegan sombra amiga,
ni el ruido sonoroso de claros cascabeles
alegran las miradas al rey de la fatiga:

¡Bebed dolor en ellas, flautistas de Bizancio
que amáis pulir el dáctilo al son de las cadenas,
sólo esos ojos pueden deciros el cansancio
de un mundo que agoniza sin sangre entre las venas!

¡Oh artistas! ¡Oh camellos de la Llanura vasta
que vais llevando a cuestas el sacro Monolito!
¡Tristes de Esfinge! ¡novios de la Palmera casta!
¡Sólo calmáis vosotros la sed de lo infinito!

¿Qué pueden los ceñudos? ¿Qué logran las melenas
de las zarpadas tribus cuando la sed oprime?
Sólo el poeta es lago sobre este mar de arenas,
sólo su arteria rota la Humanidad redime.

Se pierde ya a lo lejos la errante caravana
dejándome -camello que cabalgó el Excidio...-
¡cómo buscar sus huellas al sol de la mañana,
entre las ondas grises de lóbrego fastidio!

¡No! buscaré dos ojos que he visto, fuente pura
hoy a mi labio exhausta, y aguardaré paciente
hasta que suelta en hilos de mística dulzura
refresque las entrañas del lírico doliente;

Y si a mi lado cruza la sorda muchedumbre
mientras el vago fondo de esas pupilas miro,
dirá que vio un camello con honda pesadumbre,
mirando silencioso dos fuentes de zafiro...

 

Anarkos

De todo lo escrito amo solamente lo que
 el hombre escribió con su propia sangre.
Escribe con sangre y aprenderás que la
sangre es espíritu.
                      Federico Nietzsche.


En el umbral de la polvosa puerta
sucia la piel y el cuerpo entumecido,
he visto, al rayo de una luz incierta,
un perro melancólico, dormido.
¿En qué sueña? Tal vez árida fiebre
cual un espino sus entrañas hinca
o le finge los pasos de una liebre
que ante sus ojos descuidada brinca.
Y cuando el alba sobre el Orbe mudo
como un ave de luz se despereza,
ese perro nostálgico y lanudo
sacude soñoliento la cabeza
y se echa a andar por la fragosa vía,
con su ceño de inválido mendigo,
mientras mueren las ráfagas del día
para tornar a su fangoso abrigo.
Hundido en la cloaca
la agita con sus manos temblorosas,
y de esa tumba miserable, saca
tiras de piel, cadáveres de cosas.
Entretanto, felices compañeros
sobre la falda azul de las princesas
y en las manos de nobles caballeros
comparten el deleite de las mesas;
ciñen collares de valioso broche,
y en las gélidas horas de la noche
tienen calor, en tanto que el proscrito
que va sin dueño entre el humano enjambre,
tropieza con el tósigo maldito
creyendo ahogar el hambre,
y en las hondas fatigas del veneno
echado sobre el polvo se estremece,
fatídico temblor le turba el seno,
y con el ojo tímido, saltado,
sobre la tierra sin piedad, fallece.
Todos vuelven la faz, nadie le toca:
al bardo sólo que a su lado pasa,
atedia la frescura de su boca
"donde nítidos dientes
se enfilan como perlas refulgentes"...

Mísero can, hermano
de los parias, tú inicias la cadena
de los que pisan el erial humano
roídos por el cáncer de su pena;
es su cansancio igual a tu fatiga;
como tú se acurrucan en los quicios
o piden paz, sin una mano amiga,
al silencio de oscuros precipicios.
Son los siervos del pan: fecunda horda
que llena el mundo de vencidos. Llama
ávida de lamer. Tormenta sorda
que sobre el Orbe enloquecido brama.
Y son sus hijos pálidas legiones
de espectros que en la noche de sus cuevas,
al ritmo de sus tristes corazones
viven soñando con auroras nuevas
de un sol de amor en mística alborada,
y, sin que llegue la mentida crisis,
en medio de su mísera nidada
¡los degüellan las ráfagas de tisis!

Los mudos socavones de las minas
se tragan en falanges los obreros
que, suspendidos sobre abismo loco,
semejan golondrinas
posadas en fantásticos aleros.
Con luz fosforescente de cocuyos,
trémula y amarilla,
perfora oscuridad su lamparilla;
sobre vertiginosos voladeros
acometen olímpicos trabajos,
y en tintas de carbón ennegrecidos,
se clavan en los fríos agujeros,
como un pueblo infeliz de escarabajos
a taladrar los árboles podridos.
Sus manos desgarradas
vierten sangre; sarcástica retumba
la voz en la recóndita huronera:
allí fue su vivir; allí su tumba
les abrirá la bárbara cantera
que inmóvil, dura, sus alientos gasta,
o frenética y ciega y bruta y sorda
con sus olas de piedra los aplasta.

El minero jadeante
mira saltar la chispa de diamante
que años después envidiará su hija,
cuando triste y hambrienta y haraposa,
la mejilla más blanca que una rosa
blanca, y el ojo con azul ojera,
se pare a remirarla, codiciosa,
al través de una diáfana vidriera,
do mágicos joyeles
en rubias sedas y olorosas pieles
fulgen: piedras de trémulos cambiantes,
ligadas por artistas
en cintillos: rubíes y amatistas,
zafiros y brillantes,
la perla oscura y el topacio gualda,
y en su mórbido estuche de rojizo peluche,
como vivo retoño, la esmeralda.
La joven, pensativa,
sus ojos clava, de un azul intenso,
en las joyas, cautiva
de algo que duerme entre el tesoro inmenso
no es la codicia sórdida que labra
el pecho de los viles:
es que la dicen mística palabra
las gemas que tallaron los buriles:
ellas proclaman la fatiga ignota
de los mineros; acosada estirpe
que sobre recio pedernal se agota,
destrozada la faz, el alma rota,
sin un caudillo que su mal extirpe:

El diamante es el lloro
de la raza minera
en los antros más hondos de la hullera:

¡loor a los valientes campeones
que vertieron sus lágrimas
entre los socavones!

Es el rubí la sangre de los héroes que, en épicas faenas,
tiñeron el filón con el desangre
que hurtó la vida a sus hinchadas venas:

¡loor a los valientes campeones
que perdieron sus vidas
entre los socavones!

El zafiro recuerda
a los trabajadores de las simas
el último jirón de cielo puro
que vieron al mecerse de la cuerda
que los bajaba al laberinto oscuro:

¡loor a los sepultos campeones
que no verán ya el cielo
entre los socavones!

Y el topacio de tinte amarillento
es recóndita ira
y concreciones de dolor; lamento
que entre el callado boquerón expira;

¡ loor a los cautivos campeones
que como fieras rugen
entre los socavones!

La joven pordiosera
huyó. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¿Que formidable vocerío
pasa volando por el azul esfera,
con el lejano murmurar de un río?
Es una turba de profetas. Vienen
al aire desplegando los pendones
color de cielo; sus cabezas tienen
profusas cabelleras de leones.
En sus labios marchitos se adivina
el himno, la oración y la blasfemia;
llama febril sus ojos ilumina
de sacros resplandores;
pálidos como el rostro de la Anemia,
llegaron ya: son los conquistadores
del Ideal: ¡dad paso a la bohemia!
Ebrios todos de un vino luminoso
que no beben los bárbaros, y envueltos
en andrajos, son almas de coloso,
que treparán a la impasible altura
donde afilan sus hojas los laureles
conque ciñes de olímpica verdura
en tu vasto proscenio
a los ungidos de tu Crisma, ¡oh Genio!
Aquel muestra su aljaba
de combate, repleta de pinceles;
el otro vibra, como ruda clava,
un cuadrado amartillo y dos cinceles;
se interrogan, se dicen sus proyectos
de obras que dejarán eternos rasgos;
aunque sean insectos,
el mármol y el pincel los harán astros.
Un escultor ofrece
pulir la piedra como fino encaje
para velar un seno que florece
bajo la tenue morbidez del traje;
aquése de fosfórica pupila,
que las del gato iguala,
discurre solo en actitud tranquila
con el azul cuaderno bajo el ala,
y el bardo decadente,
el bardo mártir que suscita mofas,
levantará la frente,
alto nido de férvidas estrofas,
y de sus labios, que el reír no alegra,
brotará el pensamiento
como un águila negra,
con las alas enormes
desplegadas al viento,
para cantar la Venus Victoriosa
cuya violenta juventud encarne
el espíritu alegre de la diosa
en las melancolías de la carne.

El músico, doblando la cabeza
sobre la débil caja
de su violín sonoro,
dice la voz que de los cielos baja
como un perfume del jardín de oro,
y, agarrando del cuello enflaquecido
al tísico instrumento,
lo hace gritar con trágico alarido;
y con ahogados trémolos simula
el sollozo de un mártir que se queja
bajo el negro dogal que lo estrangula:
y sobre todos flota,
como un sueño de amor en la noche larga,
la paz del arte que su duelo embota
y su llagado corazón embarga.

Desventurada tribu
de miserables, vuestro ensueño vano
vuela solo entre sombras como vuelan
las grullas en las noches de verano.
Esa lumbre asesina de los focos
que doran las soberbias capitales,
arderá vuestras frentes inmortales
y vuestras alas de zafir, ¡oh Locos!
Sin pan, ni amor, ni gruta
donde dormir vuestras febriles horas,
sucumbís a la bárbara cadena,
sin más visión que la chafada ruta
que os empuja a los légamos del Sena...
¡Canes, minero, artistas,
el árido recinto que os encierra
consume vuestros míseros despojos;
y en el agrio Sahara de la tierra
sólo hallasteis el agua ... de los ojos!
Huíd como una banda tenebrosa
de pájaros nocturnos que entre ramas
hienden la oscuridad sin voz ni huella;
morid: ¡para vosotros
no se despierta el día
ni se columpia en el Zenit la estrella
que llamaron los hombres Alegría!
Cuan lejos de vosotros se levanta,
sobre columnas de marfil bruñido,
la ciudad de los Amos, donde canta
su canto de ventura
el gozo entre las almas escondido.
Allí todos olvidan
vuestra angustia. Los árboles no dejan
-de silencio cargados y de flores-
llegar, de los vencidos que se quejan,
el treno funeral de sus dolores;
allí, cual un torrente
que dé sus ondas a dormidas charcas,
resbala fríamente
con ruido sonoro
el oro, a los abismos de las arcas.
Allí las sedas crujen
como crujen las carnes sacudidas
por las fieras: son fieras que no rugen
los seres sin piedad. Ved como pasa
sobre el marmóreo suelo,
con su capa de pieles la hembra dura
cual un oso gigante sobre hielo.
¿Por qué se abren sus ojos
desmesuradamente?
¡Ah! si es que apunta con fulgores rojos
el astro de la sangre por Oriente.
Bajo el odio del viento y de la lluvia
por la frígida estepa se adelantan
los domadores de la Bestia rubia:
ya los perros sarnosos
se tornaron chacales. De ira ciego
el minero de ayer se precipita
sobre los tronos. Un airado fuego
entre sus manos trémulas palpita,
y sorda a la niñez, al llanto, al ruego,
¡ruge la tempestad de dinamita!
¡Son los hijos de Anarkos! Su mirada,
con reverberaciones de locura,
evoca ruinas y predice males:
parecen tigres de la Selva oscura
con nostalgias de víctima y juncales.
El furioso caer de sus piquetas
en trizas torna la vetusta arcada
que erigieron al Bien nuestros mayores;
y por la red de las enormes grietas
va filtrando, con tintes de alborada,
un sol de juventud sus resplandores.

Aquél un arma ruda
pide, que parta huesos y que exprima
el verbo de la cólera; filuda
por el trabajo, recogió su lima
de fatigado obrero,
y bajo el golpe de Lucheni, ¡muda
cayó la Emperatriz como un cordero!

Pini, Vaillant, Caserio y Angiolillo,
vuestro valor ante la muerte espanta;
negros emperadores del cuchillo,
que rendís la garganta
como débil mendrugo
a las ávidas fauces del verdugo;
de duques y barones
no circundó plegada muselina
vuestros cuellos. Allí donde culmina
el dorado listón de los toisones
os dio la guillotina
su mordisco glacial: vendimiadora
que la tez y las almas descolora.

Aún parece vibrar en mis oídos
la voz de Emile Henry: ya bajo el hacha
iba la a rodar su juvenil cabeza,
como la flor al soplo de la racha,
y exclamó: "Germinal",
                                                             y de su herida
corrió una fuente de licor sagrado
que bautizó la historia dolorida
de los siervos, con óleo ensangrentado.
Y ese fue dulce al comenzar; renuevo
de razas de alto nombre.
¿Quién me dirá si un huevo
son de torcaz o víbora? La mente
no sabe leer lo que en el tiempo asoma:
el hombre, como el huevo,
en nidos de dolor será serpiente,
¡en nidos de piedad será paloma!

Por dondequiera que mi ser camine
Anarkos va, que todo lo deslustra;
¡un rito secular que no decline
ante el puño brutal de Bakunine,
y el heraldo feroz de Zarathustra!

No puede ser que vivan en la arena
los hombres como púgiles; la vida
es una fuente para todos llena;
id a beber, esclavos sin cadena;
potentado, ¡tu siervo te convida!
¡Nada escuchan! Los pobres, a la jaula
de la miseria se resisten fieros,
y con brazo de adustos domadores
y el ojo sin ternura, ¡los enjaula
la codicia sin fin de los señores!

¿Quién los conciliará? Tibios reflejos
de una luz paternal y vespertina
visten de claridad el linde vago:
es que el Patriarca de los Ritos viejos,
de sapiencia cubierto, se avecina,
con la nerviosa palidez de un mago.
Es flaco y débil: su figura finge
lo espiritual; el cuerpo es una rama
donde canta su espíritu de Esfinge;
y su sangre, la llama
que los miembros cansados transparenta;
de su nariz el lóbulo movible
aspira lo invisible,
son sus patricias manos una garra
febril y amarillenta
es de los griegos la gentil cigarra
¡que con mirar el éter se alimenta!
Impalpable se irgue -melancólico espectro-
y de la cuerda blanca
a su místico plectro
la melodía arranca.
Impalpable se irgue;
hay algo de felino
en su trémula marcha,
hay mucho de divino
en la nítida escarcha
que su cabeza orea.
Cruza sin otras galas
que la túnica nívea
que semeja las alas
rotas de un genio de celeste coro,
y sobre el pecho una
cruz de pálido oro.
Alza el brazo. La Europa
lo aguarda como a antiguo caballero,
debajo de una bóveda de acero;
calla sus labios la soberbia tropa
de esclavos y señores:
el Pontífice augusto
trae el bálsamo santo que redime,
y calma la batalla de panteras;
revalúa lo justo;
ya va a decir el símbolo sublime ...
y de sus labios tiernos
salió, como relámpago imprevisto,
a impulso de los hálitos eternos
esta sola palabra: "Jesucristo."



miércoles, 4 de febrero de 2026

Desembalo mi biblioteca 3 - José Asunción Silva

 


Qué de recuerdos no se acumulan en la memoria, una vez que uno se ha zambullido en la montaña de cajas para extraer de ella los libros sacándolos a la luz del día, o, mejor aún, caída la noche.

WalterBenjamin

En esta tercera entrega me detengo ante José Asunción Silva, el poeta colombiano que, quizás, ha sido más editado en toda la historia de las letras colombianas, y cuya vida y obra ha ido adquiriendo, con el paso de los años, cierto carácter mítico. Hoy voy a compartir cuatro libros que nos hacen un recorrido por su obra.

En la edición de la Obra Completa, realizada por la colección Biblioteca Ayacucho en 1977, señalaba el prologuista, Eduardo Camacho Guizado, que “José Asunción Silva ha llegado a ser una especie de leyenda, un “caso” de la sensibilidad poética, de la exquisitez de espíritu, de la genialidad enfermiza, de los desvíos del ser superior, del conflicto con la realidad que tiene toda alma privilegiada, y en fin, de la psicopatología del genio artístico.”


Por su parte, Héctor Hugo Orjuela, quien realizó la edición crítica de Poesías para la publicación del Instituto Caro y Cuervo en la colección Biblioteca Colombiana, realizada en 1979, anotó lo siguiente: “Silva precisamente vale porque cultivó un arte depurado, porque no creyó en la abundancia ni en la improvisación, y porque su poesía es trasunto de un irreprimible deseo de belleza y de una incesante, y a ratos angustiosa, indagación de la vida y del misterio.”




Un tercer libro que conservo es el editado por la Casa de Poesía Silva, en su segunda edición de diciembre de 2013, el cual lleva por título José Asunción Silva. Poesía completa. De sobremesa. El prólogo lo realizó Gabriel García Márquez y el estudio preliminar estuvo a cargo de Fernando Charry Lara, quien dice que Silva es “uno de los primeros poetas en enfrentarse al lenguaje como creación. Su poesía, aparentemente sencilla por el desgano hacia las imágenes, voces o alusiones eruditas, a las que tan dado era el gusto de la época, plantea, en primer término, la necesidad de que, en virtud de la magia de la palabra y “como las vagas formas del deseo”, sea posible la expresión de las sensaciones.”


Finalmente, y además como un homenaje al trabajo de editor de Gerardo Rivas Moreno, quien creó el sello editorial Fica (Fundación para la Investigación y la Cultura), sumo a esta selección el cuadernillo José Asunción Silva. Antología Poética, el cual hizo parte de la Colección de Poesía Quinto Centenario, que reunió a Poetas de España y América. Este cuadernillo, el número 13, fue editado en agosto de 1990.



POEMAS DE JOSÉ ASUNCIÓN SILVA

  

Vejeces

Las cosas viejas, tristes, desteñidas,
sin voz y sin color, saben secretos
de las épocas muertas, de las vidas
que ya nadie conserva en la memoria,
y a veces a los hombres, cuando inquietos
las miran y las palpan, con extrañas
voces de agonizante dicen, paso,
casi al oído, alguna rara historia
que tiene oscuridad de telarañas,
son de laúd, y suavidad de raso.
 

¡Colores de anticuada miniatura,
hoy, de algún mueble en el cajón, dormida;
cincelado puñal; carta borrosa,
tabla en que se deshace la pintura
por el tiempo y el polvo ennegrecida;
histórico blasón, donde se pierde
la divisa latina, presuntuosa,
medio borrada por el liquen verde;
misales de las viejas sacristías;
de otros siglos fantásticos espejos
que en el azogue de las lunas frías
guardáis de lo pasado los reflejos;
arca, en un tiempo de ducados llena,
crucifijo que tanto moribundo,
humedeció con lágrimas de pena
y besó con amor grave y profundo;
negro sillón de Córdoba; alacena
que guardaba un tesoro peregrino
y donde anida la polilla sola;
sortija que adornaste el dedo fino
de algún hidalgo de espadín y gola;
mayúsculas del viejo pergamino;
batista tenue que a vainilla hueles;
seda que te deshaces en la trama
confusa de los ricos brocateles;
arpa olvidada que al sonar, te quejas;
barrotes que formáis un monograma
incomprensible en las antiguas rejas,
el vulgo os huye, el soñador os ama
y en vuestra muda sociedad reclama
las confidencias de las cosas viejas!
El pasado perfuma los ensueños
con esencias fantásticas y añejas
y nos lleva a lugares halagüeños
en épocas distantes y mejores,
por eso a los poetas soñadores,
les son dulces, gratísimas y caras,
las crónicas, historias y consejas,
las formas, los estilos, los colores
las sugestiones místicas y raras
y los perfumes de las cosas viejas!
 

 

Muertos 

En los húmedos bosques, en otoño,
Al llegar de los fríos, cuando rojas,
Vuelan sobre los musgos y las ramas,
En torbellinos, las marchitas hojas,
La niebla al extenderse en el vacío
Le da al paisaje mustio un tono incierto
Y el follaje do huyó la savia ardiente
Tiene un adiós para el verano muerto
              Y un color opaco y triste
              Como el recuerdo borroso
              De lo que fue y ya no existe.
 

En los antiguos cuartos hay armarios
Que en el rincón más íntimo y discreto,
De pasadas locuras y pasiones
Guardan, con un aroma de secreto,
Viejas cartas de amor, ya desteñidas,
Que obligan a evocar tiempos mejores,
Y ramilletes negros y marchitos,
Que son como cadáveres de flores
              Y tienen un olor triste
              Como el recuerdo borroso
              De lo que fue y ya no existe.
 

Y en las almas amantes cuando piensan
En perdidos afectos y ternuras
Que de la soledad de ignotos días
No vendrán a endulzar horas futuras,
Hay el hondo cansancio que en la lucha
Acaba de matar a los heridos,
Vago como el color del bosque mustio,
Como el olor de los perfumes idos,
              Y el cansancio aquel es triste
              Como el recuerdo borroso
              De lo que fue y ya no existe!
 

 

La respuesta de la tierra 

Era un poeta lírico, grandioso y sibilino,
Que le hablaba a la tierra una tarde de invierno,
Frente a una posada y al volver de un camino:
-¡Oh madre, oh Tierra! -díjole-, en tu girar eterno
Nuestra existencia efímera tal parece que ignoras.
Nosotros esperamos un cielo o un infierno,
Sufrimos o gozamos, en nuestras breves horas,
E indiferente y muda, tú, madre sin entrañas,
De acuerdo con los hombres no sufres y no lloras.
¿No sabes el secreto misterioso que entrañas?
¿Por qué las noches negras, las diáfanas auroras?
Las sombras vagarosas y tenues de unas cañas
Que se reflejan lívidas en los estanques yertos,
¿No son como conciencias fantásticas y extrañas
Que les copian sus vidas en espejos inciertos?
¿Qué somos? ¿A do vamos? ¿Por qué hasta aquí vinimos?
¿Conocen los secretos del más allá los muertos?
¿Por qué la vida inútil y triste recibimos?
¿Hay un oasis húmedo después de estos desiertos?
¿Por qué nacemos, madre, dime, por qué morimos?
¿Por qué? Mi angustia sacia y a mi ansiedad contesta.
Yo, sacerdote tuyo, arrodillado y trémulo,
En estas soledades aguardo la respuesta.
 

La Tierra, como siempre, displicente y callada,
Al gran poeta lírico no le contestó nada.
 

 

El recluta 

Hasta que manos piadosas

Algún sepulcro le dieron,

Al bajar de la cañada

Junto a las matas de helecho,

Destrozada la cabeza

Por una bala rémington;

Con la blusa de bayeta

Y la camisa de lienzo,

Un escapulario santo

Colgado al huesoso cuello,

Los pantalones de manta

Manchados de barro fresco,

Las rudas manos crispadas,

Los ojos aún abiertos,

Y la sangre, ya viscosa,

Pegándole los cabellos,

Estuvo toda la noche

De aquel combate sangriento

Abandonado el cadáver

Del pobre recluta muerto.

¿Su nombre?... Un oscuro nombre.

Dijunto Fuan Abudelo,

Cuando hablan de la campaña

Lo nombran los compañeros...

¿Su madre?... Una pobre madre,

Que en el rancho, al pie del cerro,

Abandonada y estúpida

Pasa los días inciertos.

¿Su vida?... Una oscura vida,

La vida vaga de un cuerpo,

Que fue tranquila y sin odios

Hasta en el cuartel infecto,

Do penetrado de frío,

Que le calaba los huesos

Y que tiritar le hacia

Bajo el bayetón deshecho,

Conoció toda la angustia

De largas noches sin sueño,

Y de tristes soledades,

El pobre recluta muerto.

 

Los soldados que seguían

En titánicos esfuerzos,

De Egipto a los arenales

Y de Rusia a los desiertos,

Al hombre de ojos de águila

Y de caprichos de hierro,

Tenían tras del reñido

Batallar, largo y supremo,

En cada voz, un halago,

En cada mandato, un premio.

Más del Capitán Londoño,

Que fue su Jefe en el Cuerpo,

Sólo conoció dos órdenes

De detención y de cepo,

Un planazo en las espaldas

Y el modo de gritar -Juego!

Hasta la tarde en que, herido

En el combate siniestro,

Cayó, gritando ¡Adíós, mama!

El pobre recluta muerto 

 

Realidad 

En el dulce reposo de la tarde
Cuando al ponerse el sol en occidente
Su luz dorada, de la vida fuente,
Como una hoguera en los espacios arde,
O de la noche en el silencio umbrío
Cuando la luna con fulgor de plata
Alumbra a trechos el sonante río
Y en sus límpidas ondas se retrata,
Entre las sombras de la vida hay horas
En que la realidad que nos circuye
A detener el ímpetu no alcanza
De nuestra alma que a lo lejos huye
Y a la región de lo ideal se lanza…

Y entonces cuando pienso en tus amores
Nuestras dos vidas deslizarse veo
No cual la realidad que aja sus flores
Sino cual la ilusión de tu deseo.
No por las conveniencias separados,
Soñando tú conmigo, yo en tus sueños,
Sino juntos los dos en los collados
De la Arcadia risueños;
Asidos por las manos a lo lejos
Buscando el fin de la campiña amena
A los pálidos rayos de la luna.
O del ardiente sol a los reflejos,
Dejando transcurrir una por una
Las no contadas horas venturosas
Que no mancha la sombra de una pena
Libando amor… y deshojando rosas…
Del verdor y del musgo en lo sombrío
Ocultos en lo ignoto del boscaje
Radiante aún de gotas de rocío
De virgen fuerza y de vigor salvaje;
Sentados a la orilla del torrente
Tú escuchando los ecos del follaje
Yo acariciando -trémula la mano-
Tus rizos al caer sobre tu frente…

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Otras veces trayendo a la memoria
Los fantasmas de un tiempo ya pasado
Junto con ellos cual sencilla historia
Los ideales de tu amor soñado.
Y es entonces un gótico castillo
De altivas torres de musgosas piedras
En cuyo muro gris crecen las hiedras
Teatro de nuestro amor santificado.

Y en reducida y perfumada estancia
Cuyos tapices abrillanta y dora
El fuego de la antigua chimenea,
Juntos los dos oímos a distancia
Diciéndonos protestas de ternura
La voz del agua que al perderse llora
Y el viento que en los árboles cimbrea
Entre el silencio de la noche oscura.

O en frágil barca en plácida mañana
De lago azul flotando en los cristales
Con la mirada errantes contemplamos
El cielo, la ribera, los juncales,
Y las nieblas que inciertas, vaporosas,
Van a perderse en la región lejana
Como se pierde la esperanza humana
O el postrimer aroma de las rosas.

Mas cuando el alma en sus ensueños flota,
La realidad asoma de improviso
No más resuena la encanta nota…
Brotan espinas do la rosa brota,
Y en crüel se torna el paraíso.

Vuelvo a mirar… y pienso que nacimos
Para vivir por siempre separados,
Que no es una la senda que seguimos
Y que la lumbre que cercana vimos
Fue visión de tu amor y tus cuidados.

Y al comparar la realidad penosa
Con los paisajes de ideal que miro
En el fondo del alma lastimosa
Para tu dulce amor -niña piadosa-
Para tu dulce amor surge un suspiro.

 


lunes, 26 de enero de 2026

Desembalo mi biblioteca 2 - Rafael Pombo


Había previsto concentrarme solamente en la lírica colombiana del siglo XX, pero no considero justo dejar por fuera la potente voz de Rafael Pombo, de quien dice Germán Espinosa en el prólogo del libro que hoy voy a compartir, que es “el romántico más encumbrado no solo de su patria, sino en general de Hispanoamérica”. Y agrega que, en la primera mitad del siglo XX, Pombo fue considerado como “el más alto poeta de nuestra historia”. 

En el año 2001, el Fondo Editorial Universidad EAFIT, en la colección Acanto, publicó Antología Poética, de Rafael Pombo, cuya selección y prólogo estuvo a cargo de Germán Espinosa. Edición de 210 páginas. 

Antes de pasar a la muestra poética, vuelvo a citar al prologuista, pues considero de gran importancia que se mire a Pombo en su real dimensión y no como nos lo han querido mostrar desde la primera infancia. Dice Espinosa: “El espíritu frívolo imperante en Colombia ha hecho que, en los últimos cincuenta años, los educandos sólo perciban su grandeza en las fábulas para niños; tampoco su patria se ha ocupado de seguir divulgándolo en el extranjero como uno de los valores sustantivos de la poesía hispanoamericana.”

De la reflexión del filósofo alemán Walter Benjamin, en el texto Desembalo mi biblioteca, extraigo la siguiente cita para continuar este diálogo con los libros que desde las estanterías me siguen inquietando: 

“En la adquisición de libros, no todo se reduce sólo al dinero o la competencia. Ni siquiera estos dos elementos bastan por sí solos para cimentar una biblioteca auténtica, que guarda siempre algo de impenetrable e incomparable al mismo tiempo. Para comprar sobre catálogo, es preciso tener también, además de lo que se acaba de nombrar, un olfato especial. Las fechas, los lugares, los formatos, los propietarios anteriores, las encuadernaciones, etc., todo esto debe hablar al comprador, y decir las cosas no asépticamente como datos aislados y objetivos, sino, al contrario, como informaciones consonantes, y él, por su parte, debe saber reconocer, en virtud de la armonía y la intensidad de la consonancia, si ese tipo de libro se ajusta o no a lo que él está buscando.” 


  POEMAS DE RAFAEL POMBO

 

LA HORA DE TINIEBLAS 

Fragmento 

Cogi tavi dies antiquos
et annos aeternos in mente habui
et meditatus sum nocte cum corde meo, et exercitabar,
et scopebam spiritum meum.
Numquid in aeternum projuciet Deus?
aut non apponet ut complacitior sit adhuc?

Salmo LXXVI

 I

¡Oh, qué misterio espantoso
Es éste de la existencia!
¡Revélame algo, conciencia!
¡Háblame, Dios poderoso!
Hay no sé qué pavoroso
En el ser de nuestro ser.
¿Por qué vine yo a nacer?
¿Quién a padecer me obliga?
¿Quién dio esa ley enemiga
De ser para padecer?
 

II

Si en la nada estaba yo
¿Por qué salí de la nada
A execrar la hora menguada
En que mi vida empezó?
Y una vez que se cumplió
Ese prodigio funesto,
¿Por qué el mismo que lo ha impuesto
De él no me viene a librar?
¿Y he de tener que cargar
un bien contra el cual protesto?
 

III

¡AIma! si vienes del Cielo,
Si allá viviste otra vida
Si eres imagen cumplida
Del Soberano Modelo
¿Cómo has perdido en el suelo
La fe de tu original?
¿Cómo en tu lengua inmortal
No explicas al hombre rudo
Este fatídico nudo,
Entre un Dios y un animal?
 

IV

O si es que antes no exististe,
Y al abrir del mundo al sol
Tú, divino girasol
Gemela del polvo fuiste,
¿Qué crimen obrar pudiste?
¿De, contra quién, cómo y cuándo,
Que estuviese a Dios clamando
Que al hondo valle en que estás
Surgieses tú, nada más
Que para expiarlo llorando?
 

V

Pues cuanto ha sido y será
De Dios reside en la mente,
Tanto infortunio presente
¿No lo completaba ya?
Y ¿Por qué, si en él esta
Del bien la fuente suprema,
Lanzó esa voz o anatema
que hizo súbito existir
Un mundo en que oye gemir
Y un hombre que de él blasfema?
 

VI

¿Cómo de un bien infinito
Surge un infinito mal,
De lo justo lo fatal,
De lo sabio lo fortuito?
¿Por qué está de Dios proscrito
El que antes no le ofendió,
Y por qué se le formó
Para enloquecerlo así
De un alma que dice sí
Y un cuerpo que dice no?
 

 VII

¿Por qué estoy en donde estoy
Con esta vida que tengo
Sin saber de dónde vengo,
sin saber a dónde voy;
Miserable como soy,
Perdido en la soledad
Con traidora libertad
E inteligencia engañosa,
Ciego a merced de horrorosa
Desatada tempestad?
 

VIII

Hoja arrancada al azar
De un libro desconocido
Ni fin ni empiezo he traído
Ni yo lo sé adivinar;
Hoy tal vez me oyen quejar
Remolineando al imperio
Del viento; en un cementerio
Mañana a podrirme iré,
Y entonces me llamaré
Lo mismo que hoy: ¡un misterio!
 

IX

De pronto así cual soñando
En alta mar sorda y fuerte
Entre la nada y la muerte
Me encuentro a oscuras bogando;
Sopla el tiempo, y ando, y ando,
Ignoro a dónde y por qué,
Y si interrogo a la fe
Y a la razón pido ayuda,
Una voz me dice «duda»
Y otra voz me dice «cree».
 

 X

Con menos alma, quizás
Sólo la segunda oyera,
O con más alma, pudiera
No equivocarme jamás:
Entonces creyera más,
O al menos, dudara menos;
Pero, a malos como a buenos
Plugo al Señor conceder
Luz bastante para ver
Que estamos de sombras llenos.
 

XI

La debilidad por guía,
La tentación por camino,
¿Es de virtud el destino
Que su bondad nos confía?
¿Es fuerza que en lucha impía
Nos pruebe el Genio del mal
Para ir a un condicional
Anhelado Paraíso?
¿Para ser bueno es preciso
Poder ser un criminal?
 

XII

Mas... ¡soy libre! y ¿para qué?
Para enrostrarme a mí mismo
EI caer a un hondo abismo
Que otro ha cavado a mi pie,
Y renegar de la fe,
Luz de mi infancia serena,
Y fiar a un grano de arena
La eternidad de mi ser,
Debiendo yo responder
De la creación ajena.

 

 

DECÍAMOS AYER... 

Sobre tema de Ella Wheeler, dedicado a mi amigo C. M. S.

 

Como Fray Luis tras de su largo encierro
«Decíamos ayer...» también digamos.
¿Han pasado años? En la cuenta hay yerro,
O nosotros con ellos no pasamos.
 

Donde ayer lo dejamos, dulce dueño.
Recomencemos. Recogiendo amantes.
Los rotos hilos del antiguo sueño.
Sigamos arrullándolo como antes.
 

Respetuosa apartemos la mirada
de tumbas que haya entre partida y vuelta.
Y si hubiere una lágrima ya helada
ruede al calor del corazón disuelta.
 

Olvidemos la herrumbre que en el oro
de la rica ilusión depuso el llanto,
y los hielos que pálido, inodoro
dejaron el jardín que amamos tanto.
 

Olvidemos el hado que hizo injusto
de nuestros corazones su juguete,
y regalemos la orfandad del gusto
con el añejo néctar del banquete.
 

¡No es tarde, es tiempo! Olvida la ígnea huella
que al arador pesar cruzó en frente.
Para mis ojos tú siempre eres bella
yo para ti soy llama siempre ardiente:
 

Llama que hoy mismo a mi pupila fría
surge desde el recóndito santuario
pese a la nieve que en mi sien rocía
el invierno precoz del solitario.
 

Mírame en estos ojos que tu imagen
extáticos copiaron tantas veces.
Allí estas tú, sin lágrimas que te ajen
ni tiempo que interponga sus dobleces.
 

Búscame sólo allí, que yo entretanto
en los tiernos abismos de tus ojos
torno a encontrar mi disipado encanto,
la juventud que te ofrendé de hinojos.
 

¡Mi juventud!, espléndida al intenso
reverberar de tu alma ingenua y pura,
con brisas de verano por incienso,
y por palma de triunfo tu hermosura.
 

¡Mi juventud!, por título divino
espigadora en todo lo creado;
nauta en persecución del vellocino
de cuanto fuese de tu culto agrado.
 

Islas de luz del cielo, margaritas
de colgantes jardines y hondos mares,
néctar de espirituales sibaritas,
soplos de Dios a humanos luminares:
 

Las miradas del sabio más profundas
y del tal vez más sabio anacoreta;
las perlas de Arte, hijas de amor fecundas;
la suma voz de todo gran poeta.
 

Esas trombas de lírica armonía,
infiernos de pasión divinizados,
en que nos arrebatan a porfía
todos los embelesos conjurados:
 

Auras de aquella cima do confluyen
Hermosura y Verdad, pareja santa,
y las dos una misma constituyen,
y espíritu de amor sus nupcias canta.
 

Buscar palabra al silencioso drama
de la contemplación, mística guerra
entre Dios, Padre amante que reclama
al eterno extranjero de la tierra;
 

Y esta madre de muerte, inmensa y bella
Venus que al par nos nutre y nos devora,
y presintiendo que escapamos de ella
con tanto hechizo nos abraza y llora.
 

Leer amor en tanta ruda espina
que escarnece a la fe y angustia al bueno.
Mostrar flores del alma en la ruina,
luz en la oscuridad, oro en el cieno.
 

La flor de cuanto existe, oro celeste,
único que halagando tu alma noble
brindara en vago esparcimiento agreste
a nuestro doble ser regalo doble;
 

Tal era mi tributo. Una confianza,
una sonrisa, una palabra tuya,
retorno abrumador, que en mi balanza
Dios, no un mortal, será quien retribuya.
 

Pero todo en redor, la limpia esfera,
el bosque, el viento, el pajarillo amable
semejaba, en tu obsequio, que quisiera
pagar por mí la dádiva impagable.
 

Aún veo sobre el carbón de tus pupilas
el arrebol fascinador de ocaso;
veo la vacada, escucho las esquilas:
va entrando en su redil paso entre paso.
 

Escucha, recelosa de la sombra,
la blanda codorniz que al nido llama
y al sentirnos parece que te nombra
y que por verte se empinó en la rama.
 

Escúchate a ti misma entre el concento
de aquella fiesta universal de amores,
cuando nos coronaba el firmamento
ciñéndonos de púrpura y de flores.
 

Esas flores murieron. Pero ¿has muerto
tú, fragancia inmortal del alma mía?
Años y años pasaron. Pero ¿es cierto
o es visión que existimos todavía?
 

Juntos aquí como esa tarde estamos,
y el mismo cielo es ara suntuosa
de aquel amor que entonces nos juramos
y hoy, en los mismos dos, arde y rebosa.
 

Ahí está el campo, el mirador collado,
el pasmoso horizonte, el sol propicio;
la cúpula y el templo no han variado.
Vuelva el glorificante sacrificio.
 

¿Y no ha herido tal vez tu fantasía
que aquella tarde insólita, imponente,
fue sólo misteriosa profecía
de este rnisteriosísimo presente...?
 

En aquel himno universal, un dejo
percibí melancólico; y al fondo
de una lágrima tuya vi el bosquejo
del duelo que hoy en lo pasado escondo.
 

Pasó... Pero esa tarde en su misterio
citó para otra tarde nuestra vida.
Y hela aquí. El alma recobró su imperio
del sol abrasador a la caída.
 

¡La tarde!, la hora del perfecto aroma,
la hora de fe, de intimidad perfecta,
cuando Dios sobre el sol que se desploma
el infinito incógnito proyecta.
 

Cuanto es ya el suelo en fuego y tintes falto,
es de ardiente el espíritu y profundo;
y abiertas las esclusas de lo alto
flotamos como en brisas de otro mundo.
 

Ve cómo el blanco Véspero fulgura,
pasando intacto el arrebol sangriento.
¡Es la Amistad!, la roca firme y pura
que sirve a nuestro amor de hondo cimiento.
 

Nadie dejó de amar si amó de veras.
Cuando en árido tronco te encarnices
con la segur, tal vez lo regeneras
si son como las nuestras sus raíces.
 

Y antes te sonará más dulcemente
templada en el raudal de los gemidos,
la antigua voz que murmuraba ardiente
la música de mi alma en tus oídos.
 

¿Han pasado años?... Puede ser. ¿Quién halla
que el Tiempo sólo arrumbe o dañe o borre?
¡Cuánta espina embotó! ¡Qué de iras calla!
¡Su olvido a cuántos míseros socorre!
 

Para los dos el ministerio suyo
fue de ungido de Dios y extremo amigo.
Te veo sagrada, y sacro cuanto es tuyo,
y como de un cristal al casto abrigo.
 

En torno a ti, y a cuanto es tuyo, encuentro
halo de luz, atmósfera de santo;
como al santuario a visitarte hoy entro
y algo hay solemne en tu adorable encanto.
 

¡Dulce es sentir que hay almas, y que aman!
Su amor – inerme el tiempo para ellas –.
Las vuelve, al Dios que férvidas aclaman,
Como Él las hizo – jóvenes y bellas.
 

Han pasado años, sí... ¡por fin pasaron!
¡Rudo tropel que atravesó el camino!
Ya, como un nubarrón se disiparon,
Y nuestro sol a reclamarnos vino.
 

¡Y ande el tiempo, y sin fin rondando siga
La fiel aguja que su afán nos muestra!
¿Qué hora marcará que no nos diga:
«Aquí os amasteis; yo también soy vuestra?».
 

En todo grato sueño nos parece
Que ya lo hemos soñado: ese es su hechizo.
Mi mejor sueño a ti te pertenece;
En ti el pasado mágico realizo.
 

Como a la aparición del rey del día,
De entre la nada lóbrega que espanta,
Brota un mundo de vida y poesía
En que todo ama y resplandece y canta;
 

Así tú para mí: foco potente.
Núcleo de una creación que he poseído,
Llegas, y en torno a ti surge esplendente
Mi portentoso hogar, y en él resido.
 

Y el corazón se me abre inmenso, en alas
De música ideal que lo acaricia;
Y tanto aroma y fuego en mi alma exhalas
Que a un tiempo vivo y muero de delicia.
 

Y tú y yo, tierra y cielo, mente y acto,
Hoy y ayer, la esperanza y la memoria,
Todo ya es uno, en inefable rapto,
Fruición anticipada de la gloria.
 

Y esa es la juventud: el fugitivo
Presagio de la eterna, que al conjuro
Vuelve de Amor, como en miraje esquivo,
A enseñarnos un bien siempre futuro.
 

¿Y el sueño cuál será? ¿La no apagada
Luz, o esta bruma efímera de invierno?
¡Ah! lo que pasa no es: es sombra, es nada;
Y no hay más que una realidad: lo Eterno.
 

Atando el hilo roto un largo instante
Sigamos, pues, llorada compañera,
Hacia atrás, y a la par hacia delante.
A nuestro gran será que hace años era.
 

Como Fray Luis saliendo del profundo
«Decíamos ayer» también digamos:
Corra el tiempo del mundo para el mundo
Nuestro tiempo, en el alma lo llevamos.

 

 

LOS FILIBUSTEROS 

Venid a conquistarnos, vosotros, heces pútridas
De las venales cárceles del libre Septentrión;
Venid, venid, apóstoles de la sin par República
Con el hachón del bárbaro y el rifle del ladrón.

Venid, venid, en nombre de Franklin y de Washington
Bandidos que la horca con asco rechazó;
Venid a buscar títulos de Hernanes y de Césares
Descamisados prófugos sin leyes y sin Dios.

Venid hambrientos pájaros a entretejer con crímenes
El nido para el águila que precediendo vais;
Venid, infecto vómito de la extranjera crápula,
Con la misión beatífica de americanizar.

Venid, dignos profetas, campeones beneméritos
De vuestra sacratísima divina esclavitud;
Venid, héroes de industria, presente filantrópico
Del Septentrión prospérrimo a su pupilo el Sud.

Venid, robustos vástagos del tronco anglosajónico
Disforme, inmenso, atlético, gigante, colosal,
De entrambos mundos árbitro y su infalible oráculo,
Colmo primero y último de perfección cabal.

Él os confió su lábaro y su creador espíritu,
Y para un nuevo Génesis pleno poder os dio
Mostrando entre los trópicos a vuestros ojos ávidos
Un trono sin un déspota, un cielo sin un dios.

Y os dijo: «Ved meciéndose entre los dos Océanos
Ese turbante mágico de un oriental Señor,
Cuajado de diamantes, rubíes, perlas, záfiros
Macizo de oro y plata reverberando al sol.

Esa es la ardiente zona de la buscada América,
De la India el amoroso, fecundo corazón,
Del cinto de la tierra el broche opulentísimo,
Promesa de un futuro de plenitud y amor.

Es el jardín robado de la Pagana Fábula,
El por Adán perdido y hallado por Colón,
De un épico avariento el sueño mitológico,
Arca repleta siempre y abierta a la ambición.

Allí despliega el cielo magnificencia insólita
Y es la tierra su virgen en esplendor nupcial,
Y el hombre, de placeres en un banquete opíparo
Es feliz porque vive, no necesita más.

Allí el poeta duerme sobre la inútil cítara,
Y si vigila o sueña no sabe distinguir:
¿Qué son bajo ese cielo sus invenciones pálidas
Si es el mayor poeta naturaleza allí?

De leche y miel cargados allí veréis los árboles,
Y con cortezas de oro sus troncos blanquear,
Y oro doquier, depónenlo hasta los mismos pájaros
Y se alza en archipiélagos sobre el azul del mar.

Volad a esa áurea cuna colgada entre los trópicos
Do el porvenir del mundo se mece infante ya;
Entrad con el ropaje de inofensivos huéspedes
Llevando el rifle cómodo y el pérfido puñal.

Espiad la hora propicia, y a una señal del águila
La empresa de exterminio sin lástima empezad,
Y sobre los cadáveres del posesor estúpido,
La Roma del futuro en nuestra pro fundad».

¡Avante pues, apóstoles del código novísimo
Que al código de Cristo sustituyó el Sajón!
¡Proseguid honorables, dignísimos diplómatas
Del hado manifiesto del mundo de Colón!

¡Avante bandoleros! la pobre Centro América,
Cadáver que dejaron veinte años de furor,
Os va a enseñar qué vale cierta palabra mágica
Y oiréis por vez primera vosotros esa voz.

¡Honor! esta palabra levantó más de un Lázaro;
Con ella un hombre, él solo a siete mil venció;
Por ella los puñales que fratricida cólera
Manchara, saldrán limpios de vuestro corazón.

¡Entrad! ya del naranjo tras la fragante atmósfera,
Cual su hálito pestífero el whisky os anunció.
¡Bebed! el que os inspira conforte vuestro espíritu;
Él es vuestro entusiasmo, él es vuestro valor.

Seguid, y a sangre y fuego talad cinco Repúblicas...
Dad al infierno escándalo, a Satanás horror...
...Mas ¡ay! pueda yo un día contemplar dos cadáveres
Cartago y sus piratas, vosotros y La Unión.

Para lavar el mundo, cloaca hirviente y fétida,
Volcó el Diluvio encima la cólera de Dios:
Que os lave uno de sangre, y en su pureza prístina
Surja flotando el arca que Washington firmó.

 



miércoles, 21 de enero de 2026

Desembalo mi biblioteca 1 - Rogelio Echavarría


Edición del Instituto Colombiano de Cultura - COLCULTURA, 1977


Como un homenaje al poeta, antologador y periodista Rogelio Echavarría, de quien se conmemora en 2026 el centenario de su nacimiento (Santa Rosa de Osos, 27 de marzo de 1926) me propongo realizar un ejercicio de diálogo con mi biblioteca. Siguiendo el camino esbozado por Walter Benjamin en su texto
Desembalo mi biblioteca, intentaré ejercer una práctica de aproximación a esos libros que han encontrado la verdadera libertad en las estanterías de una biblioteca, esto quiere decir, que no están sujetos a la voluntad de un catalogador, ni al encerramiento en un cuarto al que acuden pocos visitantes, pues saben del vuelo inacabable que habita entre sus páginas y por ello establecen sus propios diálogos, a los que, como poseedores y coleccionistas, a veces logramos sumarnos.

El propósito es compartir algunos de esos libros, junto a una breve selección de sus poemas. Las descripciones biográficas aparecerán enlazadas al nombre del poeta. Quienes quieran consultarlas serán llevados a otra página externa al blog. La idea es hacer alusiones a los libros y los poemas.

En esta etapa me concentraré solo en la lírica colombiana, siguiendo la ruta de las investigaciones que emprendiera Rogelio Echavarría. Para comenzar lo haré con el mismo autor homenajeado, Rogelio Echavarría.



Edición del Fondo Cultural Cafetero, 1984


Selección de poemas


A la lluvia

Demonio de la lluvia –látigo de lujuria–
no rompas con tus dientes vidriosos el abrigo
del tibio pecho, lo único tibio del humilde;
no nos traigas el frío de la tan alta nube,
no persigas al perro sin puerta con tus piedras,
no rompas el pulmón del obrero que canta
siguiendo el pie descalzo de sus hijos sin cielo,
no mancilles las barbas secas del pordiosero,
no llegues hasta donde no pueden evitarte.

Deja tu voz pluvial para el cultivo de los ríos,
para la faz de las persianas donde hay dueño,
para el paraguas, que es tu flor arcaica.

Demonio-dios, que envidias y que amas
las multitudes y caes ruidoso sobre todos,
disuelve ya a Babel y permite que asome
el sol como un henchido seno de leche pródiga.


Lugar común

Ya que no todos podemos ser
poetas
comprender lo sublime
o exaltar lo sencillo
hablemos francamente
confesemos nuestro fracaso
de hombres sin alas
de hojas muertas en el estío
nuestros empeños ciegos
sin metáforas vanas
nuestra identificación con todos
o con casi todos
y si alguien nos entiende
y fecunda nuestra impotencia
eso también es poesía
o por lo menos una gota
en la sed del infierno
cotidiano.


De mi diario

Otro día perdido…
¡Y la eternidad intacta!


No olvidan nunca su canción

                                               A José Manuel Arango

No olvidan nunca su canción
los pájaros
no aplanchan ni rebrillan su vestido
no cambian de nido por los malos vecinos
no inventan nuevos picos para el amor
no se cansan de la misma compañera
no rompen nunca la rama en que se posan
no lucen hoy el ojo limpio del amigo
y mañana el turbio del enemigo
no enseñan a volar a sus polluelos
sino que los empujan tiernamente a las nubes
no necesitan más sabores que los del agua pura
o el de las frutas a la carta en sus gajos
Dios hizo el maná para ellos y se contentan
con briznas de hierba o espaguetis de lombricillas
no se persignan porque nacieron benditos
no se enferman ni amanecen enguayabados
aunque duerman en un guayabo o en un borrachero
no usan despertador ni padecen de insomnio
nunca se quejan de su fragilidad
ni les temen a las aves de rapiña
sino que juegan inocentemente con ellas
aunque siempre salen perdiendo
tampoco huyen de los cazadores
porque creen como los niños
que las armas son de juguete
no cambian de color ni de bandada
no cumplen años ni van a entierros
no usan brújula ni almanaque
pero son los pregoneros del día
los emisarios de la primavera
jamás pierden el equilibrio
a nadie humillan con su feliz indiferencia
no protestan por los cambios del tiempo
aunque el frío los atortola
y siempre celebran con el aplauso de sus alas
el telón del crepúsculo
no lloran ni ríen pero tiemblan y arrullan
tampoco les cansa el viento
ni los destiñe la lluvia
no saben que las patrias separan en la tierra
lo que une el cielo
ignoran la existencia de los poetas y los filósofos
y que todos ellos viven de sus plumas
se acuestan sin ver la televisión
después de leer todos los paisajes
y prefieren olvidar dónde
dejaron su tumba en el aire.


Ved

Ved al ciego que va voceando su haz de prensa
y a su pequeña hija miseranda, engendrada
la misma noche que hoy tiene diez años.
(Todos engendramos nuestros lazarillos).
Vedlo
vendiendo luz a los que pasan
por un valor de cobre de rutina.

De las floristerías sale un olor a muerto
mas él conoce sólo la tez de los jazmines
que riega la pequeña en su jardín errante;
y el pulso que adivina las piedras del camino
pide, torpe, a los cielos su última moneda.

En esta encrucijada en que se anuda
el tránsito en urbano remolino,
los dedos de la niña tejen el verde paso
y, náufrago en los hombros de los rudos peatones,
el ciego les perdona a los hombres no verlo,
mientras sigue buscando sus pupilas caídas
entre el polvo de estrellas sin distancia.


El transeúnte

Todas las calles que conozco
son un largo monólogo mío,
llenas de gentes como árboles
batidos por oscura batahola.
O si el sol florece en los balcones
y siembra su calor en el polvo movedizo,
las gentes que hallo son simples piedras
que no sé por qué viven rodando.
Bajo sus ojos —que me miran hostiles
como si yo fuera enemigo de todos—
no puedo descubrir una conciencia libre,
de criminal o de artista,
pero sé que todos luchan solos
por lo que buscan todos juntos.
Son un largo gemido
todas las calles que conozco.



Edición de Colección de autores antioqueños, 1992